domingo, 6 de agosto de 2017

Guillermo Cabrera Infante: amor con humor se paga

6/Agosto/2017
La Jornada Semanal
Enrique Héctor González

En 2017 no sólo deben celebrarse los cincuenta años de la aparición de una novela que cambió los rumbos de la narrativa hispanoamericana con su estirpe centenaria de Aurelianos y José Arcadios, sino que sería plausible recordar, asimismo, que otras dos novelas fundamentales del boomCambio de piel y Tres tristes tigres, se publicaron también en 1967. De la primera de las tres se ha recordado en la prensa cultural hasta el día preciso de su nacimiento, y de la novela de Fuentes –quizá con menos estridencia por tratarse de un libro de escritura experimental y velocista– se hablará siempre como de un suceso casi puntual a partir del que la novela en nuestra lengua cobra conciencia de su fuerza hipnótica. Tres tristes tigres, en cambio, ha sufrido junto con su autor un inmerecido olvido que sería hora de restañar.
Nacido en Gibara, pequeña ciudad oriental de Cuba, en 1929, Guillermo Cabrera Infante fue un año menor que Carlos Fuentes y dos que García Márquez, aunque murió antes que ambos, en 2005. No perteneció al núcleo del boom pues, por antonomasia, ese sitio sólo posee los cuatro escatimados escaños que ocupan los dos novelistas antecitados, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. Sin embargo, si extendemos el círculo de la narrativa hispanoamericana a quienes, en los años sesenta y setenta, consolidaron el renombre alcanzado por la novela producida en esta zona del mundo, adláteres anteriores, contemporáneos o directamente derivados del boom, se tendría que mencionar, entre los nombres de Manuel Puig, José Donoso, Miguel Ángel Asturias, Juan Carlos Onetti, Fernando del Paso y algunos más, el de Cabrera Infante. Es posible que su autoexilio en Inglaterra, que duró unos treinta y cinco años, y sobre todo, la circunstancia de haberse erigido en el primer crítico frontal de la revolución castrista entre los escritores de su generación (en el temprano año de 1961 fue destituido como director de la publicación cultural más importante de Cuba, Lunes de Revolución, y en 1965 partió definitivamente de la isla, luego de una escisión disfrazada de cargo diplomático en Europa), quizá adelantaran el incierto descrédito en que cayó oficialmente su obra narrativa, aunque siempre fue reconocido entre sus congéneres como un prosista de proverbial talento en la consecución de una escritura festiva, shandyana, musical.
Guillermo Cabrera Infante fue, además, un notable crítico de cine que dejó en Arcadia todas las noches, pero sobre todo en Un oficio del siglo XX, una colección de ensayos y reseñas que lo mismo alertaban desde los años cincuenta contra la preeminencia de los criterios de Hollywood en la premiación de los festivales fílmicos, que permitían reconocer en su juicio sobre el cine europeo de esas épocas épicas (de Truffaut a Hitchcook al neorrealismo italiano a la “nueva ola” del cine francés) las revelaciones de un sacerdote cinéfilo.
Pero aparte de esta inveterada filiación fílmica, Cabrera Infante fue, antes que nada, un narrador nato, un humorista de la lengua que dejó algunos libros de cuentos y textos breves de impecable factura, como Exorcismos de esti(l)oAsí en la paz como en la guerra –suerte de lúcido ejercicio hemingwayano cuajado de hachazos sintácticos que son, al mismo tiempo, hechizos del lenguaje–, O, así nada más, con la cuarta vocal titulando una serie de prosas leprosas en su barroquismo aliterante, en la excesiva y hasta gratuita granulación de frases disfrazadas de música verbal, y la vasta novela La Habana para un infante difunto, título revelador de la destreza cabreriana para parodiar y resaltar la riqueza alusiva y elusiva de sus textos.
Sin embargo, es ese viaje por la noche infinita (y las grandes novelas son, desde Homero, historias de viajes) que intituló refranescamente Tres tristes tigres, la obra maestra de Cabrera Infante. Publicada, por motivos de censura, tres años después de haber ganado el codiciado Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, TTT es una melodiosa metafonía de historias entrelazadas donde el habla habanera del night club de los años cincuenta coincide con la parodia de grandes escritores; donde de lo que se trata es de desviar siempre el curso normal del enunciado mediante el dique de la comicidad, verter el caudal de sus historias en el escamoteado golfo del ingenio, lo mismo para subvertir un orden social que para contravenir los propios estatutos de la lengua, cuya gramática, ese odioso policía del idioma, obliga a escribir siempre de determinado modo, condición fascista ya señalada en su momento por Roland Barthes.
Divertidos, excitados, trastornados por la naturaleza envolvente de su universo de comedia, los tres nostálgicos felinos sugeridos por el título de la novela, Bustrófedon, Silvestre y Cué, compiten constantemente en un jugoso juego verbal cuyos frutos son, con frecuencia, motivo de pasmo en las mujeres de quienes se rodean: amor con humor se paga. El disparate, la digresión, el diálogo incesante con la noche los vuelve teóricos del sexistencialismo, otero desde donde otean el ocio de la vida. “Estoy aquí, ¿no?”, le dice una mujer, Magdalena, a Silvestre, sólo para que éste responda: “Prueba concluyente. Si estuvieras conmigo en una cama sería definitiva. Coito ergo sum.”
Es posible que la vida disipada, esa insensata vocación lúdica de la novela y de sus personajes por revolver los saldos del viejo régimen en un amasijo amatorio que bien podría leerse como “íntima tristeza reaccionaria”, haya despertado en el ánimo del mundo intelectual sesentero cierto resquemor. Sin embargo, es y siempre fue una ceguera que Tres tristes tigres, la más joyceana de las novelas escritas en español, padeciera el juicio ominoso de una mutilación cometida por la censura franquista que la hace terminar con la frase “…ya no se puede más”, afortunada línea final después de la cual un improcedente relato sobre alguna desaforada guerrilla cerraba la novela. Casi no hay que decir que el exabrupto fue festejado y conservado por Cabrera Infante en todas las ediciones posteriores del libro como el sensible homenaje que a veces la estupidez rinde a la literatura, a esta obra que, luego de cincuenta años, merece sobradamente el sosegado festejo de una recomendable relectura.

sábado, 5 de agosto de 2017

Periodismo y suplementos culturales

5/Agosto/2017
El Cultural
Roberto Diego Ortega

UNA GENEALOGÍA ELEMENTAL

Aunque sus orígenes se remontan hasta la llegada misma de la imprenta en 1539, el antecedente directo de lo que hoy llamamos periodismo cultural en México tuvo lugar en las revistas que surgieron hacia el final del siglo xix, espacios fundadores de esta vertiente donde confluyen —sin jerarquías— los recursos del periodismo con la exigencia intelectual y literaria.
Como coinciden varios comentaristas, la revista iniciada en 1869 por Ignacio Manuel Altamirano, El Renacimiento, plantea por primera vez una literatura nacional que se despoja de sus lastres coloniales, enfrenta sus traumas ancestrales —muerte, devastación, saqueo, desigualdad, miseria— y se propone tareas muy precisas que responden a las urgencias de la hora: la conformación del discurso, la identidad singular del país desde el espacio de las ideas, las letras y las artes. Sus colaboradores son personajes históricos y fundan además la matriz de la literatura mexicana moderna: es, en efecto, el inicio que a partir del modernismo avanza hacia las rutas y los rasgos que con el tiempo definen su singularidad. Sólo a manera de ejemplo, Altamirano reúne en las páginas de El Renacimiento a figuras como Guillermo Prieto, Manuel Payno y Vicente Riva Palacio: sin su contribución, nuestra historia y literatura no existirían como las conocemos.
Aunque efímera —inició y terminó su existencia en aquel año de 1869—, El Renacimiento perfiló en poco más de cincuenta números una idea que continuaron otras revistas por venir. Hay recuentos detallados que registran decenas de publicaciones literarias surgidas durante el siglo xix —por no hablar del xx. Entre las más notables —aunque no las únicas— debe incluirse la Revista Azul (1894-1896), animada en su origen por Manuel Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufoo, y que de acuerdo con su nombre difundió a gran parte, si no a la totalidad de autores en activo del modernismo hispanoamericano. Es la primera que aparece en la forma actual de los suplementos, es decir, como un espacio habitual, asignado en un periódico o una revista (en su caso El Partido Liberal), con dirección, editores, colaboradores y en ocasiones consejo editorial propio, bajo un principio de independencia para ejercer sus decisiones y criterios. Mencionar a la Revista Moderna suma tres títulos que compartieron el propósito original de cuestionar desde las letras los desafíos históricos y culturales del país, con el decadentismo del fin del siglo xix y la inspiración francesa como ideal o modelo recurrente.
Con la ventaja de la retrospectiva, entre las contribuciones y herencias fundamentales de estos espacios destaca el interés por incorporar los nuevos tonos y sensibilidades, a la par de la voluntad crítica, de experimentación y riesgo, el aprecio y la convergencia de los diversos géneros, la decisión de mirar al mundo más allá de nuestras fronteras, en una fórmula virtuosa que pudo compensar el aislamiento y la inercia parroquial.
Tuvieron muchos sucesores que emprendieron nuevos proyectos durante el siglo xx, no sólo en la Ciudad de México —un recuento exhaustivo se antoja interminable. Me detengo sólo en dos estaciones emblemáticas: Contemporáneos (1928-1931), donde Novo, Villaurrutia, Cuesta, Pellicer, Gorostiza, Ortiz de Montellano —y no sólo ellos—, compartieron su novedoso mapa de preferencias literarias. En Taller (1938-1941), Octavio Paz reúne a los jóvenes Efraín Huerta y José Revueltas, a Efrén Hernández, Juan Ramón Jiménez o León Felipe, entre muchos otros. Nuevos vientos llegan a las letras mexicanas con estas y otras revistas que además traducen y en algunos casos descubren para nuestro medio las obras en marcha de autores que pronto culminaron piezas definitivas del siglo xx, como St. John-Perse, Paul Valéry, T. S. Eliot o James Joyce.

LA IMPRONTA DE FERNANDO BENÍTEZ

Esta historia ya ha sido contada. Sabemos que el trabajo de Fernando Benítez (1912-2000) resulta indispensable para comprender el desarrollo del periodismo cultural en México durante el siglo pasado. En su adolescencia, anota José Emilio Pacheco, Benítez “fue el último discípulo de Luis González Obregón que a su vez lo había sido de Ignacio Manuel Altamirano”, y este vínculo añade una fuerza simbólica a su papel de heredero, animador y director, en un trayecto de cuatro décadas —1949 a 1988— cuyo antecedente más cabal sería El Renacimiento.
En el principio, Benítez tuvo éxito al proponer el suplemento semanal México en la cultura (1949-1961) al diario Novedades. Sería un espacio clave que refrendó con eficacia algunos de los recursos que validaron sus ilustres precursores. México en la cultura fue campo de batalla, experimentación y consagración, núcleo aglutinador (sin olvidar su cuota de exclusiones) de quienes modelaron en buena medida el canon de la literatura mexicana del siglo xx, de Alfonso Reyes a Octavio Paz y Juan Rulfo, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco o Carlos Monsiváis, Emmanuel Carballo y Juan García Ponce, entre otros. Coincidió en el tiempo y compartió colaboradores, por ejemplo, con la segunda época de la Revista Mexicana de Literatura, que entre 1958 y 1965 estuvo a cargo de Tomás Segovia y Juan García Ponce; o con la revista Universidad de México durante la dirección de Jaime García Terrés.
Acaso la frecuencia semanal influyó para que éstas y otras revistas no alcanzaran la amplitud ni la presencia de México en la cultura; pero una explicación más viable puede ser que su identidad era ante todo literaria, mientras que la propuesta de Fernando Benítez se distinguió también por su beligerancia política: compartió el entusiasmo por la incipiente Revolución Cubana, las demandas o protestas sindicales y sociales del país, en un contexto de represión oficial, censura y sumisión casi absoluta de los medios ante el poder (con las honrosas excepciones, desde luego). En 1961, luego de doce años de existencia, estos factores determinaron la cancelación del suplemento; de ese episodio hay por lo menos dos versiones y su denominador común es que obedeció a la censura por el filo crítico y político desplegado en sus páginas.
Luego de la ruptura con Novedades, José Pagés Llergo hizo posible la continuidad en su revista Siempre! Benítez le dio la vuelta al título original, y México en la cultura reapareció muy pronto —un par de meses— como La cultura en México. Pagés Llergo le asignó un espacio en Siempre!, un semanario en ese entonces influyente, que bajo su dirección abrió espacios a la crítica o disidencia de algunos de los periodistas más reconocidos de aquellos años. Benítez encabezó este nuevo ciclo de 1962 a 1970, con la colaboración de los autores ya citados, más otros como Jorge Ibargüengoitia, José de la Colina, Inés Arredondo. El régimen de la revolución institucional pasaba de López Mateos a Díaz Ordaz, en un proceso cuyo desgaste autoritario desató la represión brutal del movimiento estudiantil de 1968, cuestionada sin reservas en las páginas de La cultura en México.
En 1971, Fernando Benítez se retira del suplemento. Carlos Monsiváis lo continúa de 1972 hasta 1987. Con renuncias y relevos, lo acompañan varios consejos editoriales, integrados en sus diversas etapas —consigno algunos nombres de una lista más amplia— por Jorge Aguilar Mora, David Huerta y Héctor Manjarrez —renunciantes—, por Rolando Cordera, Carlos Pereyra, José Joaquín Blanco, Adolfo Castañón, Héctor Aguilar Camín, José María Pérez Gay, Luis González de Alba; y en el tramo final, su última década, Luis Miguel Aguilar, Antonio Saborit, Rafael Pérez Gay, Sergio González Rodríguez y quien esto escribe, más una larga relación de colaboradores que han persistido en sus diversos territorios a través de los años y hasta la actualidad. Todos ellos coincidieron en ese semillero diverso, antisolemne, divertido, exigente y combativo, que democratizó la cultura de un modo que hoy es evidente.
Por su parte, Fernando Benítez persistió en su idea del periodismo como “literatura bajo presión”, con dos nuevos periodos no menos brillantes, el primero en sábado (de 1977 a 1986), suplemento que surgió con el diario unomásuno, el segundo en La Jornada Semanal (de 1987 a 1988), que acompañó a su vez al nuevo diario, y donde Benítez puso el punto final a su labor espléndida. En mi experiencia, corresponde a Fernando Benítez y Carlos Monsiváis haber desarrollado esa noción del periodismo cultural que no se limita a la esfera de las (bellas) artes, sino que extiende su interés a las manifestaciones de la cultura popular, a los temas contemporáneos, sociales y políticos, nacionales e internacionales, y a los dominios de la historia, la filosofía y la ciencia. Un modelo que diversificaron algunas de las publicaciones subsecuentes —Huberto Batis en sábado, René Avilés Fabila en El Búho, Juan Villoro y Roger Bartra en La Jornada Semanal, Rafael Pérez Gay en El Nacional Dominical y Crónica Dominical, Héctor de Mauleón en la primera época de Confabulario.

TIEMPOS ACTUALES

Hasta finales del siglo pasado, la República de las Letras fue una circunscripción de contornos mucho más precisos que los actuales. Sus foros y dominios eran más visibles, y funcionaba en su mayoría como una élite compacta que reservaba su derecho de admisión.
Sin duda, el momento emblemático de Benítez, México en la cultura, tuvo a su favor un ámbito propicio para convocar a la minoría ilustrada, bastante más cohesiva y homogénea —la población de la Ciudad de México no rebasaba los cinco millones en 1960—, en contraste con la diversidad, proliferación y dispersión implacable de nuestra era de internet que multiplica día con día, en un regreso imprevisible a Contemporáneos, sus “archipiélagos de soledades” y constelaciones de “grupos sin grupo”. En su tiempo de esplendor, el suplemento de Benítez no tuvo competencia en su periodicidad semanal y pudo así concentrar la atención de un público, presentar y divulgar a los creadores de una fase de apogeo literario que produjo obras definitivas en la vasta geografía del idioma, sin competir con ofertas similares —eso llegó más tarde. México en la cultura y La cultura en México hoy parecen el fruto de una edad dorada, no del país, desde luego, sino de un tiempo en que la prensa mantenía el interés de los lectores y daba espacio a la expresión de una comunidad cultural que ahora resulta inconcebible.
En la actualidad, la oferta de suplementos culturales incluye por lo menos a cuatro que aparecen cada semana en periódicos nacionales y capitalinos: los más longevos a la fecha son La Jornada Semanal —luego de sucesivos cambios de dirección— y Laberinto del periódico Milenio; en años recientes aparece la nueva etapa de Confabulario en El Universal, y El Cultural —del cual me declaro responsable, en compañía de Delia Juárez— en La Razón. Pero sucede que la pródiga herencia se ha visto afectada por los nuevos medios y “tecnologías de la información”: han dispersado al público y la estima que antes gozaba la cultura escrita. Un efecto contundente de los tiempos de internet ha sido el repliegue, incluso la desaparición de algunos medios impresos. El mercado de libros, revistas y periódicos lo ha resentido y ha debido adaptarse a nuevas condiciones que implican su traslado al ciberespacio, es decir, su ingreso a una Babel virtual de opciones y ofertas alternativas: un mundo nuevo, sobre todo para los pre-millenials.
Los viejos cargos contra los suplementos y revistas —“mafia” y “elitismo”, entre los más comunes— resultan hoy inoperantes, pues la función tradicional y vertical de las élites culturales se ha pulverizado, junto con el consenso que antes pudo legitimarlas. Ningún medio detenta hoy un poder capaz de silenciar a la concurrencia: lo más que puede hacer es ignorarla y ser correspondido, o bien ajusticiado en los paredones del ciberespacio. Al calor de las redes sociales, el tono y el debate intensifican su virulencia, aunque no la claridad de sus argumentos; los desacuerdos no suprimen las invectivas ni la desacralización del prestigio intelectual, entre las controversias que forman parte del debate público de nuestros días. El panorama actual es desarticulado, heterogéneo, una fragmentación horizontal y múltiple, donde todas las voces pueden hacerse escuchar, dar rienda suelta a sus razones o motivos, o bien a su intransigencia y combatividad, su sordera y sus prejuicios. La plaza pública de las redes sociales y su aptitud para la réplica inmediata canceló la distancia que mediaba entre editores, autores y lectores, cuando la posibilidad de intercambiar respuestas era tan dilatada como un correo postal.

MÍNIMA EXPOSICIÓN DE MOTIVOS

Ante ese panorama, en el caso de El Cultural apostamos por una agenda propia cuya oportunidad periodística incluye, pero no se limita a las novedades ni la coyuntura, la circunstancia o la efeméride. Más bien nos interesa organizar los temas, establecer y seguir en cada número el hilo conductor de una visión, un placer y sentido crítico motivados por la voluntad de distinguir, matizar y contrastar.
Además —con la lección de los maestros— reconocer vasos comunicantes, transiciones, rupturas entre el pasado y el presente; revisar temas, periodos, tendencias; registrar con rigor la creación y la crítica en México y más allá de nuestro territorio y nuestro tiempo; transitar de la obra a los autores y la historia cultural; reconocer la originalidad del pasado y del presente, con sus afinidades y diferencias; alimentar desde esa conjunción el diálogo, el deslinde.
Reunir a colaboradores y lectores, en fin, al cultivar un gusto, con sus apuestas o sus riesgos, sin ánimos sectarios ni lastres generacionales.
Rescatar y documentar esos momentos culminantes de la imaginación que relega la prisa del mercado. Continuar una línea de puertas abiertas a los diversos géneros: del reportaje a la crónica y la entrevista, del ensayo a la narrativa y la poesía, y de la experimentación a las fusiones que los conjugan a su antojo.
La disolución virtual de las fronteras instala un escenario que desborda los filtros o distancias del antiguo régimen, con su árbol genealógico de la tradición y el canon. Ese consenso también ha sido erosionado y las consecuencias sólo podrán evaluarse con el tiempo. Pero más allá de las pantallas infinitas, es necesario atender y valorar el pensamiento y la creación del mundo actual, así sea sólo por motivos de comprensión y claridad. El porvenir del siglo xxi lo requiere.
Una versión previa de este escrito fue leída en una mesa del ciclo Un alto en el camino. ¿Hacia dónde va el periodismo cultural?, celebrada el 19 de julio pasado en el Centro Cultural Elena Garro de la Ciudad de México.

sábado, 15 de julio de 2017

Malcolm Lowry, Peregrino en el abismo mexicano

15/Julio/2017
Laberinto
Marcos Daniel Aguilar

Como si estuviera hablando de su propia vida, Malcolm Lowry escribió al comienzo de su novela Bajo el volcán: “fue una de esas ocasiones en que el Cónsul había bebido hasta la sobriedad, le había hablado sobre el espíritu del abismo, sobre el dios de la tempestad, el ‘huracán’ que atestiguaba de manera tan sugerente sobre las relaciones entre una y otra orilla del Atlántico”. En esta frase se encuentran casi todas las obsesiones de vida y los temas con los que trabajó su literatura, desde sus primeros poemas hasta sus textos narrativos: el alcoholismo o la lucidez, América o Europa, la calma o la tempestad, la paz espiritual o el abismo.

Nacido en Liverpool el 28 de julio de 1909, este singular escritor murió el 26 de junio de 1957, y su novela más famosa —publicada hace 70 años— es considerada uno de los libros de culto que mejor ha descrito la vida del viajero que se incrusta, entiende y desaparece en el Nuevo Mundo. Como indica Juan García Ponce en el prólogo a las cartas que Lowry le dirigió a su editor inglés, Jonathan Cape, “lo que emerge al final es la propia figura de Lowry, el testimonio de la lucha gigantesca por realizarse a sí mismo como artista. Sin duda, Bajo el volcán es una de esas novelas estrictamente personales, que nos llevan a su creador de manera inevitable”. A propósito de los 60 años de la muerte del inglés, y el consecuente onomástico de la publicación de su libro, conversamos con cuatro narradores y críticos mexicanos, conocedores de la obra de Lowry: Hernán Lara Zavala, Susana Iglesias, Ernesto Lumbreras y J. M. Servín. 


Las obsesiones del viajero 

La de Malcolm Lowry fue una obra que se escribió conforme fue viviendo. A propósito de esto, el ensayista y narrador Hernán Lara Zavala comentó que “Malcolm Lowry vivió una vida trágica, una vida triste y a la vez intensa, dedicada a escribir una sola novela. Escribió muchas otras, pero toda la tragedia de su vida la convirtió en un solo arte que se llamaBajo el volcán”. En el mismo tono, el poeta Ernesto Lumbreras piensa que “Lowry es autor de una novela monumental, pero también escribió otros libros editados por su viuda y colaboradores pero en Bajo el volcán se condensan las temáticas personales y formales de un protagonista de la novela del siglo XX; es decir, ahí está su apuesta formal en el relato y la teoría de las vanguardias; la presencia de Joyce y Proust son legibles en esta novela. Por otra parte, es una biografía de correlato de una obra literaria y un ejemplo portentoso en que supo entramar sus obsesiones literarias”.

Susana Iglesias, autora de Señorita Vodka, sostiene que algunos de los temas que se hallan en los libros de Lowry son también las obsesiones de su existencia, como la muerte como “destino único y último. Pues ¿qué es el hombre? Un minúsculo espíritu que mantiene vivo a un cadáver. Ese perro muerto que acompaña el cadáver de un hombre en alguna barranca es una metáfora de la existencia. La destrucción de sí mismo fue otra obsesión. En el remolino de la muerte gira todo: ‘contra la muerte el hombre llora en vano’. Lowry afirma que amar es morir”. Para el narrador y periodista J. M. Servín los temas lowryanos se centran “en la ebriedad, la amistad, el deporte, la relación de pareja, la lucha del hombre contra sus demonios; en este caso, el alcohol”. 


El prejuicio del escritor decadente 

Hay una idea simplista que observa la obra del también autor de Oscuro como la tumba donde yace mi amigo: la de un escritor decadente, sin rigor literario. Otros opinan lo contrario: “el alcohol es tan solo uno de los múltiples espejos interiores de Lowry. ¿Qué es el arte? ¿Una explosión convulsa o una pared blanca? En algunos casos el uso del alcohol no es afortunado. ¿Cualquier borracho es capaz de escribir algo con el peso de Lowry? No, ahí están los borrachos sin obra o con un libro mediocre. No me extraña que alguien descalifique a un autor por creer que es resultado de la adicción a una sustancia. Lowry poseía algo extraordinario: dolor. Ese dolor le dio una novela de atmósfera inigualable”, dice Susana Iglesias. Mientras que para Servín, “Bajo el volcán es una de las grandes novelas del siglo XX. Pocas obras revelan el tormentoso universo de un alcohólico con la belleza poética que Lowry alcanzó en esta historia”. Lara Zavala dice que todo detona de la historia amorosa y trágica entre el Cónsul e Yvonne, que es a la vez la del mismo Lowry con su primera esposa, la actriz Jan Gabrial: “Cuando en 1933 va a España, con Conrad Aiken, conoce a Jan Gabrial, quien fue su amor, y con ella viene por primera vez a México. Van a Cuernavaca por una temporada en donde se desarrolla Bajo el volcán. El núcleo es el de un hombre que se siente, como si fuera el Fausto de Marlowe, condenado al infierno; por ello relaciona a México con el infierno y el paraíso. Se enamora de una mujer y después de algunos meses ella finalmente lo abandona. Esa es la historia de Bajo el volcán, ese núcleo es el del hombre que está condenado porque su mujer lo ha abandonado pero después, en la transformación extraordinaria que hacen los artistas, esa mujer regresa, aunque él ya no puede hacer nada porque ya está en el infierno de su alcoholismo”. 


Alcohol y redención 

¿Será el misterio del alcohol lo que utilizó el autor inglés para aplacar la culpa por saberse vivo, para templar el fuego interno que lo llevaba a la destrucción? Para Hernán Lara Zavala, el alcohol se convirtió en el motor de lo mejor que otorgó Lowry: “la novela no tiene límites para su alcoholismo, pero a la vez es una novela mística, de una gran profundidad sobre cómo ve el mundo, pues lo juzga como parte de un arcano en el sentido de que todo tiene simbolismo. Él se identifica aquí con Cortés y con la Malinche, con el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, con Maximiliano y Carlota. Va transformando todo para intentar comprender el infierno, que también es el alcohol, donde finalmente sucumbe.

Susana Iglesias entiende el alcoholismo de Lowry no solo como una adicción, sino como parte de su proceso creativo, porque “la escritura no es placer, hay que ensuciarse, bajar al fango, pelear, destruirse. No existe mayor belleza que esa ruina llamada fuego interior. A Lowry no le sirvieron de nada los tratamientos con derivados sintéticos de la morfina y suministros de altas dosis de alcohol que le provocaban náuseas. Nada sirvió porque es imposible todo proceso que pretenda curarte de lo que eres”. Sin embargo, Lumbreras afirma que el alcoholismo de Lowry fue una etapa y un tema secundarios en su vida: “La dipsomanía existe, no puede obviarse, pero al lado de otras tentativas la literatura de Lowry alcanza un nivel anecdótico, no lo rebasa. La aventura como novelista convoca a otros dramas. Creo que es más sustantiva la manera en que Lowry hace patente y visible y sufrible el contexto ideológico de su tiempo, esa confusión, ese trauma de finales de la década de 1930, la Guerra Civil española, el ascenso del nazismo, la Segunda Guerra Mundial. Al final, Bajo el volcán es una caja de resonancias donde se siente esa perversión de la historia, esa encrucijada política, y la plasma de manera poderosa, al mismo tiempo que plasma la utopía de la República, la utopía del amor y, por otra parte, la degradación, la traición entre hermanos, la traición del Estado. Eso es el desamparo, la caída final, la barranca como tabla de salvación”. 

En Cuernavaca 

Egresado de la Universidad de Cambridge, Malcolm Lowry emprendió una vida de navegante, viajero y peregrino, como lo definió Juan García Ponce. Llegó a México en 1936 y se instaló en el Casino de La Selva en Cuernavaca, junto con su esposa Jan Gabrial, quien lo abandonó en 1938. En Los Angeles, en 1939, conoció a su segunda esposa, Margerie Bonner, quien no le pedirá que renuncie al alcohol. Entre versiones hechas cenizas en incendios y pérdidas de originales durante sus extenuantes borracheras, las cuatro versiones de Bajo el volcánfueron rechazadas por editores de América y Europa en más de diez ocasiones, hasta que finalmente fue publicada en Londres y en Nueva York en 1947. ¿Cuál es el legado de esta novela y de su autor para las letras universales? En opinión de J. M. Servín, la gran novela de Lowry “tiene un profundo sentido místico, religioso. El bebedor como un santo, como lo plantea Joseph Roth en La leyenda del santo bebedor. La angustia existencial del Cónsul, su profunda soledad y su búsqueda de dios son los anuncios de la caída de un hombre al infierno. Lowry hizo una demoledora inmersión al abismo de la soledad con un sutil sentido del humor. La imposibilidad de vencer a la vida como infierno, donde el amor no redime, solo hace más grande el vacío del alma”. Para Lara Zavala, Bajo el volcán tiene un principio joyceano. “En Inglaterra la consideraron una novela posmoderna, en el sentido de que iba va más allá de las vanguardias. Es una novela de culto, no una novela popular; la leen los iniciados, y tiene su lugar al lado de William Faulkner. Y todo, a la manera de James Joyce, ocurre en un día, el día en que Yvonne vuelve para reconciliarse con el Cónsul. Hay una escena extraordinaria donde él está en una cantina, totalmente borracho, vestido de esmoquin y sin calcetines, y de pronto ve a Yvonne. Cuando la ve, cree que es parte del delirium tremens”.

Para Iglesias, el legado de esta novela también recae en la figura de Margerie Bonner, tal vez injustamente olvidada: “Debemos en gran medida a Margerie Bonner el legado de Lowry, con todo ese cúmulo de luces y sombras que padecieron. Editora y cómplice, vivieron extremos. La culparon de sus recaídas porque bebía frente a él en uno de los múltiples intentos de Lowry por dejar el alcohol. Nadie protestó cuando corregía y mecanografiaba sus borradores o cuando le amarraba las agujetas. Culpar a otros para limpiar la reputación de un escritor muerto no es algo nuevo. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar la oscuridad del otro? Margerie bebía tanta ginebra como Lowry. Creo que ahí está el espejo de Lowry, en ella; tal vez por eso intentó ahorcarla. Sin Margerie Bonner, no existiría Bajo el volcán”. 


Bienvenido a México 

En la década de 1940 vuelve a México, pero la policía y las autoridades lo hacen abandonar el país para instalarse, con la fama de su libro publicado, en Inglaterra. ¿Qué fue México para este peregrino que hizo de las barrancas su hogar y su delirio? Hernán Lara Zavala afirma que “Bajo el volcán es la mejor novela mexicana escrita por un no mexicano. Malcolm Lowry se identificó con los problemas de México, porque hay también una especie de subtema político que tiene que ver con la Guerra Civil española y con los sinarquistas mexicanos. El Cónsul muere asesinado por un grupo de fascistas. Estamos hablando de la época de 1939 a 1945. Lo matan porque creen que es un espía. Y la novela termina en que lo lanzan a una barranca como si fuera un perro e Yvonne muere arrollada por un caballo en la tormenta. El aspecto político de la novela es importante porque es liberal y comprometida con la historia de México y del mundo. Es antifascista, antifranquista, antisinarquista”.

Ernesto Lumberas cree que Lowry llega a México con ciertas ideas ya establecidas: “Venía con cierta iniciación, había estado en el Nueva York de mediados de los años treinta, una especie de aparador de arte. Los museos, las galerías, exhibían propuestas del arte mexicano, tanto del arte popular como piezas de Rivera, Orozco. Así que llegó empapado, pues conocía también a simpatizantes de la Revolución mexicana, conocía las políticas que Lázaro Cárdenas había puesto en marcha”.

J. M. Servín piensa que Malcolm Lowry entendió muy bien el universo lúgubre y cruel de un país de creencias arraigadas en el pensamiento mágico. “La diferencia con el México de hoy es que el Cónsul hubiera sido secuestrado o desaparecido luego de abandonar bien borracho una de las cantinuchas que le gustaba frecuentar o en uno de sus largos paseos”. De la misma forma, Iglesias afirma que “solo él conoció el infierno interior que lo impulsó a escribir. Bajo el volcán nace con la imagen de un hombre muerto al lado de la carretera en uno de sus viajes. Eso lo marcó”. 


Lowrysmo a la mexicana 

Susana Iglesias asegura que la influencia de Lowry en la literatura mexicana no es muy visible, porque “beber mezcal, recorrer Oaxaca o Cuernavaca y pretender que escribes, aun si titularas a tu libro El Parián, no te convierte en escritor ni en Lowry. Ningún escritor mexicano posee una vida similar, ninguno tiene ni tendrá esa atmósfera o el ritmo desquiciado e infernal que pertenece solo a vidas terribles y extremas. Se confunde la influencia con burdas imitaciones. Se acercan por el mito, no estudian sus libros”. Servín piensa también que no hay influjo, puesto que “el arte y las letras mexicanas están llenos de funcionarios a los que solo les importa ganar premios, becas y producir obras anodinas que le llenen el ojo a curadores y agentes literarios”. Pero Lara Zavala intuye una comunicación entre Malcolm y Juan Rulfo: “al igual que Pedro Páramo, en Bajo el volcánhay una rememoración de lo que ocurrió un 2 de noviembre, pues los espíritus regresan. En el caso de Bajo el volcán no son fantasmas sino los personajes que vuelven. Hay un paralelismo que no quiere decir que uno haya influido en el otro. Titulé a mi ensayo “Tierra de fuego” porque Rulfo es la tierra, la piedra fundacional, y Lowry es el fuego, el fuego del alcohol. Además, en Pedro Páramo también hay amor: Pedro Páramo nunca pudo estar con Susana San Juan, así como el Cónsul no puede volver con Yvonne. No hay posibilidad para el amor”. Para Lumbreras, existe una influencia del autor británico en quienes leyeron la primera edición en español, traducida por Raúl Ortiz y Ortiz en 1964: “tardó 17 años en traducirse y cuando se sabe que Ortiz y Ortiz está traduciendo la novela de Lowry tiene primeros lectores como García Ponce y José Emilio Pacheco, que son lowryanos desde el primer día. Otro lector fue Salvador Elizondo, y a partir de ahí se convertirá en la novela sobre México de mayor calado y significación para muchos autores extranjeros, una suerte de guía espiritual para hacer el viaje a nuestro país”. 

domingo, 9 de julio de 2017

Juan José Arreola

9/Julio/2017
Confabulario
Huberto Batis

Como originario de Jalisco, no puedo dejar de hablar de uno de mis paisanos. Ya lo he mencionado, pero sólo de pasada, sin dedicarle propiamente una entrega de mis memorias. Justo lo recuerdo porque hace unas semanas el suplemento Confabulario cumplió cuatro años de vida y el nombre de esta publicación se debe a uno de los libros más célebres de Juan José Arreola.
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A mí me tocó ver cuando llegó toda una camada de jóvenes jaliscienses a la Ciudad de México. Por esas fechas, a mediados de los años 50, vinieron los Alatorre (Antonio y Enrique); también a José Luis Martínez, Alí Chumacero (que era de Acaponeta, pero se decía jalisciense por adopción), y el mismo Juan Rulfo, quien a diferencia de todos los demás no tuvo la oportunidad de entrar a la Universidad, pero compensó esa carencia con una gran avidez por la lectura. Fue un gran lector y sabía muchísimo de música. Era un melómano.
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Arreola era todo un personaje. Le tenía miedo a la calle, a la gente. Siempre tenía que salir acompañado de sus hijos o de sus alumnos. Incluso una vez, en medio de un ataque de pánico, se quedó agarrado a un poste diciendo: “De aquí no me mueven”.
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A él lo descubrió Neruda. En una visita que el poeta hizo a su pueblo, Zapotlán el Grande (Ciudad Guzmán), Arreola, que era un muchacho, declamó unos poemas del chileno. Así se hicieron amigos. Neruda le dijo que tenía que irse de ese pueblo, y se lo llevó a Guadalajara. Podemos decir que a Arreola lo apadrino Pablo Neruda. Y sí, tuvo mucho éxito. Después se unió a un grupo de teatro francés que estuvo de gira en México. Ahí conoció a Jean Louis Barrault y a Marcel Marceau, dos grandes de la actuación, y en especial de la mímica. A su regreso a México escribió algunas de las páginas más importantes y fantásticas de la literatura mexicana. Algunas de sus obras más memorables son “El guardagujas”, un cuento fantástico, también BestiarioConfabulario y una novela excepcional que se llama La feria.
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Los años 50 fueron una época dorada de cineclubes y teatro universitario. En mi época nos tocó disfrutar de “Poesía en voz alta”, un invento de Juan José Arreola. Gracias a esta iniciativa pudimos ver obras de clásicos españoles, como García Lorca, montadas en el frontón cerrado de Ciudad Universitaria. En “Poesía en voz alta” Arreola se inició como autor y luego como director de teatro, junto con Rosenda Monteros, quien acaba de cumplir 80 años y sigue trabajando.
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Gracias a los cineclubes orquestados por Arreola vimos todo el cine de la Nouvelle vague. También llevó “Poesía en voz alta” a todos los jardines de la Ciudad Universitaria y a la Casa del Lago. Tiempo después, cuando se fundaron unos talleres en la Facultad de Filosofía y Letras, el director mandó llamar a Arreola. Éste llegaba a impartir sus talleres con una gran capa española negra, una capa como de vampiro. Era un personaje muy curioso y con una voz que retumbaba en los salones. Yo daba mi taller al mismo tiempo que él. A tres salones de distancia se oía la voz de Arreola, impostada, una voz de actor.
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Por su parte, Arreola terminó dando clases en la Universidad donde impartió el taller de narrativa. Yo le llamaba taller de “Arreolería”; prácticamente nos enseñaba a escribir como él, a su imagen y semejanza. Todo giraba en torno a su persona, en lugar del alumno y sus talentos. Uno de sus alumnos más cercanos y quien le retomó muchos de sus rasgos histriónicos fue Jorge Arturo Ojeda.

“Hija del azar; fruto del cálculo”

9/Julio/2017
Jornada Semanal
Juan Domingo Argüelles

Entre todos los géneros literarios el de la poesía es el más íntimo. No es que no pueda serlo la prosa narrativa, pero en la prosa narrativa es más fácil distinguir el yo literario del yo personal. En cambio, en la poesía, incluso si no es autobiográfica, el yo poético del yo personal tiende a fundirse. Pensemos en Neruda y en Borges. Podemos abstraernos en lo poético, pero no hay duda de que en sus poemas están presentes siempre las experiencias personales de Neruda y de Borges.
Escribir poesía es siempre algo más intenso e íntimo y no obedece a urgencias ni a compromisos. La poesía no es un trabajo; la poesía es un milagro. La poesía sucede. Por ello no deja de ser algo extraño que alguien se proponga hacer un libro de poemas sobre esto o sobre lo otro, a menos por supuesto que esa sea la obsesión de su vida. De otra forma, la disciplina, con un tema determinado, sólo puede producir ejercicios poéticos, pero no necesariamente poesía.
La poesía más que un trabajo es una epifanía. Si la poesía no es una imperiosa necesidad emocional e intelectual, será simplemente un juego, un pasatiempo. Y no está mal que lo sea, pero como pasatiempo puede ser también bastante aburrido. Hay pasatiempos más divertidos. Por otra parte, la inteligencia es maravillosa, pero se enfrenta a un drama ineludible, el cual fue definido y descrito, lúcida y poéticamente, por Antonio Machado: “El intelecto no ha cantado jamás, no es su misión.”
La poesía es también música. Ritmo. Ineludiblemente. Lo dice Carlos Pellicer (en su “Discurso por las flores”): “Las palabras con ritmo –camino del poema–.” Porque no hay nada, ningún arte, ninguna manifestación estética, más integral que la música. La poesía intenta ser música o al menos integrarse a la música desde los tiempos en que era acompañada por la lira. Pero la máxima virtud de la música es que no necesita de palabras para ser poesía. Carlos Edmundo de Ory, el poeta español, dice en un poema: “Maldito sea yo, que no sé tocar ningún instrumento.” Aunque, por lo demás, quizá sea mejor no tocar ningún instrumento si no es con la más alta maestría. Escuchar la música, gozarla, amarla, debe ser un mejor destino que echarla a perder.
La poesía es, además, inspiración, aunque ésta sea indefinible, inefable en el mejor sentido. Octavio Paz, en El arco y la lira, quizá el libro moderno más importante que se haya escrito en la lengua española sobre poesía, escribe: “La voz del poeta es y no es suya. ¿Cómo se llama, quién es ese que interrumpe mi discurso y me hace decir cosas que yo no pretendía decir? Algunos lo llaman demonio, musa, espíritu, genio; otros lo nombran trabajo, azar, inconsciente, razón. Unos afirman que la poesía viene del exterior; otros, que el poeta se basta a sí mismo. Mas unos y otros se ven obligados a admitir excepciones. Y estas excepciones son de tal modo frecuentes que sólo por pereza puede llamárselas así.”
Nadie sabe qué es la inspiración, pero existe. El endecasílabo perfecto de San Juan de la Cruz “un no sé qué que quedan balbuciendo” es un milagro del espíritu, una epifanía. Millones de individuos que saben mucho sobre poesía y didáctica de la creación poética, académicos y lingüistas muy capaces, nunca podrán igualar algo así, aun si dedicasen cada minuto de su existencia a conseguirlo. No solamente no es probable, sino que, definitivamente, no es posible.
Por arte de inspiración, de pronto, unas palabras se transforman en algo inolvidable ya para siempre: “Abril es el mes más cruel...” Y hasta los peores poetas tienen sus buenos versos. Dijo Borges: “No hay poeta, por mediocre que sea, que no haya escrito el mejor verso de la literatura, pero también los más desdichados. La belleza no es privilegio de unos cuantos nombres ilustres.” Incluso al cerebral Paul Valéry se atribuye la siguiente certeza: “Los dioses facilitan el primer verso; los demás, los hace el poeta.”
Recordemos de qué modo Octavio Paz define, indefinidamente, la poesía, con todos los sustantivos posibles e imposibles: “Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. [...] Experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no-dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivoObediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la Idea. Locura, éxtasis, logos. [...] Visión, música, símbolo.”
Es natural que un poeta, cualquiera, no se sorprenda del todo al conseguir, unas poquísimas veces, algo parecido a la belleza y a la música. Lo más probable es que eso que se salva, o lo que puede salvarse, se deba al arte de ese demonio del que habla Paz, invocado, rogado por el conjuro de la magia y el lenguaje primitivo. Sólo lo demás es suyo.

domingo, 2 de julio de 2017

Dejemos hablar a Onetti

2/Julio/2017
Confabulario
Gustavo Arango

El diploma del Premio Cervantes terminó destruido por el polvo y la humedad. Quedó olvidado en un rincón oscuro, pues nadie pensó en darle un lugar en las paredes de la casa. “La casa” estaba en el último piso de un edificio en el cruce de la avenida América y la calle Cartagena, en Madrid. La rodeaba un balcón lleno de plantas, cuidadas con primor por Dolly Muhr. Adentro vivía Onetti, metido en la cama, junto a una ventana por donde se asomaba la vegetación.
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La “encamada” de Onetti fue una mezcla de actitud ante la vida y problemas de salud. Pocas veces salió de su cuarto: cuando lo visitaban amigos entrañables (Eduardo Galeano, por ejemplo), iban a un restaurante a pocos metros del edificio; en cierta ocasión, en 1980, salió para recibir del Rey de España el premio dedicado a un malandrín. La suerte del diploma ya se ha dicho. La medalla se salvó porque a su mujer se le ocurrió hacerle un nicho entre la tapa y las primeras páginas de El Pozo, su primera novela.
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Juan Carlos Onetti, el oscuro Cervantes de nuestro tiempo, nació en Montevideo el primero de julio de 1909. No terminó el bachillerato. Vivió los primeros sesenta y cinco años entre Montevideo y Buenos Aires, dedicado a oficios varios: portero, mecánico, periodista, empleado de un molino. Estuvo casado con dos hermanas y, en 1955, al divorciarse de la segunda, decidió buscar a Dolly. El reconocimiento le llegó tarde. El presidio –por premiar un cuento que criticaba la dictadura– estuvo a punto de destruirlo. En 1974 abandonó para siempre su país y se radicó en Madrid, donde murió el 30 de mayo de 1994.
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Cuando llegué a su casa, un año después, Dolly decidió que ya estaba bueno de renuencias y me dio la primera entrevista después de su viudez. “Quiero ayudar a que se conozca la obra de Juan”. Aquella vez, Dolly habló de todo un poco. De los signos zodiacales: “Juan era Cáncer, por eso le gustaban los lugares cerrados”. Contó que, cuando se conocieron, ella era la joven violinista que aparece en La vida breve, y que quedó encantada con esa percha de labios desencantados. Frente a una serie de fotografías, dijo que trataba de no mirarlas demasiado: “No quiero que se apague la emoción”. Habló de la ira dolorosa que Onetti sintió leyendo “El Perseguidor”, de Cortázar, la muerte de la hija de Johnny; del espejo roto y la mano sangrante y la tristeza que sentía por la distancia con su propia hija, Litti. Habló de los chistes que su marido hacía con Vargas Llosa: “Yo soy amante de la literatura, pero él le cumple como un marido”; “Le regalé mis dientes”, “Su novela ganó el Rómulo Gallegos porque su burdel tenía orquesta”. De los silencios con Rulfo: “Ay, Juan”, “Sí, Juan”. De las dificultades de Carmen Balcells para obligarlo a negociar bien con la editorial Gallimard. De los “ataques” de escritura y de las pastillitas que le ayudaban a concentrarse. Dolly guardaba los cuadernos de Onetti en el mueble del comedor. En la contratapa de uno de ellos señaló las letras: “DTSMLEDGESECYBSEFDTVJ”, las iniciales del ave maría, que Onetti rezaba agradecido después de haber escrito.
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Onetti y Dolly terminaron siendo inseparables. Vivieron juntos casi cuarenta años. “El ignorado perro de la dicha”, como la llamó en la dedicatoria de “La cara de la desgracia”, fue violinista de la Sinfónica de Madrid. Solía transcribir a máquina lo que Onetti escribía con sus letras lentas y alargadas. Más de veinte años después de la muerte de su marido, sigue promoviendo su legado.
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Reencuentro con Onetti
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Entre febrero y marzo de 2016, la Universidad de Alicante abrió al público la muestra Reencuentro con Onetti. Fue organizada por El Museo del Escritor y había sido presentada por primera vez a finales de 2014, en la Casa de América en Madrid, con motivo de los veinte años de la muerte del escritor. En esta exposición había fotos de todas las épocas: Dolly era muy consciente del privilegio que tenía e hizo montones de fotos de Onetti en situaciones cotidianas. Había cartas, documentos, manuscritos, primeras ediciones, lentes, rascador, diccionarios, sombreros, pistola de juguete. Pero lo más asombroso era la reconstrucción –con piezas originales– del cuarto donde Onetti vivió los últimos años: su cama de sábanas curtidas por fluidos corporales, sus lámparas y mesitas de noche, incluso las imágenes y recortes que adornaban la pared.
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En el rincón de la cama aún parecía sentirse la tibieza. Sólo una enorme devoción pudo permitir que las sábanas se conservaran sin lavar. En la pared, el enigma Onetti parecía proponerse como una adivinanza: fotos de familia, reproducciones de pinturas (Van Gogh, Gauguin), una frase de El Principito: “Es necesario buscar con el corazón”, y una cita de Machado que es como un antídoto contra la incomprensión: “Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya, porque la vida es larga y el arte es un juguete. Y si la vida es corta y no llega la mar a tu galera, aguarda sin partir y siempre espera, que el arte es largo y, además, no importa”.
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Hay mucha ironía en el hecho de que la cama de un hombre que prefirió vivir encerrado salga volando después de su muerte y se convierta en un objeto público. El Museo del Escritor es la invención de un par de argentinos con cultura y olfato, Raúl Manrique Girón y Claudio Pérez Míguez, quienes se han dedicado a acumular objetos, manuscritos y libros de escritores notables. La sede principal está en la Calle Galileo de Madrid, y en sus vitrinas hay objetos tan curiosos como las tirantas de Miguel Delibes, las pipas de Ramón Gómez de la Serna, un sombrero de Bioy Casares, una pluma de Borges, una boina de Ernesto Cardenal o un pasaporte de Tomás Eloy Martínez. Los cientos de libros y objetos donados por la viuda de Onetti permitieron hacer la exposición que estuvo en Alicante y le han dado peso y presencia al Museo. Ahora editan y venden libros de fotografías y facsímiles, comercializan memorabilia: vasos, playeras, y siguen a la caza de rarezas. Saben que su tarea tiene algo de fetichismo perdonable. Lo que sí sería imperdonable es que la gente prestara más atención a las reliquias que a las cosas que escribieron esos santos contemporáneos.
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La voz del viento
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¿Quién es Juan Carlos Onetti? ¿De qué hablan sus libros? ¿Fue o será alguna vez popular? Para empezar, es posible decir que se trata de uno de los pocos escritores que perdurarán más allá de estos tiempos de reyes desnudos y festivales literarios. Los más cercanos a él destacaban su ternura, su sensibilidad, su lenta y risueña alegría; pero también sus profundas depresiones. La fama y los honores no le importaban. Inspiraba temor porque era impredecible. Cuando alguien le habló de fraternidad, lo miró con desprecio y dijo que ninguno pasaba de rata o cucaracha. En sus libros los sueños terminan pisoteados, el amor tiene mucho de odio, y las relaciones de pareja suelen ser, sobre todo, miserias compartidas. Hay en su voz una tendencia a lo sórdido, lo triste, lo humillante; y, sin embargo, el conjunto es de una belleza que redime.
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La prosa de Onetti es de las más finas que ha habido en esta lengua de abusados y abusivos. Entre sus precursores es posible nombrar a Knut Hamsun, William Faulkner, Céline, Anatole France y hasta el impreciso autor del Eclesiastés. Nabokov no, su “lolitismo” le parece insincero, y en Cuando ya no importe (1993) se propuso llevar ese tema a nuevos territorios. El pozo(1939), La vida breve (1950) y El astillero (1961) son algunas de sus obras notables; pero el conjunto está interconectado; podría decirse que toda su obra es un solo libro. Sus editores parecen no entenderlo: en las ediciones más recientes de sus cuentos completos han incluido textos apurados que el mismo autor había descartado. Nunca fue popular y es posible que nunca lo sea. Pero siempre tendrá sus fieles seguidores.
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Tal vez ya se ha descubierto que formo parte de ese grupo. Como un empresario de circo, no pierdo ocasión de proclamar: “Vengan, asómense a ese mundo de derrotados donde la dignidad brilla como diamante. Miren a Jacob pelear contra el ángel del fracaso, humillarse humillando. Ausculten los ojos vacíos de Larsen, en medio de las ruinas del astillero; acompáñenlo en su aventura en busca un sitio al que pueda llamar hogar. Denle a Bob la bienvenida al deterioro, véanlo decirle adiós a su arrogancia juvenil. Acompañen a la mujer gorda a morir viendo la realización de un sueño. Vayan con Kirsten al puerto para verla ver partir los barcos imposibles que van para su tierra, ese sitio al que nunca volverá. Convivan unos días con el basquetbolista enfermo al que visitan dos mujeres, y compartan la envidia de otros moribundos que ni siquiera tienen eso. Vayan al infierno tan temido en que arde Risso mientras recibe las fotos que Gracia César se toma con sus amantes. Sientan la tristeza del hombre tan triste como su esposa, la mujer que –al suicidarse, al llevarse a la boca la punta del arma– pensó en una remota caricia que le dio a su marido cuando eran novios. Acompañen a Brausen a inventar un universo que le haga tolerable la existencia. Conozcan a la mujer condenada a enamorarse una y otra vez de un hombre al que detesta. Oigan a Linacero y traten de no cometer el error que cometieron su amigo y la prostituta, esos que no pudieron entender la pureza que brillaba justo en medio de su infierno. Reciban el dinero que les entrega Baldi y crean en sus mentiras, a la vez crueles y piadosas. Acompañen al conspirador que quemó Santa María pero no pudo destruirla. Pregúntense dónde está la verdad en las historias gemelas de la mujer muda, violada y asesinada. Pasen una temporada en el falansterio o acompañen a Jorge Malabia a visitar a la novia de su hermano muerto. Escuchen a la mujer flaca y preñada decir sin sobresalto las únicas verdades que uno puede proclamar: “Me parieron y aquí estoy”; asistan a la atroz hermosura de su parto. Entren si quieren por la última novela, una síntesis tan luminosa y leve como una levitación. Asistan a los últimos gestos de un Díaz Grey que nació viejo y cansado y se la pasó de libro en libro por más de medio siglo, hasta su papel absurdo de marido vicario y la resolución final de acabar con su vida imaginaria. Piérdanse en los infinitos laberintos de la incertidumbre y la indeterminación. Escuchen al viento, el soplo divino. Usen la puerta que la vida les depare y lean con el alma. En las profundas cavernas del sentido encontrarán las llamas de la purificación”.
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Última pincelada
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Hace veintidós años, cuando visité a Dolly Muhr en Madrid, le pregunté si Onetti había dejado textos inéditos. Dijo que sí, que después de Cuando ya no importe había seguido escribiendo como por inercia, pero que eran delirios breves e inarticulados. No quise insistir en conocerlos. El dolor por la muerte de Onetti todavía la agobiaba. Con el tiempo he visto salir a la luz algunos de esos textos y he comprobado la sospecha de que eran formas depuradas de su arte. Hace poco vi un documental en el que alguien leía el que quizá fue el último escrito de Juan Carlos Onetti, un texto mínimo que es una obra maestra:
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Porque la quería toda, señor Juez. Ella con su pasado, ella con su último pensamiento, para siempre oculto, lo que estaba pensando cuando murió”. “No pensaba. Usted la mató mientras dormía”. “Eso, señor juez. Su último sueño”.
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En Dejemos hablar al viento, Onetti cuenta la historia del pintor japonés que pasó toda su vida tratando de plasmar en el lienzo la belleza simple de una ola del mar y sólo pudo conseguirlo al final de una extrema ancianidad. Este breve relato es como esa ola final. En estas treinta y siete palabras se encuentra todo lo que la literatura ha querido expresar. Está el motivo de la mujer muerta, que para Poe era el más literario. Está el tema de la culpa asumida casi con gozo, que fue central en la obra de Onetti, y está la hipocresía general. Está la imposibilidad humana de encontrarse por completo con el otro. Están los infiernos personales en el umbral de lo social. Está el afán demencial de posesión que acompaña los desafueros del amor. Hay allí una teoría de los sueños y un tratado completo de psicología. En ese criminal que sabe más que quien lo juzga están las diferencias que hacen imposible cualquier diálogo. En esta despedida literaria están también los misterios del dormir y del morir, el instante para el que todo fue un preámbulo. Están la belleza, el delirio, la dicha, el crimen, la inocencia, los tristes forcejeos del entendimiento, la condición indescifrable de todo gesto humano.
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Onetti no era modesto sobre su arte. En una de las últimas entrevistas que le hicieron en su cama, dijo: “Ahí les dejo esa tarea”. Les hablaba a sus lectores y a sus hijos literarios. Quizá también pensaba en su última pincelada. Allí su arte lo ha conseguido todo sin que se vea el esfuerzo. Con sus últimos rasguños de la pluma en el papel nos ha dejado un misterio tan simple y complejo como la vida misma. Con razón se las daba.