domingo, 15 de octubre de 2017

Directores del FCE

15/Octubre/2017
Confabulario
Huberto Batis

En mi colaboración anterior conté cómo fue la fundación del suplemento sábado, en el que Fernando Benítez, José de la Colina y yo fuimos el equipo editorial.
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Benítez tuvo la intención de que el suplemento fuera una revista literaria, algo que yo siempre busqué hacer desde que fundé Cuadernos del Viento. De repente, con la salida de Benítez me quedé solo, al frente de esta “revista”, en la que tenía colaboradores de todas las épocas. Intenté hacer algo que en el siglo XIX se dio muy bien, que eran las polémicas entre los escritores y sus lectores. No lo logré nunca. En sábado, cuando ya no contábamos con “la mafia” de Benítez, busqué reunir a las plumas más señeras de todo el país, que compitieran con las que publicaba Octavio Paz en la revista Vuelta. Yo conté con mis amigos, entre ellos, Juan García Ponce, quien, aunque estaba enfermo, dictaba sus artículos además de su propia obra literaria. En segundo lugar, con Raymundo Ramos, compañero mío de la Facultad de Filosofía y Letras, y Carlos Valdés.
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Conté también con Evodio Escalante, Federico Patán, Ignacio Trejo Fuentes, Margarita Peña, José Antonio Alcaraz; la crítica de cine, de rock y televisión estaban a cargo de Rafael Aviña, quien creó una novedosísima sección dedicada a los videos. La parte de cine estaba a cargo de Gustavo García, Felipe Coria, Naief Yehya y el mismo Aviña. Todos ellos aportaban artículos excelentes. Tenían opiniones encontradas que le daban una gran riqueza y color al suplemento. La sección de música era la más difícil porque los músicos hacen crítica de manera ocasional. En esa época no había críticos de música profesionales. Raúl Cosío Villegas era mi carta fuerte en este tema. Debo confesar que al ocuparme de la dirección y edición del suplemento trunqué mi labor y mi vocación como crítico literario.
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En sábado llegué a recibir una gran cantidad de libros que enviaban las editoriales. De ahí elaborábamos fichas de recomendaciones, que eran muy agradecidas por los libreros, bibliotecarios y lectores. Eran una gran guía. Siempre teníamos libros en espera para darles salida oportuna. Nos podían llegar más de cincuenta libros y revistas cada semana. Todo mundo quería aparecer en “El Laberinto de Papel”, como se llamaba mi colaboración.
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También teníamos pequeños anuncios de varias editoriales: Planeta, Grijalbo, Diana, Joaquín Mortiz. Las editoriales trasnacionales no tomaban en serio las páginas de libros de los diarios. El suplemento incluyó la publicación de pequeños anuncios de varias editoriales del gobierno, entre ellas el Fondo de Cultura Económica. El formato se conocía como “orejas” porque iban al lado del cabezal, que hicimos más reducido para que éstas cupieran.
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Pero en el mundo editorial te encuentras con pequeños sátrapas que te quieren ningunear, como Jaime García Terrés; otro fue el ex presidente Miguel de la Madrid, quien al llegar a la dirección del Fondo empezó a darnos un trato basado en los criterios que sólo puede tener un político, pues empezó a retirar la publicidad al medio que hiciera críticas adversas a los libros del Fondo.
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Esto sucedió cuando el editor Fernando Tola de Habich escribió una reseña en la que criticó el catálogo del Fondo de Cultura. Dijo que estaba desordenado, desaliñado, que era un desastre porque había títulos que aparecían en distintas secciones y con distintos precios. Si en una página costaban quince pesos, en otra aparecían a 300. José Luis Trueba Lara también criticó el catálogo. Dijo que era un indicador de que esta editorial publicaba libros obsoletos y con años de retraso. Poco después nos retiraron el envío de libros y los anuncios. Nunca más me llegó oficialmente una novedad del Fondo, ni siquiera el catálogo. Nada.
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El encargado de publicidad de cualquier editorial sabe que la crítica puede ser adversa o favorable, sin embargo te da ejemplares de sus novedades. Pero si pones una editorial en manos de un ex presidente de la República no tardan en presentarse errores tajantes porque están poco enterados del mundo editorial y el trato entre autores. Quitarte el envío de libros es una cosa, pero quitarte la publicidad en todas las publicaciones porque los “trataste mal” es el colmo de la tozudez y el capricho. Como editor de un suplemento sabes que no puedes pedir notas favorables o desfavorables para libros, películas u obras de teatro. No puedes utilizar con amiguismo tu poder como editor o guiarte por tus afinidades y tus pleitos. No es nada profesional.
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El desencuentro mayor se dio con Jaime García Terrés cuando el Fondo de Cultura Económica festejó sus 50 años con un coctel. Recuerdo que Roberto Vallarino, al que tampoco habían invitado, me propuso que nos coláramos a la fiesta. Y así lo hicimos. Yo entré por la puerta principal. Les expliqué a unos amigos míos que los vigilantes no me dejaban pasar. Me dijeron que me fuera con ellos. Cuando íbamos entrando, uno de los vigilantes dijo: “Ese señor no entra”. Mis amigos amagaron con no hacerlo tampoco a menos que yo pasara. Vallarino entró por la cochera o por una puerta trasera. Ya adentro, nos fuimos a sentar en la oficina del director García Terrés. Teníamos nuestros tragos y canapés en su escritorio cuando éste llegó. Se encolerizó tremendamente. Pensó que era una burla. Nos levantamos, tomamos nuestros tragos, los canapés y nos salimos. Al poco rato ya estábamos en la calle.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Juan Vicente Melo: Resurrección de un clásico secreto

3/Septiembre/2017
Confabulario
José Homero

Hay escritores que parecieran marcados por el infortunio. No sólo en su vida personal, donde los ejemplos son legión, sino en su obra. Y no me refiero a los desdichados cuyo entusiasmo y ambición fue más abundante que su talento sino a aquellos de auténtico legado.
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¿Habrá acaso un escritor más relegado que Juan Vicente Melo? Uso tal término no para compararlo con otros marginales sino porque su obra reclama como pocas el epíteto de clásica: La obediencia nocturna a casi cincuenta años de su aparición continúa emitiendo su poderosa luz negra que la convirtiera en una de las mejores novelas de las letras mexicanas y del castellano y Fin de semana es parte del puñado de tomos de cuentos perfectos de nuestras letras. A pesar de estas virtudes ha estado largamente fuera del mercado, sujeta a vaivenes caprichosos: a veces encontramos sus libros, luego son imposibles de encontrar.
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Ciertamente hubo un tiempo en que era asequible: Los muros enemigos (1962) apareció en la colección Ficción, legendaria durante la dirección de Sergio Galindo (1957-1964), mientras que Fin de semana (1965) yLa obediencia nocturna (1969) fueron publicadas por Ediciones Era. Dos de éstas se incluyeron en la selecta colección Lecturas Mexicanas –la novela en 1987, Los muros en 1992–. Lo cierto es que a diferencia de otros cofrades de su extraordinaria generación –denominada de la Casa del Lago y también del Medio Siglo–, su bibliografía no está consagrada por colecciones y casas canónicas, como pudiera haber sido –y pienso aún que debería– el Fondo de Cultura Económica.
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He señalado ya que La obediencia nocturna y Los muros fueron recopilados en Lecturas Mexicanas. Su mejor libro de cuentos, Fin de semana, asombrosamente no fue reeditado. De modo que durante muchos años leer a Melo de manera cabal fue un privilegio casi exclusivo de los veracruzanos. Más que el demonio de la ironía, la ironía del demonio tramó que uno de los escritores más renovadores de la literatura mexicana quedara reducido a un dudoso papel de gloria pueblerina. En 1985 la Universidad Veracruzana lo incluyó en una colección de visos regionalistas denominada Rescate, con una ronda de ilustres veracruzanos ya difuntos como Juan Díaz Covarrubias, María Enriqueta Camarillo o José María Roa Bárcenas. Nada que objetar a la compañía ni a la intención –claro que es un clásico veracruzano– pero Melo vivía y pese a su deterioro y fragilidad aún era joven –cincuenta y tres años cumplidos– y hubiera sido mejor incluirlo en la colección Ficción de la misma universidad, que entonces coordinaba Luis Arturo Ramos, pionero del asedio crítico a este universo: Melomanías, la ritualización del universo, ganó el premio de ensayo José Revueltas de 1989.El agua cae en otra fuente, título homónimo de uno de los cuentos incluidos, con todo prosperó y dio impulso a una voz que ya desde la década de los ochenta se perfilaba como definitiva en nuestras letras. En la década siguiente otra institución estatal, el Instituto Veracruzano de la Cultura (Ivec), reunió cuentos publicados e inéditos en un tomo denominado Cuentos completos. Agotado el tiraje –me consta que sólo hay un volumen para consulta en el inexistente archivo del instituto–, Melo volvió a las catacumbas en las siguientes dos décadas.
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José de la Colina llamó a Melo un clásico secreto. Para ajustarse al juicio, acaso, durante todo este ya largo siglo XXI permaneció agazapado, un nombre legendario más que un autor real, a pesar de que nunca ha desaparecido del todo, pues no hay escritor ni crítico de aprecio que pueda ignorar su valía. Para paliar esta ausencia, yo mismo a principios de 2012, cuando dirigí la colección Mínima del Ivec, tramé una breve antología denominada La realidad intolerable, cuya selección y prólogo trazó otro gran melómano: Rafael Antúnez.
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Por estas peripecias editoriales la instauración de la colección Obras de Juan Vicente Melo por la Universidad Veracruzana resulta digna de encomio y la aparición de La obediencia nocturnaCuentos completos yAutobiografía, cada uno con prólogo de Luis Arturo Ramos, meritoria de celebración. Al fin, esperamos, Melo volverá a circular y a ganar nuevos adeptos. Al fin dejará de ser un nombre secreto para encontrar a esos lectores en ciernes a los que su poderosa y exigente literatura se dirigió.
La escritura y la seducción
Reeditar no es sólo devolver un autor al mercado sino una propuesta crítica. Hay escritores quienes desde su propio presente encontraron su sitio en el zozobrante sistema planetario de las letras; casos mayores, los de Octavio Paz, Carlos Fuentes o Juan Rulfo. Hay otros que a menudo ven su órbita desplazarse por la irrupción de nuevos astros, cuerpos que trastornan ciclos y posiciones. Sospecho que no ha sido este el caso, según expongo en la primera parte de esta recensión. Recuperar una obra es hasta cierto punto presentarla como novedad, en un medio y un contexto muy distinto al de su génesis. Todo rescate, deviene juicio final, quizá no haya una segunda oportunidad. De modo que más allá de las recomendaciones basadas en sentencias y en jerarquías, la mejor evaluación es cuestionar una obra como inédita. Situar sus méritos y cotejarlos dentro del orden al que pertenece. ¿Será capaz de hablarnos desde su presente?, ¿aporta sentidos a nuestro horizonte?
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Recorrer sin cortapisas la cuentística de Melo nos permite visitar conocidas arquitecturas y redescubrir con emoción pueril antiguas plazas, galerías y pasadizos apreciando sus matices. Si hay autores neuróticos, vehementes para controlar su escritura, Melo es uno de ellos. En los libros mayores Los muros enemigos yFin de semana, pero asimismo en sus cuentos dispersos agrupados bajo un arbitrario Al aire libre –¿por qué esa denominación? Entiendo que fue el elegido por Alfredo Pavón, responsable de la compilación del Ivec, pero no se justifica mantenerlo; obra no compilada hubiera sido más justo; atribuir títulos a quien ha muerto no es una práctica ni crítica ni éticamente muy loable– encontramos la fidelidad a una serie de constantes que igualmente permean La obediencia nocturna. Ese conjunto de tematizaciones y de concomitancias sería susceptible de agruparse bajo la doble valencia del simbolismo y el ritual. Ciertamente una pareja tal puede provocar equívocos: un ritual simbólico. Y no, se trata de dirimir claramente dos órdenes, que sin embargo están vinculados. La ritualización está presente en las costumbres. Los personajes de Melo comparten actos rutinarios: afeitarse, aplicarse agua de colonia, mirarse al espejo, recorrer las calles, encender un cerillo, convocar mediante la nominación… Y este empeño que indicaría una suerte de conducta obsesiva se complementa con una noción mágica: la simbolización del cosmos. Los personajes, además de propiciar la ventura con actos de seducción –esos rituales y hábitos–, la requieren mediante las manifestaciones supremas de la enunciación: la invocación y la escritura. Los personajes escriben de manera incesante aunque sea más un gesto que un método; escriben en las ventanas, en las mesas, en la piel propia y ajena. El propósito es cifrar: aprehender la inasible realidad en un código, en una red lingüística. Una propuesta de eludir la realidad a través de la alusión. Dualidad que afecta su sistema; aunque más visible en los cuentos igualmente sella la novela.
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Ciertamente la lectura continua permite reconocer olvidados aromas, escuchar las sinuosas notas que nos devuelven a un tema largamente olvidado, como esa canción que uno intenta recordar. Entre otros puntos: la repetición de los eventos, el carácter cíclico de los actos, el ascendente fatalista, la signatura mágica y supersticiosa que atiende a los enigmas de las diversas mancias, desde el esquemático zodíaco hasta los trastornos, los pequeños contratos que acordamos con el destino. De ahí la importancia de las variaciones en las condiciones atmosféricas, la vinculación entre fenómeno de la naturaleza, variación y epifanía, pues al modo del James Joyce de “Los muertos”, Melo es un devoto de la revelación. Momento que de súbito nos conduce a la alteración, la otredad, como la aspiración y tema secreto de este universo.
Río en la frontera
Más allá del elogio a la unidad de Fin de semana o a los logros individuales de cuentos como “Los muros enemigos”, “Cihuatéotl” o “El agua cae en otra fuente”, lo que importa es descubrir que las estrategias de Melo continúan siendo vigentes y en muchos casos semejan herramientas inéditas. Estamos ante uno de los escritores mexicanos que más ha extendido la frontera narrativa. Para destacar, para argüir por el lugar de un autor no basta con repasar la nomenclatura temática ni el instrumental quirúrgico de la teoría académica. Para detentar el papel de abogado que a la mitad del foro se yergue exigiendo una reivindicación es necesario el conocimiento: ni principio de autoridad ni memoria –recitar lugares comunes, modos ya aprendidos.
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Releer La obediencia nocturna es descubrir insólito su rico tapiz intertextual donde los versos de poetas de su generación y de otras lenguas, donde los motivos literarios propios y ajenos, e incluso situaciones se integran de manera perfecta a la escritura. Melo gozó de una prodigiosa memoria pero sobre todo un oído perfecto. La obediencia nocturna a su modo es nuestros Cantos poundianos con su voracidad rítmica y textual para alimentarse de versos, frases, acentos de otros. Es también un límite: una escritura que se encuentra siempre a punto del desbordamiento, que sí posee una anécdota y un tema, pero que sobre todo se presenta como un discurso cuyo principal mérito es el flujo. A caballo entre la riada de conciencia y el monólogo, entre la cita y la letanía, busca deliberadamente la opacidad semántica para mejor implotar su dimensión simbólica. Testimonio de la fractura de un orden es también una de las novelas límite. Después de ella, como en Beckett, sólo se avizora el silencio.
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En Melo la sintaxis lo es todo pero sería injusto reducir su narrativa a un asunto de escritura, en el sentido en que lo entenderían los antiguos maestros del nouveau roman y su corte crítica –de Roland Barthes a Jacques Derrida–. “Los muros enemigos”, “Viernes: la hora inmóvil”, por ejemplo son briosos ejemplos de complejidad en el manejo de los tiempos y los espacios textuales, de comprender y exponer que en el relato el triunfo se consigue únicamente a través de las palabras. Más que las acciones son los puntos de vista y el fraseo lo que nos presenta las escenas. ¿Cómo superar el manejo magistral de la prosa, el dominio de cada figura retórica hasta componer una escena única de simultaneísmo, de impresionismo lingüístico que nos ofrece en el relato “Los muros enemigos”?
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… la larga interminable hilera de paredes grises donde íbamos a poner nuestros nombres y la ventana de vidrios rotos que se abre y la mano desconocida que torna el arma que introduce la bala en el cañón que sube hasta los ojos que mira que centra que lo sigue que aprieta el gatillo y la bala que recorre el conducto negro que sale que silba que corre en el aire bajo el sol entre el calor al lado de otras balas dirigiéndose a él buscando su pecho el sitio preciso abajo exactamente abajo y un poco a la izquierda de la tetilla izquierda y no sentir nada solo ver el agujero y los muros enfrente y luego el caerse con todo y caballo el revolcarse entre la fina y pegajosa arena de los médanos el arrastrarse tratando de encontrar algo en qué sentir que todavía está vivo caminando como víbora hasta la orilla del mar en busca de remedio para esta sed el arrastrarse dejando un delgado camino de sangre que corre libre fuera de las arterias y venas rotas destrozadas.
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Con la reedición de sus principales títulos, Juan Vicente Melo regresa no como un autor del pasado, así sea esa gloriosa y hoy legendaria década de los sesenta mexicanos, sino como un creador del porvenir que hoy podemos convertir en presencia. Es hora de conocer finalmente a uno de nuestros clásicos más ignotos.

domingo, 20 de agosto de 2017

El poder político en la narrativa breve de García Márquez

20/Agosto/2017
La Jornada Semanal
Marco Antonio Campos

A la memoria de Víctor Manuel Cárdenas

I

Gabriel García Márquez publicó a lo largo de su vida tres libros de cuentos, o cuatro, si tomamos en cuenta los relatos juveniles que se publicaron por primera vez en una edición pirata argentina (Ojos de perro azul1, pero que a la larga incorporaría a sus obras completas. Los otros fueron: Los funerales de la mamá grande (1962), quizá el mejor de todos, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (1968) y Doce cuentos peregrinos (1992). Publicó asimismo seis novelas cortas: La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1958, en revista, 1961, en libro), La mala hora(1962), Crónica de una muerte anunciada (1981), Del amor y otros demonios (1994) y Memorias de mis putas tristes (2004), una adaptación caribeña de una novela de Kawabata. Para el tema que nos ocupa nos interesan principalmente los cuentos y las tres primeras novelas breves, sin dejar de asociar con las otras y con sus novelas de largo hálito.
Los acontecimientos de los cuentos y las novelas cortas acaecen en Macondo2 o en pueblos caribeños de los que no menciona el nombre, pero todos se parecen mucho entre sí. En sus Memorias3, García Márquez hace este apunte significativo: “Más tarde, cuando empecé a leer a Faulkner, también los pueblos de sus novelas me parecían iguales a los nuestros.” Yo me permitiría añadir que los personajes y hechos que suceden en los pueblos de las novelas y cuentos de García Márquez, tomándole la frase, “me parecían iguales a los nuestros”, o al menos, muy parecidos, y no sólo en el sureste mexicano.
Una virtud mayor del colombiano es que a los personajes más simples o pobres suele darles una dimensión entrañablemente humana, o de otro lado, insólita o mágica. En esos cuentos y novelas breves (protagonizados por alcaldes asesinos –militares o no–, comerciantes enriquecidos a la mala, ancianas encerradas a piedra y lodo, ladrones por hambre, un dentista liberal, el dueño del billar, párrocos centenarios o pobrísimos, el propietario del cine que vive aterrado ante el dedo admonitorio del párroco censor, esposas que en el apego conyugal protegen y cuidan la casa de maridos desbalagados, prostitutas de desahogo, agoreras que viven más (en) el futuro que el presente, carpinteros de prodigio, el gringo despilfarrador no necesariamente estúpido, el veterano inservible de las guerras civiles, viejos que tienen la ocurrencia de aparecerse alguna vez en un jardín como ángeles, bellos ahogados que perturban un pueblo costeño), ya estaba todo el orbe garciamarquesiano que culminaría soberbiamente en Cien años de soledad… Los centros de esparcimiento de los varones en el pueblo son el billar, la gallera, el cine y el prostíbulo.
Una de las columnas centrales que sostienen la casa literaria garciamarquesiana, aun en el ejercicio del periodismo, es el poder. La política, salvo sus debidas excepciones, es el arte de hacer el mal pareciendo que se hace el bien, y a quien se dedica a ella, de manera ine-vitable lo envilece y corrompe. Como escribía en una carta famosa el historiador Lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, si bien él lo extendía también al poder religioso, empresarial, financiero y sindical. El poder político en la obra de García Márquez escasamente tiene bondades, salvo cuando se aspira a tenerlo o los ideales se hallan en flor; una vez que se tiene, cuando se le toma el gusto, el alma se deforma y el hombre puede con-vertirse en un monstruo. El ejercicio del mal puede provenir de un alcalde, un senador, un gobernador, un presidente de la república, y claro, de un déspota, personificado ante todo por el ultradecrépito viejo de su soporífera novela El otoño del patriarca. En sus no-velas –le contestó a Plinio Apuleyo Mendoza– lo que le atrajo hasta la fascinación fue tratar de explicarse, por un lado, el misterio del poder, y del otro, la soledad del poder. El misterio estaría prácticamente presente en su narrativa donde se halle un hombre con un mínimo o un máximo del ejercicio del dominio político. La so-ledad del poder la personifican ante todo el coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad, el ancia-nísimo tirano de El otoño del patriarca y Simón Bolívar en El general en su laberinto, quien la vive en intensidad luego de renunciar a la Presidencia y caer en el des-peñadero de variada índole los últimos meses de su vida, precipitándose en una tristísima orfandad política, pero teniendo o conservando todavía el último resplandor de autoridad, el último “halo mágico” que da el poder, cuando vive –padece– una “agonía trágica”, como la llamó el crítico rumano Paul Alexandre Geor-gescu. Aun a esto habríamos que añadir una tercera, que quizá sea derivada del misterio: la invisibilidad del poder. Es el caso, por ejemplo, de El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora y, sobre todo, de Cien años de soledad, en donde se siente el peso, pero no sabemos dónde están ni quiénes son esos políticos conservadores que gobiernan cruelmente desde una ciudad lluviosa y fría de la cordillera andina, situada a 2 mil 600 metros de altura, y contra quienes, por ejemplo, el coronel liberal Aureliano Buendía emprende treinta y dos guerras civiles. Esos mismos que mandan matar a sus diecisiete hijos de un disparo en la frente, cuando ante la brutalidad criminal, luego del Tratado de Neerlandia, pronuncia el coronel apenas una indignada frase de rebelión, pero que ante los hechos, ante la fatiga de la edad, era inofensiva.

I I

Igual que en buen número de sus cuentos, en las tres primeras novelas breves, la autoridad ejecutiva, inmediata y visible, es el alcalde, pero en La hojarasca y en El coronel no tiene que le escriba aparece de sesgo; en La mala hora, en cambio, es protagonista imposi-tivo4. En La hojarasca, no de derecho pero de hecho, el poder lo representa la compañía bananera, cuyos directivos no se ven pero inciden y determinan la vida en Macondo. Cuando la compañía se va, sólo deja en el pueblo la hojarasca: desempleo, pobreza, estrago. “Todo lo había traído la hojarasca” y todo lo bueno –si lo hubo– se lo llevó. El alcalde apenas aparece en las páginas y sólo para darle al coronel5 el permiso para que el médico, a quien odiaba todo el pueblo, fuese sin violencia enterrado.
En El coronel no tiene que le escriba se menciona de paso el contubernio para el saqueo –“el pacto patrió-tico”– entre el alcalde y el rico del pueblo, don Sabas, a quien sólo le importa la plata, y es capaz de hacer cualquier cosa para allegarse más, aun aceptar el crimen o la expulsión del pueblo de miembros del propio partido. No obstante, ambos personajes no se explicarían sin el estado de sitio que ahoga al país desde diez años atrás. No está dicho pero se sobreentiende sin dificultades que se vive bajo una dictadura, por ejemplo, cuando se habla del toque de queda, o cuando se refiere que no hay esperanzas para unas prontas elecciones, o cuando el médico comenta con el coronel sobre los perió-dicos que le llegan: “Es difícil leer entre líneas lo que permite la censura.” Pero esa dictadura en el país no se ve; está encarnada criminalmente en el breve horizonte municipal en el alcalde que, como en otras narraciones, es un teniente. De los representantes de la dictadura en el centro del país, por ejemplo, el propio déspota o los ministros, no sabemos quiénes son. Los jóvenes opositores en el pueblo, entre quienes se contaba el hijo del coronel, reparten hojas clandestinas pero no sabemos quiénes las hacen o quiénes las mandan desde otras partes. El coronel espera desde quince años atrás una carta donde le confirmen su pensión de veterano de guerra, pero la carta no llega, y no sabemos quién o quiénes, en esa burocracia de pesadilla, debe mandársela. Algo aún más triste: el coronel tiene el antecedente de sus compañeros en la guerra civil que murieron sin que les llegara el correo de la confirmación de la pensión. Nunca sabrá si eso ocurre por morosidad burocrática o porque se la roban desde la ciudad nublada y fría del Centro. Debajo o entre la historia del coronel, que espera a sus setenta y cinco años la noticia alentadora para salir de una vida de pobreza al límite con su mujer, corre la historia de la (frágil) resistencia política contra la asfixiante dictadura. Nada sugiere más al gobierno despiadado bajo el que viven en el pueblo que, cuando al principio de la novela su mujer y él asisten a un entierro, que es todo un acontecimiento, y lo es, porque como opina el coronel con magnífico humor negro, “es el primer muerto de muerte natural que tenemos en muchos años”.
En La mala hora el poder absoluto lo tiene el alcalde; el párroco Ángel, el juez Arcadio y los ricos (don Sabas, Chepe Montiel) o carecen realmente de poder o son cómplices. A veces los toma en cuenta pero no tienen poder de decisión. El padre, un hombre pobrísimo, es de hecho una figura decorativa; su función es sólo para calificar las películas según su moralidad, que los pobladores vivan como católicos, buscar dar consejos en algunos momentos al alcalde para refundar la moral y que en su iglesia no proliferen los ratones. Al final se da cuenta que todo el bien que quiso hacer sólo fue levantar una estatua en honor a la nada.
Pero ¿cómo se hizo el alcalde del poder en los años del terror? Luego de una visita del juez que le pide inútilmente un salvoconducto para transitar en las calles durante el estado de sitio, trata de dormir:
Estaba desvelado en pleno día, empantanado en un pueblo que seguía siendo impenetrable y ajeno, muchos años después que él se hiciera cargo de su destino.
La madrugada en que desembarcó furtivamente con una vieja maleta de cartón amarrada con cuerdas y la orden de someter al pueblo a cualquier precio, fue él quien conoció el terror. Su único asidero era una carta para un oscuro partidario del gobierno que había de encontrar al día siguiente sentado en calzoncillos a la puerta de una piladora de arroz. Con sus indicaciones, y la entraña implacable de tres asesinos a sueldo que lo acompañaban, la tarea había sido cumplida.
Ni Vitela, el juez anterior al juez Arcadio, se escapó de ser acribillado. Cometió la infidencia en una borrachera de que haría respetar el sufragio.
En La mala hora el asunto fundamental es la historia de los pasquines difamatorios contra hombres y mujeres del pueblo –salvo excepciones–, que mantienen en alerta a todas y a todos y que llega a causar asesinatos o que gente se vaya del pueblo, pero debajo o entre la historia de los pasquines corre la política como un pasado de crímenes. Un pasaje de la novela es ilustrativo de la enérgica capacidad de decisión que tuvo el alcalde en los años del terror. Una madrugada unos policías iban a entrar a casa del doctor Giraldo, no se sabe si a matarlo o a aprehenderlo, y el alcalde ordena: “Ahí no. Ése no se mete en nada.” Es decir, una señal de él era la vida o la muerte. En complicidad con don Sabas y Chepe Montiel, el alcalde en los tiempos de persecución, se hizo de bienes que compraron a precios de bisutería. Era un tiempo que parecía tener sólo tres destinos para los opositores: la tumba, la cárcel o el destierro. Pasado el estado de sitio, el alcalde quiere ser más justo (hasta donde puede) y que el pueblo sea un lugar decente; sin embargo, a los moradores del pueblo les parece que todo sigue igual, entre otras cosas, porque no hay elecciones. “Cambió el gobierno, prometió paz y garantías, y al principio todo el mundo le creyó. Pero los funcionarios siguieron siendo los mismos.” No sólo seguía igual, sino llegó a ser más infame y execrable: muy pronto el alcalde vuelve a caer en la arbitrariedad, la rapiña, el asesinato... En algún momento descubre que no sólo son los pasquines con los que los moradores se divierten malévolamente para acabar con la honra de los pobladores: como en su anterior novela (El coronel no tiene quien le escriba), empiezan a circular también hojas clandestinas, que el lector deducirá que son llamados a la población a la rebeldía y a irse al monte para combatir el mal gobierno. El centro de conspiración, donde principalmente se pasan de mano en mano las hojas, como en El coronel no tiene que le escriba, es la gallera: allí mataron al hijo del veterano coronel; de allí sacaron en La mala hora a Pepe Amador, un joven opositor, para torturarlo y matarlo. En realidad el estado de sitio –se comprende– nunca se fue. La muerte de Pepe Amador es la gota que colma el vaso. “En este país va a haber vainas”, dice el peluquero Guardiola al juez Arcadio. Y añade líneas más adelante. “Esto ya no lo para nadie.” O como dice hacia el final el tendero Benjamín a la madre pobrísima del joven asesinado: “En este tiempo la justicia no se hace con papeles: se hace a tiros.”
Desde que llegó el teniente-alcalde la mala hora en el pueblo fueron todas las horas. Escrita en 1962, tres años antes había triunfado la guerrilla en Cuba. En Colombia, desde 1948, luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, empezaron las guerrillas, y con ellos los fermentos de lo que serían los movimientos de las farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y el eln (Ejército de Liberación Nacional), que en 1964 fundarían sus movimientos.

I I I

E

n Cien años de soledad de principio, en el nacimiento de Macondo, que simbólicamente es la génesis del planeta, el poder no lo tiene nadie, o si se quiere, hay un régimen de usos y costumbres, en el que sobresale el primer José Arcadio Buendía por fuerza de su voluntad. Vendrían después sucesivos alcaldes, sin orden preciso, unos mejores que otros, y en la Guerra de los Mil Días, unos serían conservadores, otros liberales. Luego de la firma de la paz con el Tratado de Neerlandia se describe la irrisoria situación política: “Las autoridades locales eran alcaldes sin iniciativas, jueces decorativos, escogidos entre los pacíficos y cansados conservadores de Macondo. ‘Este es un régimen de pobres diablos –comentaba el coronel Aureliano Buendía cuando veía pasar a los policías descalzos armados de bolillos de palo–. Hicimos tantas guerras, y todo para que nos pintaran las casas de azul’.” Cuando llegó la compañía bananera, sin embargo, fueron sustituidos por forasteros autoritarios, que el señor Brown se llevó a vivir dentro del gallinero electrificado, es decir al área de apartheid que tenían los gringos dentro del propio pueblo, para que gozaran, según explicó, de la dignidad que correspondía a su investidura, y no padecieran el calor y los mosquitos y las incontables incomodidades y privaciones en Macondo. Los antiguos policías fueron reemplazados por sicarios con machetes. Encerrado en el taller, el coronel Aureliano Buendía pensaba en estos cambios, y por primera vez en sus callados años de soledad lo atormentó la definida certidumbre de que había sido “un error no proseguir la guerra hasta sus últimas consecuencias”.
Luego de la partida de la compañía bananera, que dejó hecho pedazos el pueblo, las autoridades de Macondo se van haciendo lejanas o se difuminan en la novela.

I V

No de muy diversa manera, el poder aparece en sus cuentos. Por ejemplo, en “Un día de estos”, el primero de Los funerales de la mamá grande, está magníficamente dibujado en una imagen: cuando el dentista, al momento de sacarle al alcalde una muela sin anestesia, “sin rencor, más bien con una amarga ternura”, le dice: “Aquí nos paga veinte muertos teniente.” En ese momento se nos revela en su dimensión exacta con quién trata y de quién se trata6.

En el cuento “Muerte constante más allá del amor” (quizá el mejor del libro de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada), el senador Onésimo Sánchez, a quien “le faltaban seis meses y once días para morirse”, un deudor le envía a su hija virgen, una muchacha bellísima, la muchacha más bella que el senador haya conocido, y se la ofrece por el dinero que le debe. Se lleva a cabo la transacción y el único lamento del senador es no haber seguido encerrado con la muchacha por más tiempo del que le tocó vivir. En el soneto de Quevedo, que da título al cuento, el poeta español imagina que después de su muerte será “polvo, mas polvo enamorado”; el senador Onésimo Sánchez es cuerpo terrenal enamorado hasta el último de sus días. Me doy por creer que en sus años de lozanía a García Márquez le hubiera gustado una muerte felizmente sexual igual o parecida a la de su protagonista.
Como han dicho Maquiavelo y sus descendientes teóricos, la esencia del poder es tenerlo y mantenerlo. En uno de los Doce cuentos peregrinos, “Buen viaje, señor presidente” (el cual es quizá un desprendimiento de El otoño del patriarca –fue escrito en 1979–), versa sobre un expresidente caribeño que va a curarse paradóji-camente a la helada Ginebra, donde enfermo y pobre pasa unos meses hasta que casi se recupera. Paradójicamente pobre digo, porque las fortunas de los hombres del gran poder latinoamericano han acabado por décadas en las cuentas suizas. Paradójicamente también porque un matrimonio más pobre que el expre-sidente ambiguamente pobre y en la extrema soledad del poder es el que le mitiga los meses de precariedad durante su estadía. Un día el expresidente regresa al Caribe, específicamente a La Martinica, donde mora su amigo el poeta Aimé Césaire7, pero aún no puede regresar a su país. Es casi una máxima que no hay político que haya conocido y perdido el poder que no espere o sueñe volver a tenerlo. Es una ingenuidad creerles en el desempleo su falso desdén por el poder, y menos, que quieran definitivamente prescindir de él. Cuando se presenta la oportunidad, al político le da por creer, o los partidarios se lo hacen creer, que la patria lo necesita y que aún es útil para “aportar su experiencia”. El expresidente acaba por creerlo y vuelve a las andadas.

V

En un notable artículo de 1991, la periodista colombiana Patricia Lara observaba que la fascinación del poder en García Márquez “le ha permitido descifrar su misterio, retratarlo, desmenuzarlo, engrandecerlo y ridiculizarlo”. A las dos atracciones que tenía por el misterio y la soledad del poder, y a la que añadimos nosotros la invisibilidad, Patricia Lara adiciona muy bien que “hay básicamente dos características comunes en todos sus personajes poderosos, las cuales tienen que corresponder necesariamente a características comunes a quienes se dejan atrapar por el vicio de la felicidad falsa del poder: la pérdida del sentido de la realidad y la incapacidad para el amor” 8. En las respectivas novelas, la periodista evidencia instantes definitorios en los casos de Aureliano Buendía, el Patriarca y Simón Bolívar. El amor, sentencia, les quedaba grande.
En un régimen de cualquier índole se habla desde las cúpulas del poder –nacional, estatal o municipalmente– de respeto a las instituciones y de estado de derecho, pero García Márquez dibuja soberbiamente que quienes deberían hacer valer las leyes son los primeros en violarlas o torcerlas, eso sí, reiterando de continuo, en mejor o peor simulación, que se cumplen a cabalidad y nadie está por encima de ellas. El ejercicio de la política y de la abogacía se asientan en la verdad jurídica, pero son ellos quienes perfeccionan más en la práctica el arte de la mentira. Salvo excepciones, no hay un personaje poderoso que, de una manera u otra, no se hunda en un lodazal delictivo. En eso, las narraciones del aracataqueño son un retrato, o si se quiere, una metáfora, de la política latinoamericana: injusticias, bruta-lidad criminal, arbitrariedades cotidianas, abuso de autoridad, pozos sin fondo de corrupción…
Después de la publicación de Cien años de soledad, García Márquez conoció y trató a numerosos presidentes, sobre todo colombianos y mexicanos, de vario y variado color ideológico, y de algunos fue muy amigo. De los colombianos, liberales y conservadores, desde Alfonso López Michelsen (1974-1982), de hecho fue próximo a todos. Baste pensar, de otros países, en Omar Torrijos, François Miterrand, Bill Clinton, Carlos Andrés Pérez, Ricardo Lagos y, sobre todo, Fidel Castro. Esta proximidad con los poderosos fue algo común al grupo del boom (Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa). Quizá quienes trataron más a los presidentes fueron García Márquez y Vargas Llosa, pero Vargas Llosa tuvo mayor cercanía con los conservadores o ultraconservadores, algunos impresentables.
Contra todo, no hay nada que muestre o pruebe que García Márquez buscara en ese trato un interés o un beneficio personales, ni mucho menos un puesto mi-nisterial. Un último y claro ejemplo de esa fascinación fue su insistencia para que el entonces rey de España, Juan Carlos ii, asistiera a la celebración de sus ochenta años a Cartagena de Indias. Parecía en él sólo el gusto de convivir con los poderosos, sentir la inmediata aura del poder y, muy probablemente, la oportunidad de conocer sus caracteres, y en determinados casos, como el de Fidel Castro, interceder por perseguidos (que el chileno Jorge Edwards, quien lo trató a menudo en la Barcelona de los años setenta, y quien no simpatizaba con el régimen cubano, escribió que a fin de cuentas no fueron muchos9). Del lado de los presidentes, sobre todo latinoamericanos, reunirse con él significaba el ornato de tener como amigo próximo o como excelente conocido al narrador latinoamericano más célebre del siglo xx y de lo que iba del xxi. En cuestión de imagen, en mi opinión, ganaron mucho más con la amistad o con el trato los presidentes que García Márquez 

Notas
1. Son nueve cuentos publicados entre 1947 y 1955, es decir, entre sus veinte y sus veintiocho años, uno más mediano que otro, los cuales ocurren en espacios muy cerrados. Una de las preocupaciones centrales que los caracterizan es el muro invisible –el momento del tránsito– que existe entre la vida y la muerte; otra sería el doble y los desdoblamientos. Entre todo ese desecho narrativo hay un cuento espléndido, “La mujer que llegaba a las seis”, sobre una prostituta que ha asesinado a un cliente, el cual anticipa por varias vías la gran narrativa garciamarquesiana. Para evitar la circulación clandestina, García Márquez incorporó el libro como propio en sus obras completas.
2. En sus memorias cuenta que Macondo era el nombre de una finca bananera. Estaba a diez minutos en tren de Aracataca. Se le quedó hondamente grabado en el recuerdo y el cuerpo por su sonoridad.
3. Vivir para contarla.
4. En una novela corta posterior, Crónica de una muerte anunciada, se nos informa que el alcalde, el coronel Lázaro Aponte, lleva once años como autoridad civil. Apenas si aparece en el curso de la narración. Una, para decir que creyó tener razones de que Santiago Nasar ya no corría ningún peligro de que los gemelos Pablo y Pedro Vicario lo fueran a matar para vengar en él al supuesto desvirgador de su hermana; la segunda es que en los primeros días, luego del asesinato, cuando tenía a los gemelos Vicario en la cárcel, no sabía qué hacer con ellos; la otra mención al alcalde es indirecta y es una información que da el cura Carmen Amador en su retiro de Calafell al sujeto narrador (García Márquez). El cura tuvo que hacer la autopsia de Santiago Nasar en ausencia del médico: “Fue como si hubiéramos vuelto a matarlo después de muerto. Pero era una orden del alcalde, y las órdenes de aquel bárbaro, por estúpidas que fueran, había que cumplirlas.”
5. Hay una obsesión de García Márquez por los coroneles como protagonistas esenciales en novelas. Dos no tienen nombre (La hojarasca y El coronel no tiene quien la escriba); el otro es una mención de paso en sus primeros libros, y eje definitivo de Cien años de soledad: el coronel Aureliano Buendía. En esas menciones, en la guerra y en la firma de paz, hay ya un tinte legendario. Una curiosidad: el abuelo materno, Nicolás Ricardo Márquez Mejía, del que decía García Márquez que era quien más lo había influido, tuvo grado de coronel, y aparece aún en Cien años de soledad, llamándose –quizá por eufonía verbal– Gerineldo Márquez, y es el hombre de más confianza en la guerra y en la paz de Aureliano Buendía. En la paz es el pretendiente obstinado y sin esperanza de la seca y severa Amaranta.
6. En La mala hora hay una variación del cuento. En un pasaje, por medio del cura, el alcalde hace que lo reciba el dentista. Las posiciones ideológicas son las mismas, pero los hechos criminales que los enfrentaron son algo que ya fue.
7. Varios de los cuentos peregrinos son pretexto para que amigos o maestros sean asimismo personajes: el propio Aimé Césaire, Cesare Zavattini, Pablo Neruda y Miguel Otero Silva.
8. Gabriel García Márquez, testimonios y ensayos sobre su obra. Compilación de Juan Gustavo Cobo Borda, I, pp. 15-19. Siglo del hombre editores, Bogotá, 1992)
9. Lecturas Dominicales, El Tiempo, Diciembre 12, 1982.