sábado, 19 de abril de 2014

Las batallas políticas de Gabo

19/Abril/2014
Milenio
Ariel González Jiménez

Hace casi veinte años, en una entrevista para la televisión española, Gabriel García Márquez respondió una pregunta incómoda con una respuesta bastante cómoda. La conductora le cuestionó si le había molestado que el “pope” (así lo definió la periodista)  de la crítica literaria,  Harold Bloom, no lo hubiera incluido en su lista de los 100 mejores escritores del siglo. El escritor le dijo: “Al punto de que ni cuenta me había dado”.
Tiempo después, Bloom tampoco lo incluyó en su célebre Genios, obra en la que sí figuran Octavio Paz y Jorge Luis Borges, pero eso de seguro tampoco le preocupó porque, como confesó en la misma entrevista que cito, él ya no leía a los críticos y había aprendido que algunos juicios duelen al comienzo, tal vez unos días, pero “siempre se olvidan”. Ya era Premio Nobel, ya era traducido a decenas de lenguas y universalmente conocido como Gabo, el hipocorístico más simple, familiar y cercano que un autor haya tenido jamás (por lo menos en nuestras latitudes) entre sus lectores.
Lo cierto es que al autor de Cien años de soledad no le faltaron críticos a los cuales ignorar, ni  confrontaciones o desprecios dentro del mundo intelectual. Jorge Luis Borges se permitió preguntar “¿Quién es García Márquez?” cuando le anunciaron que había ganado el Premio Nobel de Literatura. ¿Envidia? ¿Ceguera? Quizás ambas, pero es claro que tratándose de Jorge Luis Borges —el aspirante más frustrado al Premio Nobel y el que más inmerecidamente nunca lo recibió—, era un cuestionamiento de los criterios y reglas con que se conduce la Academia Sueca. A este respecto, Artur Lundkvist, miembro de la Academia, abiertamente le dijo al periodista colombiano Eligio García, lo siguiente:
“Sobre la academia existe una gran presión para que le den el premio a Borges. Esto se habría justificado hace 30 años. Ahora ya es demasiado tarde. Muchos dicen que yo no quiero el premio para Borges por su posición política reaccionaria. Esto es falso. Esto nada tiene que ver con la política. Lo que pasa realmente es que Borges no ha escrito nada de importancia en los últimos 25 años. Yo he traducido algunas de sus obras, y lo considero básicamente un poeta. Su obra importante es la poesía. Pero ya no es suficiente para el Nobel”.
Lo que consiguió Lundkvist con sus declaraciones fue ser identificado como el principal culpable de que Borges nunca haya recibido el máximo galardón de la Academia Sueca, además de atizar el fuego de la discordia entre los dos escritores y sus seguidores. A la muerte de García Márquez alguien ha dicho que admiraba a Borges, y puede ser cierto, pero sobre todo lo es que estética y políticamente representaban cosas y opiniones sumamente encontradas.
En otro momento de gran tensión con sus pares del mundo literario, Mario Vargas Llosa le cruzó el rostro con un puñetazo; el origen de ese acto, se supone, fue una disputa estrictamente personal, pero con el tiempo quedó muy claro que existía ya una profunda distancia ideológica motivada en primer lugar por la posición que cada uno había adoptado frente a Cuba y la conducción de Fidel Castro.
Más tarde, 1990, el choque con Octavio Paz volvió a ser frontal (los antecedentes de su conflicto pueden encontrarse igualmente en la interpretación que tuvieron de la Revolución cubana), con motivo del encuentro El siglo XX: la experiencia de la libertad, al que no fueron invitados escritores como Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes. En aquella oportunidad, Paz calificó a los dos escritores de apologistas de tiranos, y específicamente puso de relieve el vínculo entre el autor de La hojarasca y Fidel Castro: “Hay que aprender a decir y a escuchar la verdad: hay que criticar tanto el estalinismo de Neruda como el castrismo de García Márquez” (fue ahí también que el escritor chileno Jorge Edwards dijo de García Márquez: “Es un gran novelista, pero un mediocre político”).
El tono de Edwards ha sido el más usado por los detractores de García Márquez: un autor extraordinario, un creador maravilloso, pero un hombre equivocado en sus preferencias políticas. Su caso nos recuerda el de muchos otros autores, artistas y pensadores que terminaron abrazando causas populares o sociales que devinieron intolerantes o francamente totalitarias. Y como buen hijo de una región y una época, Gabriel García Márquez se comprometió con personajes como Fidel Castro u Omar Torrijos, revoluciones como la sandinista, movimientos armados como el FMLN en el Salvador y aun los de su propio país.
De su amistad con Fidel Castro nunca renegó. Y quizás no sea eso lo más criticable; pero no es lo mismo pasar por alto la ausencia de libertades, la persecución y represión política, lo mismo que las purgas de un régimen conducido dictatorialmente, así sea en nombre del pueblo y la revolución. Es ahí donde Gabriel García Márquez, el grandioso escritor, nos ha quedado a deber al menos un mea culpa.

domingo, 13 de abril de 2014

Lo que sabe el poeta

13/Abril/2014
Jornada Semanal
Juan Domingo Argüelles

Hugo Gutiérrez Vega nos enseñó una cosa fundamental a los lectores y a los poetas en la segunda mitad del siglo XX: a hablarle de tú a la poesía. Despojó a la Sacrosanta Lírica de sus mantos solemnes que ocultaban su hermosa desnudez y la puso –cual la musa callejera de Fidel, cual la musa “del piernón bruto” de Efraín Huerta en “Juárez-Loreto.– a hablar en cristiano y no en culterano.
Hugo Gutiérrez Vega nos mostró que el poeta y el lector de poesía son, tal como aseguraba García Lorca, gente que anda por las calles, y no patitiesos engendros de la solemnidad que esperan caer la noche para salir de sus guaridas oscuras y tenebrosas a llenar de ripios y plumas las salas atiborradas de cursis pudibundos.
Hugo Gutiérrez Vega metió en la poesía lo mismo a Grecia que a la Reina Victoria (y a la Reina Margot, si el caso fuera); lo mismo a la abuela que hablaba con pájaros creyéndolos ángeles, que al perro de la carnicería. En su ecuménica poesía tiene cabida todo el mundo: los poetas mismos, las cosas, los pájaros, la mujer (su mujer), las mujeres (sus hijas), el amor, la tristeza, la oda y la elegía, pero también el humor, la gracia: junto a los soles griegos, la mismísima Borola Tacuche de Burrón.
Hugo Gutiérrez Vega jamás se ha andado por las ramas. Su poesía no ensaya la pirueta circense ni la machincuepa mortal con las que algunos matan toda emoción del lector. No busca impresionar, busca comunicar, y comunica; no quiere sorprendernos, quiere que conversemos ahí donde la poesía es comunicación, diálogo, algo en común: gozo y comunión.
Hugo Gutiérrez Vega le puso el cascabel al gato, buscándole tres pies a las ineptitudes de la inepta cultura. Lo coloquial en sus libros dejó de serlo porque toda poesía es coloquial o no es, desde que Cipión y Berganza, los bergantes caninos de Cervantes nos mostraron (entre razonamientos perrunos) que no hay imposibles para la poesía salvo cuando la poesía es imposible de leer.
Hugo Gutiérrez Vega le canta a la noche despatarrada y a la luna de octubre (que, dicen las malas lenguas, es la más hermosa porque en ella se refleja la quietud), y se deja acompañar por maracas y requintos, serruchos, un peine con papel y voz gangosa, y música de viento para el viento, porque si no lo hace se lo devora entero la cruel solemnidad.
Hugo Gutiérrez Vega sabe de lo que habla: “Yo nací en un mundo tan solemne,/ tan lleno de conmemoraciones cívicas,/ estatuas,/ vidas de héroes y santos,/ poetas de altísimas metáforas/ y oradores locales;/ en la ciudad que tiene siempre puesta/ la máscara de jade y de turquesa,/ y como ahí nací/ debería callarme el hocico/ y pintar solamente en los retretes.”
Hugo Gutiérrez Vega, como puede mirarse, no nació con la luna de plata, ni nació con alma de pirata, y no nació rumbero ni jarocho ni trovador de veras, ni nació junto a su Veracruz. Lo que él sabe es que “los domingos sale una luna de papel/ entre las jacarandas”, y sabe (sin cursilerías, y quizá brutalmente) de “la noche que se devora todos los sortilegios/ y se queda para siempre/ en el aire gris/ de la ciudad con las tripas abiertas”.
Hugo Gutiérrez Vega dice que morirá cuando el placer termine. Y qué placer más placentero éste que el de saber que la vida ha derramado su cornucopia sobre sus zapatos, dándole el don del vuelo que raras veces usa pero que sabe que ahí está y es para usarse, y un día volará. Por eso dice que nada pide. Sorprendente declaración de fe en un mundo donde todo el mundo algo pide y exige aunque sea al menos la delirantemente ínfima inmortalidad.
Hugo Gutiérrez Vega ha visto y ha escuchado cómo los poetas dicen sus versos y agitan sus plumas de pavo real en el gran salón, y ha observado que al final de los recitales esas plumas de pavo real quedan regadas por el suelo para que las sirvientas (que limpian el salón) las pongan en sus viejos sombreros y opinen que los recitales de poesía son útiles a la república. Él, que se sabe un señor domesticado que escribe versos, no pide nada, no pide nada que la poesía no pueda cumplir.
Hugo Gutiérrez Vega le da cuerda al bolero y le echa una moneda a la sinfonola, se duerme en sus laureles de la infancia (para soñar mejor) y repite: “Aunque no lo parezca de verdad no quiero nada.” Conspiran a su favor “una clara madrugada/ y un bosque de altas ramas/ con los brotes apenas nacidos”. Descubrió que a sus ojos iba mejor la noche, pues el terror es diurno, “cuando las bestias abren sus fauces”.
Hugo Gutiérrez Vega sabe que las bestias que abren sus fauces, en el bazar de asombros, no son las pesadillas de los sueños nocturnos, sino los desvaríos y tragedias de los dragones diurnos (banqueros, generales, políticos voraces, cómplices de los males y corruptos de carne corruptora) que entregan como gran filantropía más miseria, más inseguridad, más autoritarismo y demagogia.
Hugo Gutiérrez Vega vive con pocas cosas a su lado; las pocas cosas que la vida le da como regalo. Dice, sin que le asuste el tono autobiográfico: “unos seres que crecen a mi lado;/ un techo, pan, un poco de dinero,/ libros, el teatro, el cine;/ seres vivos que amo/ y que me aman;/ mis muertos, la memoria/ y el presente/ (nada sé del futuro/ pero no me interesa)”.
Hugo Gutiérrez Vega cultiva, en sus ochenta años, la delicada planta de la esperanza. No sin escepticismo. “La realidad la frustra, la ataca, la violenta”, explica con paciencia, con ardiente paciencia. Cree que la esperanza es la loca de la casa, y sin embargo día a día la cuida, la escarda y la consiente. La loca de la casa se aferra a su locura, y el jardinero acaso contagiado mantiene la esperanza de que florezca un día y nos entregue un fruto de esperanza.
Hugo Gutiérrez Vega escribe para conjurar. Y su conjura alienta la esperanza. Y su pedir es dar contradictorio: “Sólo pido los restos del crepúsculo/ y una tarde en el mar,/ tal vez, si la fortuna lo dispone,/ cuatro días en Viana do Castelo,/ un libro de Pessoa,/ um cálice de porto,/ dos poemas de Andrade,/ unas palabras de Castello Branco,/ las manos de Lucinda,/ una charla sin trabas con mis hijas,/ carta de Monsiváis,/ la novela de Sergio.../ En fin... son muchas cosas/ las que pido. ‘Ay, hijito, tú no tienes medida’,/ decía la abuela/ levantando un dedo./ Y qué le voy a hacer:/ Todo eso pido.”
Hugo Gutiérrez Vega pide para el lector y es lo que entrega. Conociéndolo un poco (porque platico con su poesía), sé lo que pediría en sus ochenta: fox trot, pero sin Fox; todo el amor, “sin que el amor lo sepa”; la recuperación de Ernesto Flores; “la risa sin motivo”; “el sueño nuevo ardiendo en la camisa”; “ser un país, tener memoria propia”; contradicciones varias; “cantar aquí y ahora”; “las manos de Lucinda”; “todo López Velarde”, y muchas cosas más, sabiendo de antemano que “nunca el amor es mucho,/ nunca llega a abrumarnos/ con su antiguo perfume./ Siempre algo por decir/ se nos queda en el alma.”

Los libros en cifras

12/Abril/2014
Laberinto
Braulio Peralta

De un peso que se gasta para la producción de un libro, el porcentaje en la elaboración del mismo es el siguiente: entre 23 y 26% es infraestructura de la editorial, de donde salen costos para impresión, prensa y marketing. Entre 45 y 50% va directo para la distribución. El 8 y 12% son derechos de autor. Y el resto, aproximadamente un 12%, son las posibles ganancias de los productores, los hacedores de la industria editorial.

No existen en México datos exactos de la venta directa de libros en los canales de distribución, a excepción de Sanborns. O sea: los distribuidores pueden vender el libro o no y nadie puede exigir pago inmediato. Recuperar ese dinero lleva hasta nueve meses para cobro. Las imprentas y librerías son los primeros ganadores en este negocio: cobran su trabajo en un plazo no mayor de 90 días y las segundas tienen esos nueve meses para liquidar la venta de un libro...O ninguno.

Los precios del libro suben hasta siete veces su costo o más, de cara al público, si son nacionales. Lo mismo si son extranjeros porque las exigencias de un libro importado ante Hacienda, permisos de ingreso al país y demás cuestiones administrativas no toman en cuenta que un libro es cultura. Es negocio, como vender medicinas o muebles. Es el lector el que paga los costos. Si un libro costó en producción 24 pesos, pues vale alrededor de 148. O mejor: a peso por página, como viene sucediendo. Los extranjeros, si en sus países de origen cuestan, digamos, 100 pesos, aquí se disparan hasta en 700.

La vida de un libro puede durar como novedad no más de tres meses en exhibición. O sea: se vende en esas fechas o simplemente regresa a la bodega a pudrirse como un fracaso editorial más. Si alguien quiere conocer a fondo el fracaso de la industria editorial le aconsejo visitar sus bodegas, o ir a las ventas de saldos o a las librerías de viejo: ahí se encontrarán libros con precios de hasta cinco pesos cuando llegaron a costar más de cien.

Para que la industria editorial no resulte un fiasco con todo lo anterior, los grandes grupos trasnacionales tienen que producir entre 80 y 300 libros nacionales, más la venta de los importados, que pueden sumar una cantidad similar. Todo a nivel anual. Lo importante es facturar: sumar una nómina alta para que al final los costos reditúen. Y conste: la mayoría de las veces, no pasa ese ideal, salvo que entre a la nómina de libros el bestseller que ese mes salvará las ventas.

No me gusta culpar al TLC o al comercio editorial de lo que sucede en la industria del libro. El problema es multifactorial. Pero el humano ocupa sin duda una parte importante para que la industria crezca o sea un desastre. Se necesita enjundia para que un libro sea exitoso. Parte del editor al vendedor o colocador de libros, al distribuidor, a la prensa y al marketing. No importa siquiera que muchos de esos libros estén mal escritos: esa es la neta.

EL PERIODO POST-PACEANO

13/Abril/2014
Laberinto
Heriberto Yépez

Llamo periodo post-paceano al ocurrido entre la muerte y el centenario de Octavio Paz (1998-2014). 

¿Cuáles son sus rasgos?

El periodo tiene la forma de la pérdida del líder de la “República de las Letras” y el intento de sostener el poder heredado.

Su núcleo fue dirigido por Enrique Krauze en Letras Libres, que fabricó a los nuevos representantes del periodo.

Pero una parte de las “promesas” iniciales se deslindó a mitad del camino. Letras Libres no logró la cohesión de Plural o Vuelta. Los índices de la revista documentan bajas y fugas.

El periodo post-paceano no logró generar un sucesor. Krauze no tendrá a nadie importante a quien pasar estafeta.

El árbol de la “tradición” se secó.

Fuera de los paceanos, Juan Villoro ha sido perfilado como sucesor.

Pero no cumple con todo el perfil que ese “gran” intelectual “nacional” adquirió en el siglo XX:

1) ser un hombre de ideas; 
2) un varón afín a la clase en el poder político y económico; 
3) ser un intelectual de derecha (discreta); 
4) poder ser usado mediáticamente para representar al Espíritu Mexicano y 
5) conducir a una mafia cultural a una sumisión similar.

El sistema no logró reproducirse.

En el mejor de los casos, el periodo post-paceano será una transición a un nuevo modelo de legitimación cultural para el capitalismo oficialmente post-nacional.

¿Palabra clave (residual) del periodo post-paceano? “Liberal”. 

En México ningún intelectual puede decirse “neoliberal”, “capitalista”, “derechista” o “conservador”.

La derecha intelectual, entonces, se llamó a sí misma “liberal”. En realidad, “liberal” quiere decir a favor del capitalismo y en contra de revueltas populares.

La época post-paceana quedó atrapada entre el “liberalismo” —derechismo que no puede decir su nombre— y el “relajo” como inquietud nihilista, “irónica”.

El periodo post-paceano se definió porque escritores, artistas (y académicos) de primera, segunda y tercera fila evitaron ser identificados con lo político —ya sea con el gobierno que los protegió o con las muchas luchas populares de esos años— para no verse afectados.

Al final, incluso “liberal” fue inconfesable y los más derechistas escribían que no eran siquiera “liberales”.

La realidad fue que casi todos los intelectuales “relevantes” post-paceanos fueron neoconservadores (y todavía no se dan cuenta).

Cometieron el error de extender tanto el modelo de Paz —ser derecha de clóset— que la derecha ya no los identificó como suyos.

Tal como no lograron crear una figura comparable a Paz tampoco lograron aunque fuese un libro que rompiese esquemas nacionales o globales.

La crisis política y estética de la literatura mexicana desborda este 2014.

Los intelectuales “nacionales” llevan siglos huyendo de la realidad social.

Su huida pronto terminará: ya comenzó su fase de extinción.

El PRI los necesitaba; el nuevo orden global, no.

Entrevista: David Huerta

Abril/2014
Laberinto
Ernesto Herrera

En La mancha en el espejo. Poesía 1972–2011 (FCE, 2013,) editado en dos tomos, se reúnen 39 años del trabajo de David Huerta (México, 1949), uno de nuestros grandes poetas de las últimas décadas. Huerta tiene dos títulos indiscutibles que han enriquecido el panorama poético no solo nacional  sino hispanoamericano: Incurable (1987) e Historia (1990),  pero, como puede comprobar el lector que se sumerja en su  obra, de esa fecha para acá hay al menos otro par de títulos que no les van a la zaga. A pesar de la buena recepción que han tenido sus libros, un sector de la crítica le escamotea su lugar de privilegio en nuestras letras. Ser hijo de Efraín Huerta... pesa.
David Huerta está presente en las antologías Medusario (1996) y Prístina y última palabra (1999), en las que aparecen poetas latinoamericanos afines a las búsquedas de vanguardia sin perder conciencia del lenguaje (aquí sintetizo algunas ideas de Eduardo Milán). En Medusario se anota que su poesía se vale de “la negación como mecanismo para cuestionar lo que se afirma, en un proceso incesante de autocrítica. El texto es una reflexión del mundo, pero en su esfuerzo por leer e interpretar el lenguaje se convierte en un obstáculo de la verdadera lectura, que solo puede ser obtenida con el silencio”. Estos asuntos forman parte de la siguiente conversación.
Curioso el destino de los Huerta, a quienes un sector de la crítica los ha puesto en diferentes momentos de nuestra historia literaria, en zonas antinómicas representando lo lírico o bien lo intelectual. Primero se opuso a Efraín Huerta con Octavio Paz, y años después a ti con Jaime Reyes.
Yo me siento tranquilo en relación con Jaime Reyes. Estuvimos juntos cuando publicamos nuestros primeros libros, y yo diría incluso que muy juntos pues él me pidió que escribiera la nota editorial de Isla de raíz amarga, insomne raíz (1976).
La escribí con mucha alegría y a él le gustó; le pareció que yo había entendido el libro. Nuestro diálogo fue constante en esos años. Después nos distanciamos por los accidentes de la vida. Pero siempre nos tuvimos muy presentes. Yo lo quise y creo que él también me quiso. Le escribí un poema (“Jaime Reyes”, Canciones de la vida común, 2008), una muestra de dolor en los días en que acababa de morir.
La verdad, no me funciona la cabeza de esa manera antinómica, en blanco y negro. Creo que vivimos en zonas grises, a veces profundamente grises, y eso es lo difícil.
Como la responsabilidad del poeta es complicarse la vida, según dijo uno de mis maestros, prefiero prestarle una atención muy grande a esa inmensa zona gris, esa donde se desarrolla la vida, donde aparecen los poemas, donde nos enamoramos, donde morimos. Ahí está lo que realmente me interesa. La simplificación brutal de los fenómenos no es algo que me llame la atención.
En el caso de Efraín Huerta y de Octavio Paz, la elección por uno de ellos también ha querido verse como una lucha de buenos y malos.
La gente que piensa así, y que lo manifiesta a veces de una forma intemperante, revela simple y sencillamente que no ha leído los poemas de Paz y de Huerta. Y que si los ha leído, no los ha entendido; y si los ha entendido, no les ha dado importancia; y si les ha dado importancia, no les ha dado crédito. En el mejor de los casos, es fruto de una mala lectura, o de una no lectura, en el más desalentador. Los fenómenos son muy complejos, y simplificar de ese modo es renunciar al pensamiento: ya no se ven los matices, aunque éstos pueden ser verdaderos abismos. Volviendo a Efraín Huerta y Octavio Paz, hay que tener en cuenta que vienen de los enormes conflictos del campo poético, dividido en la primera mitad del siglo XX.
Claro que hay guerras, claro que hay discusiones entre los autores, pero una vez que han muerto los poetas quedan sus libros. Octavio Paz dijo una cosa muy hermosa cuando murió mi padre, en 1982: “La política consiguió separarnos, pero la poesía nos mantuvo unidos siempre”. Tuvieron una amistad de poetas. La antinomia a la que te has referido es muy ideológica.
Es en Cuaderno de noviembre (1976) donde podemos decir que ya aparece tu voz.
Sí, para bien o para mal, es más mío. Ahí están reflejadas muchas lecturas de prosa, prosa ensayística y prosa narrativa, y una decisión formal de escribir esos versos largos. Cuando la gente abría el libro, creía que era de prosa y no de poesía.
Tanto en Cuaderno de noviembre como en Incurable, está la presencia de la filosofía. Sobre todo en Cuaderno… se puede sentir la de Gilles Deleuze.
Mis estudios más extensos pertenecen a la filosofía. Por ciertas circunstancias dejé la carrera, pero no perdí el contacto con los libros, y cuando llegó toda esta ola de filósofos, pensadores y ensayistas franceses que nos sedujeron y nos envolvieron, claro que nos marcó. Fue una huella epocal, para decirlo de un modo antipático. Pero bueno, eso leíamos y se nota en los libros. No me arrepiento ni reniego de ello en modo alguno. He repensado lo que leía en aquellos tiempos y no todo lo entendía. Hay que decirlo, se trataba de libros un poco hirsutos, un poco pedregosos, a veces escritos magníficamente como los de Foucault; a veces escritos en un estilo muy desafiante como los de Deleuze o Jacques Derrida.
Aunque creo que Deleuze era menos complicado que Derrida. Rizoma, que escribió con Félix Guattari, fue un libro importante para mí.
No sé qué traducción hayas leído, pero ese libro, que no es muy largo, lo tradujo y lo publicó en la Revista de la Universidad mi querida amiga y admiradísima poeta Coral Bracho. Es decir, Coral y yo, y muchos otros compañeros estábamos metidos en lo mismo. En alguna forma orientados por lo que nos decía, en su parquedad a veces luminosa pero siempre inteligente, Jorge Aguilar Mora, que había estado en Francia y conocía los libros de primera mano, y a veces también a los autores personalmente. Es una época que quedó atrás, de la que se conservan muchas de aquellas amistades y, sobre todo, las ganas de seguir escribiendo. Christopher Domínguez me decía que a Cuaderno…, como un lastre, se le nota mucho que fue escrito en esa época.
Manteniéndonos en el terreno de la filosofía, tanto Cuaderno… como Incurable, de cuyo verso inicial viene el título de la reunión de tu poesía (“El mundo es una mancha en el espejo”), me parece que tienen un sesgo gnoseológico. No sé qué tan acertado sea mi juicio.
Sí, pero quiero primero hacer notar un detalle mínimo en la gramática de la frase. En Incurable aparece el artículo indefinido “una” y en el título del libro el definido “la”. Entonces desnaturalizo un poco lo que está en el verso de Incurable, pero lo consagro como el gran problema de la poesía. La interpretación puede abrirse y la mía sería una de tantas.
Apareces en dos antologías, Medusario y Prístina y última palabra, donde considero se continuaría verdaderamente la tradición de la ruptura. ¿Te asumes como vanguardista?
No, porque yo he andado por muchos rumbos. Siento que las determinaciones de las vanguardias están muy filtradas. Llegan a mí de modo que puedo hacer con ellas lo que quiera. No tengo una necesidad de seguir programáticamente lo que se dice en los manifiestos. Tomo de las obras lo que me interesa, lo que creo que puedo aprovechar.
Hay otros autores que son muy decisivos para mí como José Lezama Lima en una época. Que sea vanguardista o no es otro cantar. Es un autor que rompe con muchas cosas. Y hay otro autor del que hablo poco, y hago mal, porque ha sido decisivo para mí en todos los planos, inclusive el personal, que es Gerardo Deniz. Por un lado, para mí es el poeta más importante que ha existido en México en muchísimo tiempo. Es un hombre que me ha enseñado mucho, me ha abierto los ojos y me ha permitido trabajar con mucha soltura. De él tampoco podemos decir que sea un poeta vanguardista, pero rompe con un montón de cosasy se atreve a decir un montón de cosas que nadie se había atrevido a decir. Tiene una cabeza de primer orden y una actitud de frescura que antes llamábamos antisolemnidad, pero que yo prefiero llamar frescura. Es un ejemplo moral e intelectual,exigente y al mismo tiempo cordial.

sábado, 12 de abril de 2014

La poesía en llamas de Efraín Huerta

Abril/2014
Mexicana Cultura Centre
Evodio Escalante

Comienzo con una evidencia. Por alguna extraña razón que no alcanzo a dilucidar, aunque se reconoce que Efraín Huerta es uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX, se ha escrito muy poco en torno a su obra. ¿Cuáles son sus aportaciones a la poesía mexicana? ¿Cuál es el balance acerca de su poesía? ¿Qué sigue siendo válido en lo que nos dejó, y cuál es, si se lo puede decir así, su actualidad? Huerta no sólo está presente en prácticamente todas las antologías que valen en la poesía mexicana de nuestros días, sino que es igualmente una referencia vital para muchos de sus lectores, que no son pocos. ¿Por qué entonces la parquedad de la crítica? Confieso que la pregunta me supera y que no sabría cómo responderla. Leí y admiré la poesía de Huerta desde mis años juveniles, y esta admiración, hoy que releo su Poesía completa, permanece intacta.[1] Pese a ello, esta es la primera vez que intento un comentario de frente a su obra. ¿El primero? No en estricto sentido. Hace muchos años, al redactar un ensayo en torno a Piedra de sol, el archiconocido poema de Octavio Paz, se me impuso una comparación que resultaba obligada: el poeta Efraín Huerta. Debo referir el contexto. “Himno entre ruinas” y Piedra de sol (1957), textos admirables en muchos sentidos, suscitaban en el crítico que yo era entonces algunos reparos que no temería en llamar “ideológicos”: me parecía que a fin de cuentas ambos textos ofrecían una visión conciliatoria y por lo tanto complaciente de una realidad que en sí misma resultaba abrupta y desgarradora. Paz, me parecía entonces, disfrazaba el conflicto e imponía una falsa transparencia como solución de sus textos. En cambio, El Tajín (1963) de Efraín Huerta me parecía un gran poema sin concesiones.
Sé muy bien que una lectura ideologizada de un poema resulta el día de hoy (si no es que desde entonces resultaba) altamente falible. Aquel ensayo, que titulé “El sol y la pirámide. Poesía y verdad en Octavio Paz”, y que incluí en mi libro de los años ochenta Tercero en discordia,hoy me parece envejecido.[2] No lo escribiría de nuevo, por supuesto. Y, sin embargo, desde otro punto de vista muy diferente, sigo creyendo a pie juntillas en la valoración que entonces arriesgué. Hoy vuelvo a leer Piedra de sol y sin dejar de reconocer que es uno de los grandes (y más disfrutables) poemas de Paz, encuentro que hay algo en su estructura que no acaba de convencerme. ¿Estoy estructuralista? Me explico. Los grandes poemas de la tradición poética mexicana, empezando por El sueño de sor Juana y terminando con Muerte sin fin de José Gorostiza y con el Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta, sin dejar fuera la Tristissima nox de Manuel Gutiérrez Nájera, son todos poemas que mantienen un hilo racional riguroso, están construidos siguiendo un orden mental muy preciso, muy sólido. No se puede trabajar el poema extenso recurriendo a una arbitraria asociación de ideas, y esto lo comprobamos si acudimos por ejemplo a los grandes poemas de Eliot: La tierra baldía y los Cuatro cuartetos. El problema con Piedra de sol es que no está tramado siguiendo un hilo de pensamiento, una causalidad racional. Es un poema que aglomera, que acumula, que encima las más disímiles materias. Un poema ecléctico que incluye figuras mitológicas tanto europeas como prehispánicas, pasajes de la historia universal y nacional, de la Guerra de España, pensamientos existencialistas, el tema de la otredad, invocaciones esotéricas al ser que no alcanza nombre, etc. Es un verdadero coctel literario, con hermosos y muy convincentes pasajes, esto es indudable, pero que –más allá del tono sostenido– carece de una unidad interna. Es un gran poema resuelto, por decirlo así, de manera irracional. En cambio, El Tajín de Huerta, que es un poema autónomo aunque entiendo igualmente que puede leerse como una especie de “respuesta” a los poemas de Paz, es un texto cerrado y riguroso, de una increíble economía. A más de treinta años de distancia, sigo pensando que en este punto Huerta le dio a Paz una lección de rigor literario, y que esta lección conserva el día de hoy toda su vigencia. La flama continúa encendida.
El poema de Huerta es sorprendente no sólo por su consistencia sino porque es el poema “nihilista” de un militante del comunismo que siempre permaneció fiel a la figura de Stalin. El marxista que era Huerta se va de vacaciones y lo que resulta es un poema desencantado en el que acaba imponiéndose la presencia escalofriante de la nada. Frente a este texto monumental, el de Paz resulta edulcorado y complaciente, con su transparencia y su eterno retorno, no importa que simulado. El de Huerta es implacable y duro como el cristal de roca. Interioriza la pirámide y trama en su torno una elegía acompañada de rayos y tormenta. Algo único.
Cito al azar un par de versos: No hay origen. Sólo los anchos y labrados ojos / y las columnas rotas y las plumas agónicas. Estamos ya en la atmósfera amenazante y despiadada del poema:
No hay un imperio, no hay un reino.
Tan sólo el caminar sobre su propia sombra,
sobre el cadáver de uno mismo,
al tiempo que el tiempo se suspende
y una orquesta de fuego y aire herido
irrumpe en esta casa de los muertos
–y un ave solitaria y un puñal resucitan.
Esta casa de los muertos parece una premonición de los asesinatos que estaban por venir en esa misma década de los años sesenta. El poema no necesita ser profético para ser real, atrozmente real. Hay una “resurrección”, es cierto, pero irónica, negativa hasta los huesos. Lo que resucita es, primero, un ave solitaria, y después, un puñal… Somos un país regido por asesinos, parece recordar el poeta. Debajo de la demagogia y del triunfalismo oficial, lo que se impone es este primitivismo mexicano que Huerta no disimula sino al contrario. Lo muestra y lo sostiene frente a nuestros ojos como si se tratara de una calavera.
La pulsión de muerte como prueba de temple literario. La aceptación cabal de la nada que nos rodea y a la vez de modo muy preciso nos constituye. ¿De dónde le viene esto a Huerta? De una fidelidad a la experiencia más personal, desde luego, y acaso de la cercanía con otro poeta guanajuatense como él, relegado habitualmente al cajón de los “populacheros”: Antonio Plaza.
No abundaré en la poesía de Plaza, tan maltratada en general por nuestros poetas de la tradición culta.[3] Diré, empero, que cierto tono “raspa” y populachero, que esa forma de entremezclarse con la pobreza, con los llamados “bajos fondos” de la sociedad, tiene en su poesía un antecedente que en algo puede ayudar a explicar la de Huerta, siempre que se tenga en cuenta que Huerta forma filas en la llamada generación de Taller, una generación cuyos años formativas transcurren durante el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-40). Se trata sin duda del sexenio más radicalizado de la época de la post-revolución. Cárdenas impone una retórica socialista y emprende acciones que benefician a obreros y campesinos. Acoge a los refugiados españoles, los republicanos que habían perdido la Guerra Civil ante el avance del Gral. Francisco Franco, que se convierte en dictador. Nacionaliza el petróleo. Protesta contra la anexión de Austria impuesta por la Alemania de Adolf Hitler, etc. Es una época combativa. Muchos de los jóvenes de aquella época no sólo querían cambiar la literatura, también querían transformar al hombre y al mundo. Entre ellos se encontraban –menciono a los más notables–  Efraín Huerta, Octavio Paz y José Revueltas. También debería añadir a la lista los nombres de Neftalí Beltrán, Rafael Solana, José Alvarado y Octavio Novaro, cuando menos.
Muy diferentes entre sí, Huerta, Paz y Revueltas comparten una semilla de radicalismo socialista a la que siempre habrán de permanecer fieles. El primer libro importante de Huerta, Los hombres del alba (1944), no puede entenderse a cabalidad sin este contexto revolucionario, no importa que la realidad que evocan los poemas sea atroz y hasta un poco desesperanzada. Uno de los poemas más recordables de Huerta, “La muchacha ebria”, pertenece a este volumen, pero también está aquí su famosa “Declaración de odio”, en que el poeta se nos revela como un personaje herido de muerte y de amor por la ciudad de México. Unión de contrarios: amor y desprecio en una sola copa. El gran poeta urbano que es Huerta, insuperado hasta el día de hoy, realiza una tremebunda radiografía del significado que tiene esta ciudad que se nos impone como el hocico de una enorme boa constrictor. Pero habrá un mundo mejor, por supuesto. Este es el verdadero nervio que anima la poetización emprendida por Huerta.
Los hombres del alba es un libro magistral, dicho de otro modo, una obra maestra. Bastaría este título para asegurarle a su autor un lugar destacado dentro de nuestra memoria literaria. Sus descripciones laceran. Los habitantes de la gran ciudad estamos enfermos y a la vez adoloridos por todo lo que nos falta. Estos, los que él mismo designa como los hombres del alba, son en el colmo de la contradicción “los más abandonados, / más locos, más valientes, los más puros.” Continúa la radiografía, nunca edulcorada: “Sé que aman la noche y sus lecciones escalofriantes. / Sé de la lluvia nocturna cayendo / como sobre cadáveres. / Sé que ellos construyen con sus huesos / un sereno monumento a la angustia.”
Los años sesenta son para Huerta un verdadero renacimiento y de cierto modo un cambio de piel. Brotan durante esa década, no sólo El Tajín, antes mencionado, sino otros grandes poemas entre los que destaca la serie de los “Responsos”. El poema que le dedica a Darío, “Responso por un poeta descuartizado”, es excepcional. Lo mismo hay que decir del homenaje que un hombre desconocido rinde a la tumba de Stalin en la Plaza Roja de Moscú (“Un hombre solitario”), convincente y conmovedor más allá de que los crímenes del dictador soviético nos sigan pareciendo repugnantes, o bien de las “Sílabas por el maxilar de Franz Kafka.” Todavía mejor, si es que esto es posible, me parece el  “Borrador para un testamento.” Quien quiera saber qué cosa fue la generación de Taller, cuál era el temple de la época, cómo vivían sus días y sus noches hasta que llegaba el amanecer estos jóvenes de corazón ardiente, tendrá que acudir a este texto fundamental. Es uno de los poemas más intensos de nuestro siglo XX. Sólo a partir de este poema puede entenderse lo que significa en México pertenecer a una generación poética. Quizás desde entonces no ha habido de verdad otra generación en nuestro país. O sea, un grupo de jóvenes amotinados capaz de generar un mundo, y de identificarse de corazón con ese mundo que generan con su actitud. Poner el mundo y transformar el mundo no son sino dos caras distintas de una misma vitalidad armada, subversiva, beligerante. Esto es lo que explica, al menos en parte, la devoción que experimentaron los infrarrealistas por Efraín Huerta durante la década de los años setenta y de la que han dejado varios testimonios, todos ellos por escrito. Evoco al respecto algunos poemas de Mario Santiago Papasquiaro y por supuesto la extraordinaria novela Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.[4]
Valdría la pena intentar un análisis verso por verso de este texto excepcional. Dejo la tarea pendiente y me limito a indicar que ni la generación del Ateneo de la Juventud (Vasconcelos, Caso, Reyes, Martín Luis Guzmán) ni la de Contemporáneos (Gorostiza, Villaurrutia, Torres Bodet, Ortiz de Montellano, Owen y Novo) cuentan con un documento de identidad de este calibre y naturaleza. “Borrador para un testamento” es ya un poema histórico al que tendremos que regresar cada vez que intentemos reconstruir el pulso de la generación de Taller.
Hacer la revolución, cambiar al mundo y a la literatura. Creerlo en serio, involucrar médula y huesos en la ingente tarea. Pero igualmente reírse del intento. Conservar el hilo dorado de la ironía que permite que el guerrero se desligue de su responsabilidad histórica y ría, por un momento, al menos. Huerta puede tocar una cuerda que de algún modo lo emparenta con Renato Leduc, una cuerda irónico-humorística. El mejor ejemplo de ello no son los desafortunados “poemínimos”, que hicieron época y que arrasaron con la fuerza de una moda, pero que han contribuido con el paso del tiempo a que nos quede la imagen de un Efraín Huerta hasta cierto punto frívolo y muy menor. En mi opinión, los “poemínimos” le dieron a Huerta una notoriedad instantánea pero perniciosa. El verdadero Huerta humorista y libérrimo en su uso del lenguaje no está en esas miniaturas sino en el “Manifiesto nalgaísta”. Texto deliberadamente lépero y no apto para nuestra tiesa academia de la lengua, pero que me parece habrá de perdurar en nuestra conciencia. Lépero y contestatario. Huerta se burla en este poema lo mismo del apetito sexual que de la insoportable solemnidad de los poetas mexicanos que se toman demasiado en serio –debí escribir, de los poetas mexicanos a secas. Cito casi al azar este fragmento para mostrarlo:
¡Aleluya! ¡Aleluya!
Poetas elotes tiernos calaveritas apaleadas
Poetas inmensos reyes del eliotazgo
Baratarios y pancistas
Grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa (…)
Con instinto alburero, Huerta le da un repaso paródico lo mismo a López Velarde que a Darío, lo mismo a Octavio Paz que a Pablo Neruda y González Martínez. La influencia (entonces) devastadora de T. S. Eliot espejea en esos poetas elotes tiernos. Lo de reyes del eliotazgo bien podría ser una referencia burlesca a la hegemonía de don Alfonso Reyes que tendría que correr parejas con la de las becas y los mecenazgos trans-sexenales tan al uso en nuestra República de las Letras. Hasta la venerada Gertrude Stein se cuela en cierto momento en el poema cuando Huerta descubre estupefacto que una nalga es una nalga una nalga una nalga una nalga.
Nadie ha desacralizado como Huerta (no olvido el antecedente de Leduc) la poesía mexicana enferma de solemnidad y de pedantería. No vayamos al Olimpo de los insoportables y de los exquisitos, vayamos mejor al nalgatorio que todo lo recompensa:
            Sabedlo nalgaístas próceres y mendigos
                        Por abajo
            Nadie tendrá derecho a lo superfluo
                        Por arriba
            Mientras alguien carezca de lo estricto
                        Por abajo…
Pero aunque estimo que el “Manifiesto nalgaísta” es una de las aportaciones notables de Huerta al repertorio poético mexicano, no creo que sea éste el gran poema libérrimo del autor, sino las “Barbas para desatar la lujuria”, también incluido como el anterior por primera vez en libro en Transa poética.[5] Un coloquialismo paródico de inspiración joyceana, este podría ser el calificativo inicial que propondríamos para designar este texto juguetón y al mismo tiempo provocador. ¿Coloquialismo de inspiración joyceana? Por supuesto, Efraín Huerta era un gran lector y conocía bien el Ulises de James Joyce, tanto o mejor que, hay que decirlo, Salvador Novo. Hacia 1926-27, como se recordará, dos jóvenes poetas mexicanos de avanzada, Xavier Villaurrutia y el propio Novo, lanzarían la revista Ulises, con la que pretendían insertarse de pleno en la ola de la vanguardia más alta, con referencia a los franceses, por supuesto, pero anteponiendo el ejemplo seminal de Joyce. De Joyce toman el nombre de la revista, como de Joyce tomará Salvador Novo inspiración para escribir algunos de sus poemas más arriesgados de la época, basados todos ellos en la libre asociación de las ideas. Me refiero a Never ever (1935), texto eminentemente experimental en el que leemos versos merecedores de aguda atención:
Never ever clever lever sever ah la rima
imagina plombagina borra roba imposiblemente
treinta no más hola papa hola mamá
el divorcio extemporáneo muchísimamente
duradero duradero duradero invernadero
pudridero delantero esmero espero espuro espurio…
Que los psicoanalistas nos aclaren qué puede significar esta eminente referencia a la madre: imagina plombagina–¿imagina la vagina de plomo, quiso decir el poeta justo cuando cumple treinta años de edad y ya se siente viejo y corroído, y traído a tierra, además, por el peso del plomo materno? ¿Y qué podría ser eso del pudridero delantero? ¿Será que el macho tiene algo que es puro y a la vez espurio? Que los secuaces de Lacan nos amparen en este trance. Aunque no olvido la transgresión que implica comenzar un poema con vocablos tomados del inglés, me parece que Efraín Huerta saca todavía mejor provecho de la lección de la libre asociación joyceana cuando escribe sus “Barbas para desatar la lujuria”. El arranque sencillamente es magnífico:
So espléndido, chilló Ricardo
(Bloom) y se afeitó la negra y mulliganosa barba de cinco meses
alors cayeron catedrales de moscas piando misericordia
y fotos de Cecilia enseñándolo todo la muy cínica;
la expulsaron y después la dejaron entrar
mientras Ricardo (Bloom bum bum van a filmar Ulises)
se ahoga en un buche de agua en la Casa del Lago
y su barba de alquitrán va y viene
y el rector papá Chávez protesta cuando esa maldita barba
de no sé qué coño me recuerda
y la estatua del gran pirata apestaban a pólvora.
El sarcasmo no cesa, ni tampoco la autodenigración festiva del ser propio, de la identidad masculina que puede orinar sobre sus propios huesos: Porque ya hemos llegado, so hermanos / oh hermanos en el páramo de dólares de Joarez Avenue, / vamos a ver, queridos, que cada quien se la saque y orine sobre su propia tumba (…) / porque ha sonado la hora del trasero divino de Cecilia / y todo lo demás / Y después ya podremos hablar de todo lo que usted guste / y por ende hasta de Paz…  
La parodia alcanza no sólo el trasero de una mujer muy apetecible que se ha dejado fotografiar desnuda, sino al inmaculado poeta Octavio Paz, que tendría que verse reflejado quizás no para bien en esta burla. Pero nadie se alarme: en el texto igualmente comparecen Jaime Sabines y José Emilio Pacheco, y el pintor Rufino Tamayo y Paz otra vez –quién le manda ser la figura hegemónica. Como se ve, Huerta no deja títere con cabeza.
Mientras Octavio Paz ha ido a buscar las fuentes del poema crítico en Mallarmé, como consta en algunos pasajes de El arco y la lira, Huerta ha acudido a un modelo más inmediato (y menos esotérico): James Joyce.[6] La crítica del lenguaje puede estar bien en el poeta ensimismado, en el poeta que hurga en las entrañas del significante, y que se queda ahí, como un buzo de lo absoluto, pero a Huerta lo que le interesa es la crítica social, la crítica de su mundo y de su tiempo. Si para hacerlo hay que ejercer violencia contra el lenguaje, ¡mucho mejor! Transcribo un fragmento para ilustrarlo:
Olvidé mi epitafio pri pri pritafio
prio prio prio cardenal pajarraco
pájaro cardenal (¿bailamos madre?)
juntos arrejuntados revueltos
nuncios cristeros miramones
cómo quieres tu dogma ¿frío o al tiempo?  
militarazgo sotanazgo
y ardientes monjas de abismal trasero
Salvo algunos sonetos autodenigratorios de Novo, y algunos avances de Leduc, nadie como Efraín Huerta había abordado con tal desparpajo (y disfrute) el tema del deseo sexual. Si el “Manifiesto nalgaísta” (incluidos los homenajes al alburero mexicano) era ya una declaratoria al respecto, “Barbas para desatar la lujuria” es una culminación. El prodigio de la libre asociación sigue en su apogeo, las palabras en libertad alcanzan combinatorias excepcionales y siempre inesperadas:
Introito ad altare Dei
cierra el pico y ámame mujer de espeso sueño
senos maduros trigo dura entrepierna
axilas adivinanza nerviosos hombros
refulge lengua oh trasero sucumbe
lléname de barbas escándalo soy el cadáver
la entraña cementerio semen municipal
(…)
dame redonda estrepitosa realidad
esbelto palomar húmeda herida
suena resuena clarinada
cobíjame oh caderas oh saliva
silenciosa vencida resucitada muerta
bien muerta bajo labios bajo dientes
bajo la piel guitarra
ay amada así sea
La carga de sexismo es inevitable (la época era otra). Deja de hablar, mujer, y coge. La carga de violencia anti-femenina es contundente y no hay que tratar de aminorarla con eufemismos. A la mujer se la entiende como cuerpo, como plétora del placer, y es mejor que cierre el pico –una mujer hablantina es la frivolidad pura. Incluso la idea de la mujer que “muere”, así sea por instantes, en virtud de la posesión sexual es un poco excesiva, aunque no deja de ser en el fondo verdadera. Remite al dominio de lo real. Amas a la mujer para matarla, la embistes con tu arma erecta para aniquilarla, para partirla en dos, y siempre fracasas en el intento. La pulsión de muerte como el verdadero resorte de la posesión carnal, que se renueva y renace en la derrota misma. Puritanos y toda suerte de hipócritas, apártense.
La invocación final de Gorostiza, cundo le impreca a la putilla de rubor helado: “¡anda, vámonos al diablo!”, la retoma Huerta en un contexto mucho más relajado, en un contexto de baile y borrachera (siempre anti-imperialista) que no tenemos por qué despreciar:
Circúndame noche de barbas cuervos buitres
barras estrellas dólares águilas calvas
(…)
Ataúlfo
bebamos como asnos
bebamos so espléndidos amigos
arrodíllense
catedrales impías góticos coños
salud
            y paz
                        misericordia
                                    ¡Vámonos al carajo! 
Es verdad que no siempre mantiene Huerta este temple arrollador y prodigioso. Referí muy de paso la perniciosa moda de los “poemínimos”; habría que reconocer que sus poemas “soviéticos” son muy de ocasión y producen el día de hoy un poco de pena ajena. ¿A quién se le ocurre, en un poema escrito so pretexto de brindar por la eterna amistad de los pueblos mexicano y soviético, y en medio de alabanzas explícitas a Cárdenas y Stalin, afirmar que “El hombre es para el hombre el ser supremo”? (¡sic!) Cenizas por todos lados.El antropocentrismo más burdo y elemental, y también más escandaloso, al servicio de la idolatría marxista. La cursilería ideológica de la época stalinista tiene un verso maestro que no puedo dejar de citar, un verso de alabanza (¿a quién más podía ser?) a los queridos camaradas soviéticos: Con ellos vino al mundo la verdadera noción del alba… Mejor hagamos como que no hemos leído. O como que esos poemas no se escribieron jamás. Pero, sobre todo, que esto no nos impida volver a los grandes poemas de Huerta, esos que siguen ardiendo con una llama portentosa que el paso del tiempo no ha logrado apagar.
Obra citada:
[1]Efraín Huerta, Poesía completa. Edición de Martí Soler. México, Fondo de Cultura Económica, 1988, 603 pp.
[2]Evodio Escalante, Tercero en discordia. México, UAM-Iztapalapa, 1982, pp. 35-56.
[3]Remito a los curiosos lectores al espléndido soneto de Plaza titulado “Nada”, texto de alcances filosofantes de un poeta que, entre otras cosas, conocía el pensamiento de Ludwig Feuerbach.
[4]Efraín Huerta escribe un poema acaso con la intención de dejar testimonio del respeto que su figura inspiraba en varios jóvenes poetas latinoamericanos entre los que se encontrarían Hernán Lavín Cerda, Roberto Bolaño, Bruno Montané, Fernando Nieto Cadena, Enrique Verástegui, Jorge Pimentel, y, entre otros, los mexicanos Orlando Guillén y Mario Santiago. El texto se llama “De los desnudos será…” y se incluyó en Circuito interior (1977). Véase Efraín Huerta, Poesía completa, pp. 386-89.
[5]Efraín Huerta, Transa poética. México, Ediciones Era, 1980.
[6]En lo que se refiere a Mallarmé, remito a Octavio Paz, El arco y la lira. México, Fondo de Cultura Económica, 1998, pp. 270-76. Mallarmé me parece “esotérico” porque a fin de cuentas, y por arriesgados que parezcan, sus poemas permanecen siempre dentro de la imantación simbolista.

miércoles, 9 de abril de 2014

La llama de Efraín Huerta

6/Abril/2014
Confabulario
Raquel Huerta Nava

A los editores de Confabulario:
Ejerciendo mi derecho de réplica, me permito señalar lo siguiente:
En el artículo de Guillermo Sheridan publicado el 30 de marzo, titulado “Efraín y Octavio: cabezas en llamas”. Se da a entender que Efraín Huerta se “amargó” y decepcionó de la política dejando entrever, una decepción profunda, lo que considero una calumnia a la trayectoria vital de mi padre que mantuvo en forma vertical TODOS LOS DÍAS DE SU VIDA. Él conoció la amargura y todo  el abanico de emociones humanas, como cualquier ser humano, y esta se refleja en su poesía y los cientos de artículos periodísticos que todavía no se conocen. Efraín fue un hombre alegre, vital y juvenil hasta el día de su muerte, aún tras haber sufrido una laringectomía; fue precisamente cuando creó los poemínimos que jamás podrían haber nacido de un espíritu ensombrecido. Las líneas “La decepción es demasiado objetiva, demasiado visual para encontrar ya en aquel maravilloso atolondrado un ejemplo a seguir”, entrecomilladas por GS están sacadas de contexto pues Efraín Huerta se refiere con ellas a un personaje literario, Julián Sorel, (nombre que incluso utilizó como seudónimo) en un artículo muy interesante que cito a continuación y que vale la pena conocer. Mi padre nunca dejó de ser un combatiente en la palabra y en la vida política activa.
Partiendo de este ejemplo sería bueno saber de dónde salieron los demás entrecomillados citados en este artículo y en qué contexto fueron escritos. Me parece que esto es de parte de GS, más que una falta de rigor académico, pues el mismo publicó completo el texto de EH de donde toma su entrecomillado, en un libro en donde todos los textos de EH presentan mutilaciones o errores de transcripción (aunque parezca imposible así es, pues poseo la mayoría de los recortes de mi padre y pude cotejarlos palabra por palabra). A continuación el artículo original, para que sean los lectores quienes juzguen:
Releyendo a Stendhal
Efraín Huerta
Todavía hace cuatro años pensábamos en Julián Sorel como en el perfecto símbolo a copiar para el desarrollo juvenil. Era entonces la etapa de la soberbia, de la estudiada pedantería, de las fáciles entregas sentimentales, de las pequeñas ambiciones, del despilfarro mental, del ensueño organizado. Era la dichosa y brillante época de los impulsos irrefrenables, del ansia, de la lujuria estallante, de la inercia también… y del cinismo. Era el único tiempo propicio a las enseñanzas de Julián Sorel. “Era entonces la etapa marinera”, diría albertianamente don Miguel N. Lira.
Mucho frío ha hecho en el mundo desde entonces. Ya hemos encontrado y hallado en nuestra ruta las molestísimas rocas del desaliento y el desengaño. Solamente una magnífica idea nos eleva y estimula.
Así, en un estado de sequedad espiritual —después de todo “espiritual” es una muy linda palabra— volvemos a leer “Rojo y negro”, caro a José Alvarado, a Carrillo Zalce y a Benjamín Jarnés. Una nueva lectura del gran libro de Henry Beyle. Otro encuentro con la exquisita señora de Renal, con la muy guapa y coqueta Matilde, con Fouqué el laborioso y con el joven Julián. La decepción es demasiado objetiva, demasiado visual para encontrar ya en aquel maravilloso atolondrado un ejemplo a seguir. Se nos hace agradable la profesión de preceptor, sí: atractivas las aventuras amorosas por lo que tienen de espontáneo e inmediato; sugerentes los caracteres —el del vicario general, el del marqués, el del director del asilo, el de Pirard—; muy curiosa la miedosa nobleza de la época; insoportable la vida en el Seminario —recordamos A.M.D.G., de Pérez de Ayala y “El Convidado de papel”, del ya citado Jarnés—; pero nada más. Porque todo lo anterior es paisaje, escenario, para el libre desenvolvimiento de Julián Sorel. Todos los tipos como que resultan instrumentos en las manos de Stendhal, y de paso, en el inquieto y prodigioso cerebro del joven estudiante de Teología. La decepción deviene clarísima, plástica.
Veamos: Sorel es un egoísta, un irredento egoísta; el egoísmo es su virtud medular. ¿Encaja el egoísmo de Julián con nuestros mejores deseos de ser generosos, bondadosos? No, desde luego. Nosotros no tenemos derecho al egoísmo. Nos está prohibido como la compasión, la lástima. No podemos permitir que alguien repita, por muy joven y tarambana que sea, aquello de “¡Primero yo, después yo, y siempre yo, en el desierto de egoísmo que llamamos vida!”, porque lo condenaríamos a muerte moral, sin apelación. Claro que hay todavía una especie de jovenzuelos dedicados al virtuosismo egoísta, pero son precisamente los que nosotros llamamos indeseables.
(Publicado en: Diario del Sureste, 15 de abril 1937). De próxima publicación en la antología de Efraín Huerta, Canción del alba, Guanajuato, Ediciones La Rana. Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato, 2014 (en prensa).
Me parece importante conocer uno de los primeros textos de Efraín Huerta, en el año de su centenario natal. Agradezco su atención, reciban un cordial saludo. Atentamente:
Raquel Huerta-Nava. Historiadora por la FFyL. UNAM.
Respuesta
Lamento que mi artículo sobre Efraín Huerta y Octavio Paz haya irritado a la Lic. Raquel Huerta Nava. Lamento que evocar las profundas decepciones personales a las que se refiere Efraín en algunos escritos se entienda como una calumnia. Pero celebro que el mismo Efraín se haya calumniado. Pero lamento que la Lic. Huerta Nava desdeñe las zonas amargas de un buen poeta y prefiera sólo su lado “alegre, vital y juvenil”. Pero celebro que escriba que Efraín “conoció la amargura y todo el abanico de emociones humanas, como cualquier ser humano”. Pero lamento que olvide, de inmediato, lo que acaba de escribir.
Por último, lamento que no hayan aparecido aún, en 2014, los artículos periodísticos de Efraín. Pero celebro que ella los esté reuniendo. Pero lamento haberlo hecho yo hace ocho años. Pero celebro que ella sí sabrá cómo hacerlo bien, algún día. Pero lamento que crea que yo ya lo hice mal. Pero celebro no estar de acuerdo con ella. Etcétera.
Guillermo Sheridan

sábado, 5 de abril de 2014

El riguroso Sabines

5/Abril/2014
Laberinto
Pilar Jiménez Trejo

-¿Te irás ? -le dijo el poeta. La muerte sonrió. Estoy. 
-J.S.
 
Jaime Sabines (1926–1999), escribió “Introducción a la muerte” tras vivir la primera experiencia de una pérdida: el fallecimiento de su entrañable amigo Tony Borges, en un accidente aéreo cuando apenas ambos tenían 19 años. Este poema, que él mismo recordaba que entregó a Efrén Hernández y Marco Antonio Millán para publicarse en la revista América en 1949, nunca lo incluyó en un libro.

La historia del poema es la impresión de Sabines frente a la muerte. Sucedió en 1945. Al llegar a la Ciudad de México para estudiar medicina decidió vivir con su gran amigo Tony, también chiapaneco. “Nos queríamos como hermanos. Vivimos dos o tres meses en un departamento muy bonito en la esquina de Belisario Domínguez y San Juan de Letrán. Pero Tony tuvo que viajar a Chiapas para ir al funeral de su hermano, la familia había sufrido una gran tragedia: en una competencia de tiro de pistola el hermano de Tony se mató con otro muchacho; nunca se supo qué pasó porque se llevaban bien, de pronto se dispararon uno al otro. Cuando Tony regresa al Distrito Federal el 11 de agosto, su avioncito de catorce pasajeros se estrelló en el Iztaccíhuatl. Por ser su único amigo en México, me llamaron para identificar su cuerpo; obviamente fue una pesadilla; cuando llegué ahí me negué a aceptar que ése, o mejor dicho eso, fuera mi amigo: todo era desperdicio, porquería. Sin embargo, eran sus restos. Me afectó profundamente”.

En sus últimos años, el autor de Tarumba decidió comenzar a revisar las primeras de sus casi 30 grandes libretas donde solía escribir: su intención era rescatar algunos poemas que había dejado fuera de su obra. “Será un trabajo sencillo, leer el poema, quizá cambiarle una que otra palabra y decir: te perdono la vida”, dijo.

Sin embargo, en su rescate no figuró “Introducción a la muerte”, probablemente porque como algunos de los pocos poemas que accedió a publicar en diarios y revistas, y que no incluyó en su Recuento de poemas, lo consideró una obra endeble.

Jaime Sabines comenzó a escribir poesía en esas libretas desde los 19 años, cuando entró a estudiar medicina en la UNAM, y lo siguió haciendo hasta los últimos versos que conocemos de su obra donde figura “Me encanta Dios”; libretas de contabilidad que utilizó en el oficio de vendedor y que heredó de su padre. Conservar este material le permitió tener a la mano todos sus poemas, muchos de éstos jamás publicados.

“No había noche que no me pusiera a escribir de mi tragedia personal. Escribía páginas y páginas sobre mi dolor, soledad y angustia. Nunca salió un buen poema, desde luego. Pero sí agarré el oficio en esos años, pues escribía por necesidad. No es que supiera que iba a ser poeta, en ese momento quise ser poeta”.

Aunque había escrito versos desde su adolescencia, en sus libros solo publicó poemas que hizo cuando ya estudiaba Lengua y Literatura Castellana en la Facultad de Filosofía y Letras, en Mascarones. Bajo un gran sentido autocrítico, sale en 1950 su primer libro, Horal. “Durante 1949 escribí todo los que están en Horal, el libro iba a tener 69 poemas; lo mandé a la imprenta, hice una revisión y lo dejé con 32 ó 33 poemas. Al final le quité otros y quedó con 18. Era muy exigente conmigo”.

Las correcciones a sus poemas siempre fueron simultáneas al acto de la creación. “A veces, horas después de haber terminado un poema, cambiaba o eliminaba un artículo, una palabra, pero nunca releía para rehacer un poema. Siempre creí que sería inauténtico corregir un poema después de tres meses. Sería una labor intelectual que desvirtuaría la naturaleza misma del poema. El poema es un retrato. El poema que hice ayer ya no lo puedo corregir hoy por más sabiduría que tenga, porque el que fui ayer es distinto del que soy hoy. Lo único que solía hacer algunas veces era dejar reposar los poemas para, si era necesario, cortarles el cuello por completo”.

Y esto fue seguramente lo que sucedió con “Introducción a la muerte”, aunque el propio Sabines lo re- conociera como uno de sus primeros poemas buenos.

Sabines sabía que publicar era quitarse un lastre pero también exponerse a que ocurriera algo: “A partir de ese momento el poeta se convierte en un ser atropellado, fracturado, constantemente violado en su obra. Cada persona que la lee la interpreta y la dice de una manera distinta. ¿Qué puede hacer uno ante eso? Nada, cuando mucho agradecer que alguien esté dispuesto a gastar unos minutos de su vida leyéndote”.