sábado, 20 de diciembre de 2014

Caracteres: El crítico

20/Diciembre/2014
Laberinto
Álvaro Uribe

Se dice que es un narrador frustrado. O un poeta frustrado. O un dramaturgo, un actor, un artista plástico, un músico, un cineasta, un bailarín, un etcétera frustrado. En pocas palabras: un creador frustrado.
Pero no estés tan seguro. Hay quien razona con buenos argumentos que la frustración, cierta frustración, es el origen de todas las artes. Hay quien alega con argumentos más tendenciosos que la crítica puede ser un arte. Y hay quien objeta con argumentos atendibles que se trata de un oficio redundante o superfluo, porque la verdadera obra de arte incluye en su ejecución una crítica en acto de las obras artísticas que la precedieron en el mismo género.

Lo cierto es que, sea cual sea el objeto de sus afanes, el crítico es un escritor. O para mayor exactitud: cree ser un escritor. Un autor de textos y de libros que, en su opinión, se sitúan en un plano de igualdad con los textos y los libros de los autores creativos. Y ahí empiezan los problemas. Y también las frustraciones.
Pues aunque las novelas surgen de otras novelas, y los cuentos de otros cuentos, y los poemas de otros poemas, y los ensayos de otros ensayos, y no hay libro que no venga de otros libros, la literatura crítica es doblemente derivativa. Es, como la hiedra o la sanguijuela, una entidad parasitaria. Con el agravante de que el parásito está convencido de que al elaborar su obra a partir de la tuya en realidad te hace un bien y cumple al mismo tiempo una alta función social. Sobre todo si su crítica es negativa, porque no tiene otro propósito que el de ayudarte a ser mejor. Como los padres que golpean a sus hijos para corregirlos.

Yomero Pino, un crítico amigo, se burla de ti porque sus críticas públicas a tu obra las resientes de manera personal. “Lo que importa son los libros”, te dice sonriendo después de afear uno tuyo en una reseña cruel, “no el ego”. Pero si tú observas en privado que su prosa abunda en ripios y es anticuada, Yomero se ofende contigo y te deja entrever que su próxima reseña será aún más dura.

Y peor todavía si le reclamas, asimismo en privado, que a otros amigos igual de buenos amigos o de malos escritores no los critique tan perversamente como a ti. Pues entonces, ya sarcástico, Yomero te espeta: “No sé por qué te crees inatacable; ni que fueras Borges”. Y tú vacilas en responderle que él tampoco es Harold Bloom. Y que además Bloom, soberbio y caprichoso como solo un crítico se siente autorizado a ser, juzga que Borges, aunque grande, no es un creador.


¿Quién critica al crítico? No te animas a escribir contra Yomero inmediatamente después de que rebajó tu obra, para no parecer tan despechado como estás (o eso te dices). Tampoco escribirás contra él en una ocasión futura, para no malgastar tu tiempo en fruslerías (o eso te dices). Pero la verdad es que no lo criticas porque le tienes miedo. Porque esperas que su próxima reseña de algo tuyo sea benigna. Porque, sea o no sea un escritor frustrado, el crítico es sin duda un escritor frustrante.

lunes, 15 de diciembre de 2014

SOBRE LAS LISTAS DE "MEJORES" LIBROS - 2014

13/Diciembre/2014
Laberinto
Heriberto Yépez

Pronto veremos circular en Internet listas de los “mejores” libros literarios publicados en México este año. Serán fraudulentas.

Casi todos hacen listas de “mejores” libros para quedar bien con sus amigos y ser incluidos en las listas del año próximo. Si fueran críticos literarios, escribirían largos y constantes estudios analíticos. 

Como no son críticos realmente, hacen listas.
Y en sus listas aparecen editores que se hacen pasar por escritores (y viceversa). Esos listos escritores buscan que tales listos editores los sigan publicando en sus editoriales, antologías o revistas.
En el futuro los escritores serán editores piropeándose unos a otros y publicándose con el dinero que el gobierno pone para mantenerlos contentos. La literatura mexicana es una compradera de votos.

Otro fraude lo hacen escritores mayores cuya obra no ha logrado consolidarse pero utilizan el prestigio obtenido para dar despensas de canon a escritores plurinominales. Veremos listas de escritores “jóvenes” hechas por escritor@s apadrinados por el gobierno en turno y constantemente premiad@s por amigos suyos con dinero del pueblo.

Cuando la situación es difícil y no hay siquiera cinco libros que valgan la pena, no hacen listas de “mejores” libros sino de “mejores” escritores

Si una lista la firman dos o tres personas seguro es una estafa, un mini-Teletón.

Como se han hecho muchos fraudes en los últimos años los propios fraudulentos evitan firmar solos sus listas y buscan cómplices para repartirse la irresponsabilidad de dar el dedazo a amigos, editores, contactos, parejas, talleristas, discípulos o porristas anunciándolos como Las Mejores Plumas de las que Todavía No Se Puede Enlistar uno Solo de Sus Libros porque son tan buen@s que sus mejores libros apenas vienen. Su Facebook lo prueba.

Y, claro, luego pasearán en Ferias del Libro, con dinero público.

Otro truco patético es descubrir que los incluidos en las listas son escritores que son funcionarios. Aparecen en todas las listas posibles y resultan, incluso, la Revelación. El libro nadie lo ha leído. Pero eso qué importa. Tiene un puesto que traerá Grande$ Beneficio$ a Tod@s.

En cuestión de libros leídos, los escritores mexicanos son como Peña Nieto.

Si a un escritor nacional le preguntamos cuáles son los recientes libros mexicanos que está totalmente seguro que serán leídos en cincuenta años y le advertimos que debe pensar bien su respuesta porque en cincuenta años vamos a pedirle cuentas, prácticamente tod@s sudarán la gota gorda para decir los nombres que llevan años diciéndonos que son Lo Mejor de lo Mejor (que Sigue). 

La actual literatura mexicana es un estado fallido. 
Los intelectuales últimamente fingen ser críticos del gobierno. En realidad, son igual de corruptos.

El novelista que se fue

7/Diciembre/2014
Confabulario
Guillermo Vega Zaragoza

Un escritor sin obsesiones no es escritor, pero aquel que no le es fiel a esas obsesiones y no se abisma en ellas es apenas medio escritor. En este sentido, Vicente Leñero fue un escritor completo, de múltiples obsesiones a las que les guardó fidelidad de las más diversas maneras, a través de la novela, el teatro y el cine. Volvía a ellas una y otra vez, las acometía con diferentes instrumentos, y en cada aproximación, nos revelaba a sus lectores algo novedoso. Esto se refleja de manera fehaciente en las 15 novelas que escribió a lo largo de cuatro décadas.

Mucho se ha mencionado y documentado de las obsesiones de Leñero: el cuestionamiento del catolicismo imperante; la crítica al poder político y la relación de este con los medios de comunicación; ciertos personajes y pasajes de la historia nacional; las limitaciones de lo literario para mostrar “lo real”. Muchos de estos temas se encuentran entremezclados en sus novelas, cuentos, crónicas, obras teatrales y guiones, pero a todos ellos los atraviesa una obsesión fundamental, reconocida abiertamente por él (“para mal o para bien”, como me dijo en una entrevista): la forma literaria, ¿cómo contar una historia? Otro rasgo fundamental es que la obra de Leñero está íntimamente ligada a su realidad personal: sus temas y personajes están tomados de su propia experiencia, de la historia y de las circunstancias inmediatas que le tocaron vivir. Leñero fue un escritor profundamente realista, que sin embargo buscó trastocar la interpretación de esa realidad a través de la literatura.

Su primera novela, La voz adolorida, publicada en 1961 por la Universidad Veracruzana, obtiene apenas unas cuantas reseñas, la más importante de Ramón Xirau, que a pesar de encontrarle algunas fallas, no duda en calificarla nada menos que como “la mejor novela publicada en México” ese año. La novela en sí es el largo monólogo del protagonista, el lúcido alegato de un enfermo mental que explica los vericuetos de su drama existencial al médico que lo atiende (o por lo menos lo escucha, no lo sabemos, pues el doctor podría ser el propio lector), lo que se asemeja por momentos al sacramento católico de la confesión. Años después, eterno insatisfecho, Leñero la reescribirá y publicará con el título de A fuerza de palabras. Sin embargo, en esa primera versión ya se manifiestan los mejores rasgos de su quehacer literario: agudo sentido del ritmo narrativo, profundidad psicológica de los personajes y necesidad casi obsesiva de pulimento del lenguaje.

Es célebre el episodio en que Emmanuel Carballo, entonces dictaminador del Fondo de Cultura Económica, rechazó Los albañiles. Desanimado, Leñero la lleva con Joaquín Díez-Canedo, quien decidió presentarla al Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, que en 1962 había ganado Mario Vargas Llosa con su primera, celebradísima novela, La ciudad y los perros. Sin embargo, contrariamente a la del peruano, Los albañiles obtuvo una respuesta contradictoria por parte de la crítica. Por una parte, se debía a la apuesta formal de Leñero, influido por el nouveau roman francés. Por otra, armado a la manera de un relato policiaco (subgénero que entonces no contaba con el prestigio que ganaría décadas después), Leñero no sólo desliza sus preocupaciones metafísicas (el velador muerto se llama nada menos que Jesús) sino que se adelanta y empata con autores un poco más jóvenes, como José Agustín y Gustavo Sainz, a los que se calificará errónea y apresuradamente como “de la Onda”.

Quizá por no pertenecer al grupo literario predominante entonces, el libro no fue muy bien apreciado en las revistas y suplementos de la época. Por ejemplo, en La Cultura en México, dirigido por Fernando Benítez, la primera reseña en ese suplemento del chileno José Donoso, recién avecindado en México, fue sobre Los albañiles y le tundió amplia e implacablemente. Afirmaba Donoso que era una novela “fría, deshumanizada”, donde “todo está analizado y disecado, y tiene la seducción de esos dibujos técnicos hechos con compás, regla y escuadra, que a veces suelen ir tanto más allá de los propuestos por el dibujante”. Cierto: hay una evidente reminiscencia de su paso por la escuela de ingeniería.

No obstante, Leñero no se arredró sino que persistió en su obsesión por la experimentación formal en sus tres siguientes novelas: Estudio Q (1965), El garabato (1967) y Redil de ovejas (1973), aunque tiempo después se lamentara de esas incursiones. Me confesó en 2010: “En mi vida literaria siempre ha habido, para mal o para bien, una preocupación formal: ¿cómo contar una historia? Esa ha sido mi obsesión a lo largo de toda mi carrera, aunque a veces me arrepiento un poco… A veces pienso que me habría gustado ser un escritor más sencillo. Ahora, al final de mi vida, trato de serlo. Como quien dice: ¿Para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo?”.

Leñero trabajó un tiempo escribiendo guiones de radionovelas y telenovelas, así que para Estudio Q decidió ubicar sus preocupaciones metafísicas ahora en el mundo de la televisión: un actor de telenovela recibe de un director un papel que resulta ser el de su propia vida. ¿Podemos escapar del guión que nos ha tocado vivir? No obstante, lo intrincado de la forma, sus reiteraciones y juegos formales impiden que el lector pueda enterarse de todas las implicaciones que la novela entraña.

En El garabato, Leñero se adentra aun más profundamente en los vericuetos de la metaficción para desmontar el juego de la invención literaria: un autor que cuenta una novela que ha escrito a su vez otro autor, como un juego de cajas chinas que busca develar el misterio de la propia novela, llevar hasta sus últimas consecuencias las convenciones de la ficción. Cuando todo el mundo se encontraba maravillado por las novelas del boom, sobre todo, Rayuela y Cien años de soledad, Leñero se empeñaba en levantar el telón y delatar la forma en que los magos nos mantienen embebidos con sus trucos.

En 1971 Leñero estrenó El juicio, dramatización del proceso a José de León Toral, asesino de Álvaro Obregón en 1928. La investigación realizada para dicha obra le sirvió para la creación de Redil de ovejas, novela en la que, sin renunciar a la experimentación, mediante la utilización de múltiples voces y recursos narrativos, explora el asunto de la identidad religiosa en la sociedad mexicana durante los años cincuenta y sesenta, cuando se recrudece el anticomunismo de la Iglesia católica, sobre todo a partir de la expansión de las ideas comunistas en América Latina y el triunfo de la Revolución Cubana. En esta novela están perfectamente compaginadas, en el mismo impulso narrativo, la esfera psicológica de los personajes y la crítica social, en este caso, del fanatismo católico en México.

Sin embargo, las exploraciones sobre la fe religiosa tendrán que ser pospuestas en 1976 debido al golpe del gobierno del presidente Luis Echeverría al diario Excélsior, dirigido por Julio Scherer, de quien Leñero es cercano colaborador. Dos años después apareció Los periodistas, novela-testimonio de esos acontecimientos, donde el autor aplica un procedimiento parecido a Los ejércitos de la noche: La historia como novela, la novela como historia, de Norman Mailer, publicada en 1968, utilizando los recursos de la ficción novelística en el recuento de hechos realmente sucedidos de los que el autor es testigo y protagonista.

En 1979 aparece la novela más significativa para Leñero desde el punto de vista de sus convicciones religiosas: El evangelio de Lucas Gavilán, en la que emprende una puntual paráfrasis de la vida de Jesucristo trasladada a la realidad mexicana. Estimulado por las ideas de la Teología de la Liberación, de una Iglesia cercana a los pobres y más necesitados, la novela constituye una implacable crítica espiritual de la sociedad moderna.

El crítico Christopher Domínguez Michael ha señalado que si Leñero no fue el mayor novelista mexicano se debió a “la aridez de su horizonte intelectual”, pues “muestra sus limitaciones cuando se enfrenta a ideas religiosas o políticas”, ante las que se muestra como “un escritor simplista y dogmático, como la teología política a la que se adhiere”. Y abundó: “A este católico al parecer no le fue concedida la gracia que dramatiza a la literatura cristiana moderna: la crisis de conciencia. A diferencia de ancestros ilustres como Bloy, Bernanos o Greene, Leñero siempre aparece como un escritor demasiado seguro de sus convicciones, que son pocas y firmes. Su espíritu, tan hábil para armar las contradicciones fácticas del realismo, es parco al hallarlas en el mundo de la conciencia”.

No alcanzo a vislumbrar el motivo por el cual Domínguez Michael se equivocó tan drásticamente con Leñero, pues si algo caracterizó la obra de este autor, sobre todo la novelística, no fue la certeza sino precisamente la perplejidad. Todo lo puso en duda: el poder, el oficio periodístico, la idea de la novela, las posibilidades del teatro, sus creencias religiosas, su propia valía como escritor. Al analizar la evolución narrativa de Leñero, John M. Lipski, investigador de la Universidad de Nuevo México, lo explica con claridad: su búsqueda religiosa, entre otros factores, fue lo que motivó la repetida experimentación y la innovación narrativa. “Leñero no pretende ofrecer un paquete de best-sellers cursis. Su visión es más compleja y requiere que el lector comprenda la imposibilidad de una solución única. La equivalencia esencial de los caminos, la frustración de la búsqueda, se combinan con la difícil situación humana que sufre un escritor de sensibilidades religiosas que vive en la metrópoli de más rápido crecimiento del mundo moderno”.

Luego de El evangelio de Lucas Gavilán (que en 1986 Leñero convirtió al teatro como Jesucristo Gómez), el novelista pareció haberse liberado de esas ansias de búsqueda y se dedicó a escribir un libro donde, con gran sentido del humor, ajusta cuentas con su pasado como ingeniero y oficiante del nouveau roman. Ya encarrerado, Leñero da cuenta de la “novela sin ficción”, tan cacareada desde Truman Capote pero tan poco emulada por estos lares. Con Asesinato. El doble crimen de los Flores Muñoz, de 1985, de nuevo Leñero lleva la contraria: aborda el género de la true crime novel desmontándolo, enseñando las costuras para demostrar lo difícil que es escribir algo como A sangre fría en una realidad como la de nuestro país, donde “nadie sabe nada”, donde la mayor parte de los crímenes no se descubren, y la justicia no opera como en las novelas policíacas extranjeras.

Entonces Leñero hace un largo receso en la escritura de novelas, se dedica a cultivar el teatro y se convierte en el guionista cinematográfico más cotizado de nuestro país. En 1999, finalmente, aparece La vida que se va, en la que, él asegura, se quiso deshacer de todos los juegos formales de sus anteriores libros y se dedicó simplemente a contar una historia, la de una mujer, Norma Andrade, que trata de escapar de su destino, como si estuviera jugando una partida de ajedrez con la fatalidad. Esta es, a mi parecer, junto con La gota de agua, una de las novelas más disfrutables de Leñero, donde, en efecto, como era su intención, se dedica simplemente a narrar, a seguir a sus personajes sin meterse en vericuetos formales, o mejor: sin hacerlos evidentes, sin hacer que intencionalmente se noten las costuras.

Con La vida que se va, Leñero aseguró que se retiraba de la novela. Fue el cine el que lo llevó a su última parada con el género: El Padre Amaro, la novelización del guión de El crimen del padre Amaro, libérrima adaptación de la novela de José Maria Eça de Queirós, que dirigió Carlos Carrera en 2002 y que se convirtió en la cinta más taquillera del cine mexicano hasta entonces. En ese libro parecen resumirse las obsesiones que dominaron a Leñero a lo largo de su vida: la religión, el poder, el cine, el cruce de géneros, el periodismo, la búsqueda de la verdad y la imposibilidad de su hallazgo.

Querido Claudio: te debo tanto de lo que soy

30/Noviembre/2014
Confabulario
Héctor Orestes Aguilar

A la memoria de Guillermo Fernández

Querido Claudio:

Esta es una tertulia convocada por la Feria del Libro de Guadalajara para celebrar con amigos tu regreso a nuestro país y para festejar tu Premio en Lenguas Romances 2014, concedido con justicia inapelable. Ya son más de 32 años de tu primera visita, de la que acaso muy pocos se acuerden bien pero de la que dejaste hondo testimonio en dos libros decisivos. Es inolvidable que de aquella experiencia breve e intensa hayas extraído ciertas reflexiones acerca de la compleja identidad de los contemporáneos y sobre el destino y la diversidad del judaísmo, que dejaste plasmadas por escrito.

Acerca de lo primero, es en el sexto segmento del capítulo inaugural de Danubio, “Noteentiendo”, deslumbrante recuerdo de tu visita al Museo de la Ciudad de México, donde, ante esa “especie de juego de la oca del amor y de las estirpes” que son los cuadros de castas, quedaste maravillado por el barroquismo de las combinaciones étnicas novohispanas convertidas en acertijos raciales e identitarios ininteligibles, como dices que, de cierta manera, también lo es el río por ti tan transitado y en cuyos márgenes cavilaste largo tiempo acerca de la universalidad humana.

Sobre lo segundo, fue en la muy emotiva crónica “El baile del rabino”, de El infinito viajar, recuento de tu incursión en una espectacular boda de la comunidad judía mexicana, a donde te llevó —con tu esposa entonces, Marisa Madieri — Esther Cohen Dabah, la filósofa, editora y profesora que ofició como guía por un rito y una fiesta que no sólo te fascinó, sino que te contagió un sentido de la fraternidad y de la pertenencia tal y como si hubieras estado entre compañeros de escuela. Entre los ochocientos invitados que bailaron al compás de cuarenta violines entre diez de la noche y ocho de la mañana, querido Claudio —espero no faltar aquí al espíritu de tu relato—, contemplaste la parábola ejemplar y universal del judaísmo hecha realidad.

De aquella visita te llevaste también el conocimiento, la incipiente amistad y la memoria de Juan García Ponce, ganador del Premio de la FIL Guadalajara en 2001, uno de nuestros escritores más aguerridos, quien compartió contigo la mesa de un homenaje a Elias Canetti organizada en el verano de 1982 por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el motivo académico para tu primera llegada a estas tierras. Siempre agradecí y valoré que, cuando nos encontrábamos en Trieste un decenio y años más tarde, me preguntaras por García Ponce. Apreciabas, me parece, su entereza, su sentido del humor, sus lecturas devotas de Robert Musil, Hermann Broch y Heimito von Doderer, a quienes, como tú, devoró más o menos en la misma época, a principios de los sesenta. Preguntabas también, por supuesto, por José María Pérez Gay, quien también había terciado en aquel coloquio universitario, y por Fernando del Paso, ganador del Premio de la FIL Guadalajara en 2007, de quien impulsaste la traducción de su novela Noticias del Imperio al italiano.

Traigo a cuenta tus primeros contactos directos con México y aquellos días felices pues pareciera que nos separa de ellos un tiempo incalculable. Por entonces, ninguna de tus obras había sido traducida al español ni eras referencia para nuestros editores ni libreros, aunque hay que decir que uno de tus títulos más peculiares, hoy inencontrable incluso en Italia, L’anarchico al bivio. Intellettuali e politica nel teatro di Dorst (El anarquista en la encrucijada. Intelectuales y política en el teatro de [Tankred] Dorst, 1974) escrito a cuatro manos con Cesare Cases, estuvo arrumbado por años en los anaqueles de la añorada Librería Italiana de la Plaza Río de Janeiro de la ciudad de México, hasta que Tere Meneses lo rescató.

A decir verdad, de los ocho o nueve títulos que habías publicado hasta el año de tu primera visita a México, sólo El mito habsbúrguico en la literatura austriaca moderna, de 1963, Lejos de dónde. Joseph Roth y la tradición judeo-oriental, de 1971, habían sido traducidos y gozaban de atención crítica fuera de Italia. Tuvimos que esperar seis años para que, con la versión de Danubio de Joaquín Jordá en la editorial Anagrama (1988), tu nombre se volviera entre los lectores en español algo más que una seña para iniciados, una referencia de culto entre aficionados a las letras alemanas o sus investigadores, la tribu por suerte cada vez mayor de germanistas mexicanos.

De la amistad considerada como una de las bellas artes

Uno de tus mayores penates, Claudio, Robert Louis Stevenson, dejó muchos aforismos y máximas sobre la amistad, sus implicaciones y significados. “Of what shall a man be proud, if he is not proud of his friends?”, escribió en la dedicatoria de Travels with a Donkey in the Cevennes. La pregunta me ha rondado por la cabeza desde que supe de mi participación en este homenaje, pues estoy por completo convencido de que eres uno de los pocos escritores que conozco que prácticamente sólo tiene amigos.

[Breve excurso: en los ahora lejanos años noventa algunos de tus lectores mexicanos supimos o sospechamos que te habías distanciado de otro escritor italiano de renombre, erudito ensayista, excepcional editor, quien también ha tratado temas parecidos a los tuyos, o que habías tenido alguna diferencia con él. Intuimos que se había establecido una tensión, digamos, deportiva, entre ustedes. Tipo Juventus vs. Mílan, para ser más claro. La reacción unánime de tus continuos en México fue tomar partido totalmente a tu favor, al grado que uno de nosotros, compañero de la tribu referida líneas antes, después de encontrar durante un viaje a Nueva York obras de aquel personaje en la principal mesa de novedades de una librería internacional muy visitada, los llevó a esconder a la sección de libros de autoayuda o algo así de escasa, dudosa reputación.]
Vas a perdonarme esta expresión muy mexicana, querido Claudio, pero los escritores son todos menos monedita de oro. La amistad entre quienes poseen egos tan robustos suele ser extremadamente laboriosa. Puede darse cabal y desinteresada, pero con mayor frecuencia de lo aceptable resulta una serie de componendas, reciprocidades calculadas y alianzas temporales. En tu caso es imposible. Eres de una generosidad incalificable. Jamás he sabido que trates a tus interlocutores con arrogancia, distancia o superioridad. A tus vínculos personales nunca antepones, como casi todos los que se consideran grandes autores y están terriblemente acomplejados, una coraza egocéntrica. Sueles ser espontáneo y abierto, paciente y respetuoso, incluso ante el desconocido bisoño que tiembla o se tropieza ante la agilidad vertiginosa de tu inteligencia.

Tus amistades son numerosísimas y abarcan varias generaciones. Tu primer gran amigo fue, sin duda, tu padre, Duilio Magris, quien, además de ser uno de tus grandes interlocutores durante toda tu vida, animó y siguió tu primer proyecto de escritura, un tratado sobre 335 razas caninas, donde incluías todos los detalles de cada una, hasta aspectos que ni siquiera sabías bien a bien de qué se trataban, como la altura a la cruz de cada perro y donde había dos bandos, como debía de ser: los buenos, como el mastín español; y los malos, como el dogue de Bordeaux, que despertaba tu antipatía.

En esa época tus amigos fueron tu familia, querido Claudio, pues siendo hijo único encontraste en ella a tus cómplices y compañeros de juego, como tu tía Maria, tu tío Nello y Viviana, quien más que tu prima fue como tu hermana. Y por su lado, Pia de Grisogno, tu madre, fue algo más que una cómplice: insaciable lectora, fue quien estimuló tu amor a los libros, de tu afición infantil por Emilio Salgari —a cuyo hijo llegaste a conocer—, Rudyard Kipling, Alexandre Dumas, Jack London y el propio Stevenson, autores que te contagiaron el gusto por la aventura y tu proclividad por las tierras exóticas, los largos viajes y las tierras extrañas. Aprendiste con ellos que los países y los lugares —cito de nuevo a Stevenson— no son los extranjeros, el extranjero es quien transita por ellos.

Podría mencionar, sin exagerar, a docenas de tus amigos, como los que te rindieron un gran homenaje en 2009 por tus 70 años; pero además de ellos, entre los que evoco a Ernestina Pellegrini, gran especialista en tu obra, y escritores como César Antonio Molina, Mercedes Monmany, Javier Marías, Predrag Matvejevic, Maurice Nadeau y Giorgio Pressburger, quiero remontarme a las grandes figuras que fueron tus profesores y primeros lectores, Claudio, porque nuestros jóvenes lectores de tu obra acaso ignoran su enorme relevancia, la irrepetible calidad humana e intelectual de quienes impulsaron tu obra desde muy temprano.

Aquí tengo que hacer otra pequeña indiscreción, otra más de las que he venido mencionando y que están presentes en la fascinante Cronología elaborada por Ernestina Pellegrini que acompaña al primer tomo de la edición de lujo de tus Obras, publicada hace dos años por Mondadori en su exquisita colección I Meridiani. Debo revelar que eres “bígamo”; es decir, que tuviste y conservas dos amores cruciales para tu formación como germanista, escritor, periodista y político: Trieste y Turín. Es una pena que se hable y escriba poco, al menos en español, de la inagotable influencia que tiene Turín para ti. Hago memoria: en 1957, el presidente de la comisión de tu examen de matura, el gran erudito Giovanni Getto, te convenció de abandonar el vago proyecto de estudiar dirección de cine en el Centro Experimental de Cine en Roma y de que marcharas a Turín para estudiar letras y filosofía. Getto —experto, entre otras cosas, en Torcuato Tasso, la literatura del Barroco y Alessandro Manzoni— fue quien te abrió la perspectiva de los estudios literarios como práctica integral y te introdujo a los “misterios” de la crítica.

Turín fue decisivo porque desde allí pudiste apreciar la compleja evolución de la realidad social italiana de esa época, la plena Guerra Fría. Allí, además de Getto, tuviste a una pléyade grandiosa de profesores, Giorgio Melchiori, Ladislao Mittner, Sergio Lupi, Franco Venturi y, en fin, Cesare Cases, a quien ya mencioné, y al gran Leonello Vincenti, quien dirigió tu investigación doctoral que daría pie luego al Mito habsbúrguico. La capital del Piamonte, cuna de Antonio Gramsci y otro gran amigo tuyo, Norberto Bobbio, fue el observatorio privilegiado para que pudieras revalorar la importancia literaria de Trieste, donde vivían o habían vivido grandes figuras de las letras italianas como Italo Svevo, Roberto Bazlen, Gianni Stuparich, Pier Antonio Quarantotti Gambini, Umberto Saba y tus cercanos Anita Pittoni, Giorgio Voghera y tu entrañable maestro en las letras y la vida, el poeta Biagio Marin, con quien cruzaste una correspondencia maravillosa a partir de 1958, reunida este año para la editorial Garzanti con un título que plasma a la perfección tu generosidad y que retomo para decírtelo a ti, querido Claudio, Ti devo tanto di ciò che sono.

Egregio Professore, Carissimo Claudio Magris de Grisogno: te debo mucho de lo que soy, en virtud de tu influencia debo las mejores cosas que me han pasado en la vida, como traducir muchos de tus textos periodísticos de Il Corriere della Sera a cuatro manos con María Teresa Meneses, haber quedado hechizado por la fascinación de la Viena moderna, la literatura austriaca, las letras en alemán y el espacio cultural y geográfico danubiano, haberme animado a vivir en y viajar por Austria, Hungría, Eslovenia, Croacia, Eslovaquia y por supuesto la amadísima Trieste, donde me hospedé casi siempre en la Via del Lazzaretto Vecchio, una calle que debe resultar también entrañable para ti y para Jole Zanetti. Estoy totalmente feliz al volver a verte, celebro por completo que esta Feria te reconozca con uno de los premios más importantes de México y me siento el más afortunado del mundo al ser tu contemporáneo.

*Texto preparado para la mesa de homenaje “Amigos de Claudio Magris”, celebrada hoy, 30 de noviembre de 2014, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Recuerdos de nuestro porvenir

23/Noviembre/2014
Confabulario
Lucía Melgar

En Los recuerdos del porvenir un pueblo queda arruinado y mudo tras años o siglos, de violencia política, social y personal. La violencia que sufre Ixtepec es cíclica, ciega, inútil. Arrasa con víctimas y victimarios, con personas de todas las clases y grupos sociales y con el pueblo mismo, del que quedan sólo una memoria y una voz. Si la memoria aparente es contradictoria, atravesada por discursos oficiales y falsas interpretaciones del pasado, la voz que la autora le otorga al pueblo para narrar su historia devela lo que los falsos memoriales ( la “piedra aparente” del inicio y del final), los silencios y el discurso oficial, ocultan.

Al recrear su pasado, la voz del pueblo condena a las fuerzas políticas que invadieron su territorio a través del tiempo y, en la década de 1920, quisieron imponer una visión ajena, centralista y autoritaria; señala la culpa de los terratenientes que se enriquecieron mediante el despojo y que, con la complicidad del ejército invasor, tramaron el asesinato en serie de agraristas; devela las fisuras que al interior de la sociedad pueblerina facilitaron su derrota a manos de los militares de la posrevolución, y muestra cómo las violencias cotidianas, casi invisibles para muchos, minan también la convivencia, la vida y las posibilidades de futuro.

Escrita hace más de seis décadas y publicada en 1963, la primera novela de Elena Garro destaca por la honda textura poética de su prosa, por la sabia disposición de su estructura en espejo que entrelaza los claroscuros de la posrevolución y los desgarros de la rebelión cristera derrotada; por el trastrueque mágico del tiempo; por la configuración de personajes extravagantes o comunes, marcados por la ilusión, la locura, la aspiración a “otro mundo” por demás inalcanzable. Destaca también, en estos tiempos obscuros, por su lúcida visión de la violencia como maquinaria destructiva, como fuerza ciega (mas no natural) en cuyos círculos concéntricos van desapareciendo amores, esperanzas, ambiciones, la vida misma.

Novela histórica y de la microhistoria, novela de amor y desamor, Los recuerdos del porvenir es también una novela de la violencia, de las violencias que carcomen el mundo público y privado, de la violencia como construcción humana, producto de siglos de guerras, invasiones y revoluciones; consecuencia también de cientos de gestos de humillación, discriminación, dominación y acallamiento que a menudo pasan desapercibidos, sin obvia significación histórica, pero que día a día minan la posibilidad de convivir y sobrevivir.

Si bien hay en este universo narrativo una visión básica de la violencia política como fuerza arrasadora que, en una invasión tras otras, va devastando la tierra y el horizonte del pueblo, su presente y su futuro, la mirada se centra en un periodo en que la violencia externa potencia las pequeñas violencias internas, en que la violencia política favorece, encubre, justifica el secuestro y la violación, el encierro y la dominación de mujeres jóvenes por militares más o menos soberbios y crueles; donde la violencia de los dominantes encarna tanto en los jóvenes ahorcados en los márgenes del pueblo como en el hombre humillado y burlado en el centro.

La violencia —muestra la voz de Ixtepec— no está sólo en los grandes gestos, en las gestas cantadas por corridos y discursos hueros, se percibe también en los silencios de los humillados, en los pies callosos de los campesinos, en los murmullos de los criados que saben las desgracias del futuro porque viven las del presente. Así, aun cuando la historia de este pueblo pueda leerse como parte de la historia de una revolución traicionada o como versión popular y católica de una rebelión aplastada, es también un relato de un proceso de normalización de la violencia extrema y cotidiana, que culmina en la implosión, en la petrificación de un pueblo entero.

En el contexto actual, la voz de Ixtepec cobra particular vigencia cuando reflexiona acerca de la violencia inútil que cíclicamente surge, se justifica, amplía y, en su estéril dinámica circular, arrasa vidas y tierras y desgasta el sentido del vivir mismo. Así, por ejemplo, ante el reinicio de asesinatos y conspiraciones, esta voz, escarmentada podría decirse, no se lamenta: comenta y en cierta medida advierte a las generaciones futuras (las que hoy leemos, por ejemplo) el vacío y hasta el absurdo que conlleva ese juego sangriento:

“Así volvimos a los días oscuros. El juego de la muerte se jugaba con minuciosidad: vecinos y militares no hacían sino urdir muertes e intrigas. Yo miraba sus idas y venidas con tristeza. Hubiera querido llevarlos a pasear por mi memoria para que vieran a las generaciones ya muertas: nada quedaba de sus lágrimas y duelos. Extraviados en sí mismos ignoraban que una vida no basta para descubrir los infinitos sabores de la menta, las luces de una noche o la multitud de colores de que están hechos los colores. Una generación sucede a la otra y cada una repite los actos de la anterior. Sólo un instante antes de morir descubren que es posible soñar y dibujar el mundo a su manera, para luego despertar y empezar un dibujo diferente”.

Lejos de trivializar lo cotidiano, el relato de Ixtepec lo destaca en este y otros pasajes, a contrapelo de la historia oficial que tiende a borrar los horrores que supone el triunfo revolucionario o los sacrificios que se imponen a nombre del progreso, en aras de una historia gloriosa, contada desde la perspectiva de los vencedores.

Para Garro la historia es microhistoria, la historiografía no es relato de hechos, sino mirada crítica sobre ellos. De ahí que en novelas como esta y en su obra teatral Felipe Ángeles, sobre todo, denuncie —mostrándolos— los efectos de la violencia y del terror, en el territorio nacional y local, en lo político y en lo personal. Desde esta visión crítica que hace decir al Felipe Ángeles teatral que los vencedores de la revolución de 1910-1917 en su gran soberbia y afán de poder han convertido a México en “un cementerio donde sólo se oyen gritos y disparos”, la re-creadora de Ixtepec le da cara al horror que se impone en el campo y muestra cómo, a fuerza de repetición, la barbarie se va normalizando.

Así, tras el asesinato y mutilación de cinco jóvenes agraristas, colgados (como otros antes) en las trancas de Cocula, la gente del pueblo primero reacciona con indignación y al poco tiempo calla:

“Pasaron unos días y la figura de Ignacio tal como la veo ahora, colgada de la rama alta de un árbol, rompiendo la luz de la mañana como un rayo de sol estrella la luz adentro de un espejo, se separó de nosotros poco a poco. No volvimos a mentarlo. Después de todo sólo era un indio menos. De sus cuatro amigos ni siquiera recordábamos los nombres. Sabíamos que dentro de poco otros indios anónimos ocuparían sus lugares en las altas ramas”.

El tiempo, sin embargo, queda abollado, fisurado por ese crimen, que se ha repetido y se repetirá. A lo largo del relato, las discontinuidades que impone la violencia quiebran tanto el tiempo público como los tiempos y espacios privados. Si el asesinato de Ignacio, hermano de la panadera, rompe la rutina cotidiana ese día, otras muertes, humillaciones y agravios fisuran muchos días más.

Al mismo tiempo, en el centro y en los márgenes de Ixtepec se da otra circularidad opresiva en que el tiempo queda estancado: ahí donde las mujeres son vapuleadas y acalladas, en otra forma de dominación que rara vez se percibe y pronto queda también naturalizada.

Lo que podríamos llamar retrospectivamente la construcción del infierno circular de Ixtepec no puede entenderse en toda su profundidad si no se mira y destaca la configuración de la violencia contra las mujeres, como parte integral y clave del mecanismo de violencia que mina el presente y el futuro.

La violencia contra las llamadas “amantes” de los militares, contra las “cuscas” , y, en menor grado, contra las “hijas de familia” se expone desde la perspectiva del pueblo que no suele ser sensible a ella y que con frecuencia se contagia del discurso amoroso o del chisme para encubrirla y minimizarla. Así, aunque se sabe que Julia y las demás “amantes” de los militares son de hecho sus cautivas y que estos las maltratan, se les rodea de un aura de amor y belleza (a Julia en particular) o se devanan sus vidas en chismes circulares. A las “cuscas”, a su vez, se les desprecia como seres ajenos: su casa en las orillas del pueblo parece pertenecer a otro espacio, tienen prohibido caminar por el centro; ellas mismas se perciben como seres al margen cuya vida no tiene ningún valor… A Isabel, la única rebelde, fracasada, el pueblo no la comprende, la voz popular la reduce a una protagonista de traición y amor desdichado.

Como sugiere la imagen final de la novela, la violencia misógina está tan normalizada que llega a formar parte del paisaje. La re-lectura entre líneas, sin embargo, permite hilar las escenas de humillación y acallamiento, captar el impacto del secuestro, la violación y el encierro en el silencio impuesto y en la falta de imaginación. Permite también trazar un hilo de resistencia y rebeldía, así sea mínima o fallida, que reivindica el potencial de agencia femenina, así la aplasten el poder machista y la tolerancia social. En el desafío de las “cuscas” que caminan a la comisaría, en la huida fantástica de Julia, en el intento de huida de las gemelas, en el papel de juez e intercesora de Isabel, hay un deseo de otra vida, un rechazo de la condición siempre subordinada. En su recuperación narrativa hay una denuncia de la discriminación y la violencia que las asfixian, y que están ligadas a otras manifestaciones de brutalidad.

La muerte progresiva del pueblo, sin embargo, no se explica del todo sin considerar que el racismo es otra forma de violencia que fisura a la sociedad desde dentro: aquí el ninguneo de lo indígena escinde a los blancos y mestizos de la mayoría y contribuye a la derrota de los “notables” frente a los militares. El pueblo que acaba por ser indiferente a los ahorcados, no entiende a Isabel ni reconoce su potencial heroico. Los notables que transforman en chisme la vida de mujeres sometidas no reconocen la humanidad de las indígenas y asumen que “el pueblo” comparte sus intereses. Su ceguera determina la derrota de la conspiración contra el poder militar y su falta de solidaridad contribuye a la disgregación. En este sentido, la voz narrativa recuerda y muestra las contradicciones internas que explican también el fracaso de Ixtepec. Quienes no conocen los matices de la mente, quienes han perdido la imaginación y la ilusión, quienes no saben reconocerse en un mundo común, pierden, o tal vez nunca han tenido, la capacidad de actuar.

Si recordamos que para Hannah Arendt el poder es “la capacidad de actuar en conjunto”, lo que Ixtepec también devela es esa ausencia de poder de una sociedad agobiada por la violencia, carente de imaginación, y atravesada por sus propios prejuicios y limitaciones.

El tiempo de las mujeres, ha señalado Adriana Méndez Ródenas, al comentar esta obra, es un tiempo abierto a la posibilidad, a la sensualidad, a la imaginación. Aquí es un tiempo abierto que queda, pese a todo, atrapado en el estruendo de la guerra, en la repetición circular de ahorcados, en el silencio asfixiante de la opresión. El tiempo circular de las cosmovisiones indígenas queda asimismo aplastado en la mediocridad lineal de un falso progreso: las voces de los criados indígenas, con sus hondos saberes, se transforman en voces de un destino nefasto. El tiempo alterno, del cambio, aquel que rompe la repetición, se difumina en la ilusión perdida y la impotencia.

A la larga, la serie de disrupciones y fracturas que provoca la violencia, cotidiana y extrema, acabará con el tiempo lineal de la historia oficial y la muerte violenta, y con los tiempos circulares. Acabará también con los tiempos paralelos, los tiempos alternos donde brillarían la ilusión, la libertad y la transformación.

Si recordamos que Los recuerdos del porvenir se inspira en la infancia de la Elena Garro en Iguala, a su vigencia literaria se añade hoy una aguda y dolorosa vigencia política. La violencia extrema que ha vivido y vive esa región es la que vive el país. Hoy, la voz del pueblo de Ixtepec es a la vez testigo del pasado y admonición para ese porvenir que es ya nuestro presente.

Las palabras sagradas, los lenguajes de nadie

16/Noviembre/2014
Confabulario
Edith Negrín

Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó.
David Huerta, “Ayotzinapa”, 2014


Si bien dedicó su vida por completo al activismo político, José Revueltas se preocupó también intensamente por entender y describir la realidad a través de conceptos, de teorías.

Una de sus inquietudes fundamentales fue, recordemos, la palabra. A lo largo de su obra narrativa se diseminan comentarios sobre las palabras y el lenguaje. Comentarios que oscilan entre la política dentro de la historia, y la trascendencia de la religión. No sólo se trata, para Revueltas, de la búsqueda de la palabra precisa en el texto, a la manera flaubertiana, sino de la palabra como sinónimo de poder y actuación sobre la realidad. Su concepción coincide —si bien no procede de ella— con la de Jean-Paul Sartre, que titula su autobiografía Las palabras (Le Mots, 1964).

En las narraciones del escritor de Durango, las palabras heredadas, con ecos legendarios, pueden materializarse en una situación presente. Así por ejemplo en El luto humano, los campesinos de una región, ante el fracaso de su presa de riego otorgada por la reforma agraria en los treinta, ante el desbordamiento de la naturaleza y la muerte de la única niña de la comunidad, se ven obligados a salir de su región. El narrador visualiza a los personajes en términos bíblicos, con la conciencia de que el cambio de circunstancia modifica la potestad de los vocablos: “Preparábanse para el éxodo, para la palabra bíblica que expresa búsqueda de nuevas tierras. Palabra con esperanza aunque remota, en los bárbaros y alentadores libros del Viejo Testamento, pero fría, muerta, aquí en este naufragio sin remedio de hoy”.

En otro pasaje de la misma novela, situado en el curso de la Guerra Cristera, el narrador ejemplifica cómo la oralidad se transforma en acción:

“—Quieren crucificar otra vez a Jesús —dijo el cura, y una sordera, una cosa fría e irremediable respondió a sus palabras.

“He aquí las palabras que después se tornan sangre y fuego y llanto. Nacen, no son nada, apenas un pequeño, inconsciente esfuerzo pulmonar, pero cuando entran en el hombre se oscurecen y cobran su tributo”.

Un aspecto especialmente interesante en esta meditación tiene que ver con las palabras que no se dicen, y cómo este silenciamiento puede influir sobre la realidad. En Los días terrenales, como en El luto humano, hay una niña de pocos meses de nacida, esta, hija de militantes comunistas, que fallece; se llamaba Bandera. La trama de la novela se sitúa en la etapa en que el partido comunista actuaba en la ilegalidad (1929-1935), lo cual obligaba a sus integrantes a vivir en alerta día y noche, vigilándose a sí mismos y entre sí, en sus palabras, tanto como en sus actos. Ninguno de los que rodean a la pequeña se atreve a mencionar lo que todos saben, que había muerto “de pura desnutrición”, como piensa el joven militante Bautista:

“[Bautista] se volvió hacia todos los presentes con una expresión llena de angustia y de sufrimiento que, por no haberla sospechado en él, no habérsela supuesto, los hizo temblar, como si temieran que de súbito pronunciase las palabras prohibidas acerca de Bandera, y que nadie, excepto Julia, quería escuchar […].‘Lo de la niña’. Era un circunloquio pudoroso, un modo elusivo de no llamar a las cosas por su nombre, con el temor de que esto fuera a causarles más dolor o a debilitarlos en su necesidad de ser fuertes y de no tener consideración alguna para sufrimientos de índole personal, ajenos a la causa”.

En Los errores (1964), Revueltas reitera su inquietud por la perversión, practicada por los comunistas, consistente en “no llamar a las cosas por su nombre”. Si uno de los temas más graves de la novela es el asesinato de militantes a manos de sus correligionarios —una nueva encarnación del mito bíblico de Caín—, el uso del lenguaje colabora a encubrir los crímenes. Así Olegario Chávez, personaje en buena medida portavoz del escritor, observa que los criminales comunes suelen ser poseídos por el apresuramiento y eso “termina por perderlos”. En cambio, sus compañeros “comunistas, anarquistas, revolucionarios, asesinos políticos, en suma” matan sin alterarse. Su pensamiento sigue un curso de filiación orwelliana:

Crímenes —cuando es necesario, éticos, si así puede decirse, que no nos pertenecen: supresiones, liquidaciones abstractas (Aquí, […] Olegario sintió horror por las palabras, por ese pudoroso argot de partido, por esa curiosa variedad de ‘circunloquios morales’: liquidación física, muerte prematura y otras expresiones parecidas […]. Muerte prematura igual a homicidio; supresión administrativa igual a fusilamiento sin proceso público. Cuestiones de semántica, se dijo como si sonriera por dentro)”.

El militante recuerda los procesos de Moscú y menciona asimismo otros sinónimos de asesinar: desaparecer, ejecutar. En otro pasaje medita, jugando con palabras de Marx y de la Biblia, “un fantasma recorría el mundo: el fantasma de la matanza de los inocentes”.

El autor lleva a su límite el poder generador de la palabra en una de las líneas del alucinante pasaje inicial de Los días terrenales: “En el principio había sido el Caos, antes del Hombre, hasta que las voces se escucharon”.

Los ejemplos podrían multiplicarse. En el relato “La palabra sagrada” el escritor hace explícita su propuesta: son palabras que pueden calificarse de “sagradas” aquellas que un grupo sabe pero que tácitamente decide callar. Sin embargo, cuando alguien las dice, horadan la realidad aparente y pueden cambiar el curso de los acontecimientos.

“La palabra sagrada” abre el volumen Dormir en tierra (1960). De acuerdo con los editores de sus Obras completas —Andrea Revueltas y Philippe Cheron—, desde 1953 José Revueltas tenía ya una primera versión del libro. En ella, el relato ocupaba el sexto lugar, se titulaba “Las palabras sagradas” y estaba antecedido por una cita de Pascal: “Tanto me da que se me diga que me he servido de palabras antiguas. Como si los mismos pensamientos no formaran, por una diferente disposición, el cuerpo de un discurso distinto, al igual que las mismas palabras forman distintos pensamientos por su diferente disposición”.

En la versión definitiva, Revueltas suprimió la cita, pero conservó en el título el adjetivo “sagrada” que confiere un matiz religioso, procedente del universo de Pascal, a una trama en apariencia profana. Recordemos que la protagonista de “La palabra sagrada” es una adolescente de clase media mexicana, llamada Alicia, a quien su familia trata como a una niña. Un día ella es sorprendida en el desván de la escuela con su novio Andrés, con quien mantenía relaciones sexuales desde algún tiempo atrás. Los chicos son descubiertos por el profesor Mendizábal, quien induce al novio a escapar y asume la culpabilidad de haber seducido a la alumna. Por supuesto, es expulsado del colegio, en tanto Alicia es mimada como si hubiera sido víctima de un accidente.

El narrador otorga el atributo de sagrada a dos palabras. La primera es “amor”. Mientras espera a su novio el día que la descubren, Alicia se siente “el ángel del tiempo” y escribe, sobre el polvo de un viejo globo terráqueo, “Amor, Andrés”. Describe el narrador:

“El ángel del tiempo miró con profunda pena a esta culpable esfera, cuya muerte parecía ser la más amarga de todas […]. De todos los cadáveres del universo, ése era el más necesitado de compasión a causa de sus culpas, y entonces el ángel extendió el índice para escribir sobre aquella superficie muerta, una palabra, la primer palabra sagrada que lo reviviese”.

Cuando el profesor llega y pasa su manga por el globo, fracasa el acto del ángel que “intentó revivir con la palabra sagrada un mundo muerto para siempre” y, como la frase, el amor queda eliminado de la tierra y del relato. Por otra parte, la vocación expiatoria del profesor sólo puede entenderse en el marco general de la narrativa revueltiana donde la culpa es el común denominador de la humanidad.

La segunda palabra sagrada es “puta”. La tía de Alicia, Enedina, comprende lo que en verdad pasó y le dice a la joven al oído: “—Llora, hija mía, llora pequeña puta desvergonzada, llora que yo no te traicionaré”.

Alicia no es prostituta por tener relaciones con su novio, sino por aceptar la mentira del profesor y entrar en el mundo de una clase social que vive a base de fingimientos, y donde el amor ha sido borrado. La tía, ella misma experta en simulación, completa el ritual de ingreso de Alicia a la vida adulta. Enedina rompe el engaño, al pronunciar —si bien con discreción— “una de las cuantas palabras sagradas que tiene el lenguaje humano para expresarse”.

Conjuntamente con la teorización sobre las palabras sagradas, Revueltas explica a veces que los oprimidos hablan “El lenguaje de nadie”. Ese precisamente es el título de otro relato incluido también en Dormir en tierra. En este cuento, el indígena Carmelo no sabe hablar correctamente la lengua de los hacendados, por lo cual es incapaz de darse a entender y protestar por las injusticias que padece. Su uso imperfecto del lenguaje simboliza su impotencia y marginación. Sólo puede comunicarse con “el tonto de la hacienda”, aun más desvalido que él porque “los dos hablaban el lenguaje de nadie”.

La dinámica de las palabras sagradas tiene, como todo en Revueltas, una traducción política. Para él, el uso de la palabra obliga a los escritores a asumir una gran responsabilidad, pues en determinadas situaciones históricas las palabras pueden tener una carga subversiva. Expone con claridad esta propuesta en su “Carta de Budapest a los escritores Comunistas”, escrita en 1957 desde Hungría.

Cuando escribe este texto, ha pasado menos de un año de que la insurrección húngara contra la burocracia estalinista había sido reprimida. Revueltas, que ha reingresado al Partido Comunista, no ha perdido aún la fe en el papel dirigente de la URSS en la construcción del socialismo, de ahí que apoye la intervención soviética en Hungría. Sólo lamenta las desviaciones, como yerros justificables. Sin embargo, tiene muy en cuenta el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética que, a inicios de 1956, critica por primera vez las deformaciones estalinistas y abre una etapa de autocrítica en las organizaciones comunistas.

Si bien posteriormente el autor ya no justificaría la intervención soviética, vale la pena releer esta carta por sus apuntes sobre el lenguaje, que se mantuvieron. Incluye una cita de Sartre “Las palabras son disparos”, y explica que el mayor daño que el estalinismo hizo a los intelectuales fue minar su capacidad de emplear libremente las palabras: “Comenzó a existir para nosotros y en todos los países —cierto, sin que hubiese nadie que nos colocara una pistola a la espalda, y en suma esto era lo de menos— esa zona táctica, silenciosamente aceptada de ‘lo que no debe decirse’”.

Se califica a sí mismo, y a todos los que aceptaron la tácita prohibición y aceptaron autocensurarse, a aquellos que “traicionamos la palabra”, de “cobardes y oportunistas”.

Tal vez, con el tiempo, Revueltas perdiera confianza en la eficacia de las palabras. Diez años después de la “Carta de Budapest a los escritores Comunistas”, en el prólogo a una edición a su obra literaria, en Empresas Editoriales (1967), habla con pesimismo de algunos escritores que se expresan con un lenguaje de nadie:

“El escritor […] pacta a vida o muerte con las palabras, con sus palabras, con sus obras. En relación con ellas —relación que se establece independientemente de su voluntad— encuentra, así, la medida de su propio aislamiento y de la incomunicación sustancial a que está condenado su ‘lenguaje de nadie’, pues las cosas jamás podrán ser de otra manera para él. Dentro de este cuadro de lucha desesperada, es donde se desenvuelve el destino irrevocable de todo escritor que se proponga asumir hasta el fondo la lucidez más completa de su conciencia; el destino de ser y su saber, de su existir y su conocer, de su saberse y de su existirse”.

A pesar de su pesimismo, José Revueltas no abjuró nunca de la responsabilidad de la palabra; siguió ejerciéndola hasta su muerte. No supo de Ayotzinapa, pero sin duda se habría sentido forzado a investigar la verdad y a escribir sobre ella.

“Esta caminata lóbrega”

16/Noviembre/2014
Confabulario
José Manuel Mateo

“¡No le estamos pidiendo favor a nadien! Nomás la verdad; que digan la verdad”, aseguró Florencio Alfaro la madrugada en que José Revueltas e Ismael Casasola llegaron al sitio donde los mineros acampaban. Ese día los trabajadores, acompañados de mujeres y niños, habían recorrido entre veinte y treinta kilómetros de una caminata que tenía como destino la ciudad de México. El 16 de octubre de 1950 comenzó la huelga en las minas de Nueva Rosita y Cloete; para esa fecha, los mineros de Palaú ya habían detenido labores, debido a que la Secretaría del Trabajo obstruyó el proceso legal que se perfilaba favorable a sus demandas (aumento de salario, servicio médico y cuatro días más de vacaciones). Por su lado, la Mexicana Zinc & Co., subsidiaria de la American Smelting and Refining Co., había violado el contrato de los trabajadores, también con la ayuda de la Secretaría. Durante tres meses el gobierno de Miguel Alemán intimidó a los huelguistas; a la población llegaron fuerzas federales y se buscó reducir al movimiento por hambre: la empresa extranjera congeló los fondos sindicales, cerró la cooperativa de consumo fundada con recursos de los trabajadores y la clínica que operaba gracias a los descuentos sobre el salario. El 20 de enero de 1951, prácticamente con una población en estado de sitio, comenzó la caminata de los mineros en huelga. De ahí el título del reportaje escrito por José Revueltas y publicado durante febrero de 1951 en la revista Hoy y en el periódico El Popular: “Marcha de hambre sobre el desierto y la nieve”.

“Miren —había dicho Florencio Alfaro antes de pedir la verdad— los periodistas nomás han venido para decir mentiras de nosotros”. Revueltas aceptó que eso podría suceder en otros casos, “pero en el nuestro [es] distinto: [venimos] a convivir con [ustedes], justamente para informar la verdad y nada más que la verdad”. En efecto, “en cierta prensa” se buscó desacreditar la acción de los huelguistas; se aseguró que “la caravana era apócrifa, constituida no por mineros sino por campesinos engañados por su líderes”, de modo que la desconfianza de Alfaro resultaba legítima; con todo, al final decidió bajar la guardia y como parte de su papel en el “servicio de vigilancia” de la huelga encomendó a Revueltas y a Casasola con otro minero para introducirlos en el grupo. “¡Vienen desde México!”, gritó a la distancia. Y agregó: “¡A ver si éstos sí nos cumplen!”.

Muy a su manera, quiero decir, concentrado en los gestos, las palabras y las voces de la gente, Revueltas ofrece un corte preciso de la caminata, y aunque el reportaje sólo refiere lo conversado durante la noche y luego de una nueva jornada que lo lleva hasta el kilómetro 387 de la carretera a Monterrey, consigue ir al fondo de lo que significa marchar en México: una y otra vez la gente ocupa las calles o recorre distancias inverosímiles en una especie de circuito esperanzado y al mismo tiempo desolador. Hacia el final de su reportaje, el escritor-periodista recuerda “los pies deformes de una mujer, Hortensia Álvarez, mientras refrescaba sus plantas agrietadas, en un sucio charco de agua”; recuerda esos pies y al mismo tiempo las palabras que la mujer le dirigió, en tanto sus labios “se entreabrían en una sonrisa llena de diafanidad y de orgullo”. Dijo Hortensia: “Nos ampollamos y nos volvemos a ampollar, pero ni quien nos detenga…”. En Saltillo, uno de los oradores “recordó que en Nueva Rosita los hijos aguardaban el triunfo de sus padres. Veo en la memoria todo eso y pienso”, dice Revueltas. De la ciudad de México la marcha de hambre regresará derrotada.

Resulta ineludible, por nuestra parte, pensar en El luto humano, la novela de 1943 que le valió a Revueltas un premio y que hoy por hoy constituye un hito literario por su lenguaje altamente poético, la complejidad de su trama y la amplitud de sus registros culturales. En buena medida, la novela muestra el éxodo de un grupo de campesinos a quienes había congregado el luto por la muerte de una niña. Desde el primer capítulo, cuando caracteriza a Úrsulo y Adán, enemigos mortales, el narrador los considera sucesores “de las viejas caminatas donde edades enteras iban muriendo, por generaciones, en busca del águila y la serpiente”. Contra lo que podría pensarse en primera instancia, Revueltas inscribe a sus personajes lejos del esencialismo característico del discurso sobre lo mexicano y más bien los lleva a un plano que los hermana con el resto de la humanidad al dotarlos de un lejano (y sólo en apariencia mítico) origen histórico: “eran dos pedernales, piedras capaces de luz y fuego, pero al fin piedras dolorosas, oyendo su antiguo entrechocar, desde las primitivas pisadas del hombre misterioso, del poblador primero y sin orígenes”. Andar es así un acto humano, una acción que tomada sin referentes parece religiosa, cuando en realidad da cuenta de la condición de las personas como pobladores de la Tierra. Y tan se aleja Revueltas de los esencialismos, que la novela alterna advertencias sobre las raíces anteriores a la Conquista, pasajes sintéticos de la escritura bíblica y menciones precisas para datar las acciones de los personajes y asignarles una contextura histórica. Dimensión humana, amplitud universal y conflictos menores de hombres y mujeres fraguan el acontecimiento narrativo que una y otra vez vuelve sobre la acción de caminar, sea nombrada por sí misma o por alguno de sus índices. Los pies, por ejemplo, adquieren protagonismo.

En vísperas de la tempestad, cuando el amenazante clamor del río se volvió “tan negro que podía estar en el aire, ser río celeste”, los pies se volvieron “lo único seguro y cardinal”, una especie de certeza más bien trágica. Úrsulo había llegado a casa de su antagonista, Adán, quien lideraba un grupo de asesinos a sueldo. A causa de la muerte de Chonita, la hija de Úrsulo, se abrió entre ellos una tregua y ambos atravesaron el río para llevar al cura hasta la casa donde se velaba el cuerpo de la pequeña. El sacerdote vaciló frente a la solicitud, casi imperativa, formulada por el asesino: “Venimos por usted”. Como el sacerdote permaneció callado e inmóvil, Adán repuso: “Si no quiere venir, padre, no venga…”. Entonces el cura “miróse la punta de los pies sin contestar. Tristes pies que sostenían su materia, que la dejaban erigirse. Ellos eran los que conducían, los que trasladaban, los que iban por la tierra”. Por eso, nos lleva a pensar el narrador, atravesar los pies con clavos, como le ocurrió a Cristo, implicaba una pérdida completa de la esperanza; y aproximadamente en esos términos también reflexionaba el sacerdote: en su conciencia se abría paso la certeza implícita en esa imagen de “los pies y los clavos”, certidumbre que no podía ser sino el síntoma del abandono, “la incapacidad de resurrección”. Finalmente el cura decide acompañarlos. A la casa donde se vela el cuerpo de la niña sólo llegarán el sacerdote y Úrsulo. Adán habrá muerto en el camino a manos del cura. Y llegan únicamente para preparar “el éxodo”, palabra “con esperanza, aunque remota, en los bárbaros y alentadores libros del Viejo Testamento, pero fría, muerta, aquí, en este naufragio sin remedio de hoy”.

En El luto humano se habla de la caída de un pueblo: “primero la huelga, después el fracaso del Sistema [de riego] y en seguida la sequía”; por último la tempestad, el desbordamiento del río y la inundación. Y todo ese trágico sucederse tiene como índice central el cuerpo muerto de una niña que los padres llevan consigo mientras procuran huir de la última catástrofe, junto con el cura y los últimos pobladores del lugar. Este andar esperanzado e inevitablemente condenado a un destino de signo adverso (como la huelga de los mineros en 1951) aparece en otros momentos de la novelística de Revueltas. En Los días terrenales Gregorio Saldívar organiza, como parte de su militancia comunista, una marcha a pie, de Puebla a la ciudad de México, “con los obreros sin trabajo y sus familias, para protestar por la falta de medidas gubernamentales en contra de la crisis”. Fidel Serrano, líder del grupo de comunistas al que pertenece Gregorio, imagina “las circunstancias, el terrible cansancio de la caminata, la legión harapienta de hombres y mujeres sobre el asfalto caliente de la carretera en un viaje de más de cien kilómetros”; no obstante, menos próximo que Gregorio a los desempleados, considera que la marcha será “una magnífica jornada de propaganda contra el régimen”. La reseña del movimiento y su represión final podría ampliarse; sin embargo, vale la pena aprovechar el espacio de esta nota para referir una última caminata que forma parte de Los errores, novela que este año cumple medio siglo de haber sido publicada por el Fondo de Cultura Económica.

Don Victorino dominaba a un grupo amplio de comerciantes en verdura, legumbres y fruta, quienes dependían de él para la diaria “refacción”, es decir, para reponer un artículo que, “de no venderse el propio día, ya estaba podrido a la mañana siguiente, razón por la cual la necesidad del préstamo resultaba forzosa, inevitable, regida por una ley superior y soberana… La ley del dinero, ese omnipresente dios sin rostro, pero que tiene el rostro de todos los hombres”. Don Victorino había prosperado gracias a la revolución o, mejor dicho, gracias al bando de la revolución al que había servido. A causa de un incidente, el prestamista recuerda sus días como oficial del ejército que combatía “contra los desarrapados y mugrosos zapatistas, tan miserablemente idénticos en todo al indígena de hoy”, es decir, al hombre que había pretendido obtener un préstamo de don Victorino dejando como garantía sólo su “palabra de hombre”. Ante la demanda, el ex oficial había reaccionado con furia destemplada y entre golpes e insultos lanzó de su local al humillado peticionario. Ya de pie, repuesto de una caída, el indígena consiguió lanzar, con el brazo en alto, “una sucesión de voces iracundas en lengua mexicana” hacia don Victorino. “Ese brazo del indio, ese brazo rebelde y furioso” llevó la memoria del prestamista a sus días de oficial. Caminando bajo una terca llovizna helada, conducía a un grupo de 18 prisioneros zapatistas. Él y sus soldados impulsaban a golpes a los indígenas para que siguieran la marcha hacia el fuerte de Perote, mas no actuaban precisamente con odio, más bien con “la misma lógica e indiferencia que se tiene ante una bestia de tiro”. Entre los prisioneros había heridos, “tres en total, a cuestas de otros tantos camaradas, quienes, con algo como una cortesía ceremoniosa y distinguida” se turnaban para cargarlos. En un momento de reposo, don Victorino dio la orden de esperar a que uno de los heridos terminara de morir y pidió que se escarbara de una vez “el hoyo”. Ante la inverosímil decisión, los zapatistas tardaron en comprender y entonces fueron obligados a cavar. El prisionero no expiraba y daba la impresión de que “no se moriría ni el día del Juicio”, lo mismo que Cristo, había dicho uno de los zapatistas. “Aquello era extraordinario y terrible… Aquel hombre no moriría, estaba entre ellos… para no morir nunca y luego extraviarlos a través de esta caminata lóbrega”. Don Victorino decidió que el herido había muerto y como los zapatistas no se movieron, instó a un subteniente para que “unos hombres de tropa” enterraran al “cristiano ése”. Apenas terminaron de cubrirlo y de apisonar la tierra con las botas, ocurrió aquello: “El brazo había brotado de la tierra como un resorte, con el ímpetu rabioso de una conciencia lúcida y perdida, en alto, desnudo”.

Lo mismo en su reportaje que en varias de sus novelas, Revueltas parece mostrar que somos “un país de muertos caminando, hondo país en busca del ancla, del sostén secreto” (El luto humano). Sentencia trágica y desoladora, pero no del todo ausente de esperanza, si echarse a andar o alzar un brazo pretende evitar que la posibilidad de otro mundo quede definitivamente sepultada. Hoy todavía se demanda la verdad y la posibilidad de hacernos de un Estado donde, como lo quería Revueltas, “se pueda pensar, trabajar, crear sin humillaciones, sobresaltos, angustias y mediatizaciones” (“Nuestra bandera”, México 68: juventud y revolución).

Caminamos, sí; pero tal vez no baste caminar.

El hombre sabio que hacía preguntas

7/Diciembre/2014
Confabulario
Francisco Prieto

En este tiempo donde abundan los farsantes, los que viven para la pose, los que hacen lo privado público en la impudicia ramplona y repugnante, los que profieren juicios rotundos de cosas que no entienden —qué cosas nos decimos sin saber lo que nos decimos, escribió Juan Ramón Jiménez—, Vicente Leñero vivió desde la orilla opuesta. Y pienso que su obra literaria se finca en la experiencia poética de la misericordia. Él sí, como muy pocos, escritores o no, hizo sentir de aquello que hace poco profirió el Papa Francisco: “quién soy yo para juzgar”. Vicente no juzgaba; acogía y confrontaba.

Evoquemos Los albañiles. Evoquemos a esos hombres, a esas mujeres que son pura sustancia, que desde la raíz de su dolor encuentran el perdón, a sí mismos, a sus prójimos y, temiéndose blasfemos, al mismo Dios que no los abandona, que no los suelta, que es una presencia sin la cual el mundo sería absurdo. El temor de Dios que, imperceptiblemente, se va tornando amor sin asideras al Padre.

La experiencia poética de la misericordia en lo que pudo haber sido y no fue de la anciana de La vida que se va, que como el José García de Vicens, va tejiendo sueños desde la realidad más prosaica hasta que la realidad misma se ha transfigurado y se torna un hermoso sueño que es preparación para la muerte en el ritual del adiós. Todo el pasado se ha transfigurado y no sé qué otra cosa mayor que esta es la que operan en nosotros las mayores obras de la literatura.

Vicente Leñero hace vivir en sus lectores la misericordia en la pareja a la que en una mudanza, en la esperanza de un cambio, enfrenta una existencia frustrada pero esa misma desgarradura los convierte en cómplices y son sacrificados con el deseo purificador de perdonarse.

En Pueblo rechazado, en El garabato, en Martirio de Morelos, El juicio y tantas otras obras, asumir la culpa es el camino a la liberación, asumirse y ver a los otros, confrontarlos confrontándose… Siempre en las obras de Leñero recreamos nuestra pequeñez y desde ella la posibilidad de la grandeza. Y la grandeza es tal en la medida en que nos hemos dado cuenta que no somos tan diferentes, que el otro es un poquito yo, que yo me veo en el otro al que creía detestar. Después de todo, somos Gente así.

Vicente Leñero no perdió nunca la dimensión de la contingencia connatural a la criatura humana. La conciencia de la necesidad de los otros lo hizo el padre que vivió atento a sus hijas, el hombre que creó una amistad profunda con su compañera de más de cincuenta años, el maestro que se colocaba en la circunstancia vital de sus alumnos, que sabía respetar el mundo de cada quién, que oía al otro y que, porque le importaba, lo confrontaba, porque sólo el que ama confronta.

Este poeta de la misericordia que fue Vicente Leñero —y que lo sigue siendo en su obra—, atento al mundo, a las realidades prosaicas de la cotidianidad, cultivaba la soledad porque para meterse el mundo en uno y cargar con él hay que asumir la oscura raíz del grito —tan lorquiana—, saberse que estamos irremediablemente solos, que somos radical soledad y esto nos hace experimentar al final del camino el amor sin reservas a los que compartieron con nosotros el camino. Es entonces cuando atisbamos y encontramos lo que siempre buscamos sin saberlo, una luz que nos va envolviendo y presentimos que pronto seremos parte de esa luz, que de ella vinimos y que por fin retornamos a ella.

Vicente Leñero, en su vida concreta, en su obra, fue un hombre que se vertía en preguntas, ¡tanto respetaba y le importaban los otros! Un buen creador de obras literarias tenía que partir del respeto a las realidades más diversas, que sólo un soberbio pretende conocer sin indagar. Como el periodista de raza que antecedía al novelista y al dramaturgo, preguntaba, preguntaba y volvía a preguntar. Los verdaderos sabios, al revés que Fausto, un día se dan cuenta que sólo sé que nada sé; a diferencia de don Juan, saben que la vida que me diste supera con creces a la vida que, acaso, yo te di.

Vicente vivió sabiendo dar y sabiendo recibir, gloria suprema.