domingo, 18 de septiembre de 2016

Inés Arredondo Una musa para enamorarse

18/Septiembre/2016
Confabulario
Huberto Batis

Inés Arredondo se llamaba Inés Camelo Arredondo, pero tomó el apellido de su madre por el gran amor que le tenía a su abuelo materno, don Francisco Arredondo, administrador de los huertos y sembradíos de caña de azúcar de la familia Redo, aristócratas de Madrid y de la Ciudad de México. Su papá era médico y tenía junto a su casa una clínica-hospital, en la que su mamá le ayudaba a administrar. Inés recordaba las maravillas que vivió en esa hacienda. Me contaba que había frutos de todo el mundo porque tenían plantas de Filipinas, de China, de Japón, no se diga de América. Inés era inmensamente feliz en ese lugar que tenía el nombre mítico de Eldorado, la tierra mítica de los conquistadores españoles.
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En Culiacán, Sinaloa, estudió hasta que el abuelo la mandó a Guadalajara, donde cursó la preparatoria. De ahí se vino a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, primero a la carrera de Filosofía, luego a Teatro, Letras Hispánicas e incluso Biblioteconomía.
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Su primer esposo fue el escritor Tomás Segovia, quien ya se había divorciado de Michlle Alban, con quien tuvo un hijo, Rafael Segovia Alban, en nombre de su hermano el historiador de El Colegio de México. Tomás era un poeta y ensayista, narrador de primera línea. El matrimonio tuvo cuatro hijos, uno nació muerto, José, y vivieron Inés, editora, Ana, filósofa, y el poeta Francisco Segovia Camelo. Tuvieron un trabajo conjunto en la ALALC (Asociación Latinoamericana de Libre Comercio), que había tenido un congreso en México y luego los funcionarios de esas asociación los invitaron a irse con ellos a su sede en Montevideo, Uruguay. Sentían que habían llegado al Polo Sur. Me contaba Inés que el cambio de clima fue tan fuerte que un día, cerca de su casa, los sorprendió un pingüino en la playa.
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La pareja tenía problemas que hicieron crisis con el cambio de país y decidieron divorciarse. Finalmente Tomás se fue a París e Inés se vino a México para instalarse en una privada que estaba en la calle de Puebla, entre Jalapa y Orizaba, donde puso una boutique, “Ayanta”.
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Fue entonces cuando la conocí en una reunión de la Revista Mexicana de Literatura. Me llamó la atención su cabello sobre la frente amplia y su corte a la “príncipe valiente”; me gustaba cómo se le movía. Unos días después de conocernos, Juan García Ponce me pidió que le ayudara a corregir las galeras de La señal, el primer libro de cuentos de Inés, que se publicaría en Ediciones Era. “La señal”, cuento que le da nombre al libro, podríamos decir que era de tipo filosófico-teológico. Era sobre el lavatorio de pies que tienen que hacer los sacerdotes en conmemoración de lo que hizo Cristo al lavárselos a sus discípulos. No sólo lo corregí, también escribí la cuarta de forros. De esa manera empezamos a tratarnos. En Inés me empaté con un cerebro femenino con los mismos antecedentes de estudios y lecturas que los míos. Tenía una inteligencia deslumbrante de la que te enamorabas porque te abría un mundo prodigioso.
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Mi esposa, Estela Muñoz, estaba en París, como Tomás. Mis hijas, Gaby y Ana, se habían quedado conmigo al cuidado de una nana. La lejanía de mi mujer y la libertad que a Inés le había dado el divorcio favoreció que nos enamoráramos y formáramos una relación. Inés no quería destruir mi matrimonio, así se lo dijo a Estela, cuando ella le llamó para ver qué estaba pasando entre nosotros. A pesar de eso Estela decidió separarse de mí. Los trámites fueron largos, duraron más de un año. Luego renté un departamento en un edificio que estaba en la esquina de Leonhard Euler y Mariano Escobedo. Ahí se iba Inés a trabajar su tesis sobre Jorge Cuesta. Nadie la molestaba, ni la sirvienta, ni sus hijos, ni llamadas telefónicas.
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Pronto comenzamos a juntar a nuestros hijos, que más o menos eran de la edad. Nos reuníamos en Navidad, en cumpleaños, nos íbamos de vacaciones. Éramos cinco niños y dos adultos en un coche.
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La señal no se vendió como se esperaba. La Editorial Era no quiso aceptarle el manuscrito de su segundo libro, Río subterráneo. Ahí hay un cuento dedicado a mí sobre una familia de orates que tiene que ver con mi apellido en Culiacán, del cual tomó la inspiración. En cambio Joaquín Diez Canedo sí se lo recibió. Inés era una poderosa cuentista. Siempre me contó que estaba haciendo una novela sobre Hernán Cortés pero nunca me quiso leer un fragmento.
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En 1972 se casó con el doctor Carlos Ruiz, que la ayudó mucho en los últimos años de su vida. Ella sufrió mucho: tenía migrañas y dolores de columna y en el cuello. Él consiguió médicos notables que la operaron varias veces. Le pusieron alambres, varillas y clavos por todas partes. Era insoportable. Tuvo una operación por la parte interior de la columna. Los cirujanos abrieron por delante para sacar los órganos y llegar a la columna. Al final de la operación los acomodaron en su sitio.
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En una ocasión la metieron a un hospital psiquiátrico en Tlalpan, donde ahora está la Universidad Pontificia. Ahí la fui a visitar. No la encontré en su cuarto. Estaba leyendo en el anfiteatro al lado de un cadáver, tranquilamente. Le pregunté qué necesitaba y me dijo: Libros. Quiero que me traigas libros de Akutagawa y de Kobo Abe. Porque ya terminé con los franceses y alemanes.
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Conservo una anécdota que Tomás y yo compartimos con Inés. Un año Nuevo estábamos reunidos en la casa de la calle de Puebla. Yo estaba con los niños chacoteando en la sala, tomando botanas mientras Inés preparaba la cena. De repente tocaron a la ventana. Era Tomás Segovia que acababa de llegar de Francia. Le dije a los niños: “Aquí esta su papá”. Y corrieron a recibirlo. Lo metieron a la casa y yo también lo recibí. Fui a la cocina y le dije a Inés: “Qué maravilla. Acaba de llegar Tomás. Los niños están felices”. Entonces Inés lo corrió de la casa. Los hijos de Inés y mis hijas empezaron a llorar. Y como yo lo defendí me dijo: “Tú también te vas fuera”. Tomás y yo recibimos el Año Nuevo en un cafecito de la colonia Roma.
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Podría decirse que Inés es una escritora “difícil”. Yo la encuentro diáfana.

UC-Mexicanistas rinde homenaje a Juan García Ponce en Uxmal

18/Septiembre/2016
La Jornada
Elena Poniatowska

En el hotel Hacienda Uxmal de Uxmal y como huéspedes del más caballeroso y apasionado director de turismo cultural, Enrique Valdés García, le rendimos homenaje a Juan García Ponce. Rodeados por altas palmeras que el viento convirtió en su hamaca y un pasto maravilloso, porque ha llovido mucho, recordar a Juan García Ponce bajo la batuta de Sara Poot Herrera y de Gonzalo Navarrete fue una fiesta, porque rescatamos su ser yucateco, su libertad, su desparpajo, su forma magistral de vivir su vida, su lealtad a sí mismo y a su obra literaria, su rechazo a formar parte de cualquier institución, incluso de la cultura, su cara de niño, la misma de La Gaviota (porque él mismo era una gaviota).

Antes de tratarlo, lo veía de lejos, corriendo, con su suéter negro de cuello de tortuga o su camisa de cuadritos, sus pantalones de franela gris, sus sacos de tweed, como los colegiales de Eton. Sólo empezamos a ser amigos cuando fuimos cobecarios en el Centro Mexicano de Escritores, en 1956. En ese año, el presidente Ruiz Cortines, que siempre fue viejito, le entregó a Juan García Ponce el premio Ciudad de México por su obra de teatro El canto de los grillos.

Juan entraba corriendo al Centro Mexicano de Escritores, la sonrisa en los labios, un mechón de pelo en los ojos. Algunos sostenían que muchos vientos cruzados se daban cita en su cabeza y que él barría con todo porque su seguridad en sí mismo sólo podía equipararse a su asombrosa tenacidad. Al irrumpir en la sesión de trabajo me saludaba: ¿Qué dices, taradita?, a Héctor Azar lo evitaba y a los demás ni los tomaba en cuenta; jamás les dirigió la palabra. Era soberbio, displicente, clasista y, a mis ojos, magnífico. Cuando leí un fragmento de una novela dizque sobre las antiguas haciendas de México, repleta de diálogos, Juan García Ponce interrumpió con un grito que todavía recuerdo: ¡Por Dios, Elena, verdaderamente esto parece de Joaquín Pardavé! Le respondí que él abusaba de los gerundios, verdaderamente, porque además para todo decía verdaderamente, pero a él lo que yo dijera no le hacía mella porque era el muchacho más libre de la tierra; nada ni nadie podía detenerlo, ni un punto, ni una coma, ni un signo de interrogación en el trayecto jubiloso de su devoción por la literatura, en la absoluta, la implacable certeza de que escribir era su único camino.

Leí los cuentos de Imagen primera y de La noche, me deslumbraron La Gaviota, El Gato, Tajimara, y me quedé de a seis con Figura de paja, La presencia lejana, De ánima, La cabaña, La casa en la playa, porque me descubrieron a un gran escritor. ¿Entonces esto es ser libre?, me preguntaba al leerlo, porque escribía como le daba la gana. En esa época lo veía abrirse paso empujado por una certeza que lo volvía invencible. Ya para entonces se había casado con Meche Oteyza; habían nacido sus hijos, Juan y Meche, y vivían en un departamento del Paseo de la Reforma frente a la glorieta de Cuitláhuac. Me sorprendió ver triciclos frente a su puerta y enterarme de que Juan les dedicaba un tiempo excepcional.

Un meteorito, esa fue la carrera de Juan; un libro tras otro, un ensayo mensual, la creación ideológica, si así puede llamársele de La ruptura. Se opuso a los Tres Grandes, enfrentándolos, a Lilia Carrillo, Manuel Felguérez, José Luis Cuevas, Roger von Gunten y su propio hermano Fernando García Ponce, Vicente Rojo, Alberto Gironella. A los llamados naturalistas del continente americano, Miguel Ángel Asturias, Faustino Sarmiento, Rómulo Gallegos y José Eustacio Rivera, también los confrontó con Borges, Adolfo Bioy Casares, y en México con Sergio Pitol y Juan Vicente Melo. Su crítica me daba escalofríos. Siempre la hizo entre risas. Se pitorreaba de los llamados valores nacionales, de las figuras patrias. Yo me tapaba los oídos porque buscaba héroes nacionales y admiraba al Zarco, a Micros y al Nigromante, aunque me aburrieran un poco. Las carcajadas de Juan eran diabólicas. Ya ves lo que te pasa por aburrirte. Te vas a tarar cada día más, taradita. Sólo hay que hacer lo que uno quiere; óyelo bien, hacer lo tuyo, no lo de los demás.

Seguí haciendo lo de los demás mientras Juan escribía sobre Bataille, Marcuse, Blanchot, Klee, Nabokov. Nos hizo ver a los escritores alemanes y nos dijo: Tomen, léanlos para que aprendan. Jefe de redacción de la Revista de la Universidad y de la Revista mexicana de literatura con Tomás Segovia, la dirigió con maestría porque Juan TODO lo hacía bien. Años más tarde lanzaría con Salvador Elizondo la revista S.nob, luego Diagonales y luego se pelearían.

Apasionado por la pintura, empezó su carrera de crítico de arte y disertó en simposios. Octavio Paz le escribía desde París y Juan nos presumía. Aquí traigo una carta de Octavio, y señalaba la bolsa de su saco como si llevara las Tablas de Moisés. En la carrera de Rosario Castellanos, García Ponce resultó definitivo porque no vaciló en decirle que no publicara una novela citadina que a Juan le pareció mala. Rosario siguió su consejo y retiró su Rito de iniciación del concurso Casa de las Américas, pero no destruyó el manuscrito que Alfaguara habría de publicar 15 años después de su muerte.

De los ensayos de Juan, recuerdo uno sobre Balthus, de quien se sabía poco en nuestro país, y otro sobre la imposibilidad de morir. Juan decía que morir era habitar en el espacio de lo imaginario, y eso sólo lo logra la gran literatura. También recuerdo que me emocionó su fervor por Xavier Villaurrutia. Juan, el gran inconforme, solía ser parco en elogios, y sin embargo Villaurrutia fue uno de sus ídolos.

Juan pertenecía a la generación de Juan Vicente Melo, Inés Arredondo, Huberto Batis, Isabel Fraire, Juan José Gurrola, José de la Colina, Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Carlos Fuentes. Fue el arquetipo del escritor poseído. Para él la escritura era irremediable y había nacido sólo para ella. Los demás pudieron ser diplomáticos; en cambio, Juan adolescente transportaba pacas de borra de la fábrica de Elías Sourasky a la de su padre. Cargaba y descargaba las pacas en compañía del machetero y luego se tiraba a leer encima de la borra en el camión carguero a Thomas Mann, a Hermann Broch, a Robert Musil, de quien es el descubridor o por lo menos promotor en México, como lo fue también de Klossowski. Lo vimos hacer las cosas más imprevisibles, romper una relación en cuatro minutos, pero nunca sospechamos de su capacidad para el sufrimiento, y –sobre todo– su inteligencia frente al dolor; esa descomunal inteligencia con la que sobrellevó su esclerosis múltiple que lo iría paralizando como quien se hunde en la arena. Al recibir el diagnóstico médico, Juan se sentó en su coche bajo el consultorio y se dijo a sí mismo: A mí ninguna porquería de enfermedad me va a vencer. Empezamos a verlo bajo una luz distinta; la misma luz con la que la veía él, la de una forma suprema de la valentía, la de El hombre sin cualidades (Ulrich), a quien Musil le pide que responda a la pregunta de qué haría si fuese dueño del mundo por un día y responde: Abolir la realidad. Si alguien en las letras mexicanas supo abolir su propia realidad, fue Juan García Ponce.

domingo, 11 de septiembre de 2016

“Cómo decir te quiero, sin añadir papá”

11/Septiembre/2016
Confabulario
Eduardo Mejía

Alfonso Reyes nunca dejó de hacer travesuras, ni siquiera en uno de sus trabajos más importantes como editor, la publicación de las obras completas de Amado Nervo, a quien leyó con especial atención. Uno de sus ensayos más interesantes fue “El viaje de amor de Amado Nervo”, incluido en el tomo VIII de las Obras de Reyes. En él hace un relato no pormenorizado de la vida sentimental del nayarita, y en él hay dos frases llenas de guiños, que pueden perderse de vista: una es que Nervo deshojaba la margarita (y hace referencia a que es algo que los viejos conocidos entenderán); la otra, que Nervo trataba de tomar la margarita sin conseguirlo, el pobre. Se refiere a lo que se narra en El arquero divino, y más explícitamente, en La conquista, uno de los libros que integran El estanque de los lotos, de los últimos poemarios de Nervo. Esa obra, de carácter autobiográfico, cuenta una historia, algo no habitual en los libros de Nervo, donde hay temas afines, pero rara vez una narración continua.
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Mientras en El arquero divino se cuenta la desesperanza de un amor sin futuro, en “Las peras al olmo”, como dice Reyes, se dice lo indecible: un hombre maduro, que sale de un dolor intenso, se enamora de una joven a la que aturde con su perseverancia; él, de 40 y tantos, ella de 18, lo que se ve imposible; ella no lo aleja, pero le pide que frene sus ímpetus; lo que resalta es que le explica que, pese al cariño que le tiene, y que no quiere perderlo, viven una pasión que los hace estremecer; al principio “no quería decirlo; moriría inconfeso… hubiera dado toda su vida por el beso de aquella boca virgen…”; tras la insistencia ella se incomoda, se ruboriza, lo que la hace más bella; recobra la calma y, con una tranquilidad que a “Miguel” lo paraliza, y con cierta “malcriadez ingénita de la niña mimada”, le asesta una frase que él recibe “como una bofetada”: “!Imposible, Miguel; ha puesto usted el colmo a su audacia…! Eso fuera pedir peras al olmo: “¿Yo con mis dieciocho esposa de usted? Ca ¿Cómo decir te quiero sin añadir papá? Amigos, sólo amigos”, y tajante: “ni una palabra en adelante”.
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Los 18 años a que se refiere corresponden también a los 18 años que cumple Margarita, la hija de Ana Cecilia, la “Amada Inmóvil” que seis años antes murió en brazos de Nervo luego de diez años de un amor “sin correr los riesgos de un matrimonio”, como sentencia Alí Chumacero. Margarita ve con inocencia el dolor de Nervo que durante todo un año lo atormenta, lo aísla y deja plasmado en el libro más célebre de la poesía mexicana y que miles memorizaron hasta que la crítica lo desterró y lo calificó como “el poeta del corazoncito de los mexicanos”, desde la Antología de la poesía mexicana firmada por Jorge Cuesta y realizada por los Contemporáneos. Poco a poco se le fue reivindicando, con mejores selecciones en antologías, mejores ediciones y hasta la no muy crítica Yo te bendigo, vida, de un Carlos Monsiváis que años antes lo había apabullado.
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La obra poética de Nervo no es breve, más de 20 títulos a lo largo de poco más de 30 años, y muchos poemas que fueron de memorización obligada, tanto en la educación civil (a los niños Héroes, a Guadalupe la Chinaca, a Hidalgo y Morelos) como en la educación sentimental (además de La amada inmóvil, algunos poemas sueltos, como “Gratia Plena” y “El día que me quieras”, ambas musicalizadas, y la segunda inmortalizada por Jorge Negrete pese a inoportunas esdrújulas y unas incómodas sinalefas; su “Cobardía” prácticamente todo lector la memorizó) y en su Antología del Modernismo, José Emilio Pacheco nos dio a conocer a un Nervo que no habíamos leído, sugerente, ágil, con una nueva visión del idioma; por esa misma época, principios de los años setenta, se revaloró su prosa, se le reconoció pionero de la ciencia ficción, y se leyeron, por primera vez en muchos años, sus relatos que anticiparon la nueva sensibilidad.
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Pero, piadosamente, como aconsejó el severo Jorge Cuesta, cerramos los ojos ante la mayor parte de su poesía. Y no siempre se vio, como lo hizo Alfonso Reyes, el drama de vivir apasionado de su hijastra Margarita; al tiempo que los perturbadores poemas de El estanque de los lotos mantenían una correspondencia con Margarita, donde en cada misiva le manda miles, o millones de besos, y le pide no que no lo olvide, sino que lo tenga presente; la llama Margot, Margotón, Mignon, mi querida hijita, Margarita adorada, mi amorcito, amor mío; en alguna, Margarita Nervo, aunque nunca perdió el apellido de la madre, Dailliez.
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Ana Cecilia murió en enero de 1912, y el luto duró, como dicen los sociólogos y los cardiólogos, un año entero, luego del cual alzó la vista, recobró la vida que tenía empeñada en relatar la historia de amor que había vivido, y se dio cuenta que su hijastra era el retrato de la madre; al reconstruir por las cartas y los poemas lo que sintió y vivió, fue algo más que un amor paternal; ella le ruega que no le pida lo imposible, pero se convirtió en su compañera de viajes, su albacea, lo acompañó a ver a la familia Nervo, casó con un sobrino del poeta, y resguardó el legado, escaso en bienes materiales, riquísimo en obra publicada e inédita; se comportó como una viuda digna, sin denigrar a su esposo. Entre los materiales que no habían visto la luz estaba El estanque de los lotos, que envió días antes de morir al célebre editor Agustín Loera y Chávez, de Cvltvra, aunque se publicó en Buenos Aires, y La amada inmóvil que no escribió para que se publicara sino para descargar su dolor.
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No fue el último amor de Nervo; poco antes de morir conoció a Carmen, quien lo cuidó en sus últimos días, y a la que le dice, en cartas ardientes, que la adora, le pide que lo quiera un poquito, y a la que dirige la postrer misiva, inconclusa. Esa pasión no borró la que sintió por Margarita, aunque tenía más posibilidades de llegar a mejor final, pues no tenía el sello de pecado, ni fue tan oculto como el otro, aunque sus íntimos lo conocían y cuchicheaban; por eso Alfonso Reyes decía que el pobre de Nervo no podía alcanzar la margarita. Y hay que considerar que los 18 años de Margarita no le daban, oficialmente, la mayoría de edad, además de que el sentimiento comenzó a nacer, si se toma en cuenta la fecha de las cartas y la redacción de los poemas, cuando ella tiene 16 o 17 años.
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Una historia de amor perturbadora, con el verso más inusitado de la poesía mexicana.

Ellas tienen la palabra: nuevas narradoras y ensayistas mexicanas

11/Septiembre/2016
Jornada Semanal
Eve Gil

De promesas y otras novedades
En nuestro medio las escritoras son, casi siempre, hallazgos tardíos que llevan toda una vida puliendo su escritura. Los resultados de la más reciente promoción de becarios del Sistema Nacional de Creadores reflejan su virtual ausencia de la literatura mexicana de principios del siglo xxi: 81.4 por ciento de los beneficiados son varones y sólo 18.6, mujeres. En la categoría de Ensayo figura una sola mujer: Tedi López Mills, contra seis hombres. Y una vez más circula en las redes sociales la peregrina conjetura de que el género ensayístico es “masculino” por excelencia, y se mencionan repetitivamente a dos cultoras del mismo: Valeria Luiselli y Vivian Abenshushan, como las únicas. Entre los ganadores de los premios convocados para autores menores de treinta y cinco años por la revista Tierra Adentro, nos topamos con que el José Vasconcelos 2015 de ensayo –cuyo jurado encabezó la mencionada Luiselli– lo obtuvo una crítica de arte de treinta y cuatro años llamada Yunuen Díaz, con un ensayo sobre fotografía, con un enfoque socio-antropológico muy a cuento con el relevante espacio que ocupa el retrato en la cotidianidad postmoderna. Yunuen es tan buena en lo que hace como Luiselli… pero Yunuen no es hija de un exembajador, ni cónyuge de un escritor afamado, elementos extracurriculares que tanto contribuyen a bordar leyendas…eso sí: no se atreva nadie a sugerir que ella es superior a su brillante esposo.
Notables ensayistas de nuevo cuño, en una época en que el ensayo tiene más exponentes del sexo femenino que nunca: las también narradoras Mayra Luna, Magali Velasco Vargas, Liliana Pedroza y Gabriela Damián Miravate; la también poeta Mónica Nepote y las exclusivamente ensayistas –o que se han dado a conocer con este género– Iliana Olmedo, Karla Montalvo, Brenda Ríos y la muy lúdica, influenciada por Enrique Vila Matas, Karla Olvera Villegas, ganadora asimismo del José Vasconcelos en 2011; Cristina Ri-vera Garza ha incursionado en el ensayo con igual –o mayor– fortuna que en la narrativa; María Eugenia Merino recién ha publicado una mixtura entrañable de memoria y ensayo, Carson y yo en Nueva York (uam, Unidad Xochimilco, colección Gato Encerrado, México, 2015), donde, estupefacta tras el desastre del 09/11, inicia un tête a tête con el fantasma y los libros de la gran Carson McCullers. Por no hablar de autoras de generaciones anteriores, cuya mención debiera ser obvia y no lo es: Margo Glantz, Angelina Muñiz Huberman, Fabienne Bradu, o la filósofa de la bioética, Juliana González Valenzuela.
Hablemos de narradoras, algo en lo que pensé mucho cuando apareció la selección oficialista de los mejores escritores mexicanos menores de cuarenta años, Palabras mayores (Malpaso Ediciones, 2015), realizada por Juan Villoro, Guadalupe Nettel y Cristina Rivera Garza, con manifiesta intención de equidad de género. Mientras apenas puse reparo a los varones elegidos, encontré muy cuestionables a las mujeres, entre las cuales sólo rescaté a (otra vez) Valeria Luiselli, Ximena Sánchez Echenique, Nadia Villafuerte y Fernanda Melchor. Las demás, o carecían de trayectoria, o de un talento excepcional que justificara la distinción. Pensé entonces en Liliana v. Blum, cuya ausencia objeté también en una antología previa a ésta, Grandes Hits Vol. i, de escritores nacidos en los años setenta, compilada por Tryno Maldonado (Almadía, 2008), pese a efectuarse bajo un enfoque mucho más democrático, abarcando juicio y voto de muy diversos especialistas literarios, entre los que me cuento. Liliana, parodiando un poco a los organizadores de la fil de Guadalajara que cada año designan a los veinticinco secretos mejor guardados de América Latina, era “de los secretos mejor guardados de la literatura mexicana”, hasta que Tusquets publicó su inquietante novela Pandora (2015), que aborda la práctica delfeederism (pasión por alimentar y engordar a una persona obesa), a través de la relación romántico-fetichista entre un apuesto ginecólogo –con esposa anoréxica–, y una joven obesa, la Pandora que se impregna de las plagas del mundo contemporáneo. Igual eché de menos a Gisela Leal, la más joven autora publicada por Alfaguara. A los veinticuatro años, en 2012, debutó con una novela de sórdidocontenido pero magníficamente desarrollada, El club de los abandonados, y casi en seguida superó la hazaña con El maravilloso y trágico arte de morir de amor (Alfaguara, 2015), de lúdico espíritu que me atrevo a equiparar con la Rayuela, de Cortázar.
Ausencias notorias en Palabras mayores, las de Gabriela Jaurégui y Orfa Alarcón, nacidas ambas en 1979. Jaurégui publicó un extraño y sublime primer libro de relatos, La memoria de las cosas (Sexto Piso, México, 2015), en que, inspirada en el exquisito poeta francés Francis Ponge y en la tradición renacentista, dota de “libre albedrío” (palabras) a los objetos y a los animales, mientras que en su novelaPerra brava (Planeta, 2010), Alarcón desbarata el entronizado mundo del narco al hacer irrumpir una visión femenina; la de la novia del traficante. Otras, que igualan o superan, tanto en talento como en trayectoria, a las apuestas de la multicitada antología, son Judith Castañeda e Iris García Cuevas. Ambas tienen en común, además de ser poblanas por adopción y ostentar una escritura pulcra y estilizada, una visión hipercrítica de la sociedad. La primera enfatiza bretes socioculturales como el racismo (contraindígenas o negros) y la discriminación en general; la segunda, asuntos directa o indirectamente relacionados con la violencia de género. Conservando dicho enfoque, García Cuevas ha bregado satisfactoriamente en la novela negra con 36 toneladas (Ediciones b, 2011). Consideremos también a las sonorenses Cristina Rascón y Claudia Reina. Rascón ha pasado parte de su vida fuera de México, particularmente en Japón y en Austria, y sus relatos son resultado de una percepción dilatada, casi extranjera de la frontera norte de México. Reina publicó una muy beckettiana novela, La visita del señor Morhl (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012). Si bien ha ganado diversos premios nacionales de novela y cuento, se mantiene muy activa pero apartada de la arena cultural. Aunque llegó a destiempo para ser considerada para Palabras mayores, la poblana Aura Xilonen empezó a escribir una muy madura novela,Campeón gabacho a los dieciséis años, misma con la que obtuvo el i Premio Mauricio Achar 2015, concedido por Penguin Random House, a los diecinueve. Estudiante de cine, piensa dirigir ella misma la adaptación cinematográfica de su obra.

De mayores, autogestivas, exiliadas y otras periferias
Las hay que, superados los cuarenta, igual son dignas de figurar en un recuento de gran literatura mexicana contemporánea. Empiezo por Patricia Laurent Kullick (Tamaulipas, 1962), quien pertenece a la misma generación de reconocidas autoras como Rivera Garza, Ana García Bergua, Rosa Beltrán y Ana Clavel. Hubo un momento en que temí que, como Juan Rulfo o Josefina Vicens, Laurent Kullick pasara a la posteridad como autora de una sola joya literaria, El camino de Santiago (publicada en 1999 por editorial Era y reeditada en 2015 por Tusquets), dado el profundo silencio que pareció engullirla durante dieciséis años… hasta que retornó con otra impecable novela breve, La giganta (Tusquets, 2015) que refrenda su sitio de honor en las letras mexicanas. La giganta cuestiona la imagen materna, tan tierna como brutal; tan acechante como anhelada. Lo curioso es descubrir que todo este tiempo, Laurent Kullick estuvo escribiendo y publicando en Monterrey, donde radica desde hace varios años. La novela en cuestión se titula El circo de la soledad (Ediciones Intempestivas, 2002) y tiene inédita una más, La jugadora. Otra autora de esta generación que no ha dado tanto de qué hablar como ameritaría, es Adriana González Mateos (Ciudad de México, 1964) quien debutó como novelista con una tórrida y angustiosa novela sobre una relación entre tío y sobrina, El lenguaje de las orquídeas (Tusquets, 2007) y retorna, casi diez años después, con otra asimismo apasionante pero radicalmente distinta, Otra máscara de Esperanza (Océano, Hotel de las Letras, 2015), intriga política, en contexto histórico sobre la “hermana incómoda” del expresidente Adolfo López Mateos, Esperanza, escritora y periodista subversiva de quien, se sospecha, se parapetaba tras el pseudónimo de b. Traven. Al igual que Laurent Kullick, González Mateos no dejó de escribir a través de estos años, y eso nos lleva a cuestionar el modus operandi de las editoriales; cómo es posible, por ejemplo, que la antes citada Gabriela Damián Miravate no haya logrado publicar una compilación de sus extraordinarios relatos de ciencia ficción, parcialmente publicados en inglés y diseminados en antologías diversas. Invoco también la narrativa intimista con espíritu de novela negra de Norma Lazo; la desgarradora emotividad sin sentimentalismo de Socorro Venegas; la superlativa irreverencia que enmascara una denuncia de Beatriz Meyer; la encendida elegancia de Martha Batiz; la subversiva sensualidad de Rose Mary Espinoza; la impúdica, desparpajada ternura de Odette Alonso; la nostalgia herida de Vanessa Garnica, la preeminencia de los gólems sobre los zombis de Gabriela Fonseca y la poética del costumbrismo citadino de Angélica Santa Olaya.
Autoras que han tenido que recurrir a financiar sus propias publicaciones o publicar en el extranjero, como Rosina Conde y Francesca Gargallo. La obra de Rosina, asimismo asombrosa cantante de blues, aparece en alrededor de cuarenta antologías en diversas lenguas, incluida Se habla español, Voces latinas en usa, compilación de Edmundo Paz Soldán y Alberto Fuguet (Alfaguara, 2000). Ha optado, sin embargo, por editar y distribuir ella misma sus libros (desliz ediciones, en minúsculas), que han tenido gran impacto entre los lectores y, muy especialmente, en el medio académico. Existen múltiples tesis de maestría y doctorado sobre su obra, especialmente de la novela de culto La Genara, en inglés, francés, italiano y rumano. Nadie hasta la fecha la ha reconocido como precursora de la llamada “literatura de la frontera norte”; Eduardo Antonio Parra ni siquiera la considera en otra cuestionable antología: Norte. Francesca Gargallo –siciliana de nacimiento, mexicana por convicción, se hizo escritora escribiendo en español–, también teórica del feminismo, publicó sus primeros cinco títulos en editorial Era. El último que publicó en México, catorce años después de una intensa aventura ecologista, Marcha seca (Era, 1999), fue Al paso de los días (Terracota, 2013), hasta donde sé, la única novela mexicana que parte de un desastre aéreo y culmina en un complot político internacional. Recientemente publicó en Colombia una espléndida novela titulada Los extraños de la planta baja (Ediciones Desde Abajo, Bogotá, 2015), de tintes autobiográficos, sobre una escritora italiana –e idealista– que habita una comuna en México. En este mismo grupo puedo incluir a la autora española nacionalizada mexicana Marisa De Santos, quien ha publicado su producción en editoriales independientes, incluida una espléndida, meticulosa y muy psicológica novela histórica titulada El canto de la serpiente (Sediento Ediciones, México, 2014), ambientada durante la Guerra civil española, en la que invirtió cerca de veinte años de escritura e investigación. La arriba citada Beatriz Meyer está por publicar en España una novela de connotaciones fantásticas titulada Meridiana (El tapiz del unicornio, Madrid, 2016); Martha Bátiz publicó una extraordinaria novela operísticaBoca de lobo, en la editorial dominicana León Jiménes, en 2008, y un libro de cuentos, Detránsito, en la puertorriqueña Terranova (2014); La ensayista Iliana Olmedo publicó su ensayo Itinerarios de un exilio: La obra narrativa de Luisa Carnés (Renacimiento, Colección Biblioteca del exilio, 2014), en Barcelona; en cuanto a la sonorense María Antonieta Mendívil, si bien publicó su más reciente novela, A ras de vuelo, en Tusquets (2012), su hermosa primera novela, Duelo de noche (2006) vio la luz en editorial Almuzarah de España. Alejandra Maldonado, que no figura tampoco en la multicitada antología pero sí en Greatest Hits, recién ha presentado una vertiginosa narración con dos protagonistas, una yonki tardía y el mágico polvo que permite tolerar fiestas extremas en duración y voltaje, de humor tan negro como el color de sus páginas, Mis noches salvajes, en Svarti, diminuta editorial artesanal mexicana.
Existe también el prejuicio contra quienes escriben novela histórica, en su gran mayoría, mujeres. De las pocas que han salido bien libradas de esta empresa, en cuestión de crítica, ha sido Rosa Beltrán, autora, entre otras, de La corte de los ilusos y El cuerpo expuesto, con Charles Darwin como referente. Francesca Gargallo escribió una de las grandes novelas históricas mexicanas de finales del siglo xx, junto conNoticias del imperio, de Fernando del Paso, El seductor de la patria, de Enrique Serna y La corte de los ilusos: La decisión del capitán (Era, 1997), una historia de odio apasionado entre don Miguel Caldera, el huachichila fundador de la capital de San Luis Potosí, y la sensual tratante de esclavos Constanza de Andrada. Tras su publicación, Juan Villoro ubicó a su autora en un sitio honorífico junto con CarmenBoullosa y Beltrán, pero ni remotamente acaparó tanta atención como las otras citadas. En general, la novela histórica (o ficción histórica), como la ciencia ficción, la fantasía y la ya casi “reivindicada” novela negra (gracias a autores varones, aunque mujeres como María Elvira Bermúdez, Ana María Maqueo y Myriam Laurini la hayan cultivado mucho antes), son géneros abiertamente menospreciados por la crítica oficial, lo que no ha impedido el surgimiento de excelentes autoras como Beatriz Rivas, quien espía con travesura la intimidad de personajes como Hannah Arendt, Napoleón, Voltaire o Robert Capa; María Elena Sarmiento, intérprete de mujeres clave de la historia universal como Jantipa, desdeñada esposa de Sócrates, o la psicoanalista Lou Andreas Salome, única amada por Nietzsche y musa de Rilke… o Celia del Palacio, reivindicadora literaria de mujeres que participaron en el movimiento independentista de México.
La crítica literaria: entre ignorar y no cambiar
¿qué se debe que la gran mayoría de las autoras mencionadas hayan sido desatendidas –cuando no deliberadamente ignoradas– por una crítica que se presume omnipotente, pero raras veces mira más allá de Ciudad de México… de su colonia, de su calle… de sus vecinos? No es que la crítica oficial mexicana sea exigente: es visceral, elitista, autoritaria, rencorosa, nepotista, racista…en una palabra: discriminadora. Se saca los ojos y se revienta los tímpanos, de ser necesario. Hace futurismos para no responsabilizarse del presente. Por supuesto, también es misógina… y es la misma que decide quiénes ingresan al snca. En el mejor de los casos, considera sólo a las mujeres que se han plegado a parámetros preestablecidos por ese criterio arbitrario que, si pudiera, reprimiría todo conato de imaginación y excentricidad que no tenga origen en sus filas 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Juan García Ponce y 2

4/Septiembre/2016
Confabulario
Huberto Batis

A finales de los años 60 el crítico Emmanuel Carballo pidió a varios escritores una Autobiografía precozpara una colección que se llamaría “Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos”. Recibió comentarios irónicos, pero con el paso del tiempo esos documentos se han vuelto valiosos para los historiadores por sus testimonios de primera línea.
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Juan García Ponce escribió su Autobiografía precoz en 1966, a los 34 años. Para mí esos años son una nebulosa que viví apasionadamente. Cuando conocí a Juan él ya había vivido en Galicia, donde se enamoró perdidamente de una muchacha que se llamaba Mariquiqui. Fue un gran amor, pero él se fue sin despedirse y nunca la volvió a ver. Todos los días sentía ese sentimiento de vacío que intentaba llenar con la búsqueda del amor. Desde luego, me contó de los contactos eróticos con las noviecitas de su adolescencia allá en Mérida con los rayos del sol en el automóvil. En la Revista de la Universidad de México publicó un cuento notable “Feria al anochecer”. Después publicó el único poema que escribió en su vida, se lo dedicó a su abuela cuando murió.
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Por esas fechas Juan vivía en la colonia Hipódromo. Sus hermanos más cercanos eran Fernando y Pilar. Iba a clases de la Facultad de Filosofía y Letras, donde empezó a conocer la literatura mexicana, no sólo los autores que había leído, como Yáñez, Rulfo, Revueltas, sino otras muchas. Entre esos autores estaban Alfonso Reyes, Julio Torri, los Contemporáneos y Octavio Paz. Después conoció la obra de Martín Luis Guzmán, y el teatro de Rodolfo Usigli. Vivió una profunda ruptura entre la exaltación de la literatura extranjera y la sensación de desamparo ante la del propio país. Luego encontró a autores latinoamericanos, sobre todo a Borges, con quien llegó a conversar cuando vino a México. “Era como hablar con Dios”, decía Juan.
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Eso lo hizo sin dejar a los escritores del mundo que le dan su alimento, sobre todo la obra de Robert Musil, autor de El hombre sin cualidades,  la de Pierre Klossowski. Sobre el primero decía que no podía dedicarse a nada, porque “todas las actividades a su disposición, todas las posibles carreras y ocupaciones le parecían absolutamente fútiles, nada por lo que sintiera que tenía dones. Ese es el espíritu de Musil, que el hombre sin cualidades es el que no sirve para nada, que no quiere ni sabe hacer nada.
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Para esas fechas ya había escrito la obra de teatro con la que ganó el premio en 1956: El canto de los grillos.
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“Tajimara”
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Durante nuestra etapa en la Revista Mexicana de Literatura es cuando comienzan a configurarse los conceptos que darían pie a muchos de sus novelas. Diez años tardó en regresar a Mérida. Quería reconocer todo o casi todo. Pero ya nada le pareció realmente bello como la primera vez.
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En una ocasión Inés Arredondo y yo nos fuimos caminando toda una noche, ella y yo solos al salir de una reunión de la Revista Mexicana de Literatura. Los demás se fueron al Seps que estaba en la calle de Sonora. Otra noche, Gurrola, Melo, García Ponce y yo nos llevamos como trofeo la tapa de una alcantarilla y la subimos a su casa.
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Entones en Cuadernos del Viento publicamos el cuento “Tajimara”, en el que Juan decía que trató de “recuperar la nostalgia de una pureza original en la persona amada, en la que buscamos una analogía de nosotros mismos y por lo que evitamos pensar por completo en la realidad que se convierte en nuestro único espejo”. Ese cuento se hizo famoso. Incluso Juan José Gurrola filmó una película basada en él.
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En el cuento hay un fragmento en el que una pareja va en un auto y entonces él orilla el coche para besarla a placer y luego le dice: “Sácate las bragas”. Pero la palabra “bragas” se usa en España. Si hubiera puesto: “Quítate los calzones”, hubiera sido el acabose en México. Aun así, pensar que unos jóvenes fueran a hacer el amor en un auto (cuando todos lo hacían) ocasionó que todo mundo pegara el grito en el cielo, que dijera que era obsceno. Recuerdo que incluso mi mamá me dijo que había quemado el número de mi revista para que no lo leyeran mis hermanos. Hubo otras reacciones de “Tajimara”, sobre todo de viva voz. Pero en la película no se dice nada y Gurrola hizo que el encuadre se ubicara  arriba de las cabezas de la pareja y que sólo se viera el parabrisas y pasa a disolvencia. Ni siquiera él se atrevió a mostrar la escena, a que el personaje dijera: “Quítate los calzones”, ni a la muchacha quitándoselos.
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A partir de eso Carlos Valdés y yo empezamos a cuidar mucho lo que publicábamos para no seguir causando mala fama a la revista Cuadernos del Viento. Pero José de la Colina nos propuso un cuento en el que había algunas escenas subidas de color y de lenguaje. Le dijimos que no podíamos publicarlo. Ejercimos la censura. José de la Colina no daba crédito. ¡Cómo le podíamos decir que no por el tema que tocaba!
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También le dio a Juan por escribir reseñas de libros. Eso lo hicimos desde muy jóvenes para “ganarnos la papa”. Muchos de nosotros éramos reseñistas oficiales de varias revistas: Juan Vicente Melo, José de la Colina, Juan García Ponce, Inés Arredondo y yo, todo el grupo formábamos parte de la redacción de laRevista Mexicana de Literatura.
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Tiempo después tuvimos mucho éxito en el suplemento sábado, del periódico unomásuno, donde Juan García Ponce y Juan Vicente Melo fueron colaboradores muy importantes. Ahí publiqué a todo mundo, viniera de donde viniera, sin pensar en amistades o enemistades, partidos o religiones. Hay directores de revistas que dicen: “Yo sólo publico a mis amigos”. Cuando habría que decir: “Yo sólo publico a mis enemigos”. Pero luego resulta que a veces el grupo de amigos no tiene parque suficiente para mantener viva una revista mensual. Entonces tienen que recurrir a otros autores y prefieren buscar en el extranjero, en vez de buscar o publicar autores mexicanos. Yo había seguido los pasos de Ignacio Manuel Altamirano en El Renacimiento, quien decía que en una revista se debían publicar todas las tendencias, todos los autores, todos los escritores, no sólo a un pequeño grupo.
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Chixchulub
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Juan fue un gran lector de Dostoievski, Unamuno, Pérez Galdós, Pío Baroja, Hemingway y Hesse. Para él eran modelos impresionantes a los que se sumaron Kafka, Camus, Kierkegaard, Proust. De pronto empezó a escribir de pintura. Se convirtió en el crítico más importante de su generación. En el libro 9 pintores mexicanos (Era, 1968) escribió sobre Tamayo, Leonora Carrington, Manuel Felguérez, y otros. En Joaquín Mortiz se publicaron dos volúmenes De nuevos y viejos amores, uno dedicado a las artes plásticas y otro dedicado a la literatura.
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Podría decirse que el pintor del que escribía Juan quedaba consagrado. Todos se peleaban por llevarle sus obras. Tenía su casa llena de pinturas. Muchas veces los pintores le regalaban sus cuadros esperando un texto que nunca aparecía. Si a Juan le parecían malos, simplemente no escribía nada. Nunca escribía en contra de alguien. Muchos terminaron aborreciéndolo por no haber escrito nada de su obra. Todo el grupo del primer libro exponía en la galería Juan Martín, que estaba en la Zona Rosa, y luego se cambió a Polanco. Era un grupo muy afín a Felguérez, que era un gran amigo de Juan.
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A su muerte, sus papeles fueron a dar a la biblioteca de la Universidad de Princeton. Ahí está todo. Sus apuntes, sus inéditos, los originales corregidos de sus novelas, su correspondencia, que era muy abundante, sobre todo con autores extranjeros como Robert Musil y Pierre Klossowski. Este último era un autor muy interesante porque predicaba que “tu mujer tenía que estar al servicio de tus amigos”. Así como les dices: “He ahí mi cuarto, mi comedor”, así debes ofrecer a tu mujer. Eso lo llevó a sus novelas, a su teatro, a su cine.
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A mí me decía Juan que desde Puerto Progreso se podía escuchar la música y voces que llegaban desde Cuba.  Menciono esto porque tengo muy presentes sus libros Figura de paja y La casa en la playa, donde reflejó sus vivencias de juventud en la playa de Chixchulub, donde dicen los geólogos que cayó un meteorito que llevó a la desaparición de los dinosaurios. Los astrónomos ubicaron este meteorito como de la familia de las Baptistinas.
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Juan me contaba que se levantaba a trabajar temprano. Se ponía a escribir hasta las diez u once de la mañana. De ahí se iba a la Universidad. Ya cuando estaba muy enfermo se dedicó a dictar sus ensayos, reseñas, novelas, cuentos. Así lo hizo hasta el final de su vida. Siempre fue muy fiel a la novela. Las escribió de carácter erótico, incluso pornográfico, como Crónica de la intervención, donde tiene un capítulo final dedicado al 2 de octubre de 1968, en Tlatelolco. Escribió artículos muy valientes contra Díaz Ordaz, que llevaba a Excélsior y Julio Scherer no se los podía publicar. En una ocasión saliendo a Reforma con Nancy Cárdenas y Héctor Valdés fueron detenidos. Confundieron la silla de ruedas con la de Marcelino Perelló. Una llamada de Scherer a Mario Moya Palencia logró que los soltaran. A Juan le decían que fingía. Lo levantaban y le decían: “Camina”. Y él contestaba: “Quisiera no sólo caminar, sino correr”. En muchas novelas usa memorias de la vida real. Tanto así que Inés Arredondo y yo aparecemos enCrónica de la intervención, pero deformados. Juan era capaz de hablarme para preguntar de qué color era la colcha que vio en una de sus visitas. Ese era su afán de precisión con la realidad. No quiero decir que fuera biográfico, además tenía una gran fantasía que volvía la vida perdurable.
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lunes, 1 de agosto de 2016

Vigencia de El Periquillo Sarniento

Agosto/2016
Nexos
Vicente Quirarte

Este 2016 se cumplen dos siglos de la publicación de El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, primera novela aparecida en Iberoamérica. Precedida por intentos narrativos en obras como Los sirgueros de la virgen sin original pecado (1620) escrita por Francisco Bramón, Los infortunios de Alonso Ramírez de Carlos de Sigüenza y Góngora (1690) y La portentosa vida de la muerte (1792) de fray Joaquín Bolaños, ninguna de ellas hace de la relación de hechos vividos por un ser humano tema central de su prosa. Novela como suma de acciones, con el desarrollo por un personaje experimentada a lo largo de la evolución de los acontecimientos, el libro aparece cuando México está a punto de obtener su independencia política. Correspondió a nuestro autor convertir al género en vehículo de entretenimiento y concientización. Más precisamente: de concientización a través del entretenimiento.

“Porque muere la inspiración envuelta en humor, cuando no va su llama libre en pos del aire”, escribió Luis Cernuda. La ausencia de obras de imaginación en el continente americano se debió a la prohibición impuesta por España para que libros de tal naturaza tuvieran la difusión merecida. El antecedente del personaje central de la novela mexicana es un pícaro, cuyos antecedentes se encuentran en obras españolas  del siglo XVII, de manera notable El Buscón de Francisco de Quevedo y Villegas y Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.

En el primer centenario de El Periquillo Sarniento, Carlos González Peña, quien habría de convertirse en uno de los más atentos intérpretes de nuestras letras, tituló su conferencia dentro del ciclo organizado por el Ateneo de la Juventud, “El Pensador mexicano y su tiempo”. La iconoclasia del joven ateneísta subrayaba la torpeza narrativa de Lizardi, sus continuos paréntesis y disquisiciones pedagógicas. No obstante, le cede los honores de haber sido un iniciador y un pionero.

El año 1940 Agustín Yáñez revindica a Lizardi como caudillo intelectual de la naciente República al publicar en la Colección del Estudiante Universitario el importante estudio preliminar, la selección y las notas de la antología que tituló con el nombre del periódico más importante de su autor y editor, y con el que la posteridad conocería a Fernández de Lizardi, El pensador mexicano. El extenso y nutrido prólogo de Yáñez es un ejemplo de pasión, equilibrio y justicia a un escritor que tuvo la capacidad para distinguir entre el pelado, el pícaro y el lépero y hacer de los avatares de uno de tantos tema central de sus escritos.

De la misma forma en que Fernández de Lizardi convierte la calle y la ciudad en escenarios donde se llevan a cabo las aventuras y desventuras —más abundantes las segundas— de Periquillo, una nueva forma de reproducción gráfica democratiza la imagen y suprime el privilegio concedido sólo a unos cuantos de mirar en interiores obras de arte. El italiano Claudio Linati llega a México e introduce la imagen litográfica, más barata en su reproducción que el grabado y por supuesto que la pintura. Resultado de sus afanes es el libro, aparecido en 1828, Trajes civiles, religiosos y militares de México, donde el significado del vestido corresponde al significante del escenario urbano y social en el que sus personajes se desplazan. La primera litografía de su álbum corresponde a un lépero, explorador urbano, usuario inmediato de la calle. Si la literatura mexicana encuentra su equivalencia en diferentes modos de representación plástica, Linati y Lizardi exploran por diferentes vías los estratos sociales de una sociedad que atestigua el cambio acelerado en sus costumbres pero se mantiene estática en sus vicios tradicionales.    

Nació el autor el 15 de noviembre de 1776, año de la independencia de las colonias americanas. Murió el 21 de junio de 1829 en la casa número 27 de la calle del Puente Quebrado (actualmente República de El Salvador). Su epitafio fue escrito por él mismo “Aquí yacen las cenizas del pensador mexicano, que hizo lo que pudo por su patria”. Se desconoce el lugar donde reposan sus restos, pero la herencia viva del escritor se halla en todos los periodistas de combate, en todos los que hacen de su profesión arma y ariete.

¿Por qué volver a El Periquillo Sarniento a dos siglos de su primera publicación? Quien relee la novela o se interna por primera vez en sus páginas se hallará cautivado por el amplio espectro del habla cotidiana, la exploración de la ciudad en sus múltiples espacios —la cárcel, el hospital, y fundamentalmente la calle. Antes que cualquiera de sus contemporáneos, Fernández de Lizardi rescató al pícaro en nuestro mexicano domicilio, y demostró que “los estómagos hambrientos andan siempre adelantados”.

El gran estudioso de nuestra capital llamado Luis González Obregón dio a la luz un libro titulado México en 1810, donde hace la relación de los 19 mesones y las dos posadas existentes en una urbe de 200 mil habitantes. Ninguno de ellos, aunque proporciona los nombres de varios, incluye a los arrastraderitos descritos por el autor con una prolijidad hiperbólica digna de Dante, esos espacios donde se confundían desnudeces con olores y otras degradaciones de la especie.

Muy delicado para ser pobre, “enemigo irreconciliable del trabajo, flojo, vicioso y desperdiciado, tres requisitos que con sólo ellos sobra para no quedar caudal a vida por opulento y pingüe que sea”, Pedro Sarmiento es caricaturizado desde el nombre que le da título a la novela. Con él firma sus propias aventuras vitales y sale al mundo para sobrevivir. Novela dedicada a sus hijos, para que no imiten las que considera malas costumbres, interrumpen la lectura las continuas y constante disquisiciones. Pero como el gran y auténtico moralista que es, como hijo de la Ilustración que toca a las puertas del Romanticismo, nuestro autor triunfa en la descripción de tipos populares, en su registro del habla y de las instituciones de un sistema tres veces secular a punto de llegar a su fin, pero que requerirá de varios años en la construcción de nuevos y transitables caminos institucionales.

Para la lectura de la novela existe la edición aparecida por primera vez en 1980, en los números 86 y 87 de la Nueva Biblioteca Mexicana de la UNAM. Las prolijas y eruditas notas de Felipe Reyes Palacios enseñan y ayudan a leer el libro con la dedicación que merece. Ha continuado el proyecto de publicar las Obras completas de Fernández de Lizardi, bajo la dirección de María Rosa Palazón, coordinadora igualmente de las antologías aparecidas en la colección Los imprescindibles (Ediciones Cal y Arena, 1998) así como en la serie Viajes al Siglo XIX, bajo el título El laberinto de la utopía (UNAM-FCE-FLM, 2006).

Dos años después de El Periquillo, el autor publica su “Guía de forasteros” o “México por dentro”. La ciudad entra en la poesía no como un escenario sino como un personaje con los nombres de sus calles, de acuerdo con la adecuación que el autor otorga de manera satírica a los que en  ellas viven o transitan.

La calle de la Quemada
tiene solos muchos cuartos;
¡lástima! porque hay casadas
que debieran ocuparlos.
En la calle de Cadena
viven los enamorados;
pero otros suelen vivir
en la calle del Esclavo.
En la calle de los Ciegos
(ciegos son muchos casados)
viven varios, y después
pasan a la del Chivato.
Si buscares pretendientes
anda a la calle del Arco
pues con tanta reverencia
están los pobres doblados.
En Puesto Nuevo hay algunos
que lograron alcanzarlo,
y por la Merced hay otros
que sin blanca se han quedado.
El pretendiente en la calle
vivirá de los Parados;
y más si en Puente de Fierro
tiene su vicio ordinario.

El próximo 2017 recordaremos los 150 años del establecimiento de la Biblioteca Nacional. Hija del pensamiento liberal, su funcionamiento sigue vivo bajo la custodia de nuestra Universidad Nacional. Entre sus antecesores tiene un lugar de honor Fernández de Lizardi, quien ante la imposibilidad de que la totalidad de la población poseyera los libros que combatieran la ignorancia, insistió en la fundación de una Sociedad Pública de Lectura, que abrió sus puertas en la calle de la Cadena (actualmente Uruguay). Para Lizardi “de nada sirve la libertad de imprenta a quien no lee, y muchos no leen porque no saben o no quieren, sino porque no tienen proporción de comprar cuanto papel sale en el día, con cuya falta carecen de  noticias útiles y de la instrucción que facilita la comunicación de ideas”.

Al igual que otros periodistas, en el folleto, la hoja volante o el escenario teatral, José Joaquín Fernández de Lizardi encontró vehículos para desarrollar su lucha contra la autoridad. Vivió para ver a su patria libre de la tutela española pero supo ver con clarividencia que una cosa es ser independiente y otra ser libre. Por eso escribe en una parte de su testamento: “Dejo a los indios en el mismo estado de civilización, libertad y felicidad a que los redujo la conquista, siendo lo más sensible la indiferencia con que los han visto los congresos, según se puede calcular por las pocas y no muy interesantes sesiones en que se ha tratado sobre ellos desde el primero”.

Lizardi escribió su novela debido a las prohibiciones de su tiempo para difundir ideas políticas a través de los periódicos por él fundados, financiados, escritos, impresos y distribuidos. Su estafeta será tomada por generaciones sucesivas. Cuando a mediados del siglo XIX la ley Otero coloca una mordaza a la difusión del pensamiento político, Francisco Zarco se dedica a publicar crónicas de modas en las que siempre halla el modo de ejercer su pensamiento crítico e introducir su ideario político. Lo mismo sucede con Fernández de Lizardi, que a través de su novela El Periquillo Sarniento da fe un sistema político que está a punto de llegar a su fin. Su prédica continúa siendo actual en muchos sentidos, y sus tipos populares son los que desfilan cada día en nuestro mexicano domicilio.