sábado, 12 de abril de 2014

La poesía en llamas de Efraín Huerta

Abril/2014
Mexicana Cultura Centre
Evodio Escalante

Comienzo con una evidencia. Por alguna extraña razón que no alcanzo a dilucidar, aunque se reconoce que Efraín Huerta es uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX, se ha escrito muy poco en torno a su obra. ¿Cuáles son sus aportaciones a la poesía mexicana? ¿Cuál es el balance acerca de su poesía? ¿Qué sigue siendo válido en lo que nos dejó, y cuál es, si se lo puede decir así, su actualidad? Huerta no sólo está presente en prácticamente todas las antologías que valen en la poesía mexicana de nuestros días, sino que es igualmente una referencia vital para muchos de sus lectores, que no son pocos. ¿Por qué entonces la parquedad de la crítica? Confieso que la pregunta me supera y que no sabría cómo responderla. Leí y admiré la poesía de Huerta desde mis años juveniles, y esta admiración, hoy que releo su Poesía completa, permanece intacta.[1] Pese a ello, esta es la primera vez que intento un comentario de frente a su obra. ¿El primero? No en estricto sentido. Hace muchos años, al redactar un ensayo en torno a Piedra de sol, el archiconocido poema de Octavio Paz, se me impuso una comparación que resultaba obligada: el poeta Efraín Huerta. Debo referir el contexto. “Himno entre ruinas” y Piedra de sol (1957), textos admirables en muchos sentidos, suscitaban en el crítico que yo era entonces algunos reparos que no temería en llamar “ideológicos”: me parecía que a fin de cuentas ambos textos ofrecían una visión conciliatoria y por lo tanto complaciente de una realidad que en sí misma resultaba abrupta y desgarradora. Paz, me parecía entonces, disfrazaba el conflicto e imponía una falsa transparencia como solución de sus textos. En cambio, El Tajín (1963) de Efraín Huerta me parecía un gran poema sin concesiones.
Sé muy bien que una lectura ideologizada de un poema resulta el día de hoy (si no es que desde entonces resultaba) altamente falible. Aquel ensayo, que titulé “El sol y la pirámide. Poesía y verdad en Octavio Paz”, y que incluí en mi libro de los años ochenta Tercero en discordia,hoy me parece envejecido.[2] No lo escribiría de nuevo, por supuesto. Y, sin embargo, desde otro punto de vista muy diferente, sigo creyendo a pie juntillas en la valoración que entonces arriesgué. Hoy vuelvo a leer Piedra de sol y sin dejar de reconocer que es uno de los grandes (y más disfrutables) poemas de Paz, encuentro que hay algo en su estructura que no acaba de convencerme. ¿Estoy estructuralista? Me explico. Los grandes poemas de la tradición poética mexicana, empezando por El sueño de sor Juana y terminando con Muerte sin fin de José Gorostiza y con el Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta, sin dejar fuera la Tristissima nox de Manuel Gutiérrez Nájera, son todos poemas que mantienen un hilo racional riguroso, están construidos siguiendo un orden mental muy preciso, muy sólido. No se puede trabajar el poema extenso recurriendo a una arbitraria asociación de ideas, y esto lo comprobamos si acudimos por ejemplo a los grandes poemas de Eliot: La tierra baldía y los Cuatro cuartetos. El problema con Piedra de sol es que no está tramado siguiendo un hilo de pensamiento, una causalidad racional. Es un poema que aglomera, que acumula, que encima las más disímiles materias. Un poema ecléctico que incluye figuras mitológicas tanto europeas como prehispánicas, pasajes de la historia universal y nacional, de la Guerra de España, pensamientos existencialistas, el tema de la otredad, invocaciones esotéricas al ser que no alcanza nombre, etc. Es un verdadero coctel literario, con hermosos y muy convincentes pasajes, esto es indudable, pero que –más allá del tono sostenido– carece de una unidad interna. Es un gran poema resuelto, por decirlo así, de manera irracional. En cambio, El Tajín de Huerta, que es un poema autónomo aunque entiendo igualmente que puede leerse como una especie de “respuesta” a los poemas de Paz, es un texto cerrado y riguroso, de una increíble economía. A más de treinta años de distancia, sigo pensando que en este punto Huerta le dio a Paz una lección de rigor literario, y que esta lección conserva el día de hoy toda su vigencia. La flama continúa encendida.
El poema de Huerta es sorprendente no sólo por su consistencia sino porque es el poema “nihilista” de un militante del comunismo que siempre permaneció fiel a la figura de Stalin. El marxista que era Huerta se va de vacaciones y lo que resulta es un poema desencantado en el que acaba imponiéndose la presencia escalofriante de la nada. Frente a este texto monumental, el de Paz resulta edulcorado y complaciente, con su transparencia y su eterno retorno, no importa que simulado. El de Huerta es implacable y duro como el cristal de roca. Interioriza la pirámide y trama en su torno una elegía acompañada de rayos y tormenta. Algo único.
Cito al azar un par de versos: No hay origen. Sólo los anchos y labrados ojos / y las columnas rotas y las plumas agónicas. Estamos ya en la atmósfera amenazante y despiadada del poema:
No hay un imperio, no hay un reino.
Tan sólo el caminar sobre su propia sombra,
sobre el cadáver de uno mismo,
al tiempo que el tiempo se suspende
y una orquesta de fuego y aire herido
irrumpe en esta casa de los muertos
–y un ave solitaria y un puñal resucitan.
Esta casa de los muertos parece una premonición de los asesinatos que estaban por venir en esa misma década de los años sesenta. El poema no necesita ser profético para ser real, atrozmente real. Hay una “resurrección”, es cierto, pero irónica, negativa hasta los huesos. Lo que resucita es, primero, un ave solitaria, y después, un puñal… Somos un país regido por asesinos, parece recordar el poeta. Debajo de la demagogia y del triunfalismo oficial, lo que se impone es este primitivismo mexicano que Huerta no disimula sino al contrario. Lo muestra y lo sostiene frente a nuestros ojos como si se tratara de una calavera.
La pulsión de muerte como prueba de temple literario. La aceptación cabal de la nada que nos rodea y a la vez de modo muy preciso nos constituye. ¿De dónde le viene esto a Huerta? De una fidelidad a la experiencia más personal, desde luego, y acaso de la cercanía con otro poeta guanajuatense como él, relegado habitualmente al cajón de los “populacheros”: Antonio Plaza.
No abundaré en la poesía de Plaza, tan maltratada en general por nuestros poetas de la tradición culta.[3] Diré, empero, que cierto tono “raspa” y populachero, que esa forma de entremezclarse con la pobreza, con los llamados “bajos fondos” de la sociedad, tiene en su poesía un antecedente que en algo puede ayudar a explicar la de Huerta, siempre que se tenga en cuenta que Huerta forma filas en la llamada generación de Taller, una generación cuyos años formativas transcurren durante el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-40). Se trata sin duda del sexenio más radicalizado de la época de la post-revolución. Cárdenas impone una retórica socialista y emprende acciones que benefician a obreros y campesinos. Acoge a los refugiados españoles, los republicanos que habían perdido la Guerra Civil ante el avance del Gral. Francisco Franco, que se convierte en dictador. Nacionaliza el petróleo. Protesta contra la anexión de Austria impuesta por la Alemania de Adolf Hitler, etc. Es una época combativa. Muchos de los jóvenes de aquella época no sólo querían cambiar la literatura, también querían transformar al hombre y al mundo. Entre ellos se encontraban –menciono a los más notables–  Efraín Huerta, Octavio Paz y José Revueltas. También debería añadir a la lista los nombres de Neftalí Beltrán, Rafael Solana, José Alvarado y Octavio Novaro, cuando menos.
Muy diferentes entre sí, Huerta, Paz y Revueltas comparten una semilla de radicalismo socialista a la que siempre habrán de permanecer fieles. El primer libro importante de Huerta, Los hombres del alba (1944), no puede entenderse a cabalidad sin este contexto revolucionario, no importa que la realidad que evocan los poemas sea atroz y hasta un poco desesperanzada. Uno de los poemas más recordables de Huerta, “La muchacha ebria”, pertenece a este volumen, pero también está aquí su famosa “Declaración de odio”, en que el poeta se nos revela como un personaje herido de muerte y de amor por la ciudad de México. Unión de contrarios: amor y desprecio en una sola copa. El gran poeta urbano que es Huerta, insuperado hasta el día de hoy, realiza una tremebunda radiografía del significado que tiene esta ciudad que se nos impone como el hocico de una enorme boa constrictor. Pero habrá un mundo mejor, por supuesto. Este es el verdadero nervio que anima la poetización emprendida por Huerta.
Los hombres del alba es un libro magistral, dicho de otro modo, una obra maestra. Bastaría este título para asegurarle a su autor un lugar destacado dentro de nuestra memoria literaria. Sus descripciones laceran. Los habitantes de la gran ciudad estamos enfermos y a la vez adoloridos por todo lo que nos falta. Estos, los que él mismo designa como los hombres del alba, son en el colmo de la contradicción “los más abandonados, / más locos, más valientes, los más puros.” Continúa la radiografía, nunca edulcorada: “Sé que aman la noche y sus lecciones escalofriantes. / Sé de la lluvia nocturna cayendo / como sobre cadáveres. / Sé que ellos construyen con sus huesos / un sereno monumento a la angustia.”
Los años sesenta son para Huerta un verdadero renacimiento y de cierto modo un cambio de piel. Brotan durante esa década, no sólo El Tajín, antes mencionado, sino otros grandes poemas entre los que destaca la serie de los “Responsos”. El poema que le dedica a Darío, “Responso por un poeta descuartizado”, es excepcional. Lo mismo hay que decir del homenaje que un hombre desconocido rinde a la tumba de Stalin en la Plaza Roja de Moscú (“Un hombre solitario”), convincente y conmovedor más allá de que los crímenes del dictador soviético nos sigan pareciendo repugnantes, o bien de las “Sílabas por el maxilar de Franz Kafka.” Todavía mejor, si es que esto es posible, me parece el  “Borrador para un testamento.” Quien quiera saber qué cosa fue la generación de Taller, cuál era el temple de la época, cómo vivían sus días y sus noches hasta que llegaba el amanecer estos jóvenes de corazón ardiente, tendrá que acudir a este texto fundamental. Es uno de los poemas más intensos de nuestro siglo XX. Sólo a partir de este poema puede entenderse lo que significa en México pertenecer a una generación poética. Quizás desde entonces no ha habido de verdad otra generación en nuestro país. O sea, un grupo de jóvenes amotinados capaz de generar un mundo, y de identificarse de corazón con ese mundo que generan con su actitud. Poner el mundo y transformar el mundo no son sino dos caras distintas de una misma vitalidad armada, subversiva, beligerante. Esto es lo que explica, al menos en parte, la devoción que experimentaron los infrarrealistas por Efraín Huerta durante la década de los años setenta y de la que han dejado varios testimonios, todos ellos por escrito. Evoco al respecto algunos poemas de Mario Santiago Papasquiaro y por supuesto la extraordinaria novela Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.[4]
Valdría la pena intentar un análisis verso por verso de este texto excepcional. Dejo la tarea pendiente y me limito a indicar que ni la generación del Ateneo de la Juventud (Vasconcelos, Caso, Reyes, Martín Luis Guzmán) ni la de Contemporáneos (Gorostiza, Villaurrutia, Torres Bodet, Ortiz de Montellano, Owen y Novo) cuentan con un documento de identidad de este calibre y naturaleza. “Borrador para un testamento” es ya un poema histórico al que tendremos que regresar cada vez que intentemos reconstruir el pulso de la generación de Taller.
Hacer la revolución, cambiar al mundo y a la literatura. Creerlo en serio, involucrar médula y huesos en la ingente tarea. Pero igualmente reírse del intento. Conservar el hilo dorado de la ironía que permite que el guerrero se desligue de su responsabilidad histórica y ría, por un momento, al menos. Huerta puede tocar una cuerda que de algún modo lo emparenta con Renato Leduc, una cuerda irónico-humorística. El mejor ejemplo de ello no son los desafortunados “poemínimos”, que hicieron época y que arrasaron con la fuerza de una moda, pero que han contribuido con el paso del tiempo a que nos quede la imagen de un Efraín Huerta hasta cierto punto frívolo y muy menor. En mi opinión, los “poemínimos” le dieron a Huerta una notoriedad instantánea pero perniciosa. El verdadero Huerta humorista y libérrimo en su uso del lenguaje no está en esas miniaturas sino en el “Manifiesto nalgaísta”. Texto deliberadamente lépero y no apto para nuestra tiesa academia de la lengua, pero que me parece habrá de perdurar en nuestra conciencia. Lépero y contestatario. Huerta se burla en este poema lo mismo del apetito sexual que de la insoportable solemnidad de los poetas mexicanos que se toman demasiado en serio –debí escribir, de los poetas mexicanos a secas. Cito casi al azar este fragmento para mostrarlo:
¡Aleluya! ¡Aleluya!
Poetas elotes tiernos calaveritas apaleadas
Poetas inmensos reyes del eliotazgo
Baratarios y pancistas
Grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa (…)
Con instinto alburero, Huerta le da un repaso paródico lo mismo a López Velarde que a Darío, lo mismo a Octavio Paz que a Pablo Neruda y González Martínez. La influencia (entonces) devastadora de T. S. Eliot espejea en esos poetas elotes tiernos. Lo de reyes del eliotazgo bien podría ser una referencia burlesca a la hegemonía de don Alfonso Reyes que tendría que correr parejas con la de las becas y los mecenazgos trans-sexenales tan al uso en nuestra República de las Letras. Hasta la venerada Gertrude Stein se cuela en cierto momento en el poema cuando Huerta descubre estupefacto que una nalga es una nalga una nalga una nalga una nalga.
Nadie ha desacralizado como Huerta (no olvido el antecedente de Leduc) la poesía mexicana enferma de solemnidad y de pedantería. No vayamos al Olimpo de los insoportables y de los exquisitos, vayamos mejor al nalgatorio que todo lo recompensa:
            Sabedlo nalgaístas próceres y mendigos
                        Por abajo
            Nadie tendrá derecho a lo superfluo
                        Por arriba
            Mientras alguien carezca de lo estricto
                        Por abajo…
Pero aunque estimo que el “Manifiesto nalgaísta” es una de las aportaciones notables de Huerta al repertorio poético mexicano, no creo que sea éste el gran poema libérrimo del autor, sino las “Barbas para desatar la lujuria”, también incluido como el anterior por primera vez en libro en Transa poética.[5] Un coloquialismo paródico de inspiración joyceana, este podría ser el calificativo inicial que propondríamos para designar este texto juguetón y al mismo tiempo provocador. ¿Coloquialismo de inspiración joyceana? Por supuesto, Efraín Huerta era un gran lector y conocía bien el Ulises de James Joyce, tanto o mejor que, hay que decirlo, Salvador Novo. Hacia 1926-27, como se recordará, dos jóvenes poetas mexicanos de avanzada, Xavier Villaurrutia y el propio Novo, lanzarían la revista Ulises, con la que pretendían insertarse de pleno en la ola de la vanguardia más alta, con referencia a los franceses, por supuesto, pero anteponiendo el ejemplo seminal de Joyce. De Joyce toman el nombre de la revista, como de Joyce tomará Salvador Novo inspiración para escribir algunos de sus poemas más arriesgados de la época, basados todos ellos en la libre asociación de las ideas. Me refiero a Never ever (1935), texto eminentemente experimental en el que leemos versos merecedores de aguda atención:
Never ever clever lever sever ah la rima
imagina plombagina borra roba imposiblemente
treinta no más hola papa hola mamá
el divorcio extemporáneo muchísimamente
duradero duradero duradero invernadero
pudridero delantero esmero espero espuro espurio…
Que los psicoanalistas nos aclaren qué puede significar esta eminente referencia a la madre: imagina plombagina–¿imagina la vagina de plomo, quiso decir el poeta justo cuando cumple treinta años de edad y ya se siente viejo y corroído, y traído a tierra, además, por el peso del plomo materno? ¿Y qué podría ser eso del pudridero delantero? ¿Será que el macho tiene algo que es puro y a la vez espurio? Que los secuaces de Lacan nos amparen en este trance. Aunque no olvido la transgresión que implica comenzar un poema con vocablos tomados del inglés, me parece que Efraín Huerta saca todavía mejor provecho de la lección de la libre asociación joyceana cuando escribe sus “Barbas para desatar la lujuria”. El arranque sencillamente es magnífico:
So espléndido, chilló Ricardo
(Bloom) y se afeitó la negra y mulliganosa barba de cinco meses
alors cayeron catedrales de moscas piando misericordia
y fotos de Cecilia enseñándolo todo la muy cínica;
la expulsaron y después la dejaron entrar
mientras Ricardo (Bloom bum bum van a filmar Ulises)
se ahoga en un buche de agua en la Casa del Lago
y su barba de alquitrán va y viene
y el rector papá Chávez protesta cuando esa maldita barba
de no sé qué coño me recuerda
y la estatua del gran pirata apestaban a pólvora.
El sarcasmo no cesa, ni tampoco la autodenigración festiva del ser propio, de la identidad masculina que puede orinar sobre sus propios huesos: Porque ya hemos llegado, so hermanos / oh hermanos en el páramo de dólares de Joarez Avenue, / vamos a ver, queridos, que cada quien se la saque y orine sobre su propia tumba (…) / porque ha sonado la hora del trasero divino de Cecilia / y todo lo demás / Y después ya podremos hablar de todo lo que usted guste / y por ende hasta de Paz…  
La parodia alcanza no sólo el trasero de una mujer muy apetecible que se ha dejado fotografiar desnuda, sino al inmaculado poeta Octavio Paz, que tendría que verse reflejado quizás no para bien en esta burla. Pero nadie se alarme: en el texto igualmente comparecen Jaime Sabines y José Emilio Pacheco, y el pintor Rufino Tamayo y Paz otra vez –quién le manda ser la figura hegemónica. Como se ve, Huerta no deja títere con cabeza.
Mientras Octavio Paz ha ido a buscar las fuentes del poema crítico en Mallarmé, como consta en algunos pasajes de El arco y la lira, Huerta ha acudido a un modelo más inmediato (y menos esotérico): James Joyce.[6] La crítica del lenguaje puede estar bien en el poeta ensimismado, en el poeta que hurga en las entrañas del significante, y que se queda ahí, como un buzo de lo absoluto, pero a Huerta lo que le interesa es la crítica social, la crítica de su mundo y de su tiempo. Si para hacerlo hay que ejercer violencia contra el lenguaje, ¡mucho mejor! Transcribo un fragmento para ilustrarlo:
Olvidé mi epitafio pri pri pritafio
prio prio prio cardenal pajarraco
pájaro cardenal (¿bailamos madre?)
juntos arrejuntados revueltos
nuncios cristeros miramones
cómo quieres tu dogma ¿frío o al tiempo?  
militarazgo sotanazgo
y ardientes monjas de abismal trasero
Salvo algunos sonetos autodenigratorios de Novo, y algunos avances de Leduc, nadie como Efraín Huerta había abordado con tal desparpajo (y disfrute) el tema del deseo sexual. Si el “Manifiesto nalgaísta” (incluidos los homenajes al alburero mexicano) era ya una declaratoria al respecto, “Barbas para desatar la lujuria” es una culminación. El prodigio de la libre asociación sigue en su apogeo, las palabras en libertad alcanzan combinatorias excepcionales y siempre inesperadas:
Introito ad altare Dei
cierra el pico y ámame mujer de espeso sueño
senos maduros trigo dura entrepierna
axilas adivinanza nerviosos hombros
refulge lengua oh trasero sucumbe
lléname de barbas escándalo soy el cadáver
la entraña cementerio semen municipal
(…)
dame redonda estrepitosa realidad
esbelto palomar húmeda herida
suena resuena clarinada
cobíjame oh caderas oh saliva
silenciosa vencida resucitada muerta
bien muerta bajo labios bajo dientes
bajo la piel guitarra
ay amada así sea
La carga de sexismo es inevitable (la época era otra). Deja de hablar, mujer, y coge. La carga de violencia anti-femenina es contundente y no hay que tratar de aminorarla con eufemismos. A la mujer se la entiende como cuerpo, como plétora del placer, y es mejor que cierre el pico –una mujer hablantina es la frivolidad pura. Incluso la idea de la mujer que “muere”, así sea por instantes, en virtud de la posesión sexual es un poco excesiva, aunque no deja de ser en el fondo verdadera. Remite al dominio de lo real. Amas a la mujer para matarla, la embistes con tu arma erecta para aniquilarla, para partirla en dos, y siempre fracasas en el intento. La pulsión de muerte como el verdadero resorte de la posesión carnal, que se renueva y renace en la derrota misma. Puritanos y toda suerte de hipócritas, apártense.
La invocación final de Gorostiza, cundo le impreca a la putilla de rubor helado: “¡anda, vámonos al diablo!”, la retoma Huerta en un contexto mucho más relajado, en un contexto de baile y borrachera (siempre anti-imperialista) que no tenemos por qué despreciar:
Circúndame noche de barbas cuervos buitres
barras estrellas dólares águilas calvas
(…)
Ataúlfo
bebamos como asnos
bebamos so espléndidos amigos
arrodíllense
catedrales impías góticos coños
salud
            y paz
                        misericordia
                                    ¡Vámonos al carajo! 
Es verdad que no siempre mantiene Huerta este temple arrollador y prodigioso. Referí muy de paso la perniciosa moda de los “poemínimos”; habría que reconocer que sus poemas “soviéticos” son muy de ocasión y producen el día de hoy un poco de pena ajena. ¿A quién se le ocurre, en un poema escrito so pretexto de brindar por la eterna amistad de los pueblos mexicano y soviético, y en medio de alabanzas explícitas a Cárdenas y Stalin, afirmar que “El hombre es para el hombre el ser supremo”? (¡sic!) Cenizas por todos lados.El antropocentrismo más burdo y elemental, y también más escandaloso, al servicio de la idolatría marxista. La cursilería ideológica de la época stalinista tiene un verso maestro que no puedo dejar de citar, un verso de alabanza (¿a quién más podía ser?) a los queridos camaradas soviéticos: Con ellos vino al mundo la verdadera noción del alba… Mejor hagamos como que no hemos leído. O como que esos poemas no se escribieron jamás. Pero, sobre todo, que esto no nos impida volver a los grandes poemas de Huerta, esos que siguen ardiendo con una llama portentosa que el paso del tiempo no ha logrado apagar.
Obra citada:
[1]Efraín Huerta, Poesía completa. Edición de Martí Soler. México, Fondo de Cultura Económica, 1988, 603 pp.
[2]Evodio Escalante, Tercero en discordia. México, UAM-Iztapalapa, 1982, pp. 35-56.
[3]Remito a los curiosos lectores al espléndido soneto de Plaza titulado “Nada”, texto de alcances filosofantes de un poeta que, entre otras cosas, conocía el pensamiento de Ludwig Feuerbach.
[4]Efraín Huerta escribe un poema acaso con la intención de dejar testimonio del respeto que su figura inspiraba en varios jóvenes poetas latinoamericanos entre los que se encontrarían Hernán Lavín Cerda, Roberto Bolaño, Bruno Montané, Fernando Nieto Cadena, Enrique Verástegui, Jorge Pimentel, y, entre otros, los mexicanos Orlando Guillén y Mario Santiago. El texto se llama “De los desnudos será…” y se incluyó en Circuito interior (1977). Véase Efraín Huerta, Poesía completa, pp. 386-89.
[5]Efraín Huerta, Transa poética. México, Ediciones Era, 1980.
[6]En lo que se refiere a Mallarmé, remito a Octavio Paz, El arco y la lira. México, Fondo de Cultura Económica, 1998, pp. 270-76. Mallarmé me parece “esotérico” porque a fin de cuentas, y por arriesgados que parezcan, sus poemas permanecen siempre dentro de la imantación simbolista.

No hay comentarios: