domingo, 20 de abril de 2014

Otoño en Praga

20/Abril/2014
Confabulario
Milan Kundera

Era el otoño de 1968, tres meses después de que el ejército ruso ocupó Checoslovaquia. Rusia no estaba en capacidad de dominar de inmediato a la sociedad checa, sumergida en la angustia pero con una cierta libertad por unos cuantos meses más. La Unión de Escritores, acusada por los rusos de ser el fogón de la contrarrevolución, conservaba todavía sus casas, editaba sus revistas, acogía a sus invitados. Fue entonces cuando vinieron a Praga, invitados por ella, tres novelistas latinoamericanos: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Vinieron discretamente, en su calidad de escritores. Para ver. Para comprender. Para alentar a sus colegas checos. Pasé con ellos una semana inolvidable. Nos hicimos amigos. Y justo después de su partida pude leer, todavía en pruebas de imprenta, la traducción checa de Cien años de soledad.

Fue el primer libro de Gabo que leí. Y quedé deslumbrado: pensé en el anatema que el surrealismo había lanzado sobre el arte de la novela al que había estigmatizado como antipoético, y cerrado por completo a la libre imaginación. Y resulta que la novela de García Márquez no era más que eso: imaginación libre. Una de las más grandes obras de la poesía que conozco, en cada una de cuyas frases brillaba la fantasía, y cada una era una sorpresa, maravillosamente: una respuesta contundente al menosprecio por la novela proclamado en el Manifiesto del Surrealismo. (Y al mismo tiempo un gran homenaje al surrealismo, a su inspiración, a su aliento de un extremo al otro siglo).

Fue la confirmación a mi antigua certidumbre de que la poesía y el lirismo no son nociones hermanas, sino que deben mantenerse a larga distancia la una de la otra. Pues la poesía de Gabo no tiene nada que ver con el lirismo. No se confiesa, no abre su alma, sino que permanece ebrio por el mundo objetivo que eleva hacia una esfera en la que todo es a la vez real, inverosímil y mágico. (Es por la intensidad de su poesía como por la virulencia de su antilirismo que la obra de Gabo se distingue tan radicalmente de la novela contemporánea en Europa).

No he podido olvidar aquel triple encuentro: Praga ocupada por el ejército ruso, la visita de Gabo y sus dos amigos, y las primeras pruebas de la traducción checa de Cien años de soledad. Leí esa novela en una sola jornada, y de inmediato le escribí un posfacio, que recibí impreso en las siguientes pruebas, pero que nunca fue publicado. Qué azar maravilloso: el posfacio de Cien años de soledad fue mi primer texto prohibido (a causa de mi nombre) por los nuevos amos del país. Esa prohibición dio inicio a la segunda mitad de mi vida, que es la de un escritor proscrito en su propio país. Años después, cuando me fui de Checoslovaquia en un pequeño Renault-5, no pude llevar nada conmigo; ningún mueble, por supuesto; ni siquiera mi ropa. Mi biblioteca se redujo a unos cincuenta libros, y el archivo personal de mis propios escritos me pareció entonces tan inútil que los tiré a la basura. Sin embargo, el posfacio para Cien años de soledad lo llevé cuidadosamente conmigo en pruebas de imprenta, como un amuleto protector. Con ese mismo sentimiento leí luego todos los libros de Gabo. No sólo me maravilló su belleza, sino además creí escuchar la voz de un amigo que sólo podía ver de vez en cuando pero cada vez más querido.

Y algo más: cuando pienso en el arte de la novela, su historia se me figura como un camino en tres etapas: la primera, la más larga, inaugurada por Rabelais; la segunda, que es la del siglo XIX, y la tercera, la de la novela moderna, que creo fue inaugurada por mis compatriotas centroeuropeos Kafka y Musil, y alcanzó su apogeo en América Latina y fue encarnado en mi imaginación por aquellos tres hombres cuarentones, muy guapos, muy viriles, con quienes viví en los amargos días de Praga una felicidad improbable, vigilada por las metralletas del ejército ruso.

Kundera me dio este texto por los 75 años de Gabo en 2002. Originalmente se publicó en la revista Cambio, donde yo era editor (Julio Aguilar)

La generosidad del clásico

20/Abril/2014
Confabulario
Mauricio Montiel Figueiras

Durante algunos años, un grupo de amigos adquirimos la costumbre de comer con Gabriel García Márquez en un restaurante veracruzano del sur de la ciudad de México donde los meseros tenían ya preparada una botella de su whisky favorito. Las comidas, celebradas con cierta regularidad, fueron el legado más entrañable de nuestra labor en la primera etapa de la edición mexicana de Cambio, en cuyas dos sedes —las instalaciones de Televisa Santa Fe y luego un edificio de la colonia Del Valle— pudimos convivir con frecuencia con el autor de Cien años de soledad, que se despojaba de la investidura del Nobel y se arremangaba literal y literariamente la camisa para trabajar codo con codo con editores y reporteros. (Recuerdo la tarde que un colega argentino invirtió en una oficina para rehacer, con ayuda de Gabo, una crónica sobre un centro de desintoxicación ubicado en la costa del Pacífico. Recuerdo las correcciones e indicaciones marcadas con lápiz rojo que transformaron el texto en un mapa con la ruta hacia la mejor solución posible: una verdadera lección de narrativa periodística, incluso de narrativa a secas). A nuestras comidas García Márquez solía llegar solo, precedido por una sonrisa afable (“¿Qué hay, cómo les va?”), aunque en ocasiones lo acompañaba Mercedes, su mujer, una conversadora tan espléndida, inquisitiva y sagaz como él. Quizá no sobra decir que el convite discurría igual que una carambola temática que iba del periodismo a la política, del anecdotario íntimo al cotilleo cultural, del cine a la televisión para terminar en la literatura, ese puerto donde Gabo recalaba a sus anchas con la curiosidad del lector auténtico. (A mediados de febrero de 2007, antes de que arrancaran las celebraciones por sus ochenta años, le obsequié Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. La mirada se le iluminó y, al leer en la solapa que Haruki Murakami nació en 1949, me dijo con picardía: “¡Pero si sólo es un muchacho!”) A veces, al escuchar ese timbre colombiano que más de cuatro décadas de vida mexicana no pudieron borrar, pensaba en lo que un amigo respondió cuando le comenté que me habían contratado como editor de cultura de Cambio: “¿Vas a estar con García Márquez? ¡Qué envidia! Es como si trabajaras con Charles Dickens o William Faulkner”. Poco a poco esta observación me llevó a caer en la cuenta de que, en efecto, departir con un clásico vivo era una circunstancia única, invaluable, más aun si se trataba de un clásico que no escatimaba generosidad con quienes lo rodeaban.

Dos breves anécdotas ilustran este afán generoso que se extendía a la esfera no sólo personal sino profesional. Como ocurría casi siempre durante nuestras reuniones en el restaurante veracruzano, los comensales de otras mesas identificaban a García Márquez y esperaban el momento del postre para abordarlo y pedirle que se retratara con ellos o les diera un autógrafo. (“Firmo libros aunque no sean míos, pero esto nunca”, explicó alguna vez a una fan que le extendió un trozo de papel.) En una ocasión, una joven se le acercó con un ejemplar de Cien años de soledad y con voz nerviosa le dijo que se llamaba Úrsula porque sus padres eran admiradores de la novela y habían querido honrar a la mujer de José Arcadio Buendía; en respuesta obtuvo una sonrisa ancha, fulgurante, y un beso en el dorso de la mano. En otra ocasión, en medio de una plática sobre el mundo editorial, un amigo al que yo había invitado le preguntó a rajatabla: “Y a todo esto, ¿cómo se definiría usted: como escritor o como periodista?”, a lo que Gabo contestó sin titubear: “Pues como periodista, claro”. Ambos gestos sintetizan para mí el espíritu dadivoso de un autor que, además de asumir que ya hay varias estirpes de lectores formadas específicamente con Cien años de soledad que sí tienen una segunda oportunidad sobre la tierra, admitía la deuda con una disciplina que contribuyó a afinar su pluma: “El periodismo merece no sólo una nueva gramática, sino también una nueva pedagogía y una nueva ética del oficio, y ser visto como lo que es sin reconocimiento oficial: un género literario mayor de edad, como la poesía, el teatro y tantos otros”.

Resulta significativo que García Márquez se iniciara casi al mismo tiempo en las actividades que constituirían los dos grandes hemisferios de su obra: en 1947, a los veinte años, publicó su primer cuento (“La tercera resignación”) en El Espectador de Bogotá y, apenas un año después, en 1948, entró a trabajar en El Universal de Cartagena. (La dedicación habla por sí sola: en 1954 fue contratado por El Espectador y se convirtió de inmediato en el reportero más popular). La hermandad entre literatura y periodismo fructificó en tres libros que, separados entre sí por poco más de una década, evidencian la concisión aprendida en distintas redacciones: Relato de un náufrago (1970), recopilación de una famosa serie de reportajes acerca del marino Velasco aparecida en El Espectador en 1955; Crónica de una muerte anunciada (1981), que J. M. Coetzee describe inmejorablemente como “una importante contribución al canon garciamarquiano: una narración ajustada y cautivadora y, a la vez, una lección magistral y pasmosa sobre el modo de hilar varias historias —varias verdades— en torno de los mismos sucesos”; y Noticia de un secuestro (1996), reportaje novelado alrededor de los raptos colectivos efectuados por narcotraficantes con la idea de impedir que la Asamblea Constituyente aprobara la extradición de colombianos a Estados Unidos. En este tríptico, unificado no sólo por un estilo plenamente identificable sino por el uso y la reinvención de géneros informativos, sobresale Crónica de una muerte anunciada, prototipo de hibridación donde una fórmula verbal adoptada del periodismo (“Me dijo”) se vuelve el ritornello que echa a andar un insólito artefacto literario: la tragedia de bordes griegos de un personaje que ignora su destino en medio de una comunidad que ya lo da por difunto: “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Así empieza un tour de force en el que el realismo mágico se trastoca en una magia realista que nos convence nuevamente de lo inverosímil. A fin de cuentas, como recuerda Coetzee, “el propio García Márquez ha dicho que su llamado realismo mágico no consiste más que en narrar con seriedad historias difíciles de creer, un truco que aprendió de su abuela en Cartagena, y que lo que los extranjeros encuentran difícil de creer en sus relatos es muchas veces normal en la realidad latinoamericana”.

Algún día, en una de nuestras comidas en ese restaurante del sur del D. F., me habría gustado preguntarle a Gabriel García Márquez si en verdad juzgaba que las lluvias de mariposas amarillas, para poner un ejemplo canónico, eran comunes en México o Colombia. Intuyo la sonrisa generosa que habría iluminado su rostro, la respuesta que evocaría la réplica a un lector que captó un tempo musical en El coronel no tiene quien le escriba: “A los escritores intuitivos no nos conviene explorar demasiado estos misterios técnicos, pues en este oficio de ciegos no hay nada más peligroso que perder la inocencia”.

Nuestro Gabo

20/Abril/2014
Confabulario
Monica Lavín

Qué afortunados fuimos de seguirle los pasos a Gabriel García Márquez, de vivir en su siglo, de ser testigos de sus primeros libros y tener en nuestras manos la primera edición de Cien años de soledad. Y leerla y deslumbrarnos con el mundo que nos revelaba y la manera de hacerlo. Qué magia de los tiempos conocer a Úrsula, Amaranta, a los Buendía, a Fermina Daza, a Florentino Ariza casi al mismo tiempo que su autor les soplaba vida en palabras. Leímos a un contemporáneo y lo vimos sonreír y disfrutamos su afabilidad siempre, sus maneras caribeñas, su desparpajo, su devoción a la narrativa. Todo lo que nos permitió llamarle el Gabo, como si nos perteneciera. Fue nuestra luz literaria. Imposible que el jurado tuviera alguna duda cuando el Premio Nobel lo recibió él. Había hecho un mundo de palabras para que los demás nos miráramos  en su imaginación desbordada, en su mirada nutrida de mitos y magia y familias donde el mestizaje abonó una de las sensibilidades más sobresalientes del siglo XX. Mago de las palabras, ya no podemos ver el hielo sin pensar que fue un gran asombro para quienes lo contemplaron por primera vez en latitudes donde era impensable su estado. El hielo y el azoro: el prodigio.

García Márquez fue capaz de cosechar todos nuestros asombros. Y tenderlos al sol, y que aletearan al calor lleno de mar y distancia y sueños fluviales. Literatura líquida tan de sangre como de navegaciones. Un ahogado más hermoso del mundo para resumir, con la extraordinaria elección de las palabras que se paladean con todos los sentidos, la forja de un mito y con ello la estatura que alcanza nuestra fragilidad. Hombres que encallan en tierra con su melancolía de mares profundos y sus sueños de anémonas. Un cuento como un diamante que cada vez que releo, y lo hago en voz alta por el puro disfrute sonoro y rítmico con que se va desgranando la historia, me emociono con la fracción de siglos que los hombres retienen el aliento para ver caer al ahogado que ya se llama Esteban y tiene lazos con todos y tiene una historia y será la razón por las que las casas estarán limpias y grandes y airadas y se sembrarán flores porque es el pueblo de Esteban y Esteban es de ellos. Un chorro de luz que es agua en el departamento de Madrid donde los chicos estrenan barco y remos, y las aletas y visores, porque el mar les queda lejos.  De los focos sale aquel chorro que será diversión y ahogo, y cascadas por las ventanas y río por la calzada.

Toda desmesura en García Márquez es la justa contraparte de nuestros miedos, de nuestra vida que aletea brevemente. Qué afortunados fuimos en leer El amor en los tiempos del cólera cuando los hombres soñaban otros  mundos y ejercían el poder del dinero y del deseo pero sus amores los hacían encallar en la parte más tierna y frágil de sí mismos. Un cartero y una mujer inalcanzable. Qué afortunados que con sus palabras y su mirada y su Cartagena y sus historias nos hiciera sentir habitantes de una visión del mundo, hermanos de historia, de nuestro pasado indígena y la colonización europea. Latinoamérica se nos volvió tierra que podíamos recorrer a vuelta de página con la Cándida Eréndira y su abuela desalmada, los Doce cuentos peregrinos. Ya nunca fuimos los mismos como lectores después de Cien años de soledad. A los libros les exigíamos la misma emoción, cadencia, posibilidad de abrirlos como un baúl de sueños, de mundos fundados, de historias heredadas. Gabo fue nuestro faro, palabras para llenarnos la boca de gozo, orgullosos de saberlo escritor en nuestra lengua tan florida, musical, inmensa y natural bajo su talento y empeño. Un hombre que nos llenó el mundo de mundos y que aún con el dolor de su partida nos dejó emoción lectora para siempre. Para los afortunados de todos los tiempos.

El reportero García Márquez

20/Abril/2014
Confabulario
Magali Tercero

En 1976, Gabriel García Márquez dijo a Radio Habana que no empezó siendo periodista por necesidad o por azar, sino porque “lo que quería era ser periodista”. Es decir, su vocación, el llamado como lo llamó George Bernanos alguna vez, siempre fue la de periodista. En 1991, según cita Antonio Lucas, escribió: “Toda la vida he sido un periodista. Mis libros son libros de periodista aunque se vea poco. Pero tienen una cantidad de investigación y de comprobación de datos y de rigor histórico, de fidelidad a los hechos, que en el fondo son grandes reportajes novelados o fantásticos, [porque] el método de investigación y de manejo de la información y los hechos es de periodista”. En los años setenta del siglo pasado se hablaba tanto de periodismo novelado como de historia novelada, y muchos libros se vendían bajo esa etiqueta. También se hablaba, como todavía se hace en España, de periodismo literario.

¿No es asombroso que el Premio Nobel de 1982 se refiriera a sus novelas como “reportajes novelados”? La etiqueta puede sonar a coquetería, en cierto modo natural en un Nobel, de no ser porque, tres años después de la declaración citada, en 1994, el escritor y periodista creó en Cartagena de Indias, Colombia, la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, rebautizada el año pasado como Fundación Gabriel García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Aún así: ¿de verdad Cien años de soledad es un reportaje novelado? Cuando menciono esto en público algunos se escandalizan. Quizá porque juntas las dos palabras, “reportaje” y “novelado”, suenan casi arcaicas, por no decir que en estos tiempos carecen de prestigio, lo cual no sucedía cuando García Márquez era un apasionado periodista joven, deseoso de transformar el diario, de unir periodismo y literatura usando técnicas narrativas en la escritura de textos periodísticos.

En el México de los setenta y ochenta del siglo XX, los periodistas y escritores Ricardo Garibay, Jorge Ibargüengoitia, Vicente Leñero y José Agustín, entre otros, nos entregaron grandes crónicas y/o reportajes novelados, aunque es más probable que ellos se sintieran parte de la corriente norteamericana del Nuevo Periodismo. Pero volvamos al García Márquez de 20 o 21 años, al de finales de los cuarenta, que no imaginaba que otro periodista, el argentino Rodolfo Walsh, escribiría en 1957 un reportaje de largo aliento, magistral es verdad, titulado Operación masacre. Volvamos al García Márquez que escribía poesía y cuento, publicados en El Espectador de Bogotá y otros diarios donde trabajó, así como formidables reportajes, el gran género olvidado como lo consideraba el autor de “El mejor oficio del mundo”, un discurso pronunciado en la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en 1996. En esta pieza ya estaba presente el gran maestro del periodismo que con su Fundación creó un movimiento narrativo entre los periodistas iberoamericanos. De hecho, se convirtió rápidamente en “el” manual de periodismo de la época.

Su primer reportaje fue “Los habitantes de la ciudad”, publicado en 1948. Más adelante, en 1955, publicó “Caracas sin agua”, texto que le ha valido tanto análisis académicos como el desarrollo del concepto “diarismo mágico” y el estudio de la hipérbole en el periodismo, por parte del costarricense Néfer Muñoz, periodista con una maestría en estudios latinoamericanos y periodismo de la Universidad de Nueva York  (UNY), y un doctorado de literatura en Harvard. De la tesis de doctorado de Muñoz, Novelando en el periódico y reporteando en la novela de América Latina (2013), provienen los argumentos desarrollados en el artículo “Las exageraciones en el periodismo de García Márquez”, publicado, el 17 de abril pasado, en la página web de la BBC Broadcasting House (http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/04/130422_garcia_marquez_diarismo_magico_ob_nm.shtml).

Nuevo periodismo y nuevo nuevo periodismo

El cruce entre periodismo y literatura, el género anfibio de la crónica y del periodismo narrativo en general, es habitual en el mundo de la escritura, aunque ha ido cambiando de nombre en las últimas décadas. Lo que fue el Nuevo Periodismo en el Estados Unidos de los sesenta, es hoy, de acuerdo con el editor y director del programa de periodismo de la UNY, Robert S. Boynton, el Nuevo Nuevo Periodismo. No hay nada nuevo bajo el sol pero sí es nueva, en cada época, la forma en que las generaciones abordan la realidad. Se sabe que Flaubert mismo viajó a un pueblo vecino al suyo para presenciar, en la plaza principal, el discurso de un político. Quiso registrar todos los detalles con objeto de crear una escena de ficción. Y al revés, el narrador Jack London, autor de al menos 25 novelas que escribió tres libros de non fiction, reporteó intensamente, e hizo periodismo de inmersión si se quiere, para escribir un libro sobre el East End Londres: La gente del abismo (The People of the Abyss, 1903). Allí advierte lo siguiente: “Lo que relato en este volumen me sucedió en el verano de 1902. Descendí al submundo londinense con una actitud mental semejante a la de un explorador”. En cuanto a Gabriel García Márquez, incontables testigos relatan que fue un observador riguroso de la realidad, enseñanza trasmitida, junto al señalamiento de la importancia de la ética en periodismo, en la primera época de la FNPI, a los jóvenes talleristas iberoamericanos que acudían a mejorar su oficio siendo ya periodistas en ejercicio. Durante sus cursos hablaba de contar historias reales, algo que muchos discípulos suyos, periodistas nacidos a partir de los setenta le aprendieron, y enseñan, en los múltiples talleres impartidos en América Latina y España.

Nacimiento de la Fundación Gabriel García Márquez

La FNPI nació en 1994. La fundó Gabriel García Márquez con el objetivo, hecho explícito, tanto en el discurso de arranque de actividades de 1995, como en el discurso arriba mencionado, “El mejor oficio del mundo”: “El objetivo final debería ser el retorno al sistema primario de enseñanza mediante talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas, y en su marco original de servicio público. […] Un grupo de periodistas independientes estamos tratando de hacerlo para toda la América Latina desde Cartagena de Indias, con un sistema de talleres experimentales e itinerantes que lleva el nombre nada modesto de Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano”. En resumen, el propósito era promover “la excelencia, la ética y la innovación en el periodismo”.

Entre otros elementos, el escritor que consideró a la crónica como “la novela de la realidad”, comentaba a sus alumnos que si él hubiera tenido su edad habría elegido la crónica como género porque, en primer lugar, la realidad es tan interesante como la ficción y, en segundo término, a ellos les estaba tocando vivir (corrían los noventa) una época particularmente llena de acontecimientos. El narrador formidable que fue García Márquez buscó dejar claros algunos principios, entre ellos lo fundamental de actuar con rigor cuando se investigan los datos fácticos. Recuperar, por ejemplo, el lugar que había perdido el reportaje, el género estrella del periodismo, mismo que habría que seguir impulsando porque es “el que requiere más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir”. Los primeros maestros —los veteranos Alma Guillermoprieto, Tomás Eloy Martínez, el propio García Márquez y, más adelante, Ryszard Kapuscinski—, se dedicarían a mostrarles los secretos del oficio mediante ejercicios prácticos para los que ya eran periodistas.

Como Jack London, García Márquez publicó, además de gran cantidad de novelas, tres libros fundamentales de reportaje: Relato de un náufrago (1970), La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile (1986) y Noticia de un secuestro (1997). El primero, escrito en primera persona después de minuciosas, larguísimas entrevistas, es la historia del marino Luis Alejandro Velasco, reconstruida por el autor detalle a detalle (http://bdigital.bnjm.cu/docs/libros/PROCE3106/Relato%20de%20un%20naufrago.pdf). Tal como narra García Márquez, ni Velasco ni él sabían que su trabajo en común destaparía una historia de contrabando y ocultamiento por parte de la Marina de guerra de Colombia, mandándolo a él al exilio y al marinero a la exclusión por parte de su gobierno.

Además de estos títulos, existe una antología de textos periodísticos de Gabriel García Márquez editada por la FNPI, que deberían ser libro de texto en las escuelas de periodismo.

Una escuela mexicana inspirada en la FNPI

A la vuelta de los años, veinte para ser exactos, la FNPI es la impulsora de un movimiento muy interesante para el periodismo actual. En México existe ya una escuela práctica de periodismo, Taller Arteluz, fundada por la periodista Blanca Juárez y la fotógraga Grace Navarro hace casi cuatro años (Navarro se dedica a otros proyectos en este momento). “Taller ARTELUZ fue planeado a mediados de 2009 en reuniones donde coincidíamos periodistas y fotógrafos con el pretexto que fuera. Siempre terminábamos hablando de que los editores se quejaban de que no había periodistas jóvenes que estuvieran bien preparados, de cómo en Colombia existía la FNPI. Algunos periodistas mexicanos contaban su experiencia en los talleres a los que habían asistido. Un día, tomando café con mi amiga fotógrafa, le comenté la idea de impartir talleres de periodismo y fotografía con el fin de que quienes tuvieran más experiencia pudieran compartirla con los jóvenes o con otros periodistas y fotógrafos. Y me dijo: creo que deberíamos hacerlo. Con el apoyo de algunos amigos, convoqué a periodistas, fotógrafos y escritores para que impartieran los primeros talleres, todos estaban dispuestos a compartir su experiencia, sólo faltaba la contraparte: ¿qué tan dispuestos estaban los periodistas a aprender de otros periodistas? Con mucho valor, con nada de dinero pero con ganas infinitas de hacerlo, en noviembre de 2009 fundamos Taller Arteluz y lanzamos la convocatoria para diez talleres de periodismo, fotografía y literatura. Los talleres iniciarían en enero de 2010. Felipe Soto Viterbo, Magali Tercero, Eduardo Antonio Parra, Gabriel Bauducco, Federico Gama, Daniel Aguilar, entre otros, fueron los primeros talleristas”, cuenta Juárez.

Después vendrían muchos otros, entre ellos los propios maestros de la FNPI, como Alberto Salcedo Ramos, Julio Villanueva Chang y Diego Fonseca, entre otros. El tema de este texto no es la situación actual del periodismo mexicano, sino Gabriel García Márquez el periodista, a quien debemos reconocer su segunda gran obra: la gran escuela práctica de periodismo encarnada en la Fundación que hoy lleva su nombre. Por supuesto, hay en México numerosos periodistas que no fueron formados en la FNPI y están haciendo excelente periodismo narrativo en otros ámbitos. Lo que es innegable es que en nuestro país se vive un boom inédito. Surgen revistas aquí y allá, leídas por jóvenes cada vez más apasionados del periodismo escrito con herramientas narrativas y sentido ético de la investigación y postura que deben vislumbrarse en sus textos. En un momento como el actual, complejo, con gran deterioro social y presencia inocultable del crimen organizado, resulta muy importante.
20/Abril/2014
Confabulario
Ana Clavel

La memoria, esa cámara fotográfica

“Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas”, escribió el enorme —en muchos sentidos— Julio Cortázar. Con ello, Cortázar parece cifrar en la imagen de la magdalena de Proust ese disparador voluntarioso de los recuerdos, como si la memoria fuera una cámara fotográfica sui generis. Porque si bien el estímulo que desata las oleadas de la memoria surge de un sabor, un olor, una melodía, también es cierto que la imagen desatada que se nos viene a la mente a la hora que la memoria discurre sus magdalenas, es un cuadro vivo, una imagen visual, una fotografía refulgente. Y guardamos en nuestro interior tesoros fotográficos, iridiscentes, en blanco y negro, en sepia, álbumes de la memoria secreta y fragante como si acabáramos de cortarlos o de captar sus imágenes el día de ayer. Entonces surgen las palabras para recrear ese mundo, los siete volúmenes, las siete páginas, las siete líneas para recuperar el tiempo perdido y a la vez precioso para cada quien.

No conocí a Gabriel García Márquez en persona y la verdad es que pienso que no fue necesario. A un escritor se le conoce por sus libros. Pero he aquí algunas de las fotografías de mi álbum personal, de mi relación filial con ese prodigio de belleza y verdad inagotables que es su obra.

Fotografía primera

Me recuerdo de 16 años, tendida sobre la cama y resuelta a no abandonarla, tal era la magia, el hechizo, el hipnotismo que ejercía sobre mí un libro que me había prestado un amigo del bachillerato. El libro se llamaba Cien años de soledad y como nunca hasta ese entonces con otra obra, abrevé de él sin parar, hasta las cuatro de la tarde del día siguiente en que concluí, maravillada, su lectura. Entonces no sabía que sería escritora y mucho menos que me invitarían a participar en esta suerte de exequias a García Márquez, él que siempre me pareció eterno. Pero ese primer encuentro sería, sin yo saberlo, trascendental para mi educación literaria y escritural: el mundo revelado con la fuerza y la veleidad de las palabras y su desbordarse en un ritmo mítico y fundacional. Hasta aquel momento había leído atolondradamente, como suelen ser las lecturas de la adolescencia, lo mismo a Herman Hesse que a Thomas Mann, a Rulfo que a Dante Alighieri. Pero la revelación fulgurante de los Cien años fue un golpe en la médula de los sentidos: un caudal de belleza en el río del lenguaje. ¿Cómo no sumergirse en su magia primordial de aguas amnióticas y renovadas?

Fotografía cuarta

En mi curso de “Estrategias visuales de la escritura” que impartía hace unos años en el Claustro de Sor Juana, acostumbraba pedir a mis estudiantes que leyeran ese portento de estructura y trama que es Crónica de una muerte anunciada, en la que cuadro por cuadro, “vemos” literalmente la trágica muerte de Santiago Nasar a manos de un pueblo que se confabuló para convertirlo en chivo expiatorio de sus pasiones. También acostumbro leerles a mis estudiantes un fragmento de la introducción de García Márquez a Cómo se cuenta un cuento que dice así:

“El otro día, hojeando una revista Life, encontré una foto enorme. Es una foto del entierro de Hirohito. En ella aparece la nueva emperatriz, la esposa de Akihito. Está lloviendo. Al fondo, fuera de foco, se ven los guardias con impermeables blancos, y más al fondo la multitud con paraguas, periódicos y trapos en la cabeza; y en el centro de la foto, en un segundo plano, la emperatriz sola, muy delgada, totalmente vestida de negro, con un velo negro y un paraguas negro. Vi aquella foto maravillosa y lo primero que me vino al corazón fue que allí había una historia. Una historia que, por supuesto, no es la de la muerte del emperador, la que está contando la foto […]. Se me quedó esa idea en la cabeza y ha seguido ahí, dando vueltas. Ya eliminé el fondo, descarté por completo los guardias vestidos de blanco, la gente… Por un momento me quedé únicamente con la imagen de la emperatriz bajo la lluvia, pero muy pronto la descarté también. Y entonces lo único que me quedó fue el paraguas. Estoy absolutamente convencido de que en ese paraguas hay una historia”.

Y entonces he podido constatar en los rostros de mis estudiantes la magia y el asombro que es capaz de suscitar García Márquez con la sola promesa de una historia que aún no ha sido escrita.

Fotografía séptima

El otoño del patriarca puede sonar como un enunciado seductor y hasta poético pero es en realidad el título de un libro que encierra la parodia atroz del poder de vida y muerte —sobre todo de muerte— de nuestros caudillos y dictadores muy a la latinoamericana. Cuando Gabriel García Márquez cumplió 82 años, alguien tuvo la idea de usar el nombre de ese libro para organizarle un homenaje. Supongo que ese alguien no había leído en realidad el libro y le pareció adecuado por la edad y la importancia del autor: todo un patriarca de nuestras letras. Pero a unas horas de la partida de este escritor generoso como pocos, estoy muy lejos de contemplar la instantánea fotográfica con la que concluye la novela homónima, donde las muchedumbres frenéticas se echaban a las calles cantando himnos de júbilo por la noticia de la muerte del patriarca, quien yacía picoteado por los democráticos zopilotes o gallinazos, “ajeno para siempre jamás a las músicas de liberación y los cohetes de gozo y las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado”. Por el contrario, tengo la certeza de que Gabriel García Márquez seguirá cada vez más presente en la memoria literaria colectiva, latinoamericana y universal. Cada quien sus magdalenas de la memoria, pero de verdad creo que la obra de García Márquez nunca llegará a su otoño.

sábado, 19 de abril de 2014

ERROR Y ACIERTO DE GARCIA MARQUEZ

19/Abril/2014
Laberinto
Heriberto Yépez

Borges decía que a Cien años de soledad le sobraban varias décadas. Borges se quedaba corto.

Cien años... culminó una estética, por eso impone la sensación de exceso.  

Lo realmente sobrante de García Márquez son casi todos los siglos posteriores a Cien años de soledad; casi todos esos libros inferiores, únicamente comercializantes.

Otro error fue ser afín a Fidel Castro. A veces García Márquez era un personaje de sus novelas sobrantes.

¿Y su acierto? Ser leído incluso por quienes imaginaríamos que no podrían realmente comprenderlo. Su secreto —como el de Cervantes— es que sus libros involucran imágenes e historias que atañen a personas de todo tipo de geografías y clases.

Dos grupos que pueden despreciar a García Márquez son las personas educadas para despreciar el arte de la palabra y quienes se han intelectualizado tanto que creen que su refrigerador de datos los hace superiores al resto.

Y si uno y otro perfil convergen, tenemos al típico enemigo de García Márquez.

Sin duda, él acertó en denunciar a Estados Unidos y se equivocó al defender a Castro. No reconoció las dos caras de la misma moneda autoritaria.

Entonces, ¿cuál es el núcleo resistente e irresistible de los libros de García Márquez?

La obra de García Márquez nos gusta porque surgió del mundo de su infancia.

Cien años de soledad es la transformación de la imaginación de un niño (sus fantasías, familia y pueblo) en estupendo arte verbal.

Quien logra esa metamorfosis consigue el multitudinario aplauso humano.

Y junto a la magia de una infancia convertida en novela de arte, la otra mitad de la fórmula secreta de García Márquez es que encarna otra infancia y otro sueño: la infancia y sueño de Latinoamérica.

Marx sabía que los artistas griegos seguían procurándonos disfrute a pesar del derrumbe de la sociedad que les dio origen, porque en el arte griego los occidentales hallan el placer de reencontrarse con su infancia histórica y psíquica.

Para el siglo XX y el Nuevo Mundo, García Márquez repite esta fórmula psicohistórica: reúne la infancia de cada persona con la infancia de una civilización entera.

La diferencia es que el arte griego satisface al rememorar una niñez que ya no puede retornar, mientras que García Márquez da el placer de una niñez reciente (y de una civilización que sueña que su dolor es de parto).

En Gabo —mote que sintetiza viejo y niño— aciertos y errores están engarzados por la metáfora imperante de Latinoamérica como infancia.

La economía política de esta metáfora explica la presencia del viejo dictador que seduce al artista: ambos imaginan a la civilización como una infancia, que debe ser pastoreada y debe ser corregida por un gran patriarca.

No es fácil escribir de García Márquez. No es fácil escribir América.

Un halo rodeó Cien años de soledad”*

19/Abril/2014
Laberinto
Elena Poniatowska

En septiembre de 1973, la autora de Hasta no verte Jesús mío le hizo una larga entrevista al ya famoso escritor colombiano. La siguiente es una versión condensada de esa charla en la que se descubren el sortilegio y la atmósfera de amistad que rodeó la creación de una de las obras mayores de la literatura contemporánea

--Llegué a México con veinte dólares y salí de aquí con Cien años de soledad.
—¿Por eso quieres tanto a México?
—Aquí hice a todos mis amigos. ¿Sabes quién fue el primer mexicano que conocí? Juan García Ponce, quien un día entró a mi oficina en Nueva York. Él tenía entonces una beca de la Guggenheim o de la Rockefeller, y yo estaba encargado de Prensa Latina.
—¿Cómo hiciste Cien años de soledad?
—¡Ah, bueno!... Anoche me vino un golpe de nostalgia, con Luis Alcoriza [y otros amigos], se me revolvió todo (baja la voz), eran las tres de la madrugada y se me vino encima toda esa época de los sesentas aquí en México y le dije a Luis y a los otros: “Bueno, ahora se friegan porque voy a hacer un recorrido que tengo que hacer”. Tomé mi coche y me los llevé a todos a pasear frente a la casa donde escribí Cien años de soledad, en la calle de La Loma número 19, en San Ángel Inn. ¡Está igualita! Se me revolvieron las tripas, y a las tres de la madrugada y todos borrachos, empecé a mostrarles el barrio, la miscelánea, la carnicería, la lechería. ¿Tú sabes que cuando yo terminé de escribir Cien años de soledad, Mercedes le debía al carnicero cinco mil pesos?
—¿Cómo le dio un crédito tan grande?
—Porque él sabía que yo estaba escribiendo un libro y que cuando lo terminara, Mercedes le pagaría. Lo mismo al dueño de la casa: le debíamos ocho meses de renta. Cuando solo le debíamos tres meses Mercedes lo llamó y le dijo: “Mire, no le vamos a pagar estos tres meses ni los próximos seis”. Primero ella me preguntó: “¿Cuándo crees que termines?” Le contesté que en aproximadamente cinco meses. Para mayor seguridad ella puso un mes de más y entonces el propietario le dijo: “Si usted me da su palabra de que es así, muy bien, la espero hasta septiembre”. En septiembre fuimos y le pagamos. Más tarde, cuando salió Cien años de soledad, el propietario me llamó y me dijo que ahora comprendía por qué yo lo había hecho esperar y que le agradaba mucho el haberme ayudado. En ese barrio me fiaron todo, hasta los cigarrillos, el azúcar, absolutamente todo.
—Pero, ¿cómo, Gabo?
—Todo el barrio se había alborotado porque entre ellos un escritor estaba escribiendo un libro; una cosa mágica, un halo rodeó Cien años de soledad. Al fin, cuando terminé el libro fuimos a ponerlo al correo para Buenos Aires y cuando lo pesaron encontramos que no nos alcanzaba la plata para mandarlo y entonces enviamos solo la mitad, y al día siguiente la otra mitad.
—¿Ese libro ejerció un sortilegio antes de estar escrito?
—Sí, es muy curioso, pero es verdad; contó con una gran solidaridad, con un interés mágico antes de haberlo terminado. Mira, cuando pensé: “Ahora es cuando”, lo dejé todo, mis trabajos en Walter Thompson y Stanton donde era redactor publicitario; mis guiones de cine (había escrito El gallo de oro y Tiempo de morir), porque yo hacía un poco de todo. Empeñé el coche [...] y me senté a escribir. Entonces no volví a salir más; hubo una época como de tres meses en la que no salí ni a la puerta del jardín de la casa. Toda la noche venían a vernos Álvaro Mutis y su mujer, María Luisa Elío y Jomí García Ascot, que vivían muy cerca; traían whisky, pollo frito y papas, y a veces bebíamos y hablábamos siempre del libro.
—¿Les leías lo que habías escrito?
Nunca les leí nada porque yo no leo absolutamente nada de lo que estoy escribiendo; los borradores jamás lo he dejado tocar, ni leer, ni los leo yo, pero sí hablaba mucho de lo que estaba haciendo y ellos, enloquecidos con lo que yo les contaba cada noche, decían: “¡Esto va a ser sensacional!” Y hubo un momento en que pensé: “¡Caramba, a lo mejor todos estos gritos de Álvaro y estos entusiasmos de María Luis Elío me han hipnotizado y estoy trabajando en esto apasionadamente, sin darme cuenta que de pronto me he metido en una nube de fantasía acompañado por mis amigos, y esto no sirve para nada ni le va a interesar a nadie!”
Entonces, a mí que nunca me había presentado y todavía ahora nunca me presento en
público ni doy conferencias ni hago lecturas ni nada, me llamaron casualmente en esos días de la OPIC —que es algo como la sección cultural de la Secretaría de Relaciones Exteriores—, me preguntaron si quería dar una conferencia y les dije que no, que una conferencia no, pero que sí quería hacer una lectura de capítulos de una novela en preparación. Para ello, hice una cosa muy curiosa: una lista de gente muy disímil; las personas que conocí cuando hice las revistas Sucesos y La Familia, en las que jamás escribí una línea —sí, sí, las de Gustavo Alatriste, Elena, las dirigí durante dos años. Incluí a los obreros tipógrafos y linotipistas de un taller de imprenta en el cual también trabajé, secretarias, estudiantes y toda la gente que había conocido en alguna parte, en el cine, en la publicidad, además de mis amigos los intelectuales, personas de todos los niveles culturales y sociales. Realmente configuré un público disímbolo. En la OPIC no lo supieron. No llevé un solo capítulo de Cien años de soledad, sino que seleccioné párrafos de distintos capítulos porque tenía un gran interés de saber si era buena la idea y no algo que Álvaro Mutis me había metido en la cabeza. Yo quería saber si valía la pena seguirla escribiendo porque ya no veía nada; tenía la impresión de que no había en el mundo más que lo que escribía y quería poner los pies sobre la tierra. Me senté a leer en el escenario iluminado; la platea con “mi” público seleccionado completamente a oscuras. Empecé a leer, no recuerdo bien qué capítulo, pero yo leía y leía y a partir de un momento se produjo un tal silencio en la sala y era tal la tensión que yo sentía, que me aterroricé. Interrumpí la lectura y traté de mirar algo en la oscuridad, después de unos segundos percibí los rostros de los que estaban en primera fila y vi que tenían los ojos así (los abre muy grandes) y entonces seguí mi lectura muy tranquilo.

La gente estaba como suspendida; no volaba una mosca. Cuando terminé y bajé del escenario, la primera persona que me abrazó fue Mercedes, con una cara —yo tengo la impresión desde que me casé que ese es el único día que me di cuenta que Mercedes me quería, porque me miro ¡con una cara!... Ella tenía por lo menos un año de estar llevando recursos a la casa para que yo pudiera escribir, y el día de la lectura la expresión en su rostro me dio la gran seguridad de que el libro iba por donde tenía que ir.
 
—Para hacer Cien años de soledad consulté médicos, abogados, y junté en mi casa una enorme cantidad de libros de medicina, alquimia, filosofía, enciclopedias, botánica y zoología, para que cada dato estuviera muy bien verificado y comprobado; no quería un solo error, a no ser las faltas de ortografía, que quedaban en manos de Pera.(1)

No podía detenerme en lo que estaba escribiendo para ponerme a estudiar alquimia; entonces escribía inventándolo todo y en la noche buscaba libros sobre la materia, que los amigos me habían conseguido, e incorporaba los datos que allí encontraba, pero lo que me resulta curioso es que yo no estaba equivocado o lejos de la verdad en mis invenciones. La obra me llevaba a tal velocidad que yo no me podía parar, y a partir de ese momento se creó una especie de equipo solidario alrededor del libro, y todos mis amigos me ayudaron. Yo le hablaba a José Emilio Pacheco: “Mira, hazme el favor de estudiarme exactamente cómo era la cosa de la piedra filosofal”, y a Juan Vicente Melo también lo ponía a investigar propiedades de las plantas y le daba una semana de plazo. A un colombiano le pedí: “Haz el favor de investigarme cómo fueron los problemas de las guerras civiles en Colombia”, a otro le pedí la mayor cantidad de datos sobre las guerras federales en América Latina y siempre tuve amigos haciéndome tareas de este tipo. Todo el trabajo poético, por ejemplo, que me hizo Álvaro Mutis es invaluable.

Cuando yo llegué en 1961, el grupo que estaba en Difusión Cultural (de la UNAM): Pacheco, Monsiváis, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, y por otro lado Jomi García Ascot y Álvaro Mutis, trabajaron para mí (se ríe). Ahora me doy cuenta de verdad que todos ellos estaban trabajando en Cien años de soledad, y no solo no lo sabían entonces, sino que tengo la impresión de que no lo saben todavía.
—¿Pero ellos sabían que estabas escribiendo un libro?
—Los escritores siempre estamos escribiendo un libro, Ele. Cuando ellos me preguntaban para qué quería ese dato tan extraño, les contestaba: “Para una cosa que estoy escribiendo”. Tuve investigando a todos los jóvenes escritores mexicanos en este libro, y fue una labor estupenda (se ríe).
—¿Y fuiste feliz cuando lo escribiste?
—La época más feliz de mi vida fue cuando escribí Cien años de soledad. Yo vivía... yo vivía —como dice Carlos Fuentes— como iluminado.
—Gabo, ¿siempre tuviste la certeza de que estabas escribiendo un gran libro?
Sonríe.
—Lo malo es que yo siempre he tenido esa certeza con mis libros, y creo que sin esa certeza no se puede escribir.
—¿Por qué?
—Es que sentarse a escribir un libro, sentarse a escribirlo en serio, es una cosa tan dura, tan difícil, que si uno no tiene la certeza de que realmente está escribiendo El Quijote en cada teclazo que da, no se metería a este oficio, porque hay muchas cosas más agradables que hacer. Sobre todo uno que no escribe por plata, porque mira que yo había publicado cinco libros que ni siquiera se conocían y nunca había recibido un centavo por ellos. ¡Y luego de dejar de trabajar meterme en esto de Cien años de soledad que resultó ser un negocio por casualidad, aunque nunca se me ocurrió que pudiera serlo! Al contrario, el oficio de escritor es tan árido que uno necesita tenerle mucha fe.
—Gabo, para escribir un libro tan ambicioso y que abarcara tantas y tantas generaciones tuviste que hacer un plan muy elaborado, una lista de personajes, situarlos a cada uno dentro del tiempo.
—Yo tenía una idea general del libro; no hice plan de ninguna clase, sino que un día, yendo a Acapulco [...] Iba manejando mi Opel, pensando obsesivamente en Cien años de soledad, cuando de pronto tuve la primera frase; no la recuerdo literalmente, pero iba más o menos así: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. La primera vez que me vino la frase le faltarían uno o dos adjetivos, la redondeé; cuando llegué a Acapulco la tenía completita de tanto que la había madurado entre curva y recta, me senté, la anoté y tuve la certidumbre irrevocable de que ya tenía la novela; fue como un gran descanso; se me quitó un enorme peso de encima; el peso de siete años sin escribir una palabra. Íbamos a estar en Acapulco una semana de vacaciones y no aguanté; a los tres días me vine, me senté frente a la máquina, agarré esa frase y sin un plan previo empecé a escribir durante ocho horas diarias, a veces más y sin detenerme, para que no se me fuera la idea. A medida que aumentaban las cuartillas, aumentaban también mis deudas (se carcajea).
—Gabo, lo que yo no puedo entender es que escribieras un libro en que suceden tantas cosas en un lapso tan largo como lo son cien años sin hacer plan alguno. ¿Cómo es posible que no te enredaras con todos los Aurelianos Buendía que se van sucediendo y todas las batallas y las guerras civiles?
—Bueno, sí tuve unos cuadernitos, así (hace una señal con la mano), unos cuadernitos de colegio que yo uso, como éste que tú traes, de hojas que se arrancan. Cuando terminé el libro, tenía por lo menos cuarenta de estos cuadernitos, porque estaba pasando a máquina el capítulo tres, pero en el cuadernito ya iba por el doce, por el quince, porque el libro me llevaba a gran velocidad, no lo podía dejar escapar, entonces en el cuadernito escolar escribía el diario del libro, porque en cualquier momento, cuando necesitaba saber en qué punto del relato iba, consultaba el cuaderno, ¿entiendes?
—Pero, ¿apuntabas frases, ideas, como suelen hacerlo los escritores?
—No, nada de eso; yo iba controlando la estructura del libro en ese cuadernito. Necesitaba saber si Fulano de Tal era nieto o bisnieto o tataranieto de Zutano porque yo mismo me había enredado y entonces me remitía al cuaderno en donde todo estaba muy claro. Incluso hice un árbol genealógico, pero lo rompí.
—¿Así es que tus cuarenta cuadernos fueron invaluables?
—Sí. Cuando el editor me mandó decir que había recibido el original de Cien años de soledad, llamé a Mercedes, nos sentamos y rompimos todos, todos, absolutamente todos los cuadernitos.
—¿Por qué?
—Por una cosa de pudor. Ahora me dicen críticos y amigos que no debí hacerlo porque esto hubiera tenido un gran interés para los estudiosos. Justamente por pudor de que alguien viera estos cuadernos, que eran como la costura del libro, la cocina, los desperdicios, las cáscaras, los cascarones de huevo, las peladuras de las papas, por eso los destruimos. Incluso a mí me daba mucho pudor verlos, encontrarme con ellos; era como ver intimidades que no se deben conocer y por eso los destruí por completo. 
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*Título de la Redacción. Publicamos los fragmentos de esta entrevista con autorización de la autora. 
(1) García Márquez se refiere a la secretaria del productor Manuel Barbachano Ponce, llamada Esperanza. También fue mecanógrafa de Carlos Fuentes y la encargada de pasar a máquina y en limpio Cien años de soledad. En la entrevista con Elena Poniatowska, García Márquez reconoce que a él le fallaba siempre la ortografía y que “Pera, la mecanógrafa, me la corregía”.
 
 

Arte de navegar las rutas de Macondo

19/Abril/2014
Labrinto
Julio Ortega

En las novelas de Gabriel García Márquez el espectáculo del mundo es disputado por las interpretaciones que pretenden explicarlo, buscan habitarlo y, con mucha lectura, humanizarlo. Ocurre en estas novelas, una y otra vez, que los hechos son debatidos, evaluados, recontados y, al final, re- leídos. A veces, como en Crónica de una muerte anunciada, las interpretaciones exigen una víctima, y Santiago Nasar es sacrificado como el primer mártir de la hermenéutica. Como las buenas víctimas propiciatorias, él es el único que ignora la intensa lectura que lo elige como muerto. En El general en su laberinto, Bolívar es el héroe de la interpretación infinita, porque sigue disputando, con su demanda de emancipación, el sentido de cada pregunta por América Latina. En cambio, en Del amor y otros demonios, la niña ilegible que ha sido mordida por un perro rabioso en el sopor del siglo XVIII caribeño, suscita la interpretación como juicio relativo. Ella es el ángel criollo de la lectura: su supuesta enfermedad es leída abusivamente. Enclaustrada, acusada de bruja y endemoniada, ella termina, bajo la autoridad mayor de la lectura, la de la Iglesia, exorcizada y muerta.

El propio García Márquez había leído sus novelas como si fueran hijas del asombro y la abundancia, de las primeras lecturas de América Latina, cuando la palabra “palmas” ponía de pie a las primeras palmas (aunque no eran palmas). "Por qué no me van a creer, si le creen a la Biblia", recuerdo que solía decir. Después favoreció la lectura de Cien años de soledad como documental, y juró que podía probar que cada página venía directamente de la realidad. Pronto abandonó las licencias del realismo mágico (ahora mismo hay en inglés tres nuevas novelas sobre las propiedades sobrenaturales del chocolate), y sugirió que su Bolívar era hijo legítimo de la documentación. La Academia Colombiana de la Historia trató de refutarlo; pero, una historiadora alerta advirtió a sus colegas: ¡Pero si estamos hablando de una novela! Otro historiador, ya resignado, declaró que esa novela será leída en el futuro como la verdad histórica.

A esta saga de la lectura le faltaba su poética, y el autor la propuso en Vivir para contarla. El memorable primer capítulo plantea una interpretación de la vida como creación de la lectura. Desde su mismo nacimiento, los padres del autor se convierten en sus primeros personajes. Gracias a ellos, Fermina y Florentino viven en la inminencia epifánica de su novelización.

Pero a esta biografía de leer le faltaba su elogio de la lectura. Un Gaborio, digamos, donde los lectores testimonien su parte de ficción encendida por las novelas de García Márquez. Este taller de leer estaría en movimiento perpetuo, y sería permutante e ilimitado. Cada lector lo puede hacer suyo, sumando su propio testimonio, y operando el recomienzo de esta bio–lectura. Los cien años de esta edad solar de la novela son también los de su recomienzo perpetuo en el instante eterno de su formidable lectura.