domingo, 7 de febrero de 2016

El Grupo Alatorre, “Los Divinos” y López Mateos

7/Febrero/2016
Confabulario
Huberto Batis

A partir de mi amistad con Alfonso Reyes conocí a otro personaje muy importante para mí: Antonio Alatorre, que fue mi tutor en El Colegio de México (El Colmex). Un día me dijo que su hermano Enrique necesitaba un redactor para la revista que hacía en el Banco de México (Banxico). Rodrigo Gómez, que era el director general, nos dio toda la libertad en esa “publicación de la casa” que se daba a los empleados.

Enrique me enseñó a corregir, fotografiar, redactar y hacer las páginas de la revista. Todo lo que había aprendido en la Universidad lo puse en práctica allí. En esa publicación se difundían políticas de la Dirección, ideas del régimen, investigaciones sobre el peso, la moneda, el comercio internacional, el petróleo, la agricultura. Luego venía la parte social, la deportiva y la parte cultural. Ahí entrábamos José de la Colina, yo y Enrique Alatorre como director editorial.

Enrique también había estudiado Letras y escribía cuentos muy buenos, pero se dedicó más a la ecología, a vivir en la naturaleza. Le gustaba mucho tomar fotos en el campo. Tomaba fotos de una gota de agua en una hoja y luego cómo las gotas se reúnen, cómo forman un arroyo, una caída de agua, un río enorme y su llegada al mar: la historia de una gota de agua.

Después, Enrique se compró en Michoacán una cabaña para armar y se fue a construirla en Nuevo León. Luego de su jubilación huyó de la Ciudad de México y se trasladó a Xalapa, donde siguen sus hijos y nietos. Viven en un bosque, contemplativos, dedicados a la meditación. No buscaban adeptos. Nada. Yo le decía: “Invítame”. Y sólo una vez lo hizo. No me querían aceptar en su grupo. Era él solo con su familia, como una comuna. Y así vivían de lo que sembraban en sus cultivos. No quiso regresar a la capital por el esmog que había aquí. Se quedó en el bosque. Murió el año pasado a los ochenta y tantos años, después de Yolanda Iris, su mujer (a pocos meses).

Con Antonio Alatorre la relación fue distinta. Cuando era mi tutor en El Colmex le entregué un cuento que se llamó En las ataduras. Lo publiqué en Cuadernos del Viento. Era un cuento largo que me costó mucho. 30 años después de que lo publiqué, cuando Juan García Ponce era ya un novelista y cuentista consumado me dijo que había pensado: “Ojalá algún día llegue a escribir como Huberto”. Le reclamé: “¿Por qué entonces no me dijiste nada?”. Eso me hubiera animado mucho porque cuando publiqué mi cuento nadie decía nada.

Le di el cuento a Alatorre, que lo leyó en un camión de la UNAM a El Colmex. Cuando bajamos le pregunté qué le había parecido. “¿Qué me pareció qué?” , me preguntó. “Mi cuento”, le respondí. “¿Cuál cuento?” “El que acabas de leer”. Me dijo: “Eso no es cuento. Eso no es nada. Tú dedícate a leer, a estudiar y déjate de pendejadas”. Alatorre había descubierto a Rulfo y a Arreola en Guadalajara antes de que se vinieran a México. Los había impulsado y a mí me decía “eso no es nada”. Entonces dejé de escribir creación y me dediqué a estudiar, a la crítica, y a dar cátedra.

Un día, veinte años después, al salir de la Universidad me dijo Antonio: “Dame un aventón a San Ángel”. Le ofrecí llevarlo hasta su casa en Las Águilas. Ahí me invitó a tomarme una cerveza en el jardín. Después sacó unas cuartillas. Dijo que estaba escribiendo una novela y que me iba a leer un fragmento. Empezó casi a declamar una serie de hojas. Cuando me preguntó mi parecer me dije: “Va la mía”. “¿Qué me parece qué?” “Eso que te acabo de leer”, insistió. Y le respondí: “Ah, no es nada. No escribas. Tú dedícate a la filología. No estés perdiendo el tiempo”. Y Alatorre se puso a llorar. Me dijo: “Eso te dije a ti hace muchos años y todavía me arrepiento. Nadie debe decir: ‘No hagas eso’. Di lo que te parece, pero no digas ʻNo lo hagasʼ”. Cuando murió, el Fondo de Cultura Económica (FCE) le publicó esa novela que titulóMigraña. Fue lo único que Alatorre escribió de narrativa.

Desayunos y comidas de intelectuales

En México había en la cultura grupos de gente que se sentía superior y grupos de gente, digamos, más normal. Los aristócratas de México en la literatura y las artes se reunían en colegios e institutos: El Colegio Nacional, las Academias de la Lengua, de Historia, de Geografía y Estadística, etcétera.

Entre ellos había un grupo que se llamaba a sí mismo “Los Divinos”. Lo formaban personas muy valiosas y respetables. A finales de los años 60, asistí a una comida de “Los Divinos” en el restaurante Bellinghausen, adonde me llevó José Luis Martínez, mi jefe en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Él era de ese grupo. Me llevó en su coche hasta la Zona Rosa. Ahí, en la puerta del restaurante, siguió acordando conmigo el trabajo que íbamos a hacer. En eso llegó Abel Quezada, el caricaturista, un hombre muy jovial. Entonces Quezada dijo: “¿Qué hacen en la puerta? Pasemos”. Y José Luis Martínez le contestó: “No. Huberto se va”. Quezada le respondió: “¿Por qué se va? Yo pago las comidas. Así que yo lo invito”. De esa manera entré por única vez a ese círculo. En esa mesa me encontré a Jaime García Terrés, a Joaquín Díez-Canedo y a Alí Chumacero, entre otros. Algunos eran amables, otros distantes, apenas te dirigían la palabra y te saludaban.

Años después fui a otro restaurante. En la entrada me encontré a un grupo de escritores que publicaban en el FCE, entre ellos Juan Rulfo y Jaime García Terrés, que se sentía el más “divino” de todos. Al fondo del restaurante vi a los amigos que me habían invitado. De pronto se me acerco José Luis Martínez y me dijo al oído: “No creas que te vas a colar. No estás invitado”. Me sentí absolutamente segregado, repudiado. Le dije que no venía a juntarme con ellos. No sabían qué hacía yo en ese lugar tan elegante. Se sentían soñados, intocables, lo máximo. Entonces me retiré a mi mesa.

“Los Divinos” estaban esperando a Francisco Javier Alejo, recién nombrado por el presidente Luis Echeverría como director del FCE y que formaba parte de esa generación de funcionarios conocida como la “Efebocracia”, pues todos eran jóvenes. Cuando Alejo llegó, vio en la mesa de atrás a las personas con las que yo estaba y fue a saludarlas. Los que estaban en la mesa del FCE se quedaron ahí esperando de pie mientras él se sentaba en la mesa con nosotros. Un amigo mío le contó a Alejo lo que me acaba de suceder. Entonces Alejo me pidió que lo acompañara y me sentó en su mesa junto a todos los del FCE.

Al presidente Adolfo López Mateos le gustaba desayunar chilaquiles. Un día nos ofreció un desayuno al que asistieron Jaime Torres Bodet, secretario de Educación, Agustín Yáñez, que acababa de terminar su periodo como gobernador de Jalisco, Juan Rulfo, Homero Aridjis y Juan José Arreola, con otros muchos.

Esas reuniones las inventó el poeta Arturo González Cosío, que trabajaba en el área de Prensa de la Presidencia con López Mateos. Al final del desayuno nos incluyeron a mí y a las muchachas de la revistaRehilete, entre ellas Beatriz Espejo y Margarita Peña. El presidente nos preguntó a cada uno: “¿Qué estás haciendo tú y qué necesitas?” Cuando fue mi turno le dije: “Yo  hago Cuadernos del Viento y necesito vender mi revista”. Entonces dijo a su personal: “Cómprenle 100 suscripciones para que se reparta en todas las bibliotecas públicas”. Cuando llegó la oportunidad de Arreola, le dijo al presidente: “Yo no estoy haciendo nada porque necesito una transfusión urgente”. Se refería a una transfusión de lana. Luego Aridjis dijo: “Yo también”, y al final del desayuno se fueron en el coche del presidente.

Libros e industria editorial: el negocio contra la cultura

7/Febrero/2016
Jornada Semanal
Juan Domingo Argüelles

La industria editorial, en sus mejores momentos, está asociada a la creación y a la divulgación de la cultura; estrechamente vinculada al progreso de la educación y a la formación de conocimiento, lo mismo si se trata de literatura que si se refiere a la ciencia, el arte, la historia, la religión, los viajes, etcétera.
Después de la segunda guerra mundial (1939-1945) tocó a la industria editorial la reconstrucción más importante: la del pensamiento. Y esta reconstrucción (que se hizo a la par de retirar escombros y levantar nuevas edificaciones) corrió a cargo de las editoriales universitarias y los sellos independientes, cuyos impulsores tenían la certeza de que ninguna reconstrucción sería duradera si, en medio del nihilismo ocasionado por la barbarie bélica, no se reedificaba la inteligencia.
La historia de este antídoto contra la devastación no sólo de los edificios sino, sobre todo, de la conciencia y el saber, la encontramos en muchos libros, pero especialmente está en dos volúmenes ejemplares: La industria del libro. Pasado, presente y futuro de la edición (Anagrama, 2001), de Jason Epstein, y La edición sin editores. Las grandes corporaciones y la cultura (Era, 2001), de André Schiffrin. Estos libros cuentan la historia de los esfuerzos y afanes denodados por restablecer la confianza en la cultura y en la educación en los años finales de la primera mitad del siglo xx.
Fue así como, después de la destrucción y la muerte, los auténticos editores (gente preocupada por la cultura y por la educación más que por el dinero) se propusieron, lo mismo en Europa que en Estados Unidos, fortalecer el saber, hacer más sólido el pensamiento, diversificar las ideas y animar un ambiente de conocimiento que hiciera reflexionar a las personas sobre el sentido más profundo de la existencia.
Surgieron y resurgieron así los editores, casi todos ellos hombres de sólida cultura y patente formación, fruto de las universidades, que no se conformaron con publicar y vender libros, sino que buscaron ampliar los intereses intelectuales de las personas, invitándolas y estimulándolas a acercarse a temas y asuntos ignorados o soslayados.
Stanley Unwin (1884-1968), en el Reino Unido; Alfred a. Knopf (1892-1984), Richard l. Simon (1899-1960) y Lincoln Schuster (1897-1970), en Estados Unidos; Giulio Einaudi (1912-1999), en Italia, y Maurice Girodias (1919-1990), en Francia, son sólo algunos nombres de auténticos editores y no únicamente de negociantes del libro; gente que creía que la cultura escrita era una extensión decisiva e indispensable de la educación formal y no sólo un pretexto para hacer dinero a partir de una noble mercancía.
Para Jason Epstein, creador del sello Anchor Books (“que desencadenó la llamada revolución del libro de calidad en rústica”) y quien fuera durante muchos años director editorial de Random House (cuando decir esto era decir algo importante), “la edición de libros es por naturaleza una industria artesanal, descentralizada, improvisada y personal; la realizan mejor grupos pequeños de gente con ideas afines, consagrada a su arte, celosa de su autonomía, sensible a las necesidades de los escritores y a los intereses diversos de los lectores. Si su objetivo primordial fuera el dinero, estas personas habrían elegido otras profesiones”.
Esto coincide con lo que sostenía Giulio Einaudi: el verdadero editor no es el que sale al encuentro del gusto del público (que puede ser por cierto el peor gusto) y que se alinea a la moda para producir lo que más se vende (así sea chatarra), sino “el que introduce en la cultura las nuevas tendencias de la investigación en todos los campos: literario, artístico, científico, histórico o social, y trabaja para que emerjan los intereses profundos, aunque vaya a contracorriente. En vez de suscitar el interés epidérmico, de secundar las expresiones más superficiales y efímeras del gusto, favorece la formación duradera”.

I I

Lo expresado por Epstein y Einaudi exhibe justamente a la empresa y al mercado editorial de las grandes corporaciones que, actualmente, carecen de todo interés por editar culturalmente, puesto que su precepto es vender: vender lo que sea, con tal de que se venda. Lejos han quedado los editores que se esforzaban por crear cultura. Hoy, como lo señala André Schiffrin (quien fuera director de Pantheon Books y cuyo padre fundó la célebre colección francesa de La Pléiade), casi todo el mercado del libro está en manos de ejecutivos de las grandes corporaciones que lo mismo fabrican armamento que libros, y cuyo único interés es la amplia ganancia y no la cultura, mucho menos la educación y el rendimiento moderado. A estos altos ejecutivos, que trabajan en el medio editorial como podrían hacerlo en otro negocio, ¡que nadie les hable de ganancias marginales!
Explica Schiffrin: “Hasta hace bien poco, la edición era esencialmente una actividad artesanal, a menudo familiar, a pequeña escala, que se contentaba con modestas ganancias procedentes de un trabajo que todavía guardaba relación con la vida intelectual del país. Durante los últimos años, los grandes grupos internacionales fueron adquiriendo las pequeñas editoriales una tras otra, y estas editoriales compradas por los grupos implicados en la industria cultural han visto desaparecer de sus catálogos los títulos más prestigiosos o aquellos destinados a la enseñanza”.
De hecho, a las grandes corporaciones que, entre otras cosas, fabrican libros, la enseñanza y la cultura no les interesan en absoluto. Sus intereses están en la ganancia rápida y el lucro desmedido. Es comprensible: si lo mismo venden aviones que armas (como es el caso de Lagardère, en Francia, dueña de Hachette Livre), ¿por qué demonios habrían de interesarse en la educación y en la cultura? Su prioridad es la ganancia y no por cierto marginal, incluso tratándose de libros. Con las grandes corporaciones de hoy, que han ido absorbiendo y muchas veces depredando los sellos editoriales independientes de prestigio, es bastante probable que nunca se hubiera publicado el Ulises, de Joyce.
Mucho de lo que se vende hoy por miles no sobrevivirá en absoluto. Lejos han quedado las sabias palabras de Stanley Unwin: “Si buscas ante todo dinero, no te hagas editor.” Pero quienes hoy se dicen editores, porque publican y venden libros (de lo que sea, lo mismo da, en tanto se vendan), “al no poder enorgullecerse de lo que editan, se consuelan con las delicias de la vida de los grandes grupos, restaurantes de lujo, coches con chofer y otros símbolos de estatus social”, como atinadamente observa Schiffrin.
En su Léxico editorial. Para uso de quienes todavía creen en la edición cultural (2002), Mario Muchnik, otro auténtico editor de la vieja guardia, coincide con Schiffrin y, a propósito de la rentabilidad de una editorial, añade que “la cultura del libro necesita, para sobrevivir, la pequeña librería de barrio”, justamente esa librería que está en vías de extinción producto de los grandes establecimientos vendedores de chatarra de flujo rápido. Las grandes librerías de amplias superficies de exhibición prestan muy poca atención a los libros de vocación cultural y educativa, de flujo lento; en cambio privilegian, y en grandes pilas, los libros de moda que se venden no por cientos ni por miles sino por toneladas.
Pero, además, Muchnik señala otro dato preocupante: el de las ganancias desmedidas de los grandes consorcios editoriales, que no se pueden conseguir si no es por medio de la venta de chatarra y no de las obras formativas, de profundo calado. Advierte Muchnik: “Schiffrin demuestra que, como tal, el libro puede sobrevivir a lo que Octavio Paz llamaba ‘la rentabilidad animal’, pero no sin algún tipo de acuerdo entre editores in-dependientes dispuestos a presentar batalla al criterio de la bottom line como índice de buena gestión editorial. Editoriales francesas de reconocido prestigio, como Le Seuil o Gallimard, han fijado y mantienen márgenes inferiores al tres por ciento, cuando Random House (y ahora su nuevo dueño el grupo Bertelsmann) pretende, de todas las editoriales que agrupa, el quince por ciento o más. El resultado inevitable es el empobrecimiento y la uniformización de los respectivos catálogos, la desaparición de líneas editoriales enteras (y, con ellas, de sectores enteros del pensamiento y de la creatividad de los autores), la consiguiente aridez de la oferta de lectura y, por ende, del diálogo social”.
De hecho, a estos consorcios editoriales ya no les interesa el catálogo sino sólo el inventario, pues ya no publican libros que realmente vayan a permanecer vigentes, sino objetos (similares a los libros) cuya venta ha de ser inmediata, para luego de alcanzar la ganancia triturar y hacer viruta los miles de sobrantes. Por lo demás, ¿cómo podría formarse un catálogo con publicaciones coyunturales (independientemente del género) cuyos autores, además, no están interesados en construir una obra seria, sino en vender rápidamente muchos ejemplares? Ganancia inmediata mata catálogo.
Los consorcios del consumo cultural publican libros vendibles, no perdurables. Los autores de tales libros tratan, oportunistamente, temas de moda (generalmente novelados), que a nadie le importarán mañana, pero que dejan buenas regalías en cosa de tres semanas. Y los encargados de “editar” y publicar tales libros les piden más de lo mismo. Entre esos productos no aparecerán jamás una Conversación en La Catedral, un Pedro Páramo, un Ficciones, un Cien años de soledad, un Juntacadáveres, que es lo mismo que nombrar las imposibilidades de un Vargas Llosa, un Juan Rulfo, un Borges, un García Márquez, un Onetti; en cambio, sí, muchas páginas escritas deprisa y publicadas deprisa que serán olvidadas con la misma prisa con las que se vendieron, y que fueron leídas aprisa por lectores impacientes formados no por la literatura, sino condicionados por el mercado.
Resulta lamentable lo que está produciendo este negocio editorial que se ha olvidado de la cultura para quedarse únicamente en negocio, pero especialmente en un negocio (la negación del ocio) cuya única aspiración es la codicia.

I I I

¿Cómo se puede saber hoy si una empresa editorial está interesada en la cultura y en la educación y no únicamente en el negocio? La evidencia es su catálogo vivo y, en particular, los títulos de gran calidad y los autores perdurables de ese catálogo. Todo lo demás es desechable. Por ello hoy, sin duda, son los editores independientes, los universitarios, los especializados (poesía, ensayo, filosofía, clásicos) y los que a pesar de estar en un consorcio se preocupan lo mismo por las ganancias que por la buena calidad de sus libros, los que tienen realmente catálogo. Los demás sólo tienen inventario.
La codicia en el mercado editorial está acabando con la cultura del libro del mismo modo que ya casi acabó con la cultura del disco, en el caso de la música. Ramón Akal, otro importante editor que ha beneficiado grandemente a los lectores de lengua española con su extraordinario catálogo del Grupo Editorial Akal, fue muy claro cuando, de visita en México, advirtió que el neoliberalismo ha uniformado todo el proceso de edición y, por tanto, de conocimiento en el mundo (La Jornada, 22/ix/2015).
Añadió: “Se lee aquello que los grandes grupos estiman que debe leerse. Se lee y se olvida inmediatamente, porque no deja ningún poso.” Fundada en 1972, la editorial Akal surgió con la finalidad de publicar y difundir obras que incidan de manera positiva en la generación del pensamiento crítico, libros que cuestionen las creencias, obras que estimulen el pensamiento. Quien vea el catálogo de Akal puede comprobar que esto es exacto.
Y, adicionalmente, con un riesgo que un verdadero editor asume de manera valiente, y que todo falso editor evade para no perder sus privilegios en el consorcio. “Nosotros publicamos libros que se agotan en un plazo muy largo, porque la lectura en profundidad cansa, frente a un mercado que tiene acostumbradas a las personas a series de televisión, películas y libros donde la banalidad es el principio básico”, sentenció Ramón Akal.
Este elogio de la lentitud en la formación intelectual y emocional, frente a la prisa y la banalidad; este encomio del libro que no se hace para agotarse en un par de semanas, frente a la celeridad frívola del mercado editorial como negocio de altas ganancias, revelan a un verdadero editor, frente al poder del dinero, la celebridad y la vacuidad que todo lo arrasa. En agosto de 2015, en El País, Gustavo Martín Garzo expresó, con aforística razón: “Pocas veces las palabras y las ideas han valido menos.” Y todo ello a pesar de la vorágine parlanchina y desinhibida de quienes compran el libro de moda que el mercado les impone para que se sientan informados y “actuales”: versados en la palpitante insustancialidad 

domingo, 31 de enero de 2016

“Aquí deberían estar sus nombres”

31/Enero/2016
Confabulario
Eduardo Mejía

Esto nos lo contó Juan Vicente Melo a Isabel Fraire y a mí, en su departamento en Mariano Escobedo casi esquina con Mazaryk: Fue a recoger ejemplares de su novela La obediencia nocturna a la Editorial Era y en la puerta se encontró a Huberto Batis, quien, sonriendo, se despidió diciéndole: “Adiós, hijo mío”, y se rió. Dentro le dijeron que no podían darle ejemplares porque habían detectado un error pero que en unos días ya estaría bien. Como pudo, investigó que en la página de la dedicatoria en vez de “A mi padre./ A Huberto Batis”, como se lee ahora, decía “A mi padre/ Huberto Batis”. Por desgracia deben haber sobrevivido muy pocos ejemplares con esa errata.

Pero hay otro detalle: en su “Autobiografía precoz” (de la colección “Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos”, Empresas Editoriales, 1966), Melo confiesa la enemistad con su padre, quien vio irritado que su hijo no sería médico, tal como la tradición familiar ordenaba. Aunque cursó y terminó la carrera de Medicina nunca pudo ejercerla; dedicarle el libro más complejo a su padre podría ser un intento de reconciliación o un nuevo desafío.

Otra historia parecida: la dedicatoria de la novela Gazapo dice “Este libro es para mi padre”. En su “Autobiografía precoz” –de la misma colección en que se publicó la de Melo– Gustavo Sainz declara que su padre, al ver que en la novela había palabrotas y se describían escenas sexuales, se abstuvo de leerla y escondió los ejemplares que había en la casa para no dejarlos en manos de sus hermanos menores.

Los autores de un libro, una tesis, y hasta una cinta (François Truffaut, Richard Lester, pioneros de este ejercicio ya frecuente en el cine) hacen patente su agradecimiento, amistad, amor hacia una persona en especial dedicándole un libro. El poema “Nocturno”, de Manuel Acuña, es un caso ejemplar, pues la dedicatoria “a Rosario” pasó, en la voz popular, a integrarse al título: “Nocturno a Rosario”.

En el Siglo de Oro los autores dedicaban las obras a sus mecenas o a quienes permitían su impresión. LasNovelas ejemplares y Los trabajos de Persiles y Segismunda, de Miguel de Cervantes, por ejemplo, van dirigidos a Pedro Fernández de Castro (dedicatoria de dos páginas, aunque él mismo aconseja que sean breves y sucintas). El Quijote está dedicado al duque de Bejar, marqués de Gibraleón, conde de Benalcaçar y Bañares, vizconde de la Puebla de Alcozer, señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos (Alonso Diego López de Zúñiga y Sotomayor). En cambio, William Shakespeare, quien dirigió la mayoría sus obras pero sólo vio publicados sus sonetos, no tuvo que dedicar más que a “Mr. H.V.”, del que sólo se sabe que inspiró alguno de esos poemas. Pero la tradición es más bien reciente, y a veces sospechosa. Sor Juana, por ejemplo, dedicaba algunos de sus poemas a sus protectoras y las hacía partícipes de pasiones que no siempre compartían. Una de las dedicatorias más célebres de Manuel José Othón –“Idilio salvaje” para Alfonso Toro– sirvió para disimular una relación amorosa con una mujer que lo enardeció hasta el arrepentimiento y la desolación.

Pero no todas esconden o revelan pasiones. En la dedicatoria de Moby Dick se lee: “En señal de mi admiración por su genio, este libro está dedicado a Nathaniel Hawthorne”, pero Juan García Ponce enDesconsideraciones aclara que: “Melville confesó que la elogiosa dedicatoria […] ocultaba la malvada intención de aplastarlo con su genio, vengándose así de la incomprensión que el escritor admirado había mostrado por sus obras anteriores”. Es curioso que Desconsideraciones, deliciosa recopilación de notas misceláneas, sea la que García Ponce le dedicó a Huberto Batis y no alguna de las novelas en que este crítico literario es personaje, según se dice.

En el mismo tono, William Faulkner dedicó Sartoris, su primera obra maestra, al novelista Sherwood Anderson, “gracias a cuya amabilidad llegó a publicarse mi primera obra, con la confianza de que este libro no le dará motivos para lamentarlo”. En la entrevista que concedió en 1956 a The Paris Reviewcuenta que conoció a Anderson en Nueva Orleans, con quien solía tomar caminatas vespertinas y mantener conversaciones con la gente. Por las noches volvían a reunirse y tomaban una o dos botellas mientras Anderson hablaba y Faulkner escuchaba. “Antes de mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Decidí que si ésa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro […] Me olvidé que no había visto a Mr. Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta y me preguntó: ‘¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo?’ Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: ‘Dios mío’ y se fue… me encontré a Mrs. Anderson en la calle […] Ella dijo: ‘Sherwood está dispuesto a hacer un trato con usted. Si no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro’. Le dije: ‘Trato hecho’. Y así fue como me hice escritor.” Faulkner no fue pródigo en dedicatorias, excepto en sus primeras novelas, y en la última, muy familiares. Ni El sonido y la furia, Mientras agonizo, Absalón, Absalón ni cualquiera otra de sus obras maestras se la dedicó a nadie.

Igualmente, Juan José Arreola no dedica ni Confabulario ni Varia invención, aunque sí Palíndroma (A Tita Valencia) y un texto suelto a Octavio Paz. Éste, por su parte, tampoco dedicó muchos de sus libros. La Advertencia de El arco y la lira agradece “la ayuda del Colegio de México, finalmente, dio libertad a mis ocios y a mí la posibilidad de ocuparlos en redactar estas páginas. Gracias, pues, a don Alfonso Reyes y al Colegio”. Estas palabras se transformaron a partir de las ediciones subsecuentes: se extendió el reconocimiento por el estímulo de la amistad y las obras de Reyes, y se eliminó al Colegio. En sus libros de ensayos no hay muchas dedicatorias, excepto en El ogro filantrópico, cuyas cuatro secciones están dedicadas a Gabriel Zaid, Enrique Krauze, Eduardo Lizalde y a Mario Vargas Llosa.

En la poesía Paz fue más prolífico, aunque muchas de estas dedicatorias fueron a posteriori. La última versión de “La poesía”, en la sección “Calamidades y milagros” de Libertad bajo palabra, está dedicada a Margarita Michelena, mientras que las ediciones de 1960 y de 1968 están dedicadas a Luis Cernuda. Por su parte, la dedicatoria de 1960 en “El desconocido” decía: “Homenaje a Xavier Villaurrutia”, mientras que en Obra poética dice sencillamente: “A Xavier Villaurrutia”. “Fábula”, de Semillas para un himno, no tenía dedicatoria, pero en la última edición estaba dedicado a Álvaro Mutis. Seguir los cambios en los poemas (y de los poemas) de Paz es tan complicado como ordenar la discografía de algunos conjuntos musicales, como The Rolling Stones: demasiados y demasiado complicados y significativos. Quien se arriesgue a una biografía definitiva de Paz debe tomar en cuenta sus dedicatorias. Chance Guillermo Sheridan o Hugo J. Verani puedan descifrarlas.

Para seguir con otros grandes, Juan Rulfo dedica a Clara (su esposa), escueta pero solemnemente El Llano en llamas, pero a nadie Pedro Páramo. Los relatos de Ven, caballo gris, de José de la Colina, llevan dedicatoria (para José Emilio Pacheco, Emilio Carballido, Yolanda y Enrique Alatorre, Sergio Galindo, entre otros), pero los de La lucha con la pantera están dedicados a María.

Al hablar de Sergio Galindo estamos obligados a rastrear sus dedicatorias, pues él tenía la teoría de que debían dirigirse a alguien que tuviera que ver con la anécdota de la novela o el relato, lo que nos lleva a pensar si son protagonistas o informantes de la trama (una excepción: en Los dos Ángeles uno de los personajes es don Ángel Bárcenas, un sabio que trabajó muchos años al lado de Galindo y a quien ya le había dedicado el cuento “Me esperan en Egipto”; a Jorge González Gaytán le dedicó dos de sus textos).

Las dedicatorias deben leerse con curiosidad. Llama la atención que Norman Mailer, por lo regular escueto en las que dirigió a sus esposas e hijas, haya dedicado El prisionero del sexo, un violento argumento contra las feministas, a Carol Stevens. Aunque el libro es de 1969, se casó con ella en 1980 por unos cuantos días para legitimar a la hija que tuvieron poco después de la publicación del libro. Otra dedicatoria notable fue a Mohamed Ali y Joe Frazier en The King of the Hill, una de las más contundentes páginas de Mailer, breve como knock out del antiguo Cassius Clay. Paul Simon (“A Simple Desultory Philippie”) y John Lennon (“Give Peace A Chance”) le dedicaron canciones a Mailer.

Alfonso Reyes fue prolífico no tanto en las dedicatorias sino en los textos en los que estudia la obra o la personalidad de amigos o autores admirados. La primera edición de Cuestiones estéticas tiene una discreta nota: “A Pedro Henríquez Ureña”, que en el primer tomo de las Obras Completas de Reyesaparece muy destacada. En su primera publicación Cartones de Madrid tenía una larga dedicatoria: “A mis amigos de Madrid y de México, salud”, que suprimió y recuperó para el tomo II de sus Obras Completas. Pero en general, sus ensayos, artículos, reseñas, e incluso sus poemas no necesitan dedicatoria, excepto una muy humilde que aparece en la primera serie de Simpatías y diferencias y que dirige a los tipógrafos y correctores del diario madrileño El Sol: “quienes tantas veces —textual— y con esa serenidad que es la más alta condición de su oficio, tuvieron que tolerar, al componer estos artículos, mi impaciencia o mi tardanza, mis fidelidades a la regla, o mis personales manías ortográficas”. Sobre todo en sus poemas, la dedicatoria consiste en escribir a la manera del homenajeado.

Carlos Fuentes siempre presumió de amistades y eso lo demuestran sus dedicatorias: “A mis padres, este libro escrito con ellos”, dice en Los días enmascarados, dedicatoria que desapareció en la edición de Era. Otras de sus dedicatorias son para Rita (Macedo), Luis Buñuel (dos veces), C. Wrigt Mills, Tere y Manuel Barbachano, José Luis Cuevas, Pilar y José Donoso, Gabriel García Márquez, Carlos Velo, Fernando Benítez (dos veces, y a quien también le dedicaron libros José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis), Bertha Maldonado, Julio Cortázar (dos veces), a sus hijos, a María Casares, Arthur Miller, Shirley McLaine, Hélène Cixoux, Sylvia (Lemus), William Styron, Teodoro Césarman, Peter Lorre, Pablo Neruda, Juan Goytisolo (dos veces), Harold Pinter, José Emilio Pacheco… Como se ve, puras celebridades. Es curioso que dos de sus libros más polémicos, Zona sagrada y Diana o la cazadora solitaria, no lleven dedicatoria, aunque sus protagonistas sean muy reconocibles.

Parco en las dedicatorias de sus inicios (para Angélica María, para “mi papi”, la mayoría para Margarita), José Agustín en un par de libros (Se está haciendo tarde, segunda edición, y Dos horas de sol) dedica a todos sus amigos, mayores, contemporáneos, discípulos. En uno de ellos, las dedicatorias ocupan dos páginas y media, aparte de las menciones juguetonas o a manera de desquite, dentro de los textos. Al revisarlas, es notorio el hecho de que varias de esas parejas ya no lo son.

Las dedicatorias exhiben historias. Las obras de ficción de Juan García Ponce están dedicadas a tres de sus cuatro esposas y a otras mujeres que lo acompañaron siempre. La primera, sin embargo, es para “el maestro Salvador Novo”, quien presidió el jurado que premió su obra teatral El canto de los grillos, publicada por el gobierno. Esta es la única que no va dirigida a los miembros de su generación.

Pero la más célebre de las dedicatorias es la que encabeza El manto y la corona, una de las obras maestras de la poesía mexicana. En ella, Rubén Bonifaz Nuño declara: “Aquí debería estar tu nombre”, un enigma más o menos descifrado por los cercanos a uno de los cinco mayores poetas mexicanos de la segunda mitad del siglo XX. Fue parodiado por Monsiváis y Pacheco en el homenaje a este último en Bellas Artes.

Para Carlos Guzmán, José Emilio Pacheco, José Agustín, Juan García Ordóñez, Marco Antonio Campos, Héctor Perea, Carlos Ramírez, Francisco Elorriaga, y con envidia, para Hugo Hiriart por su magistral ensayo “El arte de la dedicatoria”.

domingo, 24 de enero de 2016

Revista Mexicana de Literatura (tercera época)

24/Enero/2016
Confabulario
Huberto Batis

Hasta 1963 Tomás Segovia dirigió la Revista Mexicana de Literatura junto con Antonio Alatorre. El Consejo de Redacción se reunía en la casa de Inés y Tomás. Ella preparaba café y galletitas para los invitados, pero un día no llegó nadie. Era un desastre y en ese estado le dejó Tomás la revista a Juan García Ponce porque se fue a trabajar a la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) en Uruguay. Inés y Tomás se llevaron a sus tres hijos: Inés, Ana y Francisco. Ella entró a trabajar allí como secretaria y él como intérprete porque dominaba el francés desde niño cuando vivió en los campos de refugiados españoles en Francia y África.

En Uruguay Inés se planteó muy pronto la necesidad de divorciarse porque Tomás era muy enamoradizo ˗o como se dice, era un conquistador irredento˗. Ya estaba advertido por Inés de que no le toleraría más y habían decidido irse a Uruguay para salir de varios líos que tenía Tomás en México. En Uruguay volvió a presentarse la misma situación y se separaron definitivamente.

Entonces García Ponce empezó a dirigir la Revista Mexicana de Literatura con un Consejo de Redacción amplio en el que estaban Inés Arredondo, que acababa de regresar de Uruguay, Jorge Ibargüengoitia, Juan Vicente Melo, Gabriel Zaid, Rita Murúa y otros, entre ellos yo mismo.

Cuando entré a la revista, Inés tenía sus dudas, pero después nos hicimos íntimos. Ella estaba divorciada de Tomás y mi mujer, Estela Muñoz, estaba en París. Yo me sentía libre de hacer y deshacer mi vida, y deshice mi vida a su regreso. Un día, mi mujer le preguntó a Inés cuáles eran sus intenciones conmigo. Ella le contestó que no tenía ningún plan porque estaba enferma, que no deseaba deshacer un hogar con hijos, y porque ella no era una destructora de matrimonios. Mi esposa no estuvo contenta con esa respuesta y me preguntó qué planes tenía yo. Le dije: “Los planes que tú tengas”. Y me respondió que su plan era que me fuera de la casa que teníamos en Tlalpan. Ya me tenía preparada la maleta. Tuvimos una escena con las niñas llorando porque se iba su papá, ellas agarradas de mí, su madre y yo discutiendo, ella echándome de la casa con mis maletas.

Me fui a casa de Inés. “Ya llegué”, le dije. Ella me respondió: “¿A qué vienes? Tú no vas a vivir aquí. Fui clara contigo. No vas a ser mi pareja”. Pero como ese día no tenía dónde dormir ni dinero para pagar un hotel, Inés me dejó dormir en la cama de su hijo Francisco. Ahí pasé la primera noche de mi separación.

Al día siguiente un amigo mío, Vicente Alverde “el Poeta del Alba”, me ayudó a conseguir un departamento en un edificio que estaba en la esquina de Mariano Escobedo y Euler. No sé cómo pude pagarlo. No tenía muebles, nada. Empecé desde cero. Pronto me conseguí un colchón en el suelo y algunos muebles para acomodar la ropa.

Tiempo después le dejé mi departamento a Juan Vicente Melo porque mi ex mujer me había dejado la casa de Tlalpan. Dijo que no le gustaba la lejanía y se fue a vivir a otro lado. Entró a trabajar a la Dirección de Cinematografía, donde se hizo de amigos y llegó a ser secretaria del director, Hiram García Borja. Después fue secretaria de Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación del presidente Luis Echeverría.

Una mañana salí de mi casa y cuando regresé no había nada. Se había llevado todo en camiones del Ejército, ayudada por soldados que le prestaron de la Secretaría de Gobernación. Se llevó los muebles. Arrasó con todo. ¿Cómo luchas contra Gobernación?

Antes, durante el sexenio de Díaz Ordaz, me habían querido quitar la chamba de director de la Revista de Bellas Artes. Sabíamos que en las oficinas de Agustín Yáñez, secretario de Educación, y de José Luis Martínez, director de Bellas Artes, había micrófonos. Decíamos: “No digas nada. Vámonos a otra parte”, y nos salíamos a caminar a otro lado para hablar de nuestras cosas.

En una ocasión, Yañez me dio una carta que le habían dirigido. Decía: “Usted tiene a un enemigo de la República dirigiendo la Revista de Bellas Artes”, estaba firmada por Emilio Martínez Manatú, secretario de la Presidencia. Yáñez me dijo: “Tienes que irte del país. Puedo proponerte como agregado cultural en Chile o en Suiza”. Días después me dijo que el secretario de Relaciones Exteriores, Jaime Torres Bodet, me había rechazado. Resulta que yo había escrito una reseña de su breviario del Fondo de Cultura Económica sobre Balzac y Fernando Benítez en La Cultura en México lo cabeceó “El Balzac de un burócrata”. Don Jaime me había dado la espalda en una reunión de la casa Empresas Editoriales, que era de Martín Luis Guzmán y Rafael Giménez Siles, indignado por mi reseña, según yo elogiosa.

Eso me salvó del golpe al presidente Salvador Allende en la embajada de Gonzalo Martínez Corbalá y de las apacibles praderas de “lucias” (como las llamaba Julio Torri) vacas suizas. La respuesta de Yáñez a Martínez Manatú fue oficial: “Recibí su atenta carta del tal y cual fecha…” Esos sucesos me advirtieron que debía mantener un bajo perfil para no estar en la mira del gorilato de Gustavo Díaz Ordaz.

Por aquellos días aciagos del 68 Juan García Ponce había llevado un artículo a Excélsior y Julio Scherer le dijo que no lo podía publicar. A la salida empujaban su silla Nancy Cárdenas y Héctor Valdés y fueron detenidos en pleno Paseo de la Reforma. Los esbirros le decían a Juan que caminara, que no fuera farsante, a lo que él contestaba: “Ojalá pudiera. Me encantaría no sólo caminar, sino correr y bailar”. Lo levantaban y lo soltaban y Juan caía al suelo. Scherer, al enterarse que fueron apresados, le llamó al subsecretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, quien puso en libertad a Juan y a sus acompañantes.

¿Qué pasó con Inés y con toda la generación de la Revista Mexicana de Literatura que renunciamos en apoyo de Juan Vicente Melo? Inés Arredondo y yo logramos reingresar a la UNAM a través de Ricardo Guerra, que nos mandó al CCH Azcapotzalco. Ahí nos tocó una época nefasta durante el sexenio de Luis Echeverría: “El Halconazo”.

Cuando murió Inés Arredondo me hablaron muy temprano Juan José Gurrola y Guillermo Sheridan. Me dieron la noticia que habían escuchado en Radio UNAM. Fui al sepelio de Inés. La enterraron en el panteón Jardines del Recuerdo, en el Estado de México.

Antes de morir quiso verme. Era de Culiacán, Sinaloa, y le habían traído lichis y mangos. Ella describe en un cuento cómo comía los mangos, cómo le corría el jugo por el brazo. Así los comimos.

domingo, 17 de enero de 2016

Los liberales mexicanos en Nueva York

17/Enero/2016
La Jornada Semanal
Marco Antonio Campos

A la manera de José Emilio Pacheco, Vicente Quirarte es el hombre de letras de su generación. Conocido como poeta, ensayista, cronista y cuentista, Quirarte nos entrega ahora, a sus sesenta y un años, su primera novela, La isla tiene forma de ballena (Seix Barral, 2015), en la que recrea con viveza un trozo de historia escasamente conocido, el cual es la vida de una veintena de liberales mexicanos en los años de la Intervención Francesa (1863-1867) en Nueva York, del cual el más destacado, el alma de la resistencia, pese a aparecer poco, es el periodista y político Francisco Zarco. En la novela, Quirarte combina personajes reales y ficticios, hechos reales e inventados, documentos auténticos y falsos…Curiosamente, sobre los que más giran los hechos, sobre quienes se sostiene más la intriga, son los ficticios (Arístides Bringas, eje clave; Sebastián Casanueva, joven poblano converso al liberalismo; Luz Contreras Flannagan, una suerte de Mata Hari enviada por los conservadores para torpedear a los enemigos políticos), y en segundo término, quien descuella es Margarita Maza, que dirige cartas a su esposo Benito Juárez, en las cuales relata las andanzas de la familia en NY y Washington y recuenta acerca de lo que se va enterando del acaecer político en nuestro país. Como todo mexicano sabe, la esposa e hijos de Juárez se refugian en 1864 en Nueva York y luego en Washington para evitar un posible secuestro por parte del ejército de ocupación. La familia permanecería en EU tres años. Se instala en Nueva York de principio en la calle 13 este # 26. Llega durante el último tramo de la terrible Guerra civil estadunidense que, para fortuna de México, ganaron los unionistas a los confederados.
Pese a no aparecer como personaje activo, detrás de cada línea, se percibe, en una vía, la gran sombra de Juárez, y en otra vía, el dilema o el destino de la forma de gobierno de un país desangrado: monarquía o república. Entre los más conocidos miembros del Club Liberal Mexicano en ny se contaban, además de Zarco, el coronel Manuel Balbontín, “historiador verídico” (así lo llamó el académico Fernando de Ocaranza); Jesús González Ortega, general triunfador de la batalla de Calpulalpan y candidato fallido a sustituir a Juárez en la presidencia en 1864; Juan Jozé Baz, exgobernador del Distrito Federal, liberal enconado; el zacatecano Felipe Berriozábal, varias veces después secretario de Guerra y Marina; José Rivera y Río, autor de Los dramas de Nueva York, y el yerno de Juárez, el cubano Pedro Santacilia, casado con su hija Manuela, y corresponsal esencial del oaxaqueño. Buen número de los liberales en Nueva York había participado antes en la guerra con los Estados Unidos (1846-1848), en la Revolución de Ayutla de 1855 y en la Guerra de los Tres Años (1857-1860). En una guerra injusta, como la hecha por los franceses, cada quien tiene una manera de defender su país. En el exilio estadunidense, los liberales lo hicieron con la diplomacia, la compra de armamento, la búsqueda de apoyos, la pluma…
En La isla tiene forma de ballena, el autor combina la crónica, el diario, el epistolario, el diálogo, la descripción urbana, el pasaje histórico, y en diversas páginas describe el Nueva York de aquel decenio muy lejos de la mínima pulcritud, con sus barrios y calles y comercios y teatros y parques y hospitales y cementerios y gente de múltiples nacionalidades y razas…
Poseedor Vicente Quirarte de una prosa ágil y elegante, la novela no deja de leerse con interés, salvo capítulos tratados como con fórceps, por ejemplo, aquel del diálogo entre Francisco Zarco y José Rivera y Río, o bien cuando entra en disquisiciones sobre sus autores y aficiones literarias, en particular acerca de Edgar Allan Poe y el poema “El cuervo”, que sólo ponen más espigas que abultan el granero. Pese a eso, o más allá de eso, el desarrollo de la trama fluye y seguimos con vivo interés las incidencias de los personajes.
En la novela hallamos indirectamente los acontecimientos fundamentales de la Segunda Intervención francesa: la batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862; la caída de Puebla en manos de los franceses el 15 de mayo de 1863; la entrada de los franceses y la ocupación de las ciudades importantes; los pleitos de Juárez y González Ortega, incluyendo aquellos de los partidarios, por la presidencia de la República; la guerra de guerrillas contra el invasor; divisiones y deserciones de políticos y combatientes liberales; la partida de México del ejército francés vencido por los mexicanos; el pacto de Maximiliano con los conservadores para seguir en la lucha, y en 1867, el inicio del sitio de Querétaro el 3 de marzo, la batalla final del 2 de abril en Puebla, la toma de Querétaro el 15 de mayo y el fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía en el escueto cerro de las Campanas el 19 de junio. Nos emocionan también losflashbacks sobre hechos de la guerra de despojo de los Estados Unidos contra México, entre ellos las páginas vindicativas sobre el Batallón de San Patricio, y asimismo, la sobria y vívida recreación del asesinato de Abraham Lincoln el 15 de abril de 1865 en el teatro Ford de Washington, DC.
Más allá de los pleitos finales que hubo entre buen número de ellos, México tuvo en esos años de 1857 a 1875 –por poner aproximativamente dos fechas– la suerte de contar con la mejor generación de hombres de su historia. Vivieron intensamente el drama del país y le encontraron un destino. Vencieron por primera vez a una potencia extranjera, triunfó la República, crearon el Estado laico, se evitó que varios estados se desmembraran o independizaran, se respetaron las libertades democráticas, y ninguno de los prohombres se enriqueció en los puestos del poder público… En suma: acabaron de completar la independencia, que desde 1821 no acababa de darse del todo. La isla tiene forma de ballena, trozo de aquella épica, es un reconocimiento para quienes con altas miras veían a México como algo sagrado y no como un botín para saquearlo. Ante los delincuentes políticos que nos gobiernan desde hace décadas, lo creado por aquella generación fue un jardín y no este erial empequeñecido y marchito.
Una de las fuentes de consulta de Vicente para escribir la novela fueron los libros del historiador Martín Quirarte, quien, entre muchas otras cosas, fue un especialista en el tema del Segundo Imperio. Si viviera Martín Quirarte, me digo, se sentiría orgulloso de la muy buena novela que su hijo acaba de publicar y que tal vez a él mismo no le hubiera disgustado escribir 

El arte narrativo de Amparo Dávila

17/Enero/2016
La Jornada Semanal
Evodio Escalante

Sin los reflectores de otras grandes escritoras del medio siglo como las admiradas Rosario Castellanos y Helena Garro, Amparo Dávila se impone en la escena literaria de nuestro país por el arte riguroso de la ficción, que tiene en ella a uno de sus más finos representantes. “Escribir es una enfermedad incurable”, ha dicho la narradora en una reciente entrevista. Pero esta enfermedad, habría que añadir, la ha cultivado ella con una entrega y una disciplina que muy pocos alcanzan y que se refleja en la impecable maestría de sus textos. La niña solitaria y enfermiza que ve las primeras luces en Pinos, Zacatecas, un pueblo minero semiabandonado, la niña rodeada de muerte que se imagina a sí misma como una aprendiz de alquimista que sube al monte para coleccionar flores y piedras con las que intentará hacer mágicos menjurjes, la niña friolenta y asustadiza a la que acosan los fantasmas y los sobresaltos del insomnio, que descubre en la biblioteca del padre La divina comedia, de Dante con el primer beso de Paolo y Francesca y el magisterio simbólico de Virgilio, encuentra en la escritura una forma de diálogo que le atempera la soledad y que le ayuda a convivir con los seres imaginarios que le espantan el sueño y que le hacen compañía en las altas horas de la madrugada.
Si la vida está hecha de encuentros afortunados, sin duda el que la marca para siempre en su carrera como escritora es su amistad con Alfonso Reyes. Amparo Dávila conoce al escritor en San Luis Potosí, y cuando se traslada a vivir a Ciudad de México a mediados de los años cincuenta, al poco tiempo se convierte en su secretaria. “A su lado, en la Capilla Alfonsina –rememora la escritora– aprendí muchas cosas que han sido fundamentales para mi oficio: aprendí a ser libre y no guiada por algún grupo o círculo literario, a no tener más compromiso que conmigo misma y la literatura; también aprendí que la prosa es una disciplina ineludible y comencé a practicarla como mero ejercicio.”
La amistad de Reyes, podría decirse sin exageración, fue la gran beca que necesitaba para encontrar su camino en las letras. Varios años después recibe el estipendio del Centro Mexicano de Escritores, pero para entonces Amparo Dávila ya había publicado, además de sus libros de poesía, con los que se inicia,Tiempo destrozado (1959) y Música concreta (1964), los textos que la consagran como una delicada y consumada artista de la prosa. Si bien es cierto que recibe en 1977 el Premio Xavier Villaurrutia por su tercer libro de cuentos, Árboles petrificados (1977), lo subrayable es que los lectores y la crítica literaria ya la habían consagrado de modo unánime desde los años sesenta. Los críticos más reconocidos del momento, como Emmanuel Carballo, María del Carmen Millán y Aurora Ocampo la incluyen en sus respectivas antologías del cuento. Sus textos merecen la atención de personalidades tan diversas como Luis Mario Schneider y Eunice Odio, Huberto Batis y Luis Leal, María Elvira Bermúdez y Silvia Molina, Elena Urrutia y Margarita Villaseñor, y, sorpresas nos da la vida, José Vázquez Amaral, profesor en la Rutgers University de Estados Unidos, famoso años después por su titánica traducción de los Cantares completos,de Ezra Pound, reseña su primer libro de cuentos en The New York Times.
Lo unheimlisch (lo siniestro u ominoso) de Sigmund Freud y la figura romántica del doppelgänger (esto es, del doble) han sido invocados a menudo por los estudiosos para tratar de explicar la mecánica de sus textos. La referencia al realismo fantástico, Todorov de por medio, ha sido otro de los caballos de batalla con que se ha pretendido encasillar su escritura. Lo cierto es que estas aproximaciones, que peligrosamente se convierten en esquemas explicativos, recubren a menudo el núcleo vivo de sus textos añadiendo innecesarias capas de interpretación que acaso ocultan y vuelven invisible lo que hay de más peculiar en ellos. Se diría que la hermenéutica es como el adjetivo: que cuando no da la vida, mata; y cuando no ilumina de lleno, entenebrece, distorsiona y oculta. Por supuesto, la obra precisa y condensada de Amparo Dávila no necesita un mesías de la crítica, sino antes bien la devoción del atento lector, liberado de los lugares comunes y de los prejuicios que a menudo empañan el trabajo y el placer de la lectura.
Una de las mejores narradoras de nuestro tiempo, Cristina Rivera Garza, le rinde a Amparo Dávila un homenaje que estimo tiene dimensiones generacionales, al convertirla en personaje de su novela La cresta de Ilión (2002). Su obra, por lo demás, merece cada vez mayor atención por parte de los estudiantes de letras tanto en la licenciatura como en el postgrado. Entre los múltiples acercamientos que sus textos provocan, quisiera destacar un ensayo más o menos reciente de la profesora Lidia García Cárdenas incluido en un libro que coordinaron Gloria Vergara Mendoza y Ociel Flores Flores,Hermenéutica de la literatura mexicana contemporánea (México, UAM-Azcapozalco, 2013), Resonando sin duda con la temprana lectura que hizo Amparo Dávila de la Comedia del Dante, Lidia García Cárdenas nos invita a penetrar en los “pasajes del inframundo” que encuentra en la narrativa de nuestra autora. El simbolismo es claro: lo alto y lo bajo representan un juicio de valor. Por una escalera se puede ascender hacia la libertad y la espiritualidad, pero de igual modo es posible descender hacia lo grosero y corrupto, hacia lo banal y lo cotidiano. Apoyándose en Lotman y Bachelard, Lidia García Cárdenas analiza la significación del eje vertical, vinculado al ascenso o descenso simbólico de los personajes, con el eje horizontal de la existencia cotidiana. Para ilustrar su idea escoge tres textos de Amparo Dávila: “Fragmento de un diario”, “El desayuno” y “Óscar”, tomados respectivamente de Tiempo destrozado, deMúsica concreta y de Árboles petrificados.
Los espacios en los que transcurre la acción narrativa tienen un significado. Advertir de modo preciso el significado de estos espacios, del sótano, de la planta baja, donde se encuentra el comedor, y del primer piso en el que están las habitaciones, por poner un ejemplo, ayuda a develar la estructura ética y hasta sociológica del texto titulado “Óscar”. No voy a repetir los ricos y sugerentes análisis de Lidia García Cárdenas. Remito a ellos a la vez que me permito esbozar en dos o tres brochazos lo que los relatos de Amparo Dávila me hacen pensar. En este cuento, se diría, la arquitectura misma de la casa de los personajes ya indica una posición de valor. La tópica freudiana parece cumplirse al pie de la letra: el sótano sería el dominio del inconsciente y de los instintos que amenazan la vida normal; a la planta baja correspondería al “yo”, al ego del aparato psíquico freudiano, mientras que el primer piso, al que naturalmente se accede por escaleras, podría representar la conciencia moral o el super-yo de los personajes. Mónica, la hija de familia, regresa a la casa familiar después de haber vivido mucho tiempo en la capital, pero este regreso a la provincia significa enfrentarse a todo aquello de lo que ella había intentado escapar: la presencia de lo siniestro. A través de su mirada descubrimos poco a poco la naturaleza de ese infierno. Su hermano Óscar, que acaso padece una enfermedad mental, habita en el sótano, tras una puerta metálica. Pero desde ahí regula cada vez con mayor eficacia la vida de los otros habitantes de la mansión al grado de hacerles la vida insoportable. En el comedor de la planta baja se reúne el resto de la familia para simular que viven una vida como la de todos, lo cual se ve desmentido con el catastrófico incendio del final que se origina en el sótano y que termina arrasando con la casa de la familia. Esto que comento basta para que adviertan el significativo papel del espacio en los textos de nuestra autora.
Siempre me llamó la atención ese extraño texto que se titula “Fragmento de un diario”. Antes que nada, y sobre todo, porque me parece una paráfrasis feliz de otro breve texto de Franz Kafka titulado “Un artista del hambre”. En este caso lo que tenemos es un artista que experimenta no con las palabras, los sonidos o los colores, sino con el dolor. Al revisar la ficha de Amparo Dávila en el Diccionario de escritores mexicanos que coordinó la doctora Aurora Ocampo en el Instituto de Investigaciones Filológicas de laUNAM, advierto que una primera versión de este texto tenía un título más completo: “Fragmentos del diario de un masoquista.” Al prejuzgar al autor del diario como un “masoquista”, esta primera versión estrechaba la significación del texto y acaso hasta tomaba partido en contra de ese evidente enfermo al que le gustaba procurarse él mismo una considerable cuota de sufrimiento corporal. Con sabiduría narrativa, me parece, Dávila abrevió el título para indicar que cualquiera de nosotros puede ser el autor de ese diario. Como apunta muy bien García Cárdenas, no hay una sino dos escaleras en este relato. La escalera física del edificio, por donde suben y bajan los inquilinos del mismo, interrumpiendo a menudo los experimentos del per-sonaje, y la otra escalera, de índole moral, y hasta metafísica, que es la escala del dolor que el protagonista se infringe a sí mismo. Porque de esto se trata: de alcanzar el máximo sufrimiento posible, hiriéndose, torturándose hasta desmayarse, como una forma que tiene el personaje de experimentar algún tipo de éxtasis y de acrecentar con ello su espiritualidad.
Ahora que regreso a este texto maestro me viene a la cabeza que acaso con él su autora quiso representar de manera simbólica, no tanto la vida de un personaje al que de modo fácil podríamos designar como masoquista, sino lo que significa ser escritor. Tal cual. Escribir un cuento, lo mismo un cuento maestro que un cuento común y corriente, pero eso sí, con pretensiones literarias, implicaría de algún modo ascender renglón por renglón en la escala metafísica del dolor. Saber que se escribe para sufrir. Pero que este sufrimiento autoinducido es de algún modo un acto de libertad y una salvación.
¿Qué tiene qué ver escribir un cuento con esta experiencia graduada y a la vez intensificada del dolor? Lo diría de esta manera: escribir un cuento es capturar una sabiduría, sabiduría que pretende condensar la quintaesencia de la experiencia humana. Amparo Dávila, gran lectora de la Biblia, no me dejará mentir. ElLibro de la sabiduría lo declara de modo tajante: Quien añade sabiduría, añade dolor. Implacable exploradora del universo humano, cada uno de los textos de Amparo Dávila es una incursión en los territorios del sufrimiento. Al escribirlos, al redactarlos, al pulirlos, ella misma va graduando su escala como si tratara cada vez de ir más allá de lo permisible y de lo humanamente soportable. Como si estuviera completamente de acuerdo con Nietzsche, cuando decía: Tenemos el arte para no perecer de la verdad 

¿El periodismo cultural merece premiarse?

17/Enero/2015
La Jornada
Elena Poniatowska

El Nobel de Literatura concedido a la periodista bielorrusa Svetlana Alexievich cambia por completo el juego de voces que gira en torno al Nobel. De pronto el testimonio adquiere un valor que jamás tuvo antes y el cronista sube a un escenario que no le estaba destinado. ¿Tiene algo que ver Svetlana con la gran literatura? ¿Puede situarse al lado de Tolstoi, Dostoievski, Balzac, Proust, Kafka y demás luminarias? Claro que cada vez más filósofos, ensayistas, novelistas reconocidos se dedican al periodismo. Pienso en Antonio Muñoz Molina y en sus colaboraciones en El País; en Juan Luis Cebrián, en Fernando Savater, en Enrique Vila Matas, en los mexicanos Jesús Silva Herzog Márquez, en Juan Villoro y en otras figuras que además hacen comentarios en la televisión mexicana. Incluso los grandes escritores que pertenecieron al boom no desdeñaron el periodismo como es el caso de Mario Vargas Llosa y fue el de Carlos Fuentes. Sería justo recordar el caso único de Gabriel García Márquez, quien se ganó la vida siendo, antes que nada, un extraordinario reportero.

Poetas y escritores de gran calibre como Octavio Paz (fundador de revistas literarias) dieron enorme importancia a sus artículos en periódicos. Publicar en el New York Times, en El País, en Le Monde era una consagración. La columna Inventario, de José Emilio Pacheco en la revista Proceso es todavía hoy una escuela de gran cultura que todos añoramos. En cierto modo, Inventario fue mi universidad. No hay mayor periodista cultural en nuestro país que el gran poeta José Emilio Pacheco.

Según la Encuesta Nacional de Lectura 2012, elaborada por la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, sólo cuatro de cada 10 mexicanos leen porque se los dejan de tarea. Para miles de niños, el primer acercamiento a un libro es recibir su primer ejemplar de texto gratuito. Para la mayoría de las familias mexicanas comprar un libro es un lujo imposible. Tampoco los mexicanos ricos leen, se apoyan en Netflix y si acaso compran un libro es de coyuntura: la biografía del mexicano más rico, Carlos Slim, de Guillermo Osorio; la de Kate del Castillo, la Reina del Sur que resultó ser la de El Chapo Guzmán.

Es ya un lugar común repetir que el actual presidente Peña Nieto, siendo candidato del PRI no pudo mencionar tres títulos de libros en la Feria del Libro de Guadalajara en 2012. Ni tarda ni perezosa, Marta Sahagún, esposa de Vicente Fox convirtió en mujer a Rabindranath Tagore: Rabina Gran Tagora. Entre tanto Fox llamó Borgues a José Luis Borges en 2001 frente a los académicos del Congreso Internacional de la Lengua Española.

En un país en el que los libros son caros, el periodismo cultural cumple una función educativa. Para quien es imposible comprar un libro, comprar en la esquina un periódico y leer a Juan Villoro es factible.

Svletana Alexievich es una periodista de 67 años cuya voz ahora se aísla encima de la unidad del coro de reporteros y reporteras del mundo. Su físico es tan caserito como el de cualquiera de nosotras las que aparecemos en la redacción del periódico con nuestro suéter o nuestra blusita que mañana echaremos a la lavadora. Su escritura se considera historia oral. Svletana recoge voces como las recogemos todas las reporteras. Al escribir de los otros escribo también de mi misma, de los horrores de mi país y de aquellos que consideran que documentar la vida de un México desconocido no es literatura.
Antes de Svletana, se quiso premiar al polaco Rizchard Kapucinski, que vivió años en México. El galardón de Svletana Alexievich ha sido criticado por tratarse de una reportera ajena a la creación. Svletana denuncia, la suya es una no ficción. ¿Es por ello menos acreedora al premio que todos codician? Svletana responde a la pregunta: He escogido un género donde las voces humanas hablan por sí mismas. También Balzac registró gritos, quejas y discusiones.

En una novela, el escritor hace lo que quiere (mejor dicho, lo que puede). Es su amo y señor. En la redacción de un periódico son muchas las órdenes, las obligaciones, las constricciones. El jefe de redacción espolea a sus reporteros. Desde 1943 me propuse documentar a mi país y ya estoy por cumplir 84 años. Siempre recordaré la pregunta de Elena Garro: ¿Y tú por qué no escribes lo tuyo en vez de entrevistar babosos? En el caso de Svletana, guionista y dramaturga, las historias de mujeres y niños afectados por la bomba atómica son una denuncia. La Nobelista rusa es todo menos que santo de devoción del gobierno ruso y sus funcionarios la rechazan porque los denuncia.

Escribir es caminar en un terreno minado, la literatura es una condena. Kafka entró a los bajos fondos de sí mismo, Stendhal y Flaubert taladraron su época. Protagonistas de sus novelas es ya un tedioso lugar común repetir el “Madame Bovary c’est moi” de Flaubert.

Jesús Silva Herzog Márquez hace ley con sus editoriales tanto políticos como culturales, lo mismo pasa con Juan Villoro. Jorge Volpi entrega una columna semanal que le ha dado más lectores que su excelente novela En busca de Klingsor que –de por sí– le valió enorme cantidad de fans.

Al igual que Gabriel Zaid, creo que la cultura es una conversación. Se habla tan bien o tan mal en un periódico como en un libro, pero es más fácil que el director del periódico se deshaga del mal periodista.

Frente a la gran aventura en la mesa de trabajo, un escritor solo depende de sí mismo. Tengo reverencia por la gran literatura pero no todos los Nobel han hecho gran literatura. ¿Es gran literatura la del egipcio Naguib Mahfuz premiado en 2006, la de la alemana Herta Müller en 2009? (Prefiero toda la vida a Rulfo.) Miguel Ángel Asturias tiene muchas páginas malas, Gabriela Mistral se evade y no todos los cuentos de Alice Munroe, Nobel 2013, son buenos.

En su Plegaria de Chernóbyl: crónica del futuro, Svetlana Alexievich escucha a hombres y mujeres gaseados, quemados por el estallido de un reactor de 20 toneladas de combustible nuclear. Habla de la radiactividad de los quemados irreconocibles, de las llagas y las mucosas que se caen en capas. Lo suyo no es La condition humaine, sino la piel humana. Nos cuenta cómo los bielorrusos se comunican en la noche con sus muertos, pero también se refiere a Pedro Bezújov, el personaje de La guerra y la paz, de Tolstoi, quien dice –después de haber sufrido el horror de la guerra– que todo volverá a ser igual.

Puedo afirmar aquí, sin ambages, que nadie que lea a Svetlana Alexievich volverá a ser igual.

domingo, 10 de enero de 2016

Los quehaceres literarios de Abigael Bohórquez

10/Enero/2015
Jornada Semanal
Gerardo Bustamante Bermúdez

El 27 de noviembre de 1995, en su minúsculo departamento de Hermosillo, Sonora, Yoremito, el amigo-amante de Abigael Bohórquez (Caborca, Sonora, 1936), lo encontró sin vida. El corazón le había fallado aproximadamente día y medio antes. Tenía apenas cincuenta y nueve años de edad y estaba en la plenitud de su carrera literaria. En 1993 Ricardo Castillo, Jesús Ramón Ibarra y Jorge Esquinca le habían otorgado por unanimidad el Premio Clemencia Isaura por su poemario Navegación en Yoremito (églogas y canciones del otro amor), texto clásico en el panorama de la poesía mexicana de fin de siglo en donde el autor vuelve la mirada a los tópicos y lenguaje de la lírica medieval y la poesía bucólica renacentista desde lo antisolemne. Ese mismo año obtiene la beca del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, en el área de dramaturgia, además de que colabora en publicaciones periódicas, imparte talleres literarios, de voz y teatro en diferentes insti-tuciones y centros culturales de Hermosillo, quehaceres que le permiten apenas ir al día.
Navegación en Yoremito es un libro escrito ya en Sonora; el autor había vivido casi treinta años en el Distrito Federal, teniendo su residencia primero en la calle de Donceles, cuando trabajó el 1965 a 1970 como jefe del Departamento de Literatura y Ediciones del Organismo de Promoción Internacional de Cultura (OPIC), en la Secretaría de Relaciones Exteriores, después en Villa Milpa Alta durante el período 1970-1975 y en Chalco, Estado de México, de 1976 y hasta 1990, cuando decide regresar de forma definitiva a Sonora.
En vida, Bohórquez se empeñó en quehaceres literarios que tanto los críticos como sus propios contemporáneos no supieron o quisieron valorar. A pesar de las opiniones favorables de poetas como Efraín Huerta y Carlos Pellicer, la obra del sonorense circuló apenas en ediciones de reducido tiraje, en ocasiones patrocinadas con recursos propios, pero Abigael siguió escribiendo siempre. Con las décadas resulta paradójico que el nombre del autor sea conocido, pero su rechazo hacia los grupos literarios y su interés por forjarse una carrera propia hacen que sea todavía un autor relegado, a pesar de que dejó piezas teatrales y poemas de gran factura, como es el caso de La madrugada del centauro, Nocturno del alquilado y la tórtola o Navegación en Yoremito.
En Navegación… el autor presenta sus historias de amor sexual, su idilio de hombre amoroso; construye su propio ambiente de gozo, ya muy apartado de los círculos literarios que siempre le fueron tan ajenos. Al paso de los años, el libro de Bohórquez abre posibilidades de estudios desde la estética camp, en el sentido de que su poemario plantea desde la literatura un espacio de libertad a la sexualidad humana y lo hace con un cariz político, pues al recurrir al pastiche y al artificio, pensamos que lo camp puede entenderse como un contra-discurso a partir de la representación de la pose, el doblez y la teatralidad; su apuesta a la visibilidad quizás deba forzarnos a entender que en el desarrollo de esta estética es menester hablar de un nuevo camp, totalmente político y desestabilizador, más allá de las ideas planteadas por Susan Sontag en su clásico ensayo “Notas sobre lo camp”. El autor hace discurso ese anhelo por su mancebo y en su construcción poética actualiza la referencia renacentista con lo popular y el contexto de su objeto de deseo:

El éster, mi zagal,
escucha siempre a los Yonics, Traileros, Caminantes,
Invasores de Nuevo Lión,
y lee vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía;
presume esa barba partida yoremita que su madre doña Eva
fermosa le parió,
y yo escribo esta gana de estar a solas hasta la tumba
con él,
mientras se baba jando el zípper de su Lee
y se encabrona porque canta la Piaf y no Cornelius Reynus
en el primer telón
de la catástrofe.

A Abigael Bohórquez le llegó la muerte, pero dejó más de quince obras teatrales de gran fuerza dramática y poética, más trece libros de poesía, entre los que destacan Acta de confirmación (1966), Canción de amor y muerte por Rubén Jaramillo y otros poemas civiles (1967), Las amarras terrestres (1969), Memoria en la Alta Milpa (1975), Digo lo que amo (1976), Desierto mayor (1980) y Poesida, publicado de manera póstuma, en 1996, gracias a las gestiones editoriales del poeta sinaloense Mario Bojórquez. Poesida es un homenaje y testimonio de Bohórquez sobre una época en la que se consideraba que el estado serológico era exclusivo de los homosexuales. El libro supone el registro sobre la vida de sujetos marginales, rechazados por la sociedad, confinados a la muerte. Algunos lectores y críticos malintencionados reprodujeron la idea de que Bohórquez hablaba sobre su estado serológico, pues se incluía en un “nosotros”. Sin embargo, lo que hace el autor es recurrir a la solidaridad, al abrazo fraterno hacia sus amigos que ve terminar en las peores circunstancias; por eso, en su poema “Duelo” señala la condición de los cuerpos enfermos y culposos que mueren añorando el amor, el perdón o la paz. Así, la labor del poeta es hablar, dejar sus palabras de bondad y solidaridad:

Vengo a estarme de luto por aquéllos
que han muerto a desabasto,
por los que rútilos o famélicos,
procuraron saciar su corazón o su hambre,
cayeron en la trampa;
eran flores de arena, papirolas,
artificios de hubble gum, almas de azogue

Desde la década de los setenta, Abigael Bohórquez se había consagrado con poemas valientes y libertarios en el ámbito sexual y homoerótico como “Primera ceremonia”, “Finale” y “Crónica de Emmanuel”, poesía que da cuenta del “otro amor”, más allá de etiquetas y miradas moralizantes de los puritanos. Es en la década de los setenta del siglo XX cuando la voz de Bohórquez entroniza en el panorama literario y, a través de sus palabras, defiende su libertad sexual, su deseo, confiesa lo que ama sin ningún pudor ni reticencia más que el respeto al lenguaje poético. Unos años antes, su voz se había hecho sentir con poemas político-sociales contenidos en Acta de confirmación, en donde el yo lírico pasa revista a la historia del siglo XX a partir de la segunda guerra mundial, la Guerra fría, las dictaduras en América Latina apoyadas por Estados Unidos. Así, poemas como “Menú para el Generalísimo”, “Del oficio de poeta” o “Acta de confirmación”, resultan poemas actuales en la voz prolongada del autor que en tiempos tan aciagos dice:

mientras en otros sitio hay estudiantes
con las tripas al aire,
ametralladas mujeres, hombres duramente hostigados,
jóvenes dinamiteros,
muchachas lengua a lengua,
brazo a brazo en la ira,
pueblos que quieren propios
su oxígeno y su sal,
su agua y su manta,
su cama y su mortaja;

La obra de Abigael Bohórquez levanta el puño bajo el sello de la poesía, ya sea para protestar por el dictador en turno, por Hiroshima, Biafra o Vietnam; también habla y protesta por la libertad sexual y la represión en una época en la que el amor entre hombres queda signado desde la política heterosexual. Cuando hace su aparición el sida, es solidario, ofrece su velero de poemas como homenaje.
A veinte años de ausencia del autor de Poesida, la obra poética y dramática de Abigael Bohórquez espera la frecuentación de la crítica literaria y de las compañías teatrales. Bohórquez cuenta con un número de lectores considerable, entre ellos los jóvenes, porque sus letras, quizás como hace cuarenta años, nos reconfortan en las protestas, en las marchas por los desaparecidos de Ayotzinapa y en otros tantos acontecimientos a nivel nacional e internacional. Si un autor se convierte en un clásico cuando sus textos no pierden vigencia, entonces podemos pensar que estamos frente a una obra sólida y actual, cuyo compromiso con la condición humana y con la poesía amerita considerar al sonorense como un clásico de la lírica mexicana del siglo XX