domingo, 23 de abril de 2017

Enésima invitación al modernismo

23/Abril/2017
Confabulario
Christopher Dominguez Michael

En el principio, nunca debe dejar de insistirse, está Rubén Darío (1867–1916) quien desde Nicaragua y sus poblachos, a los que volvió para morir, lo cambió todo entre nosotros. De Darío se ha dicho como de Borges que una página escrita en español puede fecharse sabiendo si fue escrita antes o después de su presencia. Uno y otro son inagotables: el centroamericano llenó todo nuestro tránsito entre el XIX y XX mientras el argentino fue el dueño de la segunda mitad del siglo pasado. El primero ha de empujar aún, sin poder abrirla del todo, la puerta que nos impedía la entrada a la literatura mundial. Con Borges y la gran literatura latinoamericana (y no la española, agotada tras la generación del 27, la Guerra Civil y el franquismo), que lo acompañó, lo mismo en la poesía que en la novela, nuestra lengua volvió al centro del universo, del cual se borró —por autofagia según Octavio Paz— tras los triunfos de los siglos de oro. Pero sin Darío no hay Borges. Ni tampoco José Lezama Lima, el mismo Paz o Gabriel García Márquez.
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Darío, desde que el pronto malogrado Pedro Balmaceda Toro,  hijo del primer presidente suicida de Chile, puso en sus manos a los maestros modernos en 1886, se convirtió no sólo en un moderno más si no en un cosmopolita. Recuérdese que esa palabra, aun a fines de los años cincuenta del siglo XX, era mal vista. Cosmopolitismo era prueba de descastamiento, de frívola vagolatría por el mundo, en este caso, de la moda literaria. Pero Darío, como su maestro italiano Gabriele d’Annunzio, decidió imitar e imitar sin descanso, hasta robar si fuese necesario, en búsqueda de la originalidad. De broma o en vera, modernistas (pues ese nombre tomó en español nuestro parnasianismo-simbolismo-decadentismo finisecular decimonónico) y antimodernistas, citaban, a su favor o condenándola, de François Coppée aquello de “¿Qué podré imitar para ser original?”
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Pero esa imitación nada tenía que ver con la neoclásica pretendida por árcades y bucólicos ni esa originalidad era del todo romántica. Me explico. Tanto o más que los poetas de 1805, los modernistas se sirvieron del canon literario y mitológico de los griegos. Sus poemas, como los de aquellos, abundan en endriagos y quimeras de la Antigüedad. El ya muy remoto Menéndez Valdés o nuestro fraile Navarrete, imitaban, o más bien, copiaban las pinturas clásicas en el museo, domingueros y con un pincel en mano, sirviéndose del atril propio de los talleristas visitantes. Desde esa posición y desde esa pose, también, escribían los poetas–bibliotecarios (así los llamó Albert Thibaudet, una de mis fuentes en cuanto al periodo 1848–1914) del Parnaso, uno de los cuales, Baudelaire se salió a pasear a la calle, con las consecuencias de todos tan temidas desde entonces: se es moderno en la medida en que se es capaz de alejarse de ese punto de partida, el pecado original.
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Siguiendo la llamada de Baudelaire —él caminaba, los nuestros corrían— nuestros modernistas, “magna turba”, saqueron aquellos gigantescos gabinetes de antigüedades. Se llevaron de todo, incluyendo no pocas cuentas de vidrio y baratijas. Estamos ante una voluntad de expropiación similar a la del norteamericano Pound, nacido en Idaho en 1885 (dieciocho años después que Darío) al escribir, a lo largo de su vida, sus Cantares, en los cuales, significativamente, está ausente la América hispana, como lo estará después en las preocupaciones de Allen Tate, curioso católico gringo ignorante de que más allá del río Bravo se desplegaba la más rica de las civilizaciones católicas, amén de barroca. Pero ése es otro tema que también conflictuó, sin remedio ni solución, a Darío (y a uno de sus ideólogos concurrentes, el uruguayo José Enrique Rodó, quien vivió entre 1871 y 1917, publicando Ariel en 1900): el de nuestras relaciones con la otra América, utilitaria, puritana, protestante, pragmática y expasionista. En Los hijos del limo (1974), Paz advirtió que nuestros modernistas acaso de lo moderno sólo conocían al imperialismo norteamericano.
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Paz dijo también que al ignorar a Darío y al peninsular Machado, por ejemplo, y remitirlos a esas ergástulas conocidas como departamentos de español en los Estados Unidos, los profesores anglosajones, mutilaban el cuerpo de la literatura mundial. Lo siguen haciendo: un José Martí les parece, racistas, “postcolonial”, no así los Hawthorne y los Melville, caucásicos sin mácula y, por ello, sin atractivo folclórico: escritores normales.
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Como Henry James (vía Balzac) y T.S. Eliot (vía Laforgue), Darío “se hizo francés” para encontrarse a sí mismo y lo hizo gracias a Verlaine, ése hombre sin ideas que acaso fue el gran poeta de su lengua, en su siglo, por encima de Victor Hugo, al cual, como a Neruda, le sobran cientos de versos. A Verlaine, muy pocos. Parece que me extravío, pero no. Saqueo, más que imitación, fue lo de Darío y su gente. James y Eliot, puritanos al fin, prefirieron mimetizarse y ser más ingleses que los ingleses con un grado de éxito que no hubo, en su tramo, ni novelista ni poeta inglés capaz de hacerles competencia. Para buscarles rivales hay que ir a la vecina y verde Irlanda.
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Se pusieron nuestros modernistas, teatrales, toda clase de vestimentas, máscaras, antifaces y bibelots, del Occidente europeo pero también, del Oriente, que bien visto es y Nao de China mediante,  nuestro patrio trasero, no el suyo. Los extremos se tocan: pavorreales, cisnes, flamingos, búhos, sirenas y esa vasta animalia modernista presidida por un ser humano: la mujer fatal atrapada por el sabio italiano Mario Praz. Ese saqueo, ya dibujado por Max Henríquez Ureña en las primeras páginas de su esencial y Breve historia del modernismo (1954), los condujo a sí mismos a la verdadera originalidad, aquella aparecida, antirromántica, cuando ya no se teme imitar a nadie, como lo muestra Darío y todo el zeitgeist poético que va de de Ricardo Jaimes Freyre a Enrique González Martínez. Ese saqueo dio como resultado un verdadero renacimiento.

lunes, 17 de abril de 2017

Del ‘boom’ y otros demonios

17/Abril/2017
Babelia
Christopher Dominguez Michael

Al conmemorar el medio siglo cumplido de la aparición de Cien años de soledad, Cambio de piel y Tres tristes tigres, obras de Gabriel García Márquez (1927-2014), Carlos Fuentes (1928-2012) y Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), festejamos (o ponderamos, si cabe) los años que nos separan del esplendor del boom latinoamericano de novelistas que cambió el destino de la lengua española como sólo había ocurrido previamente durante el Siglo de Oro, durante la aparición de Rubén Darío culminando la penúltima década del XIX y con los poetas peninsulares de la generación del 27.


Tres momentos suficientes para garantizar lo que, de manera increíble y antes de aquel 1967, todavía se ponía en duda: el sitio capital de la lengua española, en los principios de la modernidad (Shakespeare, según Roger Chartier, leyendo a Cervantes) y durante sus largos y nebulosos años finales con un Borges como uno de los escritores más influyentes del planeta. Quienes lamentaron nuestra ruina, siempre prestos, fueron los profesores anglosajones (anótense las excepciones), los mismos quienes igualmente han drenado, presurosos, el presupuesto universitario para festejar nuestros renacimientos tras las décadas de inopia que toda gran literatura puede y debe permitirse. Pregúntenles a los franceses, los únicos sabedores de cómo hacer de la decadencia, gloria.

El libro insignia es, desde luego, la novela de García Márquez, de cuya muerte se cumplen tres años precisamente este lunes. Dirán que tengo poco mundo, pero aún no conozco a nadie que, habiendo leído Cien años de soledad durante la adolescencia, reniegue de ella porque —lo sé— a esa edad el libro y el lector se confunden o casi nadie quiere renunciar, desde las amarguras de la relectura lamentadas no hace mucho por Javier Marías, a ese paraíso perdido. Al menos en mi caso, me he decepcionado, tras volver, casi siempre obligado por el oficio, a Rayuela, de Cortázar, o a las primeras novelas de Fuentes. En otros casos —para qué mentir— llegué tarde a obras capitales de aquella generación, como la del primer Vargas Llosa o de José Donoso, cuando ya no me era dado leer sin la sombra amenazante del historicismo. Superado el galimatías del “realismo mágico” que identifica a esa imprecisa etiqueta con el boom, hay una magia en aquel García Márquez de 1967 sin la cual yo, como lector novato que fui, no puedo concebirme. Relectura tras relectura, Cien años de soledad me parece un jardín privado hecho a mi medida, como sólo lo han sido en mi vida de lector, con ella, las novelas de Proust y Mann.

Fue del orden político-económico, la condena del boom, jurada en nombre de cierto izquierdismo envidioso e ignaro muy propio de los años setenta. Causaba escozor que aquel grupo hubiera sido apadrinado en Barcelona por Carmen Balcells, a quienes no pudiendo tragar lo de “agente literaria” calificaban peyorativamente de codiciosa “vendedora de libros”. Ella se habría echado al hombro el boom como si de una Enciclopedia Británica se tratará, suscribiendo al vecindario, casa por casa. Fue también una reacción defensiva, natural en aquellos escritores a quien les tocó debutar a principios de los años setenta, a la vez imantados por los flasazos ganados por la “nueva” literatura latinoamericana y condenados a la marginalidad por la fama y fortuna del boom.

Quienes hallaban en el boom sólo comercio poco sabían del origen bastardo, hoy bien estudiado, de la novela, mercantilismo que no la abandonará nunca y está en su esencia: los Dickens, los Balzac y los Dumas montaron, con buenas y malas mañas, con negros y sin ellos, verdaderas empresas de edición que le dieron a la burguesía (y sobre todo a las mujeres lectoras) ese género que le faltaba al mundo: la novela. No en balde el portero de sir Walter ­Scott rechazaba visitas inoportunas a la sazón de “estamos muy ocupados con Ivanhoe”. Con ese mismo orgullo plural y vicario, seguramente respondía Carmen Balcells a quienes la acusaban de “inventar” lo que sólo puede lograr la combinación del genio literario y el tino comercial. Si el primero se ausenta, de nada sirven los millones de ejemplares vendidos.

Desde América Latina, el boom es sólo un capítulo muy vistoso de una tradición novelística no muy larga, pero que en los años anteriores a Cien años de soledad y a otras obras de esa generación, acumuló novelas geniales como las de Onetti, Rulfo o Lezama Lima, todas ellas relacionadas con la prosa de vanguardia que en nuestra orilla procreó narradores de una riqueza que 1967 (ese año La casa verde se lleva el Rómulo Gallegos, además), tan sólo, iluminó: el delta rioplatense que surge de Macedonio y llega a Cortázar, la familiaridad de Efrén Hernández con Arreola y Rulfo en México, el aislamiento de Juan Emar en Chile o de Pablo Palacios en Ecuador. Además, estaba Borges, el escritor latino­americano más importante de la historia, sin el cual el desenlace de Cien años de soledad, cuando Aureliano desparrama el libro de arena y desempolva los pergaminos de Melquíades, es inconcebible.

Si creo que Cien años de soledad es una de las grandes novelas de la lengua, junto al Quijote, La Regenta, Fortunata y Jacinta, Pedro Páramo y alguna otra, evaluar a Fuentes y sobre todo al de Cambio de piel, requeriría de un lector no mexicano o, al menos, el concurso de alguien más joven, quien, a diferencia mía, no haya participado de la fronda antifuentesiana iniciada en la literatura mexicana durante los años ochenta y sólo extinta con el novelista. Conservo el debido respeto historicista por La región más transparente (1958) y por La muerte de Artemio Cruz (1962), no desdeño Aura, pero sigo pensando que el gran oído de Fuentes desapareció tras Cristóbal Nonato (1987), su desmesurado (como todo en él) experimento lingüístico-apocalíptico sobre el destino de México, acompañado en ese fin de siglo por novelas similares como las de Hugo Hiriart, Homero Aridjis y Guillermo Sheridan. En aquel entonces, la novela mexicana, más que narrar, profetizaba. El futuro, como lo llegó a consignar el propio Fuentes en las novelas oportunistas (La voluntad y la fortuna, Adán en Edén) de su penosa etapa final, era aún más horrible de lo pronosticado, gracias al narcotráfico, invisible en 1987, en esa buena comedia menipea que es Cristóbal Nonato.

Confieso que no había releído Cambio de piel desde la adolescencia, y en esta ocasión me pareció menos que el depósito de la mitología de Fuentes (México es una nación-pirámide como la de Cholula, epicentro de esta novela y lección tomada pero nunca puesta en duda, infortunado, por el novelista en El laberinto de la soledad, de Paz), una buena novela, escrita con pulcritud, sobre las parejas, rotación muy socorrida en los años setenta y orlada de un cosmopolitismo eficaz que relaciona todo lo latinoamericano con la historia universal. Como debe de ser y como no lo era.

Siendo imposible e indeseable bajar del iconostasio a Cien años de soledad, de las tres novelas cincuentenarias la más viva es la de Cabrera Infante, quien, a diferencia de Fuentes (Terra nostra, su obra maestra, es de 1975), nunca superó, me parece, Tres tristes tigres. Más que escrita en cubano, como quería el ya entonces inexorablemente exiliado GCI, en su novela de 1967 se escucha —lo cito otra vez— el lenguaje secreto y sin embargo comprensible de la noche de toda gran ciudad. En su nostalgia musical de la fiesta habanera, gracias a un ingenio verbal del que el cubano abusó después sin dañar nunca Tres tristes tigres, es una novela profundamente política. Cabrera Infante, hijo de comunista, previó la tragedia ortodoxa del comunismo castrista, al colocar en el centro de Tres tristes tigres y al parecer sin venir a cuento los extraordinarios pastiches del asesinato de Trotski supuestamente escritos por Martí, Lezama Lima, Virgilio Piñera (entonces desconocido fuera de Cuba), Lydia Cabrera, Lino Novás, Carpentier y el poeta Guillén, el malo. Frente al símbolo primero glorioso y luego obsoleto de la América Latina identificada con el boom, la revolución cubana, García Márquez quiso que su privanza con Castro fuese un mal menor beneficioso para sus amigos isleños y Fuentes se deslindó con prudencia, pero sólo Cabrera Infante, en su oposición radical al castrismo, casa con un siglo XXI cuya filosofía moral son los derechos humanos. Eso cuenta y hay que decirlo.

La milagrería de Cien años de soledad me sigue pareciendo verosímil, y escucharla es pegar la oreja a un caracol rumbo a la infancia; Cambio de piel me invita a reconsiderar a Fuentes en su tragicomedia mexicana, que es la mía, me guste o no, y Tres tristes tigres me parece la cifra de aquella frase atribuida a Darío, la de un lenguaje cuyo rigor se asoma al delirio. Quiso casar GCI a Proust con Isaac Newton, como después que él, Severo Sarduy. Y el boom cabe, me alegra, en el deseo del difunto bustrófedon, de quien se dijo que dice en Tres tristes tigres: “Éramos totalitarios: queríamos la sabiduría total, la felicidad, ser inmortales al unir el fin con el principio. Pero Cué se equivocaba (todos nos equivocamos menos, quizás, bustrófedon, que ahora podía ser inmortal), porque si el tiempo es irreversible, el espacio es irrecorrible y, además, infinito”.

domingo, 16 de abril de 2017

Dolores Castro: nueve décadas entre lo vivido y la palabra

16/Abril/2017
Jornada Semanal
Adriana del Moral

Nuestro México insensato ha lastimado a Dolores Castro desde niña. Durante los noventa y cuatro años que ha visto al país conservar –o exacerbar– su locura, la poesía ha sido su compañera para desentrañar la vida y darle sentido. Para Lolita, como la conocen los que la quieren, los poemas no sólo sobreviven, sino que transforman todo.
“Creo absolutamente que la poesía puede cambiar el mundo”, afirma contundente al final del taller que, con una constancia heroica, sigue impartiendo los sábados en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García (epcsg). Heredó la encomienda de su amigo Alejandro Avilés, quien fuera director de la escuela, y la ha mantenido desde 1985.
Su vida ha sido larga y fructífera: centenares de poemas, catorce nietos, siete bisnietos e incontables alumnos, son algunas de las huellas indelebles de su paso por el mundo. En su casa llena de plantas y de libros –aún conserva algunos de su bisabuelo– ha vivido desde que se casó con el también poeta, escritor y periodista Javier Peñalosa.
Conserva intactas su memoria y lucidez. Pareciera que la única mella que el tiempo le ha hecho es su diabetes ligera, un dolor en las rodillas que le dificulta caminar y lo mucho que ahora le cuesta escuchar cuando se le habla, así que ha aprendido a leer los labios. Confiesa que le gusta el silencio: “estoy viviendo esta soledad que Rilke tanto añoró”, dice con una sonrisa.
Durante largo tiempo fue conocida sólo por algunos amigos y colegas escritores, pero en los últimos años ha recibido numerosos homenajes y reconocimientos. Ganó el Premio Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, fue nombrada Maestra de la Juventud y se le otorgó el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2014 en Lingüística y Literatura. La vida perdurable, documental de Yaín Rodríguez, se transmitió por Canal 22 para celebrar los noventa y tres años de Lolita.


De la niñez solitaria a la importancia de vivir

Nació en Aguascalientes el 12 de abril de 1923, y pronto se trasladó con su familia a Zacatecas. Su padre era “de pocas palabras, pero cuando hablaba siempre decía algo importante. Venía de una familia de liberales que creían más en la libertad que en la economía”, relata. “Mi mamá tenía una voluntad de hierro, amaba la libertad.” Gran parte de su infancia transcurrió en la casa de su abuela materna, Isabel Vázquez del Mercado: un edificio grande con pisos de cantera, adornado por naranjos en flor y jazmines. Ahí los juegos de sombras con la luna alimentaron sus temores infantiles y las macetas le sirvieron como alumnas para jugar a la maestra. Pasaba las vacaciones en un rancho de su abuelo, entre altas cañas y paseos a caballo. Ahí conoció la precariedad de la vida de los campesinos, que a veces comían sólo vainas de mezquite.
Años después, en el Colegio Francés de Puente de Alvarado, en Ciudad de México, descubrió que el dibujo no le bastaba para expresarse. Cuando escribió una composición sobre la primavera, alimentada por sus recuerdos del campo, supo que deseaba externar su mundo interior a través de la literatura.
Volvió a Zacatecas, cuna de la educación laica, cuando aún quedaban resabios de la rebelión cristera. La ciudad, esculpida más que edificada, con su catedral en una cañada y sus construcciones de cantera, dejó en Lolita una huella como ningún otro lugar donde ha vivido; tan es así que aún la sueña. Regresó a la capital del país para cursar tercero de secundaria. Entonces conoció a Rosario Castellanos, quien fue su compañera y se convirtió en casi una más entre sus hermanas.
Su bisabuelo José María Castro inauguró en su familia paterna la tradición de la abogacía, que ella decidió continuar estudiando Derecho en la unam. Aunque la carrera no le gustó, decidió terminarla para mostrar a su padre seriedad en sus compromisos.
Después estudió en la Facultad de Filosofía y Letras, en el edificio de Mascarones. Encontró ahí un agradable contraste con el “lugar de adiestramiento para bárbaros” que le parecía la Facultad de Leyes, con su población mayoritariamente masculina que peleaba en el patio y aventaba cohetes. Tuvo de maestros a Agustín Yáñez, Julio Torri, y a refugiados españoles como José Gaos.
Rosario Castellanos había empezado a estudiar Derecho con ella, pero después se cambió a Filosofía. Fueron compañeras de Ernesto Cardenal, Ernesto Mejía Sánchez, Manuel Durán Gili, Tito Monterroso, Otto Raúl González y Carlos Illescas. La mayoría venían de la Guerra civil española o de haber derrocado al dictador guatemalteco, y en esta época también se estaba gestando la revolución en Nicaragua. Posteriormente llegaron a la facultad Jaime Sabines –quien se dice escribió a Lolita “Sitio de amor”–, Fernando Salmerón, Luis Villoro, Sergio Galindo, Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández, Sergio Magaña y Ninfa Santos.
Una separata de su poema endecasílabo y heptasílabo “El corazón transfigurado” apareció en 1949 en la revista América, editada por Antonio Millán y Efrén Hernández. Aunque ya en este texto se encuentran las imágenes hermosas que caracterizan toda su obra, posteriormente se apartaría de la rigidez de las formas clásicas en pos de su ideal: una poesía “esencial, emotiva y verdadera”. A sus noventa años, la poeta reconoció que quizá en esa primera obra estaba ya contenido cuanto ha buscado decir en toda su obra posterior: sus preguntas profundas, sus temas.
En 1950, cuando Castro y su amiga Rosario concluyeron sus estudios de maestría –la de ella en Lengua y Literatura española y la de Castellanos en Filosofía–, ambas fueron a estudiar a Madrid por un año. Para Rosario el viaje significó renunciar en ese momento a casarse con Ricardo Guerra, y para Dolores oponerse a la voluntad de su padre, aunque finalmente su mamá la apoyó para que se fuera. Llegar a Europa les tomó un mes a bordo de un barco de carga y pasajeros.
En vacaciones conocieron París, Roma, el sur y parte del norte de España. Al final del ciclo escolar visitaron a Gabriela Mistral en Italia, y conocieron Nápoles, Florencia, Asís y Venecia. Atravesaron Francia pasando por Suiza hasta llegar a Austria, donde les avisaron que su barco hacia Nueva York zarparía con un mes de retraso y tuvieron que quedarse en una residencia de estudiantes pobres donde ni sábanas tenían. Finalmente, la travesía a Estados Unidos duró siete días y atravesaron una tormenta espantosa. En Nueva York visitaron Harlem, pese a que les dijeron que era peligroso, y regresaron a Monterrey en un autobús Greyhound.
Para ambas el viaje marcó un hito: conocieron de primera mano arte y sitios europeos que las habían influido durante sus años de formación, pero también estuvo lleno de desencuentros y discusiones. Rosario sostenía que había que sacrificar todo a la vocación, mientras que para Dolores la vida también era muy importante; le interesaba bailar, conocer, divertirse.
A su regreso, Castro empezó a trabajar como correctora en la Editorial Novaro y escritora en Radio Femenina, donde hacía lo mismo textos literarios que recetas de cocina o publicidad. Poco después Reyes Nevares le publicó Sólo siete poemas (1952). Su segundo poemario tiene como hilo conductor la antropomorfización del paisaje. “Aquí voy por el río, desconocida, larga...”, dice uno de los textos que escribió en Chiapas.

Superviviente de todo

Te amaré con agujas de mis huesos
cuando rompan
esta dulce prisión de fuego y carne
y te amaré en la mano que retuvo
la ceniza caliente de otra sangre,
y en lo que fue constante afirmación
de nuestra estancia.
[…]
Y morirás de amor,
del mismo amor que apagará la hierba.
Y morirás de viento y de tristeza,
cuando fría mi sangre
no transmita a tu cuerpo,
el calor que robamos a la fragua.

(“Siete”, Sólo siete poemas)

Al paso de los años, Dolores Castro, Rosario Castellanos, Efrén Hernández, Roberto Cabral del Hoyo, Octavio Novaro, Javier Peñalosa, Honorato Ignacio Magaloni y Alejandro Avilés fueron llamados los Ocho Poetas Mexicanos. Avilés había entrevistado a varios de ellos para El Universal, y se reunían cada semana para leerse y criticar sus textos. En 1955, Alfonso Méndez Plancarte les publicó una antología con el nombre del grupo, cuyo lema, ideado por Castro, era “cada uno su lengua, todos en una llama”.
El amor a los libros y la palabra acercó a Dolores y Javier Peñalosa Calderón. Decidieron casarse y juntos estrenaron una casa en Lomas de Sotelo, donde procrearon siete hijos: cinco hombres y dos mujeres que fungieron como “elemento civilizador”. Con aproximadamente un año de diferencia entre cada nacimiento, recuerda que para ella el matrimonio y la maternidad fueron experiencias hermosas, pero que también la llevaron a límites en que ya le era imposible razonar. Aun así, todo eso siguió alimentando su poesía. “Amar a alguien no es fácil, ser amado tampoco”, recuerda.
La pareja conservó su vocación literaria, y siendo ambos escritores el dinero no abundaba en casa. Javier, quien tuvo de niño poliomielitis, trabajaba a destajo y ella realizaba de vez en cuando encargos remunerados. Sin embargo, opina que “la pobreza no es mala, la miseria sí. La pobreza le enseña a uno a valorar las cosas, a las personas”. De lo mejor de ese período para ella, es lo mucho que su marido la valoró y respetó, en su persona y su trabajo.
Para algunos críticos, los Ocho Poetas padecieron cierta marginalización, atribuida a la fe católica de varios de ellos. Sin embargo, Dolores, única superviviente del grupo, no lo ve así. Sólo “éramos católicos de veras Alejandro Avilés y yo. Roberto era de una tradición católica, pero ya no practicante. Efrén Hernández era muy particularmente creyente, pero no católico. Honorato Ignacio Magaloni quería ser maya de todo a todo, hasta de religión, y decía como ellos para hablar de Dios: ‘aquel cuyo nombre se dice suspirando’.”
“Mi esposo sí era católico, y yo también, pero nunca fuimos cerrados, sino por ejemplo íbamos a pláticas con el padre (Gregorio) Lemercier, que además nos casó. Él estaba fuera de la Iglesia. Quería lo que ahora se practica: que muchos de los seminaristas vayan a ver a la psicóloga antes de entrar para saber si de veras tienen vocación.”
“Lo que sí es que no todos fuimos escritores de la corriente que estaba más en uso, que era el surrealismo. Éramos más de una tradición de cultura mexicana en general, unos más inclinados hacia una tradición indígena, sobre todo Honorato y Rosario. Ella era indigenista y no, porque también les reconocía muchos de los aspectos negativos. [Más bien] “era justiciera, porque la poesía también es justiciera.”
Atribuye a esto la falta de reflectores en la que muchos de ellos desarrollaron su carrera literaria, y a que “no teníamos grandes presentaciones, sino que realmente nos dedicábamos a escribir poesía, y a tratar de que se la conociera mejor”.
A pesar de la estrechez económica en su hogar, Lolita siempre fue sensible a las necesidades ajenas. Cuando su amigo el escritor Efrén Hernández falleció en 1958, ella y Javier acogieron a su viuda, Beatriz Ponzanelli, y a su hija Valentina por cerca de un mes, mientras su hijo Martín vendía la casa familiar para reunir algo de dinero.
Los acontecimientos de 1968 afectaron profundamente a Dolores y Javier, y este último tuvo un ataque al corazón. Cuando se restableció, la familia entera se mudó a Veracruz por indicación de los médicos, quienes le recomendaron vivir a nivel del mar. Estuvieron ahí cerca de tres años, pero al final Javier quiso regresar: “Prefiero morirme en el Distrito Federal, pues esa es mi provincia.”
Trabajó unos años más como director de un centro de documentación, pero nunca se restableció por completo. Los últimos años de su vida los pasó en silla de ruedas debido a las secuelas de la polio. Falleció en 1977, cuando la menor de sus hijas tenía trece años. Entonces “se me desapareció la mitad de mi vida”, cuenta Lolita.
Dolores ha sostenido siempre la existencia de un lenguaje femenino y otro masculino en la vida diaria. También ha señalado que la mujer se ha expresado históricamente en varias formas no articuladas como “el llanto oportuno, la sonrisa, el grito o el silencio, pero nos falta mucho que decir en el terreno de la literatura”.
Considerando esto, recomienda a sus alumnas, y a cualquier mujer, que si escriben sobre sexo “no hagan sólo descripción, que de veras escriban algo que dé verdaderamente una nueva visión de eso, o una antigua visión, pero que sea penetrante en el ser”. También critica: “como se sabe que la poesía mejor tiene magníficas imágenes, entonces (otra práctica es) empezar a hacer como un fuego de artificio de imágenes de manera que ya no se entienda qué quisieron decir”. Finalmente subraya que la poesía no se debe tomar “como un adorno, sino realmente como un llamado a ser algo”.
La docencia ha sido casi tan constante en su vida como el trabajo con las palabras. Ha sido maestra de muchos poetas, narradores y periodistas en las escuelas de Bellas Artes de Veracruz, Cuernavaca y Estado de México, así como en la Universidad Iberoamericana, la sogem y la epcsg. Por ello subraya la importancia de la lectura. “Leer y escribir son absolutamente indispensables uno al otro. Mediante la lectura uno se comunica con los que han soñado en otras épocas y puede tener un diálogo a distancia; mediante la escritura está constantemente indagando lo que verdaderamente quiere decir, y como la vida te va desarrollando no de una vez, sino de varias veces, entonces también hay que seguir escribiendo.”

Desanudar(se) a través de la poesía

Soy yo
con una caja resonante
donde guardo preguntas.
(“iv”, Qué es lo vivido)

Esta es una ciudad devastada por un incendio, en la que no han acabado de arder la gente ni las cosas.

(La ciudad y el viento)

Durante casi setenta años de creación poética pueden hallarse dos líneas constantes en la obra de Dolores Castro. Para su hijo Gustavo Peñalosa, editor, una se relaciona con el sueño y los valores, como la belleza. Otra es la empatía como forma de inteligencia para comprender o imaginar a los otros, los que escriben y los que no; a los que sufren, a los que han muerto.
En la escritura de Lolita puede reconocerse una primera etapa que abarca de El corazón transfigurado (1949) hasta Cantares de vela (1960). A juicio de Alejandro Avilés, en estas obras “el plano de la metáfora es trascendido por una poesía descarnada o bien encarnada en símbolos que son al mismo tiempo la existencia que se expresa”.
La ciudad y el viento (1962) es una novela corta en prosa poética que transcurre en los años posteriores a la Revolución y muestra los rastros de la Guerra cristera “en una sociedad salvajemente destruida por el hambre y la desesperanza”, afirma Mariana Bernárdez. Empezó a escribirla embarazada de su tercer hijo, Eduardo, y sus protagonistas principales son la ciudad de Zacatecas y el viento.
La idea nació a raíz de una boda a la que asistió de joven, en casa de un general. La entrada era impresionante, con su ancha escalera de cantera, y el salón de fiesta lucía cortinas de encaje y muebles antiguos. Recuerda que no hubo misa porque el abuelo de la novia había sido liberal. Cuando quiso ir al baño durante el brindis, Dolores descubrió los cuartos derruidos de la parte posterior del edificio.
En su única obra narrativa retrata “las contradicciones entre el poder y la pobreza, y realiza una denuncia, por demás dolorosa, del papel dejado a las mujeres”, concluye Bernárdez, su alumna y atenta lectora, en el libro Dolores Castro: crecer entre ruinas. Sin embargo, Emmanuel Carballo sentenció que la novela era provinciana y ella nunca retomó el género. “Si se lee lo suficiente se puede escribir poesía en cualquier momento. La novela es más demandante en su tiempo de escritura”, afirma. Así que le pareció “más fácil escribir poesía después de cambiar unos pañales o dar una botella al hijo o tener exceso de trabajo”.
Agotada por el frenesí de criar a sus hijos, labores domésticas y trabajos ocasionales, publicó Soles hasta 1977, porque entró en una etapa donde “era muy difícil publicar y era muy importante vivir”. El libro refleja la importancia de lo social sobre el individuo y el dolor que en su mundo generaron la represión del ’68 y la caída de Salvador Allende. Su última parte se nutre de la cosmovisión prehispánica.
Qué es lo vivido (1980) es una reflexión íntima ante la vida, donde la poesía hace de vía de conocimiento a través de la visión contemplativa. En 1989 escribió el ensayo Dimensión de la lengua en su función creativa, emotiva y esencial, y su siguiente poemario, Las palabras (1990) da cuenta también de la importancia del lenguaje.
Mirando en retrospectiva su obra, Dolores se describe como “un nudo de sensibilidad y de preguntas de toda clase” que se “ha ido disolviendo, desanudando a través de la poesía”. En sus libros posteriores, como Fluir (1990), Tornasol (1997), Fugitivo paisaje (1998), Oleajes (2003) e Íntimos huéspedes (2004), aparecen temas que ya eran característicos de su obra, pero con menos angustia. En esta etapa, tras cuatro décadas de intensa relación con las palabras, la poeta considera al fin que ha encontrado en el lenguaje una llave para entender al mundo.

“Leer y escribir puede salvar un país”

En 2010 el Fondo de Cultura Económica publicó la primera edición de sus obras completas, donde aparece el poemario inédito Asombraluz, que muestra cómo su palabra se ha decantado hasta alcanzar una transparencia donde relucen lo mismo las cosas cotidianas de la existencia que sus grandes misterios.
Otros de sus libros reflejan la crítica que ya planteaba desde poemas como “Intelectuales s.a.” Por ejemplo, Algo le duele al aire (2011) habla de las mujeres asesinadas en Chihuahua, los cientos de cuerpos encontrados en fosas. En Sombra domesticada (2013) se abordan el hambre, los 400 pueblos, los migrantes y otras lacerantes realidades de México. Para ella este tipo de textos son ante todo un testimonio, pero también una contribución, porque aunque ahora no puede ir a las marchas sigue escribiendo.
“Leer y escribir puede salvar un país”, dijo tras la profunda herida que para ella, maestra por más de cuatro décadas, fue la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Lolita, que ha sido testigo del convulsionarse de este país desde finales de la Revolución mexicana, concluye que escribir es un acto de fe que permite atravesar las zonas oscuras. “A veces falla la fe, pero no la esperanza”, afirma. “Todo se me puede derrumbar menos la esperanza”, y para ella su mejor manifestación se encuentra en la poesía y los valores que cristaliza.
Espiritual desde niña, no cree en la muerte absoluta. Su convicción se alimenta por el poder de la palabra para “vincularnos, develar e intuir este orden, y al profundizar en lo que es vivir en el mundo, que resuena en consonancia con lo que se trae dentro”, dijo en una ocasión a Mariana Bernárdez.
“En la poesía, gracias a ella hay momentos de claridad en los que uno puede ver que el camino es amplio, luminoso y que uno tiene que emplear su imaginación para saber cómo es el otro. Inmediatamente que uno sabe cómo es, y que es tan semejante a uno mismo, uno lo puede respetar, lo puede querer, puede imaginar también por qué llegó ahí y por qué hizo lo que hizo, y cuáles fueron las condiciones que quizá lo obligaron a hacerlo.”
Además, permite “imaginar uno mismo su camino e ir quitando obstáculos”, como puede ser “el nacionalismo extremo”. La poesía es un antídoto contra esto, porque “también nos hace entrar en la verdad, en las verdades que son muchas cuando uno vive. Nos hace reflexionar en nuestro pasado y adquirir una conciencia cada vez más estricta para uno mismo y más amplia para entender a los demás” 

El polvo vuelto al polvo
Dolores Castro


Él era como yo
pobre,
ignorante,
y violento
por más de una razón.

Yo salí tras de un quehacer
agotador
de horas muertas,
en medio de la noche
y del miedo.

Él era como yo,
pero conmigo
fue rabioso animal.

Como pintar la raya
al horizonte de mi vida,
fue relámpago dentro de mi cuerpo,
trueno, ola al reventar.
Así conocí el mar
que es el morir.

El polvo de mis huesos
mal sembrados en la tierra
al polvo volverá.

(De Algo le duele al aire)

César Vallejo y Ramón López Velarde: dos heraldos devotos

16/Abril/2017
Jornada Semanal
Enrique Héctor González

I

El postmodernismo hispanoamericano, secuela inexacta del primer gran movimiento poético surgido en América y encabezado por Rubén Darío, alberga en la obra inicial de Ramón López Velarde (1888-1921) y de César Vallejo (1892-1938) quizá su aliento mayor y su firma de finiquito, pues ambos crecerían cada vez más lejos de este primigenio aroma de pavorreales multicolores y demás joyería verbal para convertirse en dos poetas esenciales del siglo xx en nuestra lengua.
Es posible que entre La sangre devota (1916) y Los heraldos negros (1918), los libros con una más evidente deuda modernista de ambos poetas, no exista una vinculación digna de señalamiento; sin embargo, a cien años de su aparición, la relectura de estos poemarios deja ver que, por lo menos, se trata de dos autores fundamentales a cuya obra –parca, si se quiere– nada le sobra, pues tres son los libros que, en cada caso, conforman su obligada bibliografía: Zozobra (1919) y El son del corazón (1932, edición póstuma), además del ya anotado de López Velarde, y Trilce (1922) y Poemas humanos. España aparta de mí este cáliz (1939), posteriores a la heráldica obra del poeta peruano.
De manera más significativa, es de advertirse que uno y otro modificaron el lenguaje heredado y, gracias a su fertilísima imaginación, supieron denotar en su trabajo literario las inquietudes metafísicas que los golpearon (el verbo es apenas una hipérbole) durante su corta vida. En efecto, la peculiar comunión de santidad y erotismo en la poesía de López Velarde es tan apacible como la simple rima de las palabras “caricia” y “novicia”, pero tan perturbadora como dar inicio a un poema de título casi delirantemente sensual (“Boca flexible, ávida”) con los siguientes versos de un esmerado prosaísmo: “Cumplo a mediodía/ con el buen precepto de oír misa entera/ los domingos…” La oblicua inocencia que anima el grueso de los poemas de La sangre devota alienta, asimismo, una pericia particularmente certera en lo que se refiere al modo de adjetivar, quizá una de las virtudes más rotundas de la poesía velardiana: sus alardes velan muchas veces el añejo provincianismo que pudiera mancharla. Antonio Castro Leal cuenta que el poeta dejaba huecos en los borradores de sus textos, que luego iba llenando con los epítetos que mejor le satisfacían, espantosa paciencia que explica la originalidad de ciertos calificativos: paz “celibataria”, oración “asmática”, prosa “municipal”, “tónica” tibieza “mujeril”. En cierta medida, de esta rara perfección formal depende la devota lubricidad, la erótica religiosidad poética del escritor zacatecano.
Si el amor es fuerza y vitalidad, una infusión de gracia divina y sin embargo corpórea en López Velarde, en los versos de Vallejo acusa caracteres menos melifluos: es “la punta chispeante de los cuernos del diablo”, como dice en el poema “Amor prohibido”. El Creador no inspira ningún sentimiento exaltado o siquiera compasivo en Los heraldos negros, donde la indiferencia convencida es la respuesta más afín a lo que llama Vallejo “el suicidio monótono de Dios”. Prevalece, en todo caso, una curiosa mezcla de indignación desangelada y fe que se desinfla: una cierta rabia, debilitada por la resignación, es la que anima –sería mejor decir: desanima– algunos versos del libro: “Hay ganas de… no tener ganas, Señor;/ a ti yo te señalo con el dedo deicida:/ hay ganas de no haber tenido corazón.”
No obstante que la amargura parece ser la instancia que identifica los sentimientos sagrados en ambos poetas (aunque en López Velarde, y muy a su pesar, el pesar se disfrace de vértigo amoroso y el padecimiento de pasión), los rasgos diferenciales de la fe en cada poeta son los que mejor definen los asuntos religiosos de las dos obras. El llanto de tristeza o entusiasmo que se confunde con el mar en la mareante maraña metafórica velardiana, es fúnebre y acaso macabro en la poesía de Vallejo, donde hasta las gotas son duras si son de sangre y lágrimas convocadas por la muerte del hijo de Dios, como sucede en el poema “Impía”, cuyo solo título se vuelve revelador de la áspera naturaleza del cristianismo vallejiano.
El Dios de Vallejo odia, golpea, se arrastra como un gusano sarnoso. Si la festiva divinidad de López Velarde canta con frecuencia su propia tristeza, la vallejiana no pocas veces grita su desesperación. Aquella es agua; esta, piedra. La dicotomía de tales concepciones religiosas es sintomática de una actitud estética paralelamente dispar pues el autor de Trilce, como lo señala Saúl Yurkievich, se desentiende absolutamente y con soltura de cualquier idealismo romántico. Su obra es realidad vivida, sus palabras son de carne y hueso.

II

La atmósfera mística que se respira en López Velarde funciona como contrapunto de la sensualidad casi inguinal que galopa en sus imágenes. Dios se presenta en su obra como el Gran Testigo que autentifica el camino de la pasión –diría Octavio Paz– elegido por el poeta. El universo de Vallejo, en cambio, es el de la blasfemia del hombre frente a la ira de Dios: la culpa compungida, el arrepentimiento mendaz, el escupitajo rijoso a las imágenes sagradas constituyen el muladar moral en el que habita la devoción humana. En el sentimiento religioso del poeta de Jerez es frecuente la presencia de una suerte de autocompasión, de una voluntaria flagelación que se resuelve, desde los primeros poemas (en los que suele hablar de sus experiencias íntimas en el seminario), como un reconocimiento de las limitaciones humanas: “Huirá la fe de mi pasión risible”, dictamina en categórico endecasílabo. Al mismo tiempo, la divinidad gesticula amorosamente en la figura de primas, raptos adolescentes de romances platónicos y mujeres de “perímetros joviales” y “grupas bisiestas”. La asunción al alimón de asuntos de franca lubricidad y férrea fe católica es tan feliz y espontánea, tan poco artificiosa, que raya a veces en la inocencia impúdica de un ojo a la vez tímido y taimado: “Dormir en paz se puede sobre sus castos senos/ de nieve, que beatos se hinchan como frutas/ en la heredad de Cristo, celeste jardinero.”

Las vías de acceso al mundo de los cálices y las devociones es distinta también en ambas obras: mientras López Velarde confiesa la condición erótica de su fe (“Nada puedo entender ni sentir sino a través de la mujer: por ella he creído en Dios”), para Vallejo Su presencia supone la necesidad de un tribunal redentor de los hombres que sufren, de los pobres de espíritu y de los que “tiemblan de frío, tosen y escupen sangre”. Si en el mexicano es una fuerza, en el peruano es una imagen del desconsuelo: Vallejo duda, zozobra al son descorazonado de su sangre de creyente que exige respuestas.
Consecuentemente, la mujer en López Velarde es forma divina de la flama amorosa mientras que el hombre, para Vallejo, es la muestra más dolorosa de la naturaleza celestial del sufrimiento y la desesperanza. El primero celebra a Dios, el segundo lo llama a cuentas. El mundo en ambos es imperfecto, deleznable y lúgubre, aun cuando lo animen ciertos rasgos de edificante entusiasmo (la mujer y el amor, en López Velarde; la solidaridad en el dolor, para el poeta andino), ciertos signos felices que en Ramón son señal inequívoca de que Dios está con nosotros y en César síntoma de que el Creador se distrae con frecuencia de sus deberes.

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La autenticidad emocional que se revela en el primer Vallejo acusa (pero no se agota en) los estragos de un modernismo que ya había dado sus aciertos más significativos en la obra de Darío, de Lugones, de Silva, de Díaz Mirón, y dejaba ya, hacia finales de la segunda década del siglo xx, una inevitable cauda de epígonos y copistas. El poeta peruano supo siempre sortear ese fácil mecanicismo de escuela con alguna línea agridulce (o “trilce”) que sabiamente rescataba a sus textos más artesanales de las redes del lugar común. Así por ejemplo, en poemas de títulos tan escasamente originales como la melodía que los anima –piénsese en aquel que se llama “El poeta a su amada”–, la piadosa cristiandad de los sentimientos, la devoción amorosa que caracterizan, más bien, a López Velarde, se resuelve en misticismos del corazón que apenas sucumben a la tentación de emocionarse a través de un catecismo de provincias. El poeta no se deja arrastrar por las cristianas efusiones del alma. Fiel a la materia prima del poema, esto es, al trabajo con el lenguaje y a una evidente determinación de originalidad, de búsqueda, de apurar la experiencia personal hasta volverla sensación compartida, Vallejo, quizá más avezado que López Velarde en asuntos de vanguardias, asume la doble experiencia místico-erótica con gran imaginación: “Amada, en esta noche tú te has crucificado/ sobre los dos maderos curvados de mi beso.” Y agrega: “En esta noche rara que tanto me has mirado,/ la muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.” La sola representación de una muerte feliz, un beso curvado y una crucifixión erótica, tensada por dos sentimientos tan distantes como idénticos (el amor pagano y la pasión divina), alienta una epifanía llena de curiosidades formales así de estrictas y prometedoras como las que más tarde abundarán en Trilce. Lo mismo ocurrirá, cabe acotar, en Zozobra de López Velarde.

Ambos poetas siguieron sin duda caminos distintos. El mexicano encontró una muerte próxima que dejó en treinta y tres años –los de Cristo– la encomiable devoción poética que lo ha convertido en un autor fundamental de nuestra tradición. Vallejo se embarcó a París, sufrió injusticias y una miseria atroz que desembocarían en sus poemas sociales de la última etapa. Asimismo, se encontró de manera temprana con la muerte, a los cuarenta y seis años. No es factible que haya conocido, cada uno, la obra del otro; sin embargo, por esas vías que sólo a veces cruza el azar, y en las que circulan a sus anchas la conjetura y la suposición, es distinguible en sus primeros libros una cierta simbología erótica de perfiles místicos que los empareja, así sea de lejos, en los albores que hace un siglo iba edificando la poesía hispanoamericana contemporánea 

Aprendiz de limosnero

16/Abril/2017
Confabulario
Huberto Batis

En el periódico unomásuno trabajé por más de dos décadas. Ahí llegué con José de la Colina por invitación de Carlos Payán Velver para trabajar con Fernando Benítez en el suplemento sábado. Colina no quiso quedarse con Benítez, y se fue a invitación de Octavio Paz a fundar con Eduardo Lizalde el suplemento de EL UNIVERSAL. Finalmente terminó en El Semanario Cultural del Novedades, donde estaría veinte años.
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Recuerdo que un día Benítez me dijo: “Te tengo una muy buena noticia. Convencí a José Emilio Pacheco para que se viniera a trabajar con nosotros. Así que vamos a su casa por él”. Yo comía en casa de Fernando todos los viernes. De ahí nos íbamos al periódico para planear el próximo número del suplemento. Nuestra dinámica seguía igual a cuando lo conocí en la redacción de la revista Siempre!, al lado de Vicente Rojo, quien nos fue recomendando diseñadores que eran sus alumnos. Cuando llegamos a casa de José Emilio, nos dijo que no se había convencido de trabajar en el suplemento, pero que Cristina estaba dispuesta a irse con nosotros. Fernando dijo: “Éste ya nos chingó”. Simplemente no iba a ir. Cristina resultó un poco pesada conmigo. Un día me dijo que me faltaba amor de una mujer. No sé por qué diría eso.
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Por aquellas fechas yo tenía alojado en mi casa a Guillermo Sheridan, que estaba en la “quinta chilla”. En esa época él estudiaba en la Universidad Iberoamericana, donde había conocido a su primera esposa, María Elena Sofía Cárdenas, también conocida como Magolo. Ellos vivieron en mi casa un tiempo, mientras se establecieron por su cuenta en un cuartito al fondo de un estacionamiento en Coyoacán.
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Guillermo Sheridan iba al suplemento a entregar sus colaboraciones de teatro. Cristina no lo tragaba muy bien. Decía que él hacía fintas de apuñalarla por la espalda. Le pregunté cómo sabía y respondió que lo veía reflejado en los lentes de Benítez.
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Mi relación con José Emilio fue distinta. Él fue de las primeras personas que conocí cuando llegué a la Ciudad de México cuando él trabajaba en la Revista de la Universidad, al lado de Juan García Ponce, Carlos Valdés y José de la Colina. Pero no hacía ronda con nosotros. Él era amigo de Carlos Monsiváis. Eran inseparables. José Emilio fue un hombre de gran talento, un gran escritor, con una memoria increíble. Él y Cristina eran gente bien portada, a diferencia de García Ponce, Colina y yo, que éramos unos “indecentes”. La muerte prematura de García Ponce, Monsiváis y Pacheco han dejado un hueco muy grande.
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Siempre me sorprendió la capacidad de trabajo de Pacheco. Ya platiqué en una entrega anterior que una vez lo encerramos junto con Cristina, que era secretaria de Difusión Cultural, en una oficina del décimo piso de la Rectoría. Lo hicimos para ver qué pasaba. Se quedaron ahí horas y se terminaron casando.
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José Emilio siempre estaba rodeado de libros en su casa de la colonia Condesa, detrás del cine Lido, muy cerca de donde vivía Alfonso Reyes. Entre todas esas montañas sabía dónde estaba cada título, tenía un orden interno. Sabía de dónde sacar cualquier cosa. En una ocasión le dije que quería hacerme de un libro, él me lo envió de regalo.
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El capitán Becerra Acosta
Cuando tronó el unomásuno por el golpe de estado que le dieron a Manuel Becerra Acosta los que se llamaban a sí mismos “disidentes”, le pregunté a Benítez cuál sería nuestra postura porque yo no tenía amistad ni contacto cercano con Becerra Acosta, aunque su oficina estaba a pocos metros de la nuestra. Él me respondió que no teníamos nada que ver con ese pleito y que había que quedarse en el unomásuno. La división del periódico estaba organizada por Miguel Ángel Granados Chapa, Carlos Payán Velver el subdirector y por Carmen Lira. En lo más agitado de ese conflicto interno oí a Payán decirle una noche a Becerra Acosta: “Hermano, no quiero irme, pero me veo obligado”.
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Por esas fechas los tres comíamos con cierta frecuencia con el rector Jorge Carpizo. En una ocasión empezaron a comentar qué habían hecho en semana santa. Cada uno dijo: “Yo estuve en Inglaterra”. Otro: “Yo estuve en Roma”; uno más en la “Cochinchina”. Cuando me preguntaron qué había hecho yo, dije que me quedé trabajando en la casa. Cuando salimos de ahí, uno de los ayudantes de Carpizo se me acercó mientras orinaba en el baño y me dijo: “Manito, ya chingaste. Te vas a ir a Europa un año”. Me explicó que a su jefe le había conmovido mucho que todos hablaran de sus viajes y que yo no había ido a ninguna parte. Le encargó decirme que lo fuera a ver a la Rectoría. Prometía mandarme un año a Europa. De regreso al periódico, le conté todo a Manuel Becerra a bordo de su vagoneta. Me dijo: “No te conocía esas dotes de limosnero”. Me amenazó que si aceptaba el viaje a Europa, me olvidara del unomásuno y de él. Por supuesto, nunca fui a ver a Carpizo.
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Pero Benítez se quedó con nosotros sólo por un tiempo. Discutía incansablemente con Becerra. En otra de esas comidas con el rector se pelearon horrendamente, tanto que Carpizo me preguntó: “¿Qué hacemos, Huberto?”, y nos fuimos a dar la vuelta a la manzana. Luego Benítez empezó a decir que en el unomásuno se habían quedado puros periodistas “maletas”, que los más inteligentes se habían ido con los “disidentes”. Terminó por irse a La Jornada a invitación de Becerra Acosta: “Si tanto los extrañas, Fernando, ¿por qué no te vas con ellos?”